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abía aterrizado en blando sobre mi propia falda, pero no
estaba en condiciones de levantarme de nuevo. Parecía
que todos los huesos de mis piernas se hubieran
volatilizado, temblaba de arriba abajo y mis dientes
castañeteaban salvajemente. —¡Levántate! —Gideon me tendió una mano. Había
vuelto a colocarse la espada en elcinturón, y me estremecí
al ver que tenía sangre pegada—. ¡Vamos, Gwendolyn! La
genteempiezaa mirar.
Ya hacía rato que se había hecho de noche, pero
habíamos aterrizado bajo una farola en algún lugar del
parque. Un corredor con cascos en las orejas nos dirigió
una mirada deextrañezaal pasar. —¿No te había dicho que te quedaras en el coche? —
Como no reaccionaba, Gideon me sujetó del brazo y me
estiró hacia arriba. Estaba pálido como un muerto—. Esto
hasido totalmenteirresponsable y… terriblemente peligroso
y… —Tragó saliva yme miró a los ojos—. Y, maldita sea,
muy valiente por tu parte. —Pensaba que se notaría al tocar las costillas —
murmuré sin parar de castañetear los dientes—. No
pensaba que fuera una sensación… parecida a cuando
cortas una tarta. ¿Cómo es que ese hombre no tenía
huesos? —Seguro quetenía —repuso Gideon—. Tuvistesuerte y
la hoja pasó entreellos. —¿Se morirá?
Gideon seencogió de hombros. —Si fue un pinchazo limpio, no. Pero la cirugía del siglo
XVIII no puede compararse precisamente con la de
Anatomía de Grey.
¿Qué demonios significaba un pinchazo limpio?
¿Cómo podíaser limpio un pinchazo?
¿Qué había hecho? ¡Muy posiblemente acababa de
matara un hombre!
La idea casi hizo que volviera a desplomarme, pero
Gideonmesostuvo. —Ven, tenemos que volver a Temple. Los otros estarán
preocupados.
Por lo visto, sabía exactamente en qué lugar del parque
nos encontrábamos, porque me arrastró con paso decidido
camino abajo, pasando junto a dos mujeres que paseaban a
sus perros y que nos miraron intrigadas. —Por favor, deja de hacer ruido con los dientes. Es
siniestro —imploró Gideon. —Soy unaasesina —murmuré yo. —¿No has oído nuncalaexpresión «en defensa propia»?
Te defendiste a ti misma, o, mejor dicho, a mí, para ser
exactos.
Gideon esbozó una sonrisa, y en ese momento se me
ocurrió que hacía solo una hora hubiera jurado que nunca
seríacapaz dereconoceralgo así.
Yde hecho no lo era. —No es quefuera necesario… —objetó. —¡Yalo creo queera necesario!¿Cómo tienesel brazo?
¡Estás sangrando! —No tieneimportancia. El doctor Whitelo curará.
Durante un rato caminamos juntos sin decir nada. Elaire
fresco de la noche me sentó bien: poco a poco mi pulso se
tranquilizó ymis dientes dejaron decastañetear. —Me dio un vuelco el corazón cuando te vi ahí de
pronto —confesó Gideon finalmente.
Me había soltado el brazo. Por lo visto, creía que ya
estaba en condiciones de sostenerme sobre mis piernas sin
estaba en condiciones de sostenerme sobre mis piernas sin
su ayuda. —¿Por qué no llevabas una pistola? —le espeté—. ¡El
otro hombretenía una! —No una, sino dos —repuso Gideon. —¿Ypor qué no las utilizó? —Lo hizo. Mató al pobre Wilbour y el disparo de la
segunda pistola no meacertó por poco. —Pero ¿por qué no volvió a disparar? —¿Ati quéte parece? Pues porquecada pistolatiene un
solo disparo —aclaró Gideon—. Las pequeñas y prácticas
armas de fuego que conoces de las películas de James
Bond aún no se habían inventado. —¡Pero ahora sí que se han inventado! ¿Por qué te
llevas al pasado una estúpida espada y no una pistola como
Dios manda? —No soy ningún asesino asueldo —contestó Gideon. —Pero esto es… quiero decir, ¿qué ventaja tiene, si no,
venir delfuturo?¡Oh! ¡Pero siestamosaquí!
Habíamos ido a parar justo a Apsley House, en Hyde
Park Corner, donde paseantes nocturnos, corredores y
propietarios de perros nos miraban con curiosidad. —Cogeremos un taxi hasta Temple —dijo Gideon. —¿Llevas dinero encima?
—¡Claro que no! —Bueno, yo llevo el móvil —dije, y lo pesqué de mi
escote. —¡Ah, el «cofrecillo plateado»! ¡Ya me había imaginado
algo así! Cabeza de… ¡traeaquí! —¡Oye, quees mío! —¿Yqué?¿Conocesel número porcasualidad?
Gideon yaestaba marcando. —Perdóneme, querida. —Una señora mayor me estaba
tirando de la manga—. No he podido resistirme a
preguntárselo.¿Es usted delteatro? —Hummm…, sí—repuse. —Ah, melo figuraba. —Laseñoratenía dificultades para
retener a su pachón, que tiraba de la correa hacia otro
perro que se encontraba a pocos metros—. Tiene un
aspecto tan maravillosamente auténtico… Eso solo pueden
conseguirlo las figurinistas. ¿Sabe?, yo de joven también
cosímucho… ¡Polly, mala, no tiresasí! —Enseguida vienen a recogernos —murmuró Gideon
mientras me devolvía el móvil—. Iremos andando hasta la
esquina de Piccadilly. —¿Y dónde se puede admirar su obra? —preguntó la
señora. —Hummm… Por desgracia, esta noche era la última
representación—repuse. —Oh, quélástima. —Sí. Yo también lo siento.
Gideonmearrastró hacia delante. —Adiós. —No entiendo cómo pudieron encontrarnos esos
hombres, ni quién pudo ordenara Wilbour que nos llevaraa
Hyde Park. No había tiempo para preparar una
emboscada.
Gideon caminaba murmurando entre dientes. Allí en la
calleaún despertábamos máscuriosidad queen el parque. —¿Hablasconmigo? —le pregunté. —Alguien sabía que estaríamos allí. Pero ¿cómo pudo
enterarse? —Wilbour… su ojo estaba…
De pronto tuve unaimperiosa necesidad de vomitar. —¿Quéestás haciendo?
Meentraron arcadas, pero no vomité. —¡Gwendolyn, tenemos que llegar ahí abajo! Respira
hondo y sete pasará.
Me quedé dondeestaba. Aquello mesuperaba. —¿Quese me pasará? —Aunqueen realidad tenía ganas
de ponerme a chillar, me obligué a hablar despacio y claro —. ¿Pasará también el hecho de que acabo de matar a un
—. ¿Pasará también el hecho de que acabo de matar a un
hombre?¿Pasarátambién que mi vida haya dado un giro de
trescientos sesenta grados de la noche a la mañana?
¿Pasarátambién que unmaldito engreído con el pelo largo y
medias de seda que toca el violín no tenga otra cosa que
hacer que darme órdenes sin parar aunque hace un
momento haya salvado su asquerosa vida? Si me lo
preguntas, ¡te diré que no me faltan motivos para vomitar!
Y, por siteinteresa, ¡tú eres uno deellos!
Perfecto, la última frase tal vez había sonado un poco
chillona, pero no demasiado. De pronto me dicuenta de lo
bien quete quedas soltándolo todo de una vez. Por primera
vezen ese día mesentírealmenteliberada y por primera vez
dejé desentirme mal.
Gideon me miraba tan desconcertado que me hubiera
puesto a reír si no me hubiera sentido tan desesperada.
¡Menuda novedad! ¡Parecía que por fin también élse había
quedado sin habla! —Ahora quiero ir a casa —espeté, tratando de poner
término a mi discurso triunfal delaforma más digna posible.
Por desgracia, no lo conseguí del todo, porque, al pensar
en mi familia, de repente mis labios empezaron a temblar y
sentí quelos ojos se mellenaban delágrimas.
¡Malditasea,ahora no!
—No pasa nada, tranquila —mecalmó Gideon.
Lasorprendentesuavidad desu tono fue demasiado para
mi capacidad de autocontrol. Las lágrimas empezaron a
rodarme por las mejillas sin que pudieraevitarlo. —Oye, Gwendolyn, lo siento. —De repente se acercó a
mí, mecogió delos hombros ymeatrajo haciaél—. Soy un
idiota, he olvidado lo que esto debe de representar para ti —me murmuró al oído—. Y eso que todavía puedo
recordar lo extraño que me sentícuando salté por primera
vez, a pesar de las muchas horas de esgrima, por no hablar
delasclases de violín…
Me pasó la mano por los cabellos, y yo me puse a
sollozaraúnmás fuerte. —No llores más —dijo él sin saber qué hacer—. Todo
irá bien.
No, nada iba bien. Todo era espantoso. La frenética
persecución de esta noche, cuando me habían tomado por
unaladrona, los ojos siniestros de Rakoczy,elcondecon su
voz helada y aterradora y la mano que me oprimía elcuello,
y finalmente el pobre Wilbour y ese hombre al que había
clavado una espada en la espalda. ¡Y ahora, para colmo,
ver que ni siquiera conseguía decirle lo que pensaba a
Gideon sin estallar en lágrimas y soportar que él tuviera que
consolarme!
Me dejéllevar por lasemociones.
¡Por Dios, dónde estaba mi sentido de la dignidad!
Avergonzada, meenjuguélas lágrimascon la mano. —¿Un pañuelo? —preguntó Gideon, y sonriendo se
sacó del bolsillo un pañuelo amarillo limón con puntas de
encaje—. Por desgracia, en el rococó aún no había
Kleenex, pero telo regalo.
Iba a cogerlo cuando una limusina negra se detuvo a
nuestro lado.
En el interior delcoche nos esperaba mister George, con
la calva perlada de sudor. Al verle, los pensamientos que
daban vueltas sin pararenmicabezasecalmaron un poco y
mesobrevino un cansancio mortal. —Estábamos muertos de angustia —indicó mister
George—. Oh, Dios mío, Gideon, ¿qué te ha pasado en el
brazo? ¡Estás sangrando! ¡Y Gwendolyn parece
terriblementetrastornada!¿Está herida? —Solo agotada —repuso Gideon escuetamente—. La
llevaremosacasa. —Pero eso no puedeser. Tenemos queexaminarosalos
dos y hay quecurar tu heridaenseguida. —Hace rato que ha dejado de sangrar, solo es un
arañazo, de verdad. Gwendolyn quiereirseacasa. —Tal vezaún no haya elapsado lo suficiente. Ymañana
—Tal vezaún no haya elapsado lo suficiente. Ymañana
tiene queiralaescuela y…
La voz de Gideon volvió a adoptar su característico tono
arrogante, pero esta vez no iba dirigido a mí. —Mister George, ha estado tres horas fuera, tiempo
suficiente para que pueda pasar tranquila las próximas
dieciocho horas. —Probablemente, sí—repuso mister George—. Pero va
contralas reglas y,además, deberíamos saber si…
—¡Mister George!
