FIN 15
15
na calesa de los Vigilantes nos llevó de Temple a
Belgravia siguiendo la orilla del Támesis, y esta vez pude
reconocer en elexterior muchas cosas del Londres que
conocía. El sol iluminaba el Big Ben y la catedral de
Westminster, y, para mi gran alegría, por las anchas
avenidas paseaban personas con sombreros, sombrillas y
vestidos claros como el mío, los parques brillaban con el
verdor de la primavera y las calles estaban bien
pavimentadas y sin pizca delodo. —¡Es como el escenario de un musical! —exclamé—.
Yo también quiero tener unasombrillacomo esas. —Hemos ido a parara un buen día —repuso Gideon—.
Ya un buen año.
Mi compañero de viaje había dejado su sombrero de
copa en el sótano, y, como yo hubiera hecho lo mismo en
su lugar, no malgasté ni una palabraen comentarlo.
—¿Por qué no esperamos sencillamente a Margret en
Temple,cuando vengaaelapsar? —le pregunté. —Ya lo he intentado dos veces, pero no ha sido fácil
convencer a los Vigilantes de mis buenas intenciones, a
pesar delacontraseña y elanillo y todo elresto. Siemprees
difícil prever las reacciones de los Vigilantes del pasado. En
la duda, tienden a ponerse del lado de los viajeros del
tiempo que conocen y deben proteger, en lugar del de un
visitante del futuro al que apenas conocen o no conocen en
absoluto, talcomo hicieron la noche pasada y esta mañana.
Tal vez tengamos más éxito si la visitamos en su casa. En
todo caso, tendremos más posibilidades desorprenderles. —Pero ¿no podría ser que estuviera vigilada día y noche
por alguien que esté esperando a que aparezcamos? De
hecho,ellacuentacon eso desde hace muchosaños,¿no? —En los Anales delos Vigilantes no se habla para nada
de una protección personal adicional. Solo del novicio de
rigor que mantiene vigilada la casa de cada viajero del
tiempo. —El hombre de negro —exclamé—. En nuestra casa
también hay uno. —Y por lo que se ve, no demasiado discreto —dijo
sonriendo Gideon. —No, en absoluto. Mi hermana pequeña dice que es un
mago. —Aquello me hizo pensar en que no le había
preguntado a Gideon por su familia—. ¿Tú también tienes
hermanos? —Un hermano pequeño —contestó—. Bueno, ya no es
tan pequeño. Tiene diecisieteaños. —¿Ytú? —Diecinueve —repuso Gideon—. En fin,casi. —Si ya no vas a la escuela, ¿qué haces aparte de viajar
porel pasado?
Ytocarel violín. Ytodaesaclase decosas. —Oficialmente estoy matriculado en la Universidad de
Londres —dijo—, pero creo que este trimestre voy a tener
que dejarlo. —¿En quéfacultad? —Eres bastantecuriosa,¿no? —Me limito a dar un poco de conversación —repuse
(había sacado la frase de James)—. Vamos, dime, ¿qué
estudias? —Medicina.
Habíasonado un poco cortado.
Reprimí un «¡oh!» de sorpresa y volví a mirar por la
ventana. Medicina… Interesante, sí, muy interesante. —¿Ese queestaba hoy en elinstituto es tu novio? —¿Qué?¿De quién hablas?
—¿Qué?¿De quién hablas?
Le miré perpleja. —El tipo quetenías detrás, el queteapoyabala mano en
el hombro.
Lo había dicho como de pasada,casicon desinterés. —¿Terefieresa GordonGelderman? Pero ¿qué dices? —Si no es tu novio,¿cómo es quete puedetocar? —Es que no puede. Para ser sincera, no me fijé en que
lo hiciera.
Yno me había fijado porque estaba demasiado ocupada
mirando cómo Gideon intercambiaba arrumacos con
Charlotte. Al recordarlo, se me encendieron las mejillas. Él
la había besado. O casi. —¿Cómo es que te has sonrojado? ¿Es por ese Gordon
Gallahan? —Gelderman—lecorregí. —Lo quesea. Teníaaspecto deidiota.
Meechéareír. —No es solo el aspecto —dije—. Y, además, besa
horriblemente. —Tampoco quería saber tanto. —Gideon se agachó, se
ató loscordones deloszapatos, y después deincorporarse,
cruzó los brazos sobre el pecho y miró por la ventana—.
¡Mira, esto ya es Belgrave Road! ¿Estás emocionada por
veratu tatarabuela? —Sí, muchísimo.
