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EPILOGO

Epílogo Hyde Park, Londres 24 dejunio de 1912 —Estas sombrillas son realmente prácticas —comentó la joven mientras hacía girar la suya—. No entiendo por qué han desaparecido. —Posiblemente porque aquí no para de llover, ¿no crees? —respondió él con una media sonrisa—. Pero yo también lasencuentro muymonas.Ylos vestidos de verano blancos con puntillas te sientan de maravilla. Poco a poco también me voy acostumbrando a las faldas largas. Me encantaelmomento en quete vuelves parasacártelas. —Pues yo nunca meacostumbraréa no llevar pantalones —se lamentó ella—. No hay día que no eche de menos mis vaqueros. Élsabía muy bien que no eran los vaqueros lo que tanto echaba de menos, pero secuidó de decirlo. Durante un rato permanecieron en silencio. Bañado por el sol del verano, el parque desprendía una maravillosa sensación de paz, y la ciudad que se extendía detrás parecía construida para la eternidad. El joven pensó en que al cabo de dos años empezaría la Primera Guerra Mun...

FIN 15

15 na calesa de los Vigilantes nos llevó de Temple a Belgravia siguiendo la orilla del Támesis, y esta vez pude reconocer en elexterior muchas cosas del Londres que conocía. El sol iluminaba el Big Ben y la catedral de Westminster, y, para mi gran alegría, por las anchas avenidas paseaban personas con sombreros, sombrillas y vestidos claros como el mío, los parques brillaban con el verdor de la primavera y las calles estaban bien pavimentadas y sin pizca delodo. —¡Es como el escenario de un musical! —exclamé—. Yo también quiero tener unasombrillacomo esas. —Hemos ido a parara un buen día —repuso Gideon—. Ya un buen año. Mi compañero de viaje había dejado su sombrero de copa en el sótano, y, como yo hubiera hecho lo mismo en su lugar, no malgasté ni una palabraen comentarlo. —¿Por qué no esperamos sencillamente a Margret en Temple,cuando vengaaelapsar? —le pregunté. —Ya lo he intentado dos veces, pero no ha sido fácil convencer a los Vigilantes de mis buenas intenciones...

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14 a clase se arrastró hasta el final con una lentitud torturadora, la comida era repugnante como siempre (pudin de Yorkshire) y cuando por la tarde, después de unaclase doble de química, pudimos irnos por fin acasa, en realidad me sentía a punto para meterme de nuevo en la cama. Charlotte me habíaignorado durantetodo el día. Durante e recreo traté de hablar con ella, pero ella reaccionó diciendo: —Si lo que quieres es disculparte, ¡ya puedes ir olvidándote! —¿Por qué iba a tener que disculparme? —le pregunté indignada. —Si nisiquieratú lo sabes… —¡Charlotte!Yo no tengo la culpa de que haya sido yo, y no tú, la que ha heredado eseestúpido gen. Los ojos de Charlotteechaban chispas. —No es ningún «estúpido gen» —me espetó furiosa—. Es un don muy especial. Yese don, en alguien como tú, es sencillamente un desperdicio. Pero eres demasiado infantil paracomprenderlo aunquesea vagamente. Dicho lo cual, dio media vuelta dejándomecon la palabra en la boca. —Ya se tranquilizar...

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13 abía aterrizado en blando sobre mi propia falda, pero no estaba en condiciones de levantarme de nuevo. Parecía que todos los huesos de mis piernas se hubieran volatilizado, temblaba de arriba abajo y mis dientes castañeteaban salvajemente. —¡Levántate! —Gideon me tendió una mano. Había vuelto a colocarse la espada en elcinturón, y me estremecí al ver que tenía sangre pegada—. ¡Vamos, Gwendolyn! La genteempiezaa mirar. Ya hacía rato que se había hecho de noche, pero habíamos aterrizado bajo una farola en algún lugar del parque. Un corredor con cascos en las orejas nos dirigió una mirada deextrañezaal pasar. —¿No te había dicho que te quedaras en el coche? — Como no reaccionaba, Gideon me sujetó del brazo y me estiró hacia arriba. Estaba pálido como un muerto—. Esto hasido totalmenteirresponsable y… terriblemente peligroso y… —Tragó saliva yme miró a los ojos—. Y, maldita sea, muy valiente por tu parte. —Pensaba que se notaría al tocar las costillas — murmuré sin par...