Finalmente, mister George cedió: se volvió y golpeó con
los nudillos la ventana de la cabina delconductor. El panel
se deslizó haciaabajo con un zumbido. —Gire a la derecha en Berkeley Street —indicó—.
Daremos un pequeño rodeo. Bourdonplace, número 81.
Respiré aliviada cuando el coche empezó a rodar por
Berkeley Street. Por fin podíairacasaconmamá.
Mister George me miraba muy serio. Era una mirada
compasiva, como si nunca antes hubiera visto a alguien tan
digno delástima. —¿Qué demonios ha pasado?
Lasensación plomiza decansancio persistía. —Nuestro carruaje fue atacado por tres hombres en
Hyde Park —explicó Gideon—. El cochero murió de un
disparo. —Oh, Dios mío —exclamó msiter George—. Aunque no
comprendo por qué, tienesentido. —¿Quésentido? —Está en los Anales. 14 de septiembre de 1782. Un
Vigilante de segunda fila llamado James Wilbour aparece
muerto en Hyde Park. Una bala de pistola le ha arrancado
media cara. Nunca se descubrió quién había sido el autor
delataque. —Puesahoralo sabemos —repuso Gideon indignado—.
Ya sé qué aspecto tenía su asesino, pero no conozco su
nombre. —Yyo le maté —murmurécon vozapagada. —¿Qué? —Se lanzó contra el que había atacado a Wilbour y le
clavó laespadaen laespalda —explicó Gideon. —¿Que hizo qué? —preguntó mister George con los
ojos dilatados deasombro. —Eran dos contra uno —murmuré—. No podía
quedarme mirando. —Eran tres contra uno —me corrigió Gideon—. Y ya
había acabado con uno de ellos. Te dije que debías
quedarteen elcarruaje pasaralo que pasase. —No parecía que pudieras aguantar mucho tiempo más
—repusesinmirarle.
Gideon calló.
Mister George miró a Gideon, luego a mí, y finalmente
dijo sacudiendo lacabeza: —¡Qué desastre! ¡Tumadre me matará, Gwendolyn! Se
suponía que debíaser unaacción totalmenteinofensiva. Una
conversación con el conde, en la misma casa, sin riesgo
alguno. No hubieras debido correr peligro ni por un
segundo. Y en lugar de eso habéis viajado por media
ciudad y os han atacado unos salteadores… ¡Gideon, por
Dios!¿En quéestabas pensando? —Todo hubiera ido perfectamente si alguien no nos
hubiera traicionado —replicó Gideon, que ahora parecía
furioso—. Alguien tenía que estar informado de nuestra
visita. Alguien que estaba en situación de convencer a
Wilbour para que nos llevaraa unacitaen el parque. —Pero ¿por qué iba a querer mataros nadie? ¿Y quién
podía saber que haríais esta visita justo ese día? Todo esto
no tiene ningún sentido. —Mister Georgese mordió el labio —. Oh, ya hemos llegado.
Miré hacia arriba. Sí, ahíestaba nuestra casa, con todas
las ventanas iluminadas. En algún lugar allí dentro me
esperaba mamá. Ymicama. —Gracias —dijo Gideon.
—Gracias —dijo Gideon.
Me volví haciaél. —¿Por qué? —Tal vez… tal vez realmente no hubiera aguantado
mucho más —confesó esbozando una pequeña sonrisa—.
Creo que has salvado mi patética vida.
No sabía qué decir. Lo único que podía hacer era
mirarle, cuando me di cuenta de que mi labio inferior se
poníaatemblar.
Rápidamente, Gideon volvió a sacar su pañuelo de
puntillas, y esta vezlo cogí. —Será mejor que te limpies la cara con él; si no, tu
madreacabará por pensar que hasestado llorando.
Sesuponía que debía hacermereír, pero en ese momento
era sencillamente imposible, si bien no me puse a lloriquear
de nuevo como unatonta.
El conductor abrió la puerta del coche y mister George
bajó. —La acompaño hasta la entrada, Gideon. Será
solamente unminuto. —Buenas noches —conseguí balbucir. —Que duermas bien —murmuró Gideon sonriendo—.
Hasta mañana.
—¡Gwen! ¡Gwenny! —Caroline me zarandeaba para
despertarme—. Llegarás tardesi no televantasenseguida.
Me tapé la cabeza con la manta, irritada. No quería
despertarme; aun estando medio dormida, sabía
perfectamente que me esperaban recuerdos terribles si
abandonabael bienhechorestado desomnolencia. —¡De verdad, Gwenny! ¡Yason y cuarto!
Apreté en vano los ojos con fuerza. Demasiado tarde.
Los recuerdos se habían lanzado sobre mí como…
hummm…Atilasobre… ¿los vándalos?(Realmenteera una
nulidad en historia.)
Losacontecimientos delos dos últimos días pasaron ante
mí como una película en tecnicolor. Pero no recordaba
cómo había llegado a mi cama; solo que mister Bernhard
me habíaabierto la puertala nocheanterior. —Buenas noches, miss Gwendolyn. Buenas noches,
mister George. —Buenas noches, mister Bernhard. Traigo a Gwendolyn
a casa un poco antes de lo planeado. Por favor, transmita
mis saludosaladyArista. —Desdeluego, sir. Buenas noches, sir.
Los rasgos de mister Bernhard habían permanecido tan
inmóviles como siempre mientras cerraba la puerta detrás
de mister George. —Bonito vestido, miss Gwendolyn —había dicho luego
dirigiéndosea mí—.¿Definales delsiglo XVIII? —Sí,eso creo.
Estabatan cansada que hubiera podido hacerme un ovillo
sobre la alfombra y quedarme dormida allí mismo. Nunca
me había alegrado tanto de poder meterme en mi cama
como en ese momento. Solo temía cruzarme en micamino
al tercer piso con la tía Glenda, Charlotte y lady Arista y
tener que soportar un montón de reproches, preguntas y
comentarios sarcásticos. —Por desgracia, las señoras ya han cenado, pero he
preparado un pequeño piscolabis para usted en lacocina. —Oh, realmente es muy amable de su parte, mister
Bernhard, pero…
—Quiere irse a la cama —repuso mister Bernhard
esbozando una sonrisa apenas perceptible—. Permítame
sugerirle que se dirija directamente a su dormitorio. Las
señoras están en la sala de música y no la oirán sise desliza
como un gato. Luego informaréasumadre de queestáaquí
y le darélacena para queselallevearriba.
Estaba demasiado cansada para asombrarme de su tacto
y sus atenciones. Me había limitado a murmurar «Muchas
gracias, mister Bernhard» y había subido lasescaleras. Solo
recordaba vagamente el piscolabis y la conversación con
mamá, porque para entonces ya estaba medio dormida.
Seguro que no había podido masticar ni un bocado;aunque
también podíaser que me hubieran traído unasopa. —¡Oh, qué bonito! —Caroline había descubierto el
vestido, que estaba colgado sobre una silla junto con la
ropainteriorcon fruncidos—.¿Lo has traído del pasado? —No, ya lo llevaba puesto antes. —Me incorporé—.
¿Mamá os haexplicado la noticia?
Carolineasintió. —La verdad es que no pudo explicar mucho. La tía
Glenda chillaba tanto que ahora seguro que también lo
saben los vecinos. Tal como hablaba, parecía que mamá
fuera una vulgar estafadora que le había robado a la pobre
Charlottesu gen delos viajesen eltiempo. —¿YCharlotte? —Sefueasu habitación y no ha vuelto asalir, a pesar de
las súplicas de la tía Glenda. La tía Glenda se puso a gritar
que le habían destrozado la vida a Charlotte y que todo era
culpa de mamá. La abuela dijo que la tía Glenda debía
tomarse una pastilla, porque si no se vería obligada a llamar
a un médico. Y, entretanto, la tía Maddy no paraba de
hablar deláguila,elzafiro,elserbal y elreloj delatorre. —Debió deser terrible —comenté.
—Debió deser terrible —comenté. —Terriblemente emocionante —repuso Caroline—. A
Nick y a mí nos parece muy bien que tengas tú el gen y no
que sea Charlotte. Creo que tú lo puedes hacer todo igual
de bien que Charlotte, aunque la tía Glenda diga que tienes
elcerebro del tamaño de un guisante y dos pies izquierdos.
Es tan basta… —Acarició la tela brillante del corpiño—.
¿Te pondrásel vestido para mí hoy después delaescuela? —Claro —murmuré—. Pero también puedes probártelo
tú, si quieres.
Carolinerió entre dientes. —¡Es demasiado grande para mí, Gwenny! Y ahora
tienes que levantarte en serio; si no, no te darán el
desayuno.
No me desperté de verdad hasta que no estuve bajo la
ducha, y, mientras me lavaba el pelo, mis pensamientos no
dejaron de girar en torno a la noche anterior, o, para ser
más exactos, en torno a la media hora (tiempo percibido)
que había pasado en brazos de Gideon llorando a lágrima
viva.
Recordé cómo me había atraído hacia él y me había
acariciado los cabellos. Estaba tan trastornada que hasta
ese momento no había pensado en absoluto en lo cerca que
habíamos estado de pronto el uno del otro, lo que solo
contribuía a que entonces me resultara aún más penoso
recordarlo. Sobre todo porque, en contra de su estilo
habitual, había estado realmente muy cariñoso (aunque solo
por pura compasión), y yo me había propuesto firmemente
aborrecerle hastaelfin de mis días. —¡Gwenny! —Caroline golpeaba la puerta del lavabo —. ¡Acaba de una vez! No puedes pasarte toda la vida en
el baño.
Tenía razón. No podía quedarme allíeternamente. Tenía
que volver a salir a la nueva vida que me había tocado de
pronto. Cerré el grifo del agua caliente y dejé que el agua
helada corriera sobre mí hasta hacer desaparecer de mi
cuerpo hastaelmenor rastro desuciedad. Mi uniforme dela
escuela se había quedado en el cuarto de costura de
madame Rossini y tenía dos blusas en la ropa sucia, por lo
que tuve que ponerme el de repuesto, que ya me iba un
poco pequeño. La blusa se me tensaba sobre el pecho y la
falda era un pelín corta. Tanto daba. Los zapatos azul
marino también se habían quedado en Temple, de modo
que me puse mis deportivas negras; aunque de hecho
estaba prohibido, no era probable que el director Gilles
entrara en clase precisamente hoy para hacer una ronda de
inspección decalzado.