Enseguida me olvidé de lo que habíamos hablado. Qué
extraño era todo aquello. Mi tatarabuela, a la que estaba a
punto de visitar,era un poco más joven que mimadre.
Por lo visto, se había casado bien, porque la casa de
Eaton Place ante la que se detuvo la calesa era una
imponente mansión señorial.Yelmayordomo que nosabrió
la puerta también lo era. Era aún más señorial que mister
Bernhard. ¡Incluso llevaba guantes blancos!
El hombre nos miró con desconfianza cuando Gideon le
tendió una tarjeta y le anunció que éramos una visita
sorpresa para el té y que estaba seguro de que su vieja
amiga, lady Tilney, se alegraría mucho de saber que
Gwendolyn Shepherd había venido a visitarla. —Me parece que no te encuentra bastante refinado sin
sombrero ni patillas —observé cuando el mayordomo se
marchó con latarjeta. —Ysin bigote —señaló Gideon—. Lord Tilney tiene uno
quele va de orejaa oreja. ¿Ves?Ahí delante hay un retrato
suyo. —Madre mía.
Mi tatarabuela tenía un gusto francamente extravagante
en materia de hombres. Su marido tenía el tipo de bigote
que hay quefijarcon rulos por la noche. —¿Y si sencillamente manda al mayordomo a decirnos
que no está en casa? —pregunté—. Tal vez no tenga ganas
de volvera vertetan pronto. —Está bien eso de tan pronto. Para ella, hace dieciocho
años de mi última visita. —¿Tanto ya?
En la escalera había aparecido una mujer alta y delgada,
con el cabello pelirrojo recogido en un peinado bastante
parecido al mío. Me recordaba a lady Arista, pero treinta
años más joven. Vi, sorprendida, que su forma de caminar
también eracalcadaala de miabuela.
Cuando la mujer se detuvo frente a mí, las dos
permanecimos calladas, totalmente concentradas en nuestra
contemplación mutua. También pude reconocer algo de mi
madre en mi tatarabuela. Y no sé qué o a quién vio lady
Tilney en mí, pero el hecho es que asintió y sonrió como si
lecomplaciera miaspecto.
Gideon esperó unmomento antes de decir: —Lady Tilney, tengo la misma petición que hacerle que
hace dieciocho años. Necesitamos un poco desu sangre. —Yyo sigo diciendo lo mismo que hace dieciocho años.
No tendrás misangre. —Se volvió hacia mí—. Pero puedo
ofreceros un té. Aunque aún es un poco pronto para eso.
ofreceros un té. Aunque aún es un poco pronto para eso.
Ante unataza detéseconversa mejor. —En esecaso estaremosencantados detomar unatacita —repuso Gideon galantemente.
Seguimos a mi tatarabuela escaleras arriba hasta una
habitación que daba a la calle. Junto a la ventana había una
mesita redonda servida para tres personas, con platos,
tazas, cubiertos, pan, mantequilla, mermelada, y en elcentro
una bandeja con unos finísimos sándwiches de pepino y
scones. —Casi se diría que nos estaba esperando —dije
mientras Gideon examinabacon detenimiento la habitación.
LadyTilney sonrió de nuevo. —Sí, ¿verdad? Realmente lo parece, pero, de hecho,
espero a otros invitados. Tomad asiento, por favor. —No, gracias, dadas lascircunstancias preferimos seguir
de pie —repuso Gideon, que de pronto se había puesto
muy tenso—. Tampoco queremos molestarla mucho rato.
Solo querríamos obtener un par derespuestas. —¿Ycuáles son las preguntas? —¿De qué conoce mi nombre? —pregunté—. ¿Quién le
ha hablado de mí? —Tuve una visita del futuro. —Su sonrisa se hizo más
amplia—. Me pasaa menudo.
—Lady Tilney, la última vez ya traté de explicarle que
esa visita le proporcionó datos totalmente falsos —aclaró
Gideon—. Comete un graveerroralconfiaren las personas
equivocadas. —Yo también se lo digo siempre —dijo una voz de
hombre. En la puerta había aparecido un joven que se
acercó con paso indolente—. Margret, digo siempre,
cometes un grave error al confiar en las personas
equivocadas. Oh, esto tiene un aspecto delicioso. ¿Son
para nosotros?
Gideon, que al verle había cogido aire bruscamente,
tendió el brazo hacia mí ymesujetó por la muñeca. —¡No des ni un paso más! —resopló.