No tenía tiempo de usar el secador, de manera que me
sequé los cabellos con una toalla tan bien como pude y me
pasé el peine. El pelo, mojado y liso, me caía sobre los
hombros. No quedaba ni rastro de los suaves rizos que
madame Rossini había hecho surgirel díaanteriorcomo por
arte de magia.
Durante un rato contemplé mi cara en el espejo. No
podía decirse que estuviera fresca como una rosa, pero sí
mejor delo que podíaesperarse. Merepartí por las mejillas
y lafrente un poco delacremaantiarrugas de mamá. Como
repetía siempre mimadre, nunca es demasiado pronto para
empezar.
No me hubiera importado en absoluto prescindir del
desayuno, pero, por otro lado, tarde o temprano tendría
que encontrarme con Charlotte y la tía Glenda, de modo
quecuanto antes lo hiciera mejor.
Al llegar al primer piso, mucho antes de entrar en el
comedor, yalas oí hablar. —El gran pájaro es un símbolo de desgracia —oí que
decía la tía abuela Maddy. ¡Caramba, menuda novedad! A
la tía Maddy le encantaba dormir, y el desayuno era para
ella la única comida prescindible del día. Normalmente,
nunca se levantaba antes de las diez—. Me gustaría que
alguienmeescuchara —continuó. —¡Maddy, por favor! Nadie sería capaz de sacar nada
—¡Maddy, por favor! Nadie sería capaz de sacar nada
en claro de tu visión. Ya hemos tenido que oírla al menos
diez veces.
La que hablabaeraladyArista. —Eso es —convino latía Glenda—. Si oigo una vezmás
las palabras «huevo dezafiro», me pondréa gritar. —Buenos días —saludé.
Siguió un corto silencio en el que todos me miraron con
los ojos tan abiertoscomo los de Dolly, la ovejaclonada. —Buenos días, querida —dijo ladyArista finalmente—.
Espero que hayas dormido bien. —Sí, de maravilla, gracias. Estaba muy cansada. —Seguro que todo esto te queda un poco grande —me
espetó latía Glenda mirándome dearribaabajo.
De hecho, era cierto. Me dejé caer en la silla, frente a
Charlotte, que no había tocado su tostada. Mi prima me
miró como si mi aparición fuera lo que le había hecho
perderelapetito.
Detodos modos, mamá yNick me dirigieron una sonrisa
de complicidad y Caroline me alargó una fuente de cereales
con leche.
La tía Maddy, con su bata rosa, me saludó con la mano
desdeel otro extremo dela mesa. —¡Angelito! ¡Estoy tan contenta de verte! Por fin podrás
poner un poco de luz en toda esta confusión. Con el
escándalo que había ayer noche era imposible enterarse de
nada. Glenda empezó a revolver viejas historias de
entonces, de cuando Lucy se fugó con ese guapo joven De
Villiers. Nunca he entendido por qué armaron todos tanto
alboroto solo porque Grace la dejó vivir unos días en su
casa. Una pensaría que todo este asunto es cosa del
pasado; pero no, apenas empieza a crecer la hierba en
algún sitio, llegaalgún camello y se ponea mordisquearla.
Carolinerió entre dientes. Sin dudaseestabaimaginando
alatía Glendacomo camello. —Esto no es ninguna serie de la tele, tía Maddy —
resopló latía Glenda. —Graciasa Dios —repuso latía Maddy—. Sifuera una,
haríatiempo que habría perdido el hilo. —Es muy sencillo —aclaró Charlotte fríamente—.
Todos pensaban que yo tenía el gen, pero en realidad es
Gwendolyn la que lo tiene. —Apartó el plato y se levantó —. Ya veremoscómo selasarreglará. —¡Charlotte, espera! —Pero la tía Glenda no pudo
evitar que Charlotte saliera pitando de la habitación. Antes
de correr tras ella, aún tuvo tiempo de lanzar una mirada
venenosaa mamá—. ¡Deberíasavergonzarte, Grace! —Realmentees un peligro público —dijo Nick.
LadyAristalanzó un profundo suspiro.
Mamátambién suspiró. —Ahoratengo queiraltrabajo. Gwendolyn, he quedado
con mister George en que hoy irá a recogerte a la escuela.
Te enviarán para elapsar alaño 1956, en un sótano seguro;
allá podrás hacer tranquilamentetus deberes. —¡Brutal! —exclamó Nick.
Lo mismo pensaba yo. —Yluego vuelveenseguidaacasa —dijo ladyArista. —Paraentonces yaserá de noche —repuse.
¿En adelante iba a ser siempre así mi vida? ¿Desde la
escuela ir a elapsar a Temple, sentarme allí en un sótano
aburrido y hacer los deberes y luego ir a casa a cenar?
¡Aquello era unaauténtica pesadilla!
La tía abuela Maddy maldijo en voz baja porque la
manga desu bata habíarozado la mermelada desu tostada. —Siempre digo que a esta hora uno debería estar en la
cama. —Yyo —repuso Nick.
Como cada mañana, mamá nos dio un beso a los tres
para despedirse, y luego me puso la mano en el hombro y
dijo en voz baja: —Si por casualidad vieras a mi papi, por favor dale un
beso de mi parte.
beso de mi parte.
Lady Arista se estremeció ligeramente al oírlo. En
silencio, tomó unos sorbitos deté, miró elreloj y dijo: —Tendréis que daros prisa si queréis llegara la hora a la
escuela.
—Aún no sé cómo, pero te aseguro que un día abriré un
despacho de detectives —afirmó Leslie.
Las dos nos habíamos saltado la clase de geografía de
mistress Counter y estábamos charlando apretujadas en el
interior de un cubículo del lavabo de las chicas. Leslie
estaba sentada en la tapa del váter con un grueso
archivador sobre las rodillas, y yo me apoyaba con la
espalda contra la puerta, que estaba cubierta de
inscripciones superpuestas hechas con bolígrafo y rotulador
como «Jenny ama a Adam», «Malcolmes un borde» y «La
vidaes una mierda»,entre otras. —Sencillamente, llevo la investigación de misterios en la
sangre —dijo Leslie—. Tal vez estudie también historia y
me especialice en mitos y escritos antiguos. Y luego haré
algo como lo de Tom Hanks en Ángeles y demonios.
Aunque, naturalmente, yo tengo mejor aspecto, y además
contrataréa un ayudanterealmente guay.
—Hazlo —repuse—. Seguro que será emocionante.
Mientras tanto, yo me quedaré confinada para el resto de
mi vidaen elaño 1956 en un sótano sin ventanas. —Solo tres horasal día —replicó.
Leslie estaba al corriente de todo, y parecía que podía
captar el complicado entramado de datos mucho mejor y
mucho más deprisa que yo. Mi amiga había escuchado
todas mis explicaciones hasta la historia de los hombres en
el parque, incluida la interminable letanía de mis
remordimientos de conciencia. «Es mejor que te defiendas
antes que dejarte cortar tú misma como una torta», había
sido su comentario, que, curiosamente, me había ayudado
más que todos los razonamientos de mister George o de
Gideon juntos. —Míralo de este modo —me susurró ahora—. Piensa
que si tienes que hacer deberes en un sótano, al menos no
tendrás que toparte con condes siniestros que dominan la
telequinesis.
«Telequinesis» era el concepto que Leslie había
encontrado para describir la capacidad del conde de
estrangularme a metros de distancia de mí. Y mediante la
telequinesis, decía, uno también puedecomunicarsesin abrir
la boca. Me había prometido que esa misma tarde
profundizaría másen eltema.
Leslie se había pasado el día anterior y parte de la noche
buscando información en internet sobre el conde de Saint
Germain y elresto delmaterial que le había proporcionado,
y rechazó misefusivas muestras deagradecimiento alegando
queselo pasaba de muertecon todo aquello. —Parece ser que ese conde de Saint Germain es un
personaje histórico bastante impenetrable, tanto que ni
siquiera consta su fecha de nacimiento exacta. Y existen
muchos enigmas sobre su origen —dijo, mientras su rostro
se encendía literalmente de entusiasmo—. Se dice que no
envejecía, algo que algunos atribuyen a la magia y otros a
unaalimentación equilibrada. —Era viejo —repuse yo—. Tal vez estuviera bien
conservado, pero puedo asegurarte queera viejo. —Bien, entonces este punto queda rebatido —prosiguió
Leslie—. Debió de ser una personalidad fascinante, porque
aparece en numerosas novelas y, para determinados
círculos esotéricos, es una especie de gurú, un iniciado, lo
que quiera que signifique eso. Pertenecía a diversas
sociedades secretas, a los masones, los rosacruces y
algunas más, era un músico notable, tocaba el violín y
componía, hablaba una docena de lenguas fluidamente y se
dice que podía, agárrate bien, viajar en el tiempo. En todo
caso, élafirmaba haber asistido a diversos acontecimientos
caso, élafirmaba haber asistido a diversos acontecimientos
queeraimposible que hubiera presenciado. —Bueno, supongo queen realidad podía haberlo hecho. —Sí. Qué locura, ¿no?Además, tenía gran interés por la
alquimia. En Alemania tenía su propia torre alquímica para
realizar susexperimentos…
—Alquimia. Eso tiene alguna relación con la piedra
filosofal,¿verdad? —Exacto. Y con la magia. Pero la piedra filosofal
significacosas distintas paracada persona. Habíaindividuos
que solo querían fabricar oro artificialmente, lo que condujo
a todo tipo de aberraciones. Todos los reyes y príncipes
estaban interesadísimos por la gente que afirmaba ser
alquimista porque naturalmente iban locos por obtener oro.
Pero, aunque de los intentos de fabricar oro surgió, por
ejemplo, la porcelana, en la mayoría de los casos no surgía
nada de nada, y por eso también a veces los alquimistas
eran considerados herejes o estafadores y eran arrojados a
prisión o decapitados. —Era culpa suya —repuse—. No tenían más que estar
atentosen clase de química. —Pero en realidad lo que preocupaba a los alquimistas
no era el oro —continuó Leslie—. Ese era, por así decirlo,
la tapadera para sus experimentos. La piedra filosofal es
más bien un sinónimo de la inmortalidad. Los alquimistas
pensaban que si se combinaban los componentes
adecuados (ojos de sapo, sangre de una virgen, pelos de la
cola de un gato negro, jajá, tranquila, es broma), que si se
combinaban, digo, los componentes adecuados con los
procesos químicos adecuados, al finalsurgiría una sustancia
que convertiría al que la bebiera en inmortal. Los adeptos
delconde de Saint Germain afirman que él poseía la receta,
y que, por tanto, erainmortal. Sin embargo, hay fuentes que
indican que murió en 1784 en Alemania; aunque también
hay otras fuentes que mencionan informes de personas que
le vieronmuchosaños más tarde vivito y coleando. —Hummm… —murmuré—. No creo que sea inmortal,
pero es posible que esté tratando de conseguirlo. Quizá ese
sea el secreto que se esconde tras el Secreto. Lo que
ocurrecuando elCírculo secierra…
—Es posible. Pero esta es solo una cara de la moneda,
impuesta forzadamente por fervorosos adeptos de teorías
delaconspiración esotéricas que no tienen inconvenienteen
manipular los datos de las fuentes en beneficio propio.
Observadorescríticos, en cambio, parten dela base de que
los mitos que rodean la figura de Saint Germain son, en su
mayor parte, puras fantasías desus seguidores, y que tienen
su origen en hábiles escenificaciones creadas por ellos
mismos.
Leslie soltó todo esto tan deprisa y con tanto entusiasmo
que no pudeevitarecharmeareír. —¿Por qué no vasa vera mister Whitman y le preguntas
si puedes escribir un trabajo sobre el tema? —le propuse —. Has investigado tanto que incluso podrías escribir todo
un libro sobreeltema. —No creo que la ardilla sepa valorar mis esfuerzos —
replicó Leslie—. Al fin y alcabo, es uno de los adeptos de
Saint Germain (como Vigilante, a la fuerza tiene que serlo),
y para mí él es claramente el malvado en esta historia; me
refiero a Saint Germain, no a mister Ardilla. Te amenazó y
te agarró por el cuello. Y tu madre dijo que debías andar
con cuidado con él. Lo quesignifica quesabe más delo que
admite. Y en realidad solo pudo saberlo a través de la tal
Lucy. —Creo que todos saben más de lo que admiten —
suspiré—. En cualquier caso, todos saben más que yo.
¡Incluso tú!
Leslierió. —Considérame sencillamente como una parte de tu
cerebro guardada en reserva. El conde siempre rodeó sus
orígenes de un gran misterio. El nombre y el título, en todo
caso, eran inventados. Posiblemente era hijo ilegítimo de
caso, eran inventados. Posiblemente era hijo ilegítimo de
María Ana de Habsburgo, la viuda del rey Carlos II de
España. En cuanto al padre, existen dudas entre varios
personajes. Otra teoría afirma que era hijo de un príncipe
transilvano que fue criado en Italia en la casa del último
duque de Médicis. De todas maneras, nada de esto es
realmente demostrable, de modo que todo el mundo da
palos deciego. Pero ahora nosotras dos tenemos una nueva
teoría. —Ah,¿sí?
Leslie puso los ojosen blanco. —¡Naturalmente! Ahora sabemos que uno de sus
progenitores tenía que proceder delafamilia De Villiers. —¿Yde dónde hemos sacado eso? —¡Vamos, Gwen! Tú misma has dicho que el primer
viajero deltiempo sellamaba De Villiers, y poreso elconde
debe de ser un miembro, legítimo o ilegítimo, de la familia;
eso lo entiendes, ¿no? Si no, tampoco sus descendientes
llevarían elapellido. —Hummm… sí —dije dudando. Seguía sin aclararme
del todo con las genealogías familiares—. De todos modos,
me parece que la teoría transilvana también tiene su interés.
No puedesercasualidad queese Rakoczy proceda deallí. —Seguiré investigando sobre eso —prometió Leslie—.
¡Cuidado!
La puerta de fuera se abrió y alguien entró en los
lavabos. La chica —al menos nosotras supusimos que era
una chica— entró en elcubículo de al lado para hacer pipí,
y Leslie y yo nos mantuvimos en silencio hasta que volvió a
salir. —Sin lavarse las manos —señaló Leslie—. Puaj. Me
alegro de no saber quién era. —Se han acabado las toallitas de papel—advertí yo.
Empezabaasentir quese meentumecían las piernas. —¿Crees que tendremos problemas? —le pregunté—.
Seguro que mistress Counter se dará cuenta de que no
estamos. Ysi no lo hace,alguien sechivará. —Para mistress Counter todos los alumnos son
intercambiables; no se dará cuenta de nada. Desde que iba
a quinto me llama Lilly, y a ti te confunde con Cynthia.
¡Precisamente con Cynthia! No, no, lo que estamos
haciendo aquí es mucho más importante que la geografía.
Tienes que prepararte de la mejor manera posible. Cuanto
más sepas detu adversario, mejor. —Sialmenos supiera quién es miadversario…
—No puedes fiarte de nadie —me advirtió Leslie,
exactamente igual que mi madre—. Siestuviéramos en una
película, al final el malo sería quien menos te esperaras.
Pero, como no estamos en una película, yo apostaría por el
tipo que hatratado deestrangularte. —Pero ¿quién nos echó encima a los hombres de negro
en Hyde Park? ¡El conde no lo hubiera hecho nunca!
Necesita a Gideon para que visite a los otros viajeros del
tiempo y lesextraigasangre paracerrarelCírculo. —Sí, es verdad. —Leslie se mordisqueó el labio inferior
con aire pensativo—. Pero es posible que en esta película
haya varios malvados. Lucy y Paul también podrían serlo.
Recuerda que robaron elcronógrafo. ¿Yqué me dices del
hombre de negro del número 18?
Meencogí de hombros. —Esta mañana estaba ahí, como siempre. ¿Por qué lo
dices?¿Crees quetambién acabará por sacar unaespada? —No, más bien diría que debe de ser un Vigilante que
está ahí plantado como un pasmarote por principio. —
Leslie volvió a concentrarse en su archivador—. Por otra
parte, sobre los Vigilantes como tales no he podido
encontrar nada; parece que es una logia muy secreta. Pero
algunos de los nombres que has mencionado, como
Churchill, Wellington, Newton, aparecen también entre los
masones, de modo que podemos partir de la base de que
existe al menos un tipo de relación entre las dos logias. En
internet no he encontrado nada sobre un chico ahogado
internet no he encontrado nada sobre un chico ahogado
llamado Robert White, pero en la biblioteca se pueden
revisar todas las ediciones delTimes y delObserver de los
últimos cuarenta años. Estoy segura de que allí encontraré
algo. ¿Qué más había? Ah, sí, el serbal, el zafiro y el
cuervo… Bueno, naturalmente esto se puede interpretar de
milmaneras; pero de todos modos en este tipo de historias
esotéricascualquiercosa puedesignificarcualquiercosa, así
que es imposible llegar a una conclusión fiable. Tenemos
que tratar de orientarnos por los hechos más que por todas
esas cosas sin importancia. Sencillamente, tienes que
descubrir algo más. Sobre todo, de Lucy y Paul y por qué
robaron elcronógrafo. Por lo visto, ellos saben algo quelos
otros no saben. O que no quieren reconocer. O sobre lo
quetienen una opinión distinta deantemano.
De nuevo se abrió la puerta de los lavabos. Esta vezlos
pasos eran pesados y enérgicos. Yse dirigían directamente
haciala puerta de nuestracabina. —¡Leslie Hay y Gwendolyn Shepherd! ¡Vais a salir de
aquíinmediatamente y volveraclase!
Leslie y yo callamosestupefactas. Luego Leslie dijo: —Mister Whitman, supongo que sabe que este es el
lavabo delaschicas,¿no? —Contaré hastatres —dijo repuso mister—. Uno…
Antes de quellegaraatres,abrimos la puerta. —Esto os costará una amonestación en el libro de clase —nos informó mister Whitman mientras nos observaba
como unaardillasevera—. Me habéis decepcionado mucho
las dos. Sobre todo tú, Gwendolyn. Que hayas ocupado el
puesto de tu prima no significa que puedas hacer lo que te
dé la gana. Charlotte nunca desatendió sus deberes
escolares. —Sí, mister Whitman—repuse.
Esa muestra de autoritarismo no encajaba en absoluto
con él. Normalmente, mister Whitman se mostraba
encantador con los alumnos, y, como mucho, en alguna
ocasión podíaser sarcástico. —Yahoraid aclase. —¿Cómo ha sabido que estábamos aquí? —preguntó
Leslie.
Mister Whitman no respondió y alargó la mano para
cogerleelarchivador. —¡Mientras tanto confiscaréesto! —Ah, no, de ninguna manera.
Leslieapretó elarchivadorcontrasu pecho. —¡Dameeso, Leslie! —Es quelo necesito… ¡paralaclase! —Contaré hastatres…
Al llegar a «dos», Leslie entregó el archivador
murmurando entre dientes. Fue terriblemente humillante
tener que entrar en elaula empujadas por mister Whitman;
además, mistress Counter pareció tomarse nuestro intento
de hacer novillos como algo personal, porque nos ignoró
porcompleto duranteelresto delaclase. —¿Habéis fumado algo? —preguntó Gordon. —No, tonto —replicó Leslie—. Solo queríamos charlar
tranquilas un rato. —¿Os habéis saltado la clase porque queríais charlar? —Gordon se dio una palmada en la frente—. ¡Increíble!
¡Mujeres! —Ahora mister Whitman podrá revisar de arriba abajo
tu archivador —le dije a Leslie—. Y entonces sabrán él y
los Vigilantes que te lo he explicado todo, lo cual seguro
queestá prohibidísimo. —Sí, seguro que lo está —repuso Leslie—. Tal vez
envíen a un hombre de negro para que se deshaga de mí
porquesécosas que nadie debesaber.
La perspectiva parecíaregocijarla. —¿Ysilo que dices no fueratan descabellado? —Entonces… Bueno, esta tarde iré a comprarte un
espray de pimienta, y aprovecharé para comprarme uno yo
también. —Leslie me dio una palmada en el hombro—.
también. —Leslie me dio una palmada en el hombro—.
¡Venga ya! No vamos a permitir que nos amedrenten,
¿verdad? —No. No vamosa permitirlo.
Envidiaba a Leslie por su inquebrantable optimismo. Ella
siempre mirabalascosas porel lado bueno, aunque costara
encontrárselo.
De los Anales de los Vigilantes
14 de agosto de 1949
De 15 a 18 horas. Lucy y Paul han aparecido en mi
despacho
para elapsar. Hemos charlado sobre reconstrucción y
saneamiento
de barrios y sobre el increíble hecho de que Notting Hill
sea, en su época, uno de los barrios más solicitados y
elegantes de la ciudad. (Ellos llaman «moda» a este
fenómeno.)
Además, me han traído una lista de todos los ganadores
de Wimbledon a partir de 1950. He prometido depositar
las ganancias de las apuestas en un fondo para la
formación universitaria de mis hijos y nietos.
Además, acaricio la idea de adquirir uno o dos de los
desastrados inmuebles de Notting Hill. Nunca se sabe.