El otro hombrelevantó unaceja. —Solo voy a coger un sándwich, si no tienes
inconveniente. —Sírvetetranquilamente.
Mientras mi tatarabuela abandonaba la habitación, el
mayordomo se plantó en el umbral de la puerta. Apesar de
los guantes blancos, en ese momento parecía el portero de
un club de malafama.
Gideonmaldijo en voz baja. —No debéis preocuparos por Millhouse —afirmó el
joven—. Aunque dicen que una vez le partió la nuca a un
hombre por descuido,¿no escierto, Millhouse?
Le miré fijamente. No podía hacer otra cosa. Tenía los
mismos ojos que Falk de Villiers, amarillos como elámbar.
Como un lobo. —¡Gwendolyn Shepherd!
Al sonreír, aún se parecía más a Falk de Villiers. Solo
que era al menos veinte años más joven y sus cortos
cabellos eran del color del azabache. Su mirada me daba
miedo: era afable, pero en ella había algo que no podía
acabar de definir.¿Tal vezrabia o dolor? —Es un placer para míconocerte.
Su voz había enronquecido por un instante. Me tendió la
mano, pero Gideon me sujetó con los brazos atrayéndome
haciaél. —¡No latoques!
De nuevo arqueó lascejas. —¿De quétienes miedo, muchacho? —¡Sé muy bien qué quieres deella!
Podía sentir los latidos del corazón de Gideon en mi
espalda. —¿Sangre? —El hombre cogió uno de los minúsculos y
finísimos sándwiches y se lo echó a la boca. Luego nos
enseñó las palmas de las manos y dijo—: Ninguna jeringa,
ningún escalpelo. ¿Lo ves? Yahora deja a la muchacha, la
ningún escalpelo. ¿Lo ves? Yahora deja a la muchacha, la
estás aplastando. —De nuevo esa curiosa mirada que me
apuntaba—. Mi nombrees Paul, Paul de Villiers. —Ya lo imaginaba —repuse—. Usted es el hombre que
indujo a mi prima Lucy a robar elcronógrafo. ¿Por qué lo
hizo?
Paul de Villiers hizo una mueca. —Encuentro raro que metrates de usted. —Yyo encuentro raro que meconozca. —Deja de hablarcon él—meadvirtió Gideon.
Mientras tanto su abrazo se había aflojado un poco, y
ahora solo me mantenía apretada contra él con un brazo
mientrascon el otro abría una puertalateral quetenía detrás
para echar un vistazo a la habitación contigua. Otro hombre
enguantado se había plantado anteella. —Este es Frank —dijo Paul—. Y como no es tan
grande y fuertecomo Millhouse, lleva una pistola,¿ves? —Sí—gruñó Gideon, y volvió acerrar la puerta.
Gideon no se había equivocado. Efectivamente habíamos
caído en una trampa. Pero ¿cómo era posible? Margret
Tilney no podía haber servido la mesa para nosotros y
colocado a un hombre con una pistola en la habitación
contiguacada uno delos días desu vida. —¿Cómo sabía que estaríamos aquí hoy? —pregunté a
Paul. —Bueno… Si te dijera que no lo sabía en absoluto, que
solo pasaba casualmente por aquí, seguro que no me
creerías,¿o sí? —Pescó un scone dela mesa y se dejó caer
en unasilla—.¿Cómo están tus queridos padres? —¡Cierrala boca! —susurró Gideon. —¡Vamos, supongo que podré preguntarle cómo están
sus padres, no! —Bien—repuse—. Almenos mamá. Mi padre murió.
Paul parecía horrorizado. —¿Muerto? ¡Pero si Nicolas tenía una salud de hierro,
estabafuertecomo un roble! —Tenía leucemia —dije—. Murió cuando yo tenía siete
años. —Oh, Dios mío. Lo siento muchísimo. —Paulme dirigió
una mirada triste y seria—. Seguro que fue espantoso para
titener quecrecer sin un padre. —Deja de hablarcon él—volvió a decir Gideon—. Solo
trata deretenernos hasta quelleguen refuerzos. —¿Siguescreyendo que voy tras su sangre?