Informe: Lucas Montrose, adepto de 3.
er grado
abía aterrizado en blando sobre mi propia falda, pero no
estaba en condiciones de levantarme de nuevo. Parecía
que todos los huesos de mis piernas se hubieran
volatilizado, temblaba de arriba abajo y mis dientes
castañeteaban salvajemente. —¡Levántate! —Gideon me tendió una mano. Había
vuelto a colocarse la espada en elcinturón, y me estremecí
al ver que tenía sangre pegada—. ¡Vamos, Gwendolyn! La
genteempiezaa mirar.
Ya hacía rato que se había hecho de noche, pero
habíamos aterrizado bajo una farola en algún lugar del
parque. Un corredor con cascos en las orejas nos dirigió
una mirada deextrañezaal pasar. —¿No te había dicho que te quedaras en el coche? —
Como no reaccionaba, Gideon me sujetó del brazo y me
estiró hacia arriba. Estaba pálido como un muerto—. Esto
hasido totalmenteirresponsable y… terriblemente peligroso
y… —Tragó saliva yme miró a los ojos—. Y, maldita sea,
muy valiente por tu parte. —Pensaba que se notaría al tocar las costillas —
murmuré sin parar de castañetear los dientes—. No
pensaba que fuera una sensación… parecida a cuando
cortas una tarta. ¿Cómo es que ese hombre no tenía
huesos? —Seguro quetenía —repuso Gideon—. Tuvistesuerte y
la hoja pasó entreellos. —¿Se morirá?
Gideon seencogió de hombros. —Si fue un pinchazo limpio, no. Pero la cirugía del siglo
XVIII no puede compararse precisamente con la de
Anatomía de Grey.
¿Qué demonios significaba un pinchazo limpio?
¿Cómo podíaser limpio un pinchazo?
¿Qué había hecho? ¡Muy posiblemente acababa de
matara un hombre!
La idea casi hizo que volviera a desplomarme, pero
Gideonmesostuvo. —Ven, tenemos que volver a Temple. Los otros estarán
preocupados.
Por lo visto, sabía exactamente en qué lugar del parque
nos encontrábamos, porque me arrastró con paso decidido
camino abajo, pasando junto a dos mujeres que paseaban a
sus perros y que nos miraron intrigadas. —Por favor, deja de hacer ruido con los dientes. Es
siniestro —imploró Gideon. —Soy unaasesina —murmuré yo. —¿No has oído nuncalaexpresión «en defensa propia»?
Te defendiste a ti misma, o, mejor dicho, a mí, para ser
exactos.
Gideon esbozó una sonrisa, y en ese momento se me
ocurrió que hacía solo una hora hubiera jurado que nunca
seríacapaz dereconoceralgo así.
Yde hecho no lo era. —No es quefuera necesario… —objetó. —¡Yalo creo queera necesario!¿Cómo tienesel brazo?
¡Estás sangrando! —No tieneimportancia. El doctor Whitelo curará.
Durante un rato caminamos juntos sin decir nada. Elaire
fresco de la noche me sentó bien: poco a poco mi pulso se
tranquilizó ymis dientes dejaron decastañetear. —Me dio un vuelco el corazón cuando te vi ahí de
pronto —confesó Gideon finalmente.
Me había soltado el brazo. Por lo visto, creía que ya
estaba en condiciones de sostenerme sobre mis piernas sin
estaba en condiciones de sostenerme sobre mis piernas sin
su ayuda. —¿Por qué no llevabas una pistola? —le espeté—. ¡El
otro hombretenía una! —No una, sino dos —repuso Gideon. —¿Ypor qué no las utilizó? —Lo hizo. Mató al pobre Wilbour y el disparo de la
segunda pistola no meacertó por poco. —Pero ¿por qué no volvió a disparar? —¿Ati quéte parece? Pues porquecada pistolatiene un
solo disparo —aclaró Gideon—. Las pequeñas y prácticas
armas de fuego que conoces de las películas de James
Bond aún no se habían inventado. —¡Pero ahora sí que se han inventado! ¿Por qué te
llevas al pasado una estúpida espada y no una pistola como
Dios manda? —No soy ningún asesino asueldo —contestó Gideon. —Pero esto es… quiero decir, ¿qué ventaja tiene, si no,
venir delfuturo?¡Oh! ¡Pero siestamosaquí!
Habíamos ido a parar justo a Apsley House, en Hyde
Park Corner, donde paseantes nocturnos, corredores y
propietarios de perros nos miraban con curiosidad. —Cogeremos un taxi hasta Temple —dijo Gideon. —¿Llevas dinero encima?
—¡Claro que no! —Bueno, yo llevo el móvil —dije, y lo pesqué de mi
escote. —¡Ah, el «cofrecillo plateado»! ¡Ya me había imaginado
algo así! Cabeza de… ¡traeaquí! —¡Oye, quees mío! —¿Yqué?¿Conocesel número porcasualidad?
Gideon yaestaba marcando. —Perdóneme, querida. —Una señora mayor me estaba
tirando de la manga—. No he podido resistirme a
preguntárselo.¿Es usted delteatro? —Hummm…, sí—repuse. —Ah, melo figuraba. —Laseñoratenía dificultades para
retener a su pachón, que tiraba de la correa hacia otro
perro que se encontraba a pocos metros—. Tiene un
aspecto tan maravillosamente auténtico… Eso solo pueden
conseguirlo las figurinistas. ¿Sabe?, yo de joven también
cosímucho… ¡Polly, mala, no tiresasí! —Enseguida vienen a recogernos —murmuró Gideon
mientras me devolvía el móvil—. Iremos andando hasta la
esquina de Piccadilly. —¿Y dónde se puede admirar su obra? —preguntó la
señora. —Hummm… Por desgracia, esta noche era la última
representación—repuse. —Oh, quélástima. —Sí. Yo también lo siento.
Gideonmearrastró hacia delante. —Adiós. —No entiendo cómo pudieron encontrarnos esos
hombres, ni quién pudo ordenara Wilbour que nos llevaraa
Hyde Park. No había tiempo para preparar una
emboscada.
Gideon caminaba murmurando entre dientes. Allí en la
calleaún despertábamos máscuriosidad queen el parque. —¿Hablasconmigo? —le pregunté. —Alguien sabía que estaríamos allí. Pero ¿cómo pudo
enterarse? —Wilbour… su ojo estaba…
De pronto tuve unaimperiosa necesidad de vomitar. —¿Quéestás haciendo?
Meentraron arcadas, pero no vomité. —¡Gwendolyn, tenemos que llegar ahí abajo! Respira
hondo y sete pasará.
Me quedé dondeestaba. Aquello mesuperaba. —¿Quese me pasará? —Aunqueen realidad tenía ganas
de ponerme a chillar, me obligué a hablar despacio y claro —. ¿Pasará también el hecho de que acabo de matar a un
—. ¿Pasará también el hecho de que acabo de matar a un
hombre?¿Pasarátambién que mi vida haya dado un giro de
trescientos sesenta grados de la noche a la mañana?
¿Pasarátambién que unmaldito engreído con el pelo largo y
medias de seda que toca el violín no tenga otra cosa que
hacer que darme órdenes sin parar aunque hace un
momento haya salvado su asquerosa vida? Si me lo
preguntas, ¡te diré que no me faltan motivos para vomitar!
Y, por siteinteresa, ¡tú eres uno deellos!
Perfecto, la última frase tal vez había sonado un poco
chillona, pero no demasiado. De pronto me dicuenta de lo
bien quete quedas soltándolo todo de una vez. Por primera
vezen ese día mesentírealmenteliberada y por primera vez
dejé desentirme mal.
Gideon me miraba tan desconcertado que me hubiera
puesto a reír si no me hubiera sentido tan desesperada.
¡Menuda novedad! ¡Parecía que por fin también élse había
quedado sin habla! —Ahora quiero ir a casa —espeté, tratando de poner
término a mi discurso triunfal delaforma más digna posible.
Por desgracia, no lo conseguí del todo, porque, al pensar
en mi familia, de repente mis labios empezaron a temblar y
sentí quelos ojos se mellenaban delágrimas.
¡Malditasea,ahora no!
—No pasa nada, tranquila —mecalmó Gideon.
Lasorprendentesuavidad desu tono fue demasiado para
mi capacidad de autocontrol. Las lágrimas empezaron a
rodarme por las mejillas sin que pudieraevitarlo. —Oye, Gwendolyn, lo siento. —De repente se acercó a
mí, mecogió delos hombros ymeatrajo haciaél—. Soy un
idiota, he olvidado lo que esto debe de representar para ti —me murmuró al oído—. Y eso que todavía puedo
recordar lo extraño que me sentícuando salté por primera
vez, a pesar de las muchas horas de esgrima, por no hablar
delasclases de violín…
Me pasó la mano por los cabellos, y yo me puse a
sollozaraúnmás fuerte. —No llores más —dijo él sin saber qué hacer—. Todo
irá bien.
No, nada iba bien. Todo era espantoso. La frenética
persecución de esta noche, cuando me habían tomado por
unaladrona, los ojos siniestros de Rakoczy,elcondecon su
voz helada y aterradora y la mano que me oprimía elcuello,
y finalmente el pobre Wilbour y ese hombre al que había
clavado una espada en la espalda. ¡Y ahora, para colmo,
ver que ni siquiera conseguía decirle lo que pensaba a
Gideon sin estallar en lágrimas y soportar que él tuviera que
consolarme!
Me dejéllevar por lasemociones.
¡Por Dios, dónde estaba mi sentido de la dignidad!
Avergonzada, meenjuguélas lágrimascon la mano. —¿Un pañuelo? —preguntó Gideon, y sonriendo se
sacó del bolsillo un pañuelo amarillo limón con puntas de
encaje—. Por desgracia, en el rococó aún no había
Kleenex, pero telo regalo.
Iba a cogerlo cuando una limusina negra se detuvo a
nuestro lado.
En el interior delcoche nos esperaba mister George, con
la calva perlada de sudor. Al verle, los pensamientos que
daban vueltas sin pararenmicabezasecalmaron un poco y
mesobrevino un cansancio mortal. —Estábamos muertos de angustia —indicó mister
George—. Oh, Dios mío, Gideon, ¿qué te ha pasado en el
brazo? ¡Estás sangrando! ¡Y Gwendolyn parece
terriblementetrastornada!¿Está herida? —Solo agotada —repuso Gideon escuetamente—. La
llevaremosacasa. —Pero eso no puedeser. Tenemos queexaminarosalos
dos y hay quecurar tu heridaenseguida. —Hace rato que ha dejado de sangrar, solo es un
arañazo, de verdad. Gwendolyn quiereirseacasa. —Tal vezaún no haya elapsado lo suficiente. Ymañana
—Tal vezaún no haya elapsado lo suficiente. Ymañana
tiene queiralaescuela y…
La voz de Gideon volvió a adoptar su característico tono
arrogante, pero esta vez no iba dirigido a mí. —Mister George, ha estado tres horas fuera, tiempo
suficiente para que pueda pasar tranquila las próximas
dieciocho horas. —Probablemente, sí—repuso mister George—. Pero va
contralas reglas y,además, deberíamos saber si…
—¡Mister George!
Finalmente, mister George cedió: se volvió y golpeó con
los nudillos la ventana de la cabina delconductor. El panel
se deslizó haciaabajo con un zumbido. —Gire a la derecha en Berkeley Street —indicó—.
Daremos un pequeño rodeo. Bourdonplace, número 81.
Respiré aliviada cuando el coche empezó a rodar por
Berkeley Street. Por fin podíairacasaconmamá.
Mister George me miraba muy serio. Era una mirada
compasiva, como si nunca antes hubiera visto a alguien tan
digno delástima. —¿Qué demonios ha pasado?
Lasensación plomiza decansancio persistía. —Nuestro carruaje fue atacado por tres hombres en
Hyde Park —explicó Gideon—. El cochero murió de un
disparo. —Oh, Dios mío —exclamó msiter George—. Aunque no
comprendo por qué, tienesentido. —¿Quésentido? —Está en los Anales. 14 de septiembre de 1782. Un
Vigilante de segunda fila llamado James Wilbour aparece
muerto en Hyde Park. Una bala de pistola le ha arrancado
media cara. Nunca se descubrió quién había sido el autor
delataque. —Puesahoralo sabemos —repuso Gideon indignado—.
Ya sé qué aspecto tenía su asesino, pero no conozco su
nombre. —Yyo le maté —murmurécon vozapagada. —¿Qué? —Se lanzó contra el que había atacado a Wilbour y le
clavó laespadaen laespalda —explicó Gideon. —¿Que hizo qué? —preguntó mister George con los
ojos dilatados deasombro. —Eran dos contra uno —murmuré—. No podía
quedarme mirando. —Eran tres contra uno —me corrigió Gideon—. Y ya
había acabado con uno de ellos. Te dije que debías
quedarteen elcarruaje pasaralo que pasase. —No parecía que pudieras aguantar mucho tiempo más
—repusesinmirarle.
Gideon calló.
Mister George miró a Gideon, luego a mí, y finalmente
dijo sacudiendo lacabeza: —¡Qué desastre! ¡Tumadre me matará, Gwendolyn! Se
suponía que debíaser unaacción totalmenteinofensiva. Una
conversación con el conde, en la misma casa, sin riesgo
alguno. No hubieras debido correr peligro ni por un
segundo. Y en lugar de eso habéis viajado por media
ciudad y os han atacado unos salteadores… ¡Gideon, por
Dios!¿En quéestabas pensando? —Todo hubiera ido perfectamente si alguien no nos
hubiera traicionado —replicó Gideon, que ahora parecía
furioso—. Alguien tenía que estar informado de nuestra
visita. Alguien que estaba en situación de convencer a
Wilbour para que nos llevaraa unacitaen el parque. —Pero ¿por qué iba a querer mataros nadie? ¿Y quién
podía saber que haríais esta visita justo ese día? Todo esto
no tiene ningún sentido. —Mister Georgese mordió el labio —. Oh, ya hemos llegado.
Miré hacia arriba. Sí, ahíestaba nuestra casa, con todas
las ventanas iluminadas. En algún lugar allí dentro me
esperaba mamá. Ymicama. —Gracias —dijo Gideon.
—Gracias —dijo Gideon.
Me volví haciaél. —¿Por qué? —Tal vez… tal vez realmente no hubiera aguantado
mucho más —confesó esbozando una pequeña sonrisa—.
Creo que has salvado mi patética vida.
No sabía qué decir. Lo único que podía hacer era
mirarle, cuando me di cuenta de que mi labio inferior se
poníaatemblar.
Rápidamente, Gideon volvió a sacar su pañuelo de
puntillas, y esta vezlo cogí. —Será mejor que te limpies la cara con él; si no, tu
madreacabará por pensar que hasestado llorando.
Sesuponía que debía hacermereír, pero en ese momento
era sencillamente imposible, si bien no me puse a lloriquear
de nuevo como unatonta.
El conductor abrió la puerta del coche y mister George
bajó. —La acompaño hasta la entrada, Gideon. Será
solamente unminuto. —Buenas noches —conseguí balbucir. —Que duermas bien —murmuró Gideon sonriendo—.
Hasta mañana.
—¡Gwen! ¡Gwenny! —Caroline me zarandeaba para
despertarme—. Llegarás tardesi no televantasenseguida.
Me tapé la cabeza con la manta, irritada. No quería
despertarme; aun estando medio dormida, sabía
perfectamente que me esperaban recuerdos terribles si
abandonabael bienhechorestado desomnolencia. —¡De verdad, Gwenny! ¡Yason y cuarto!
Apreté en vano los ojos con fuerza. Demasiado tarde.
Los recuerdos se habían lanzado sobre mí como…
hummm…Atilasobre… ¿los vándalos?(Realmenteera una
nulidad en historia.)
Losacontecimientos delos dos últimos días pasaron ante
mí como una película en tecnicolor. Pero no recordaba
cómo había llegado a mi cama; solo que mister Bernhard
me habíaabierto la puertala nocheanterior. —Buenas noches, miss Gwendolyn. Buenas noches,
mister George. —Buenas noches, mister Bernhard. Traigo a Gwendolyn
a casa un poco antes de lo planeado. Por favor, transmita
mis saludosaladyArista. —Desdeluego, sir. Buenas noches, sir.
Los rasgos de mister Bernhard habían permanecido tan
inmóviles como siempre mientras cerraba la puerta detrás
de mister George. —Bonito vestido, miss Gwendolyn —había dicho luego
dirigiéndosea mí—.¿Definales delsiglo XVIII? —Sí,eso creo.
Estabatan cansada que hubiera podido hacerme un ovillo
sobre la alfombra y quedarme dormida allí mismo. Nunca
me había alegrado tanto de poder meterme en mi cama
como en ese momento. Solo temía cruzarme en micamino
al tercer piso con la tía Glenda, Charlotte y lady Arista y
tener que soportar un montón de reproches, preguntas y
comentarios sarcásticos. —Por desgracia, las señoras ya han cenado, pero he
preparado un pequeño piscolabis para usted en lacocina. —Oh, realmente es muy amable de su parte, mister
Bernhard, pero…
—Quiere irse a la cama —repuso mister Bernhard
esbozando una sonrisa apenas perceptible—. Permítame
sugerirle que se dirija directamente a su dormitorio. Las
señoras están en la sala de música y no la oirán sise desliza
como un gato. Luego informaréasumadre de queestáaquí
y le darélacena para queselallevearriba.
Estaba demasiado cansada para asombrarme de su tacto
y sus atenciones. Me había limitado a murmurar «Muchas
gracias, mister Bernhard» y había subido lasescaleras. Solo
recordaba vagamente el piscolabis y la conversación con
mamá, porque para entonces ya estaba medio dormida.
Seguro que no había podido masticar ni un bocado;aunque
también podíaser que me hubieran traído unasopa. —¡Oh, qué bonito! —Caroline había descubierto el
vestido, que estaba colgado sobre una silla junto con la
ropainteriorcon fruncidos—.¿Lo has traído del pasado? —No, ya lo llevaba puesto antes. —Me incorporé—.
¿Mamá os haexplicado la noticia?
Carolineasintió. —La verdad es que no pudo explicar mucho. La tía
Glenda chillaba tanto que ahora seguro que también lo
saben los vecinos. Tal como hablaba, parecía que mamá
fuera una vulgar estafadora que le había robado a la pobre
Charlottesu gen delos viajesen eltiempo. —¿YCharlotte? —Sefueasu habitación y no ha vuelto asalir, a pesar de
las súplicas de la tía Glenda. La tía Glenda se puso a gritar
que le habían destrozado la vida a Charlotte y que todo era
culpa de mamá. La abuela dijo que la tía Glenda debía
tomarse una pastilla, porque si no se vería obligada a llamar
a un médico. Y, entretanto, la tía Maddy no paraba de
hablar deláguila,elzafiro,elserbal y elreloj delatorre. —Debió deser terrible —comenté.
—Debió deser terrible —comenté. —Terriblemente emocionante —repuso Caroline—. A
Nick y a mí nos parece muy bien que tengas tú el gen y no
que sea Charlotte. Creo que tú lo puedes hacer todo igual
de bien que Charlotte, aunque la tía Glenda diga que tienes
elcerebro del tamaño de un guisante y dos pies izquierdos.
Es tan basta… —Acarició la tela brillante del corpiño—.
¿Te pondrásel vestido para mí hoy después delaescuela? —Claro —murmuré—. Pero también puedes probártelo
tú, si quieres.
Carolinerió entre dientes. —¡Es demasiado grande para mí, Gwenny! Y ahora
tienes que levantarte en serio; si no, no te darán el
desayuno.
No me desperté de verdad hasta que no estuve bajo la
ducha, y, mientras me lavaba el pelo, mis pensamientos no
dejaron de girar en torno a la noche anterior, o, para ser
más exactos, en torno a la media hora (tiempo percibido)
que había pasado en brazos de Gideon llorando a lágrima
viva.
Recordé cómo me había atraído hacia él y me había
acariciado los cabellos. Estaba tan trastornada que hasta
ese momento no había pensado en absoluto en lo cerca que
habíamos estado de pronto el uno del otro, lo que solo
contribuía a que entonces me resultara aún más penoso
recordarlo. Sobre todo porque, en contra de su estilo
habitual, había estado realmente muy cariñoso (aunque solo
por pura compasión), y yo me había propuesto firmemente
aborrecerle hastaelfin de mis días. —¡Gwenny! —Caroline golpeaba la puerta del lavabo —. ¡Acaba de una vez! No puedes pasarte toda la vida en
el baño.
Tenía razón. No podía quedarme allíeternamente. Tenía
que volver a salir a la nueva vida que me había tocado de
pronto. Cerré el grifo del agua caliente y dejé que el agua
helada corriera sobre mí hasta hacer desaparecer de mi
cuerpo hastaelmenor rastro desuciedad. Mi uniforme dela
escuela se había quedado en el cuarto de costura de
madame Rossini y tenía dos blusas en la ropa sucia, por lo
que tuve que ponerme el de repuesto, que ya me iba un
poco pequeño. La blusa se me tensaba sobre el pecho y la
falda era un pelín corta. Tanto daba. Los zapatos azul
marino también se habían quedado en Temple, de modo
que me puse mis deportivas negras; aunque de hecho
estaba prohibido, no era probable que el director Gilles
entrara en clase precisamente hoy para hacer una ronda de
inspección decalzado.
No tenía tiempo de usar el secador, de manera que me
sequé los cabellos con una toalla tan bien como pude y me
pasé el peine. El pelo, mojado y liso, me caía sobre los
hombros. No quedaba ni rastro de los suaves rizos que
madame Rossini había hecho surgirel díaanteriorcomo por
arte de magia.
Durante un rato contemplé mi cara en el espejo. No
podía decirse que estuviera fresca como una rosa, pero sí
mejor delo que podíaesperarse. Merepartí por las mejillas
y lafrente un poco delacremaantiarrugas de mamá. Como
repetía siempre mimadre, nunca es demasiado pronto para
empezar.
No me hubiera importado en absoluto prescindir del
desayuno, pero, por otro lado, tarde o temprano tendría
que encontrarme con Charlotte y la tía Glenda, de modo
quecuanto antes lo hiciera mejor.
Al llegar al primer piso, mucho antes de entrar en el
comedor, yalas oí hablar. —El gran pájaro es un símbolo de desgracia —oí que
decía la tía abuela Maddy. ¡Caramba, menuda novedad! A
la tía Maddy le encantaba dormir, y el desayuno era para
ella la única comida prescindible del día. Normalmente,
nunca se levantaba antes de las diez—. Me gustaría que
alguienmeescuchara —continuó. —¡Maddy, por favor! Nadie sería capaz de sacar nada
—¡Maddy, por favor! Nadie sería capaz de sacar nada
en claro de tu visión. Ya hemos tenido que oírla al menos
diez veces.
La que hablabaeraladyArista. —Eso es —convino latía Glenda—. Si oigo una vezmás
las palabras «huevo dezafiro», me pondréa gritar. —Buenos días —saludé.
Siguió un corto silencio en el que todos me miraron con
los ojos tan abiertoscomo los de Dolly, la ovejaclonada. —Buenos días, querida —dijo ladyArista finalmente—.
Espero que hayas dormido bien. —Sí, de maravilla, gracias. Estaba muy cansada. —Seguro que todo esto te queda un poco grande —me
espetó latía Glenda mirándome dearribaabajo.
De hecho, era cierto. Me dejé caer en la silla, frente a
Charlotte, que no había tocado su tostada. Mi prima me
miró como si mi aparición fuera lo que le había hecho
perderelapetito.
Detodos modos, mamá yNick me dirigieron una sonrisa
de complicidad y Caroline me alargó una fuente de cereales
con leche.
La tía Maddy, con su bata rosa, me saludó con la mano
desdeel otro extremo dela mesa. —¡Angelito! ¡Estoy tan contenta de verte! Por fin podrás
poner un poco de luz en toda esta confusión. Con el
escándalo que había ayer noche era imposible enterarse de
nada. Glenda empezó a revolver viejas historias de
entonces, de cuando Lucy se fugó con ese guapo joven De
Villiers. Nunca he entendido por qué armaron todos tanto
alboroto solo porque Grace la dejó vivir unos días en su
casa. Una pensaría que todo este asunto es cosa del
pasado; pero no, apenas empieza a crecer la hierba en
algún sitio, llegaalgún camello y se ponea mordisquearla.
Carolinerió entre dientes. Sin dudaseestabaimaginando
alatía Glendacomo camello. —Esto no es ninguna serie de la tele, tía Maddy —
resopló latía Glenda. —Graciasa Dios —repuso latía Maddy—. Sifuera una,
haríatiempo que habría perdido el hilo. —Es muy sencillo —aclaró Charlotte fríamente—.
Todos pensaban que yo tenía el gen, pero en realidad es
Gwendolyn la que lo tiene. —Apartó el plato y se levantó —. Ya veremoscómo selasarreglará. —¡Charlotte, espera! —Pero la tía Glenda no pudo
evitar que Charlotte saliera pitando de la habitación. Antes
de correr tras ella, aún tuvo tiempo de lanzar una mirada
venenosaa mamá—. ¡Deberíasavergonzarte, Grace! —Realmentees un peligro público —dijo Nick.
LadyAristalanzó un profundo suspiro.
Mamátambién suspiró. —Ahoratengo queiraltrabajo. Gwendolyn, he quedado
con mister George en que hoy irá a recogerte a la escuela.
Te enviarán para elapsar alaño 1956, en un sótano seguro;
allá podrás hacer tranquilamentetus deberes. —¡Brutal! —exclamó Nick.
Lo mismo pensaba yo. —Yluego vuelveenseguidaacasa —dijo ladyArista. —Paraentonces yaserá de noche —repuse.
¿En adelante iba a ser siempre así mi vida? ¿Desde la
escuela ir a elapsar a Temple, sentarme allí en un sótano
aburrido y hacer los deberes y luego ir a casa a cenar?
¡Aquello era unaauténtica pesadilla!
La tía abuela Maddy maldijo en voz baja porque la
manga desu bata habíarozado la mermelada desu tostada. —Siempre digo que a esta hora uno debería estar en la
cama. —Yyo —repuso Nick.
Como cada mañana, mamá nos dio un beso a los tres
para despedirse, y luego me puso la mano en el hombro y
dijo en voz baja: —Si por casualidad vieras a mi papi, por favor dale un
beso de mi parte.
beso de mi parte.
Lady Arista se estremeció ligeramente al oírlo. En
silencio, tomó unos sorbitos deté, miró elreloj y dijo: —Tendréis que daros prisa si queréis llegara la hora a la
escuela.
—Aún no sé cómo, pero te aseguro que un día abriré un
despacho de detectives —afirmó Leslie.
Las dos nos habíamos saltado la clase de geografía de
mistress Counter y estábamos charlando apretujadas en el
interior de un cubículo del lavabo de las chicas. Leslie
estaba sentada en la tapa del váter con un grueso
archivador sobre las rodillas, y yo me apoyaba con la
espalda contra la puerta, que estaba cubierta de
inscripciones superpuestas hechas con bolígrafo y rotulador
como «Jenny ama a Adam», «Malcolmes un borde» y «La
vidaes una mierda»,entre otras. —Sencillamente, llevo la investigación de misterios en la
sangre —dijo Leslie—. Tal vez estudie también historia y
me especialice en mitos y escritos antiguos. Y luego haré
algo como lo de Tom Hanks en Ángeles y demonios.
Aunque, naturalmente, yo tengo mejor aspecto, y además
contrataréa un ayudanterealmente guay.
—Hazlo —repuse—. Seguro que será emocionante.
Mientras tanto, yo me quedaré confinada para el resto de
mi vidaen elaño 1956 en un sótano sin ventanas. —Solo tres horasal día —replicó.
Leslie estaba al corriente de todo, y parecía que podía
captar el complicado entramado de datos mucho mejor y
mucho más deprisa que yo. Mi amiga había escuchado
todas mis explicaciones hasta la historia de los hombres en
el parque, incluida la interminable letanía de mis
remordimientos de conciencia. «Es mejor que te defiendas
antes que dejarte cortar tú misma como una torta», había
sido su comentario, que, curiosamente, me había ayudado
más que todos los razonamientos de mister George o de
Gideon juntos. —Míralo de este modo —me susurró ahora—. Piensa
que si tienes que hacer deberes en un sótano, al menos no
tendrás que toparte con condes siniestros que dominan la
telequinesis.
«Telequinesis» era el concepto que Leslie había
encontrado para describir la capacidad del conde de
estrangularme a metros de distancia de mí. Y mediante la
telequinesis, decía, uno también puedecomunicarsesin abrir
la boca. Me había prometido que esa misma tarde
profundizaría másen eltema.
Leslie se había pasado el día anterior y parte de la noche
buscando información en internet sobre el conde de Saint
Germain y elresto delmaterial que le había proporcionado,
y rechazó misefusivas muestras deagradecimiento alegando
queselo pasaba de muertecon todo aquello. —Parece ser que ese conde de Saint Germain es un
personaje histórico bastante impenetrable, tanto que ni
siquiera consta su fecha de nacimiento exacta. Y existen
muchos enigmas sobre su origen —dijo, mientras su rostro
se encendía literalmente de entusiasmo—. Se dice que no
envejecía, algo que algunos atribuyen a la magia y otros a
unaalimentación equilibrada. —Era viejo —repuse yo—. Tal vez estuviera bien
conservado, pero puedo asegurarte queera viejo. —Bien, entonces este punto queda rebatido —prosiguió
Leslie—. Debió de ser una personalidad fascinante, porque
aparece en numerosas novelas y, para determinados
círculos esotéricos, es una especie de gurú, un iniciado, lo
que quiera que signifique eso. Pertenecía a diversas
sociedades secretas, a los masones, los rosacruces y
algunas más, era un músico notable, tocaba el violín y
componía, hablaba una docena de lenguas fluidamente y se
dice que podía, agárrate bien, viajar en el tiempo. En todo
caso, élafirmaba haber asistido a diversos acontecimientos
caso, élafirmaba haber asistido a diversos acontecimientos
queeraimposible que hubiera presenciado. —Bueno, supongo queen realidad podía haberlo hecho. —Sí. Qué locura, ¿no?Además, tenía gran interés por la
alquimia. En Alemania tenía su propia torre alquímica para
realizar susexperimentos…
—Alquimia. Eso tiene alguna relación con la piedra
filosofal,¿verdad? —Exacto. Y con la magia. Pero la piedra filosofal
significacosas distintas paracada persona. Habíaindividuos
que solo querían fabricar oro artificialmente, lo que condujo
a todo tipo de aberraciones. Todos los reyes y príncipes
estaban interesadísimos por la gente que afirmaba ser
alquimista porque naturalmente iban locos por obtener oro.
Pero, aunque de los intentos de fabricar oro surgió, por
ejemplo, la porcelana, en la mayoría de los casos no surgía
nada de nada, y por eso también a veces los alquimistas
eran considerados herejes o estafadores y eran arrojados a
prisión o decapitados. —Era culpa suya —repuse—. No tenían más que estar
atentosen clase de química. —Pero en realidad lo que preocupaba a los alquimistas
no era el oro —continuó Leslie—. Ese era, por así decirlo,
la tapadera para sus experimentos. La piedra filosofal es
más bien un sinónimo de la inmortalidad. Los alquimistas
pensaban que si se combinaban los componentes
adecuados (ojos de sapo, sangre de una virgen, pelos de la
cola de un gato negro, jajá, tranquila, es broma), que si se
combinaban, digo, los componentes adecuados con los
procesos químicos adecuados, al finalsurgiría una sustancia
que convertiría al que la bebiera en inmortal. Los adeptos
delconde de Saint Germain afirman que él poseía la receta,
y que, por tanto, erainmortal. Sin embargo, hay fuentes que
indican que murió en 1784 en Alemania; aunque también
hay otras fuentes que mencionan informes de personas que
le vieronmuchosaños más tarde vivito y coleando. —Hummm… —murmuré—. No creo que sea inmortal,
pero es posible que esté tratando de conseguirlo. Quizá ese
sea el secreto que se esconde tras el Secreto. Lo que
ocurrecuando elCírculo secierra…
—Es posible. Pero esta es solo una cara de la moneda,
impuesta forzadamente por fervorosos adeptos de teorías
delaconspiración esotéricas que no tienen inconvenienteen
manipular los datos de las fuentes en beneficio propio.
Observadorescríticos, en cambio, parten dela base de que
los mitos que rodean la figura de Saint Germain son, en su
mayor parte, puras fantasías desus seguidores, y que tienen
su origen en hábiles escenificaciones creadas por ellos
mismos.
Leslie soltó todo esto tan deprisa y con tanto entusiasmo
que no pudeevitarecharmeareír. —¿Por qué no vasa vera mister Whitman y le preguntas
si puedes escribir un trabajo sobre el tema? —le propuse —. Has investigado tanto que incluso podrías escribir todo
un libro sobreeltema. —No creo que la ardilla sepa valorar mis esfuerzos —
replicó Leslie—. Al fin y alcabo, es uno de los adeptos de
Saint Germain (como Vigilante, a la fuerza tiene que serlo),
y para mí él es claramente el malvado en esta historia; me
refiero a Saint Germain, no a mister Ardilla. Te amenazó y
te agarró por el cuello. Y tu madre dijo que debías andar
con cuidado con él. Lo quesignifica quesabe más delo que
admite. Y en realidad solo pudo saberlo a través de la tal
Lucy. —Creo que todos saben más de lo que admiten —
suspiré—. En cualquier caso, todos saben más que yo.
¡Incluso tú!
Leslierió. —Considérame sencillamente como una parte de tu
cerebro guardada en reserva. El conde siempre rodeó sus
orígenes de un gran misterio. El nombre y el título, en todo
caso, eran inventados. Posiblemente era hijo ilegítimo de
caso, eran inventados. Posiblemente era hijo ilegítimo de
María Ana de Habsburgo, la viuda del rey Carlos II de
España. En cuanto al padre, existen dudas entre varios
personajes. Otra teoría afirma que era hijo de un príncipe
transilvano que fue criado en Italia en la casa del último
duque de Médicis. De todas maneras, nada de esto es
realmente demostrable, de modo que todo el mundo da
palos deciego. Pero ahora nosotras dos tenemos una nueva
teoría. —Ah,¿sí?
Leslie puso los ojosen blanco. —¡Naturalmente! Ahora sabemos que uno de sus
progenitores tenía que proceder delafamilia De Villiers. —¿Yde dónde hemos sacado eso? —¡Vamos, Gwen! Tú misma has dicho que el primer
viajero deltiempo sellamaba De Villiers, y poreso elconde
debe de ser un miembro, legítimo o ilegítimo, de la familia;
eso lo entiendes, ¿no? Si no, tampoco sus descendientes
llevarían elapellido. —Hummm… sí —dije dudando. Seguía sin aclararme
del todo con las genealogías familiares—. De todos modos,
me parece que la teoría transilvana también tiene su interés.
No puedesercasualidad queese Rakoczy proceda deallí. —Seguiré investigando sobre eso —prometió Leslie—.
¡Cuidado!
La puerta de fuera se abrió y alguien entró en los
lavabos. La chica —al menos nosotras supusimos que era
una chica— entró en elcubículo de al lado para hacer pipí,
y Leslie y yo nos mantuvimos en silencio hasta que volvió a
salir. —Sin lavarse las manos —señaló Leslie—. Puaj. Me
alegro de no saber quién era. —Se han acabado las toallitas de papel—advertí yo.
Empezabaasentir quese meentumecían las piernas. —¿Crees que tendremos problemas? —le pregunté—.
Seguro que mistress Counter se dará cuenta de que no
estamos. Ysi no lo hace,alguien sechivará. —Para mistress Counter todos los alumnos son
intercambiables; no se dará cuenta de nada. Desde que iba
a quinto me llama Lilly, y a ti te confunde con Cynthia.
¡Precisamente con Cynthia! No, no, lo que estamos
haciendo aquí es mucho más importante que la geografía.
Tienes que prepararte de la mejor manera posible. Cuanto
más sepas detu adversario, mejor. —Sialmenos supiera quién es miadversario…
—No puedes fiarte de nadie —me advirtió Leslie,
exactamente igual que mi madre—. Siestuviéramos en una
película, al final el malo sería quien menos te esperaras.
Pero, como no estamos en una película, yo apostaría por el
tipo que hatratado deestrangularte. —Pero ¿quién nos echó encima a los hombres de negro
en Hyde Park? ¡El conde no lo hubiera hecho nunca!
Necesita a Gideon para que visite a los otros viajeros del
tiempo y lesextraigasangre paracerrarelCírculo. —Sí, es verdad. —Leslie se mordisqueó el labio inferior
con aire pensativo—. Pero es posible que en esta película
haya varios malvados. Lucy y Paul también podrían serlo.
Recuerda que robaron elcronógrafo. ¿Yqué me dices del
hombre de negro del número 18?
Meencogí de hombros. —Esta mañana estaba ahí, como siempre. ¿Por qué lo
dices?¿Crees quetambién acabará por sacar unaespada? —No, más bien diría que debe de ser un Vigilante que
está ahí plantado como un pasmarote por principio. —
Leslie volvió a concentrarse en su archivador—. Por otra
parte, sobre los Vigilantes como tales no he podido
encontrar nada; parece que es una logia muy secreta. Pero
algunos de los nombres que has mencionado, como
Churchill, Wellington, Newton, aparecen también entre los
masones, de modo que podemos partir de la base de que
existe al menos un tipo de relación entre las dos logias. En
internet no he encontrado nada sobre un chico ahogado
internet no he encontrado nada sobre un chico ahogado
llamado Robert White, pero en la biblioteca se pueden
revisar todas las ediciones delTimes y delObserver de los
últimos cuarenta años. Estoy segura de que allí encontraré
algo. ¿Qué más había? Ah, sí, el serbal, el zafiro y el
cuervo… Bueno, naturalmente esto se puede interpretar de
milmaneras; pero de todos modos en este tipo de historias
esotéricascualquiercosa puedesignificarcualquiercosa, así
que es imposible llegar a una conclusión fiable. Tenemos
que tratar de orientarnos por los hechos más que por todas
esas cosas sin importancia. Sencillamente, tienes que
descubrir algo más. Sobre todo, de Lucy y Paul y por qué
robaron elcronógrafo. Por lo visto, ellos saben algo quelos
otros no saben. O que no quieren reconocer. O sobre lo
quetienen una opinión distinta deantemano.
De nuevo se abrió la puerta de los lavabos. Esta vezlos
pasos eran pesados y enérgicos. Yse dirigían directamente
haciala puerta de nuestracabina. —¡Leslie Hay y Gwendolyn Shepherd! ¡Vais a salir de
aquíinmediatamente y volveraclase!
Leslie y yo callamosestupefactas. Luego Leslie dijo: —Mister Whitman, supongo que sabe que este es el
lavabo delaschicas,¿no? —Contaré hastatres —dijo repuso mister—. Uno…
Antes de quellegaraatres,abrimos la puerta. —Esto os costará una amonestación en el libro de clase —nos informó mister Whitman mientras nos observaba
como unaardillasevera—. Me habéis decepcionado mucho
las dos. Sobre todo tú, Gwendolyn. Que hayas ocupado el
puesto de tu prima no significa que puedas hacer lo que te
dé la gana. Charlotte nunca desatendió sus deberes
escolares. —Sí, mister Whitman—repuse.
Esa muestra de autoritarismo no encajaba en absoluto
con él. Normalmente, mister Whitman se mostraba
encantador con los alumnos, y, como mucho, en alguna
ocasión podíaser sarcástico. —Yahoraid aclase. —¿Cómo ha sabido que estábamos aquí? —preguntó
Leslie.
Mister Whitman no respondió y alargó la mano para
cogerleelarchivador. —¡Mientras tanto confiscaréesto! —Ah, no, de ninguna manera.
Leslieapretó elarchivadorcontrasu pecho. —¡Dameeso, Leslie! —Es quelo necesito… ¡paralaclase! —Contaré hastatres…
Al llegar a «dos», Leslie entregó el archivador
murmurando entre dientes. Fue terriblemente humillante
tener que entrar en elaula empujadas por mister Whitman;
además, mistress Counter pareció tomarse nuestro intento
de hacer novillos como algo personal, porque nos ignoró
porcompleto duranteelresto delaclase. —¿Habéis fumado algo? —preguntó Gordon. —No, tonto —replicó Leslie—. Solo queríamos charlar
tranquilas un rato. —¿Os habéis saltado la clase porque queríais charlar? —Gordon se dio una palmada en la frente—. ¡Increíble!
¡Mujeres! —Ahora mister Whitman podrá revisar de arriba abajo
tu archivador —le dije a Leslie—. Y entonces sabrán él y
los Vigilantes que te lo he explicado todo, lo cual seguro
queestá prohibidísimo. —Sí, seguro que lo está —repuso Leslie—. Tal vez
envíen a un hombre de negro para que se deshaga de mí
porquesécosas que nadie debesaber.
La perspectiva parecíaregocijarla. —¿Ysilo que dices no fueratan descabellado? —Entonces… Bueno, esta tarde iré a comprarte un
espray de pimienta, y aprovecharé para comprarme uno yo
también. —Leslie me dio una palmada en el hombro—.
también. —Leslie me dio una palmada en el hombro—.
¡Venga ya! No vamos a permitir que nos amedrenten,
¿verdad? —No. No vamosa permitirlo.
Envidiaba a Leslie por su inquebrantable optimismo. Ella
siempre mirabalascosas porel lado bueno, aunque costara
encontrárselo.
De los Anales de los Vigilantes
14 de agosto de 1949
De 15 a 18 horas. Lucy y Paul han aparecido en mi
despacho
para elapsar. Hemos charlado sobre reconstrucción y
saneamiento
de barrios y sobre el increíble hecho de que Notting Hill
sea, en su época, uno de los barrios más solicitados y
elegantes de la ciudad. (Ellos llaman «moda» a este
fenómeno.)
Además, me han traído una lista de todos los ganadores
de Wimbledon a partir de 1950. He prometido depositar
las ganancias de las apuestas en un fondo para la
formación universitaria de mis hijos y nietos.
Además, acaricio la idea de adquirir uno o dos de los
desastrados inmuebles de Notting Hill. Nunca se sabe.
Informe: Lucas Montrose, adepto de 3.
er grado
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