Los ojosamarillos tenían un brillo peligroso. —En efecto —repuso Gideon. —¿Ycrees que Millhouse, Frank, yo y la pistola no nos
bastaríamos para controlarte? —preguntó Paul
sarcásticamente. —En efecto —volvió a decir Gideon. —Oh, claro, estoy seguro de que mi querido hermano y
los otros Vigilantes se habrán encargado de convertirte en
unaauténtica máquina decombate —se burló Paul—.Alfin
y alcabo eras tú quien tenía que sacarlos delatolladero. O,
mejor dicho, al cronógrafo. Nosotros teníamos que
aprender un poco de esgrima y el obligatorio violín por
simple tradición, pero apuesto a que tú también has
aprendido taekwondo y todo ese género de cosas.
Supongo que es imprescindible cuando uno tiene que viajar
al pasado parasacarlesangreala gente. —Hasta ahora esas personas han entregado su sangre
voluntariamente. —¡Solo porque no sabían adóndeconduciríaeso! —¡No! ¡Porque no querían destruir aquello por lo que
los Vigilantes han investigado, han trabajado y han velado
durantesiglos! —¡Bla bla bla! También nosotros hemos tenido que
soportaralo largo de nuestras vidasesta patética cháchara,
pero nosotros conocemos la verdad sobre las intenciones
delconde de Saint Germain. —¿Ycuáles la verdad? —soltéinstintivamente.
En laescalerase oyeron pasos.
En laescalerase oyeron pasos. —Yallegan los refuerzos —anunció Paulsin volverse. —La verdad es que miente más que habla —repuso
Gideon.
El mayordomo se hizo a un lado para dejar entrar en la
habitación a unaesbelta muchacha pelirroja, un poco mayor
paraser la hija deladyTilney. —No me lo puedo creer —exclamó la jovenmirándome
como si nunca hubiera visto antes nadatan raro. —¡Puedes creerlo, princesa! —repuso Paul en un tono
tierno y un poco preocupado.
La joven permanecía clavada en la puerta, como
petrificada. —Tú eres Lucy—dije.
El parecido familiarera más queevidente. —Gwendolyn—suspiró Lucy. —Sí, esta es Gwendolyn —dijo Paul—. Yel tipo que la
mantiene agarrada como si fuera su osito de peluche
preferido es mi sobrino primo o como se llame eso. Por
desgracia, lo único que quierees marcharse. —¡No, por favor! —suplicó Lucy—. Tenemos que
hablarcon vosotros. —En otra ocasión—cortó Gideon secamente—. Tal vez
en algún momento en que no estemos rodeados de
extraños. —¡Es importante! —exclamó Lucy.
Gideon rió. —¡Sí,estoy seguro! —Puedes irte si quieres, chico —afirmó Paul—.
Millhouse te acompañará hasta la puerta. Pero Gwendolyn
se quedará un poco más. Tengo lasensación de quees más
fácil hablarcon ella. Aún no ha pasado por todo ese lavado
decerebro… ¡Oh, mierda!
La maldición iba dirigida a la pequeña pistola negra que
había aparecido como por ensalmo en la mano de Gideon,
quela giró muy despacio paraapuntara Lucy. —Ahora Gwendolyn y yo abandonaremos la casa
tranquilamente —anunció—. Lucy nos acompañará hasta la
puerta. —Eres un cerdo —susurró Paul, que se había levantado
bruscamente. Su mirada se paseaba indecisa entre
Millhouse, Lucy y nosotros dos. —Vuelve a sentarte —ordenó Gideon—. Su voz era
helada, pero yo podía sentir cómo se le había acelerado el
pulso. Mientras con la mano libre seguía manteniéndome
firmemente apretada contra él, añadió dirigiéndose a
Millhouse—: Y usted, siéntese, por favor. Aún quedan un
montón desándwiches.
Paul volvió asentarse ymiró haciala puertalateral. —Una palabraa Frank y disparo —advirtió Gideon.
Aunque Lucy le miraba con los ojos abiertos de par en
par, no parecía tener ningún miedo. Al contrario que Paul,
querealmente parecíacreer que Gideon hablabaen serio. —Hazlo que dice —le dijo a Millhouse, y elmayordomo
abandonó su puesto en el umbral y se sentó a la mesa
lanzándonos miradas furiosas. —Ya le has visto, ¿verdad? —Lucy miró a Gideon
directamente a los ojos—. Ya te has encontrado con el
conde de Saint Germain. —Tres veces —repuso Gideon—.Yélsabe muy bien lo
que os proponéis. Media vuelta. —Colocó el cañón de la
pistola directamentecontrala nuca de Lucy—. ¡Adelante! —Princesa…
—No pasa nada, Paul. —Le han dado una maldita automática Smith and
Wesson. Pensaba que eso iba contra las doce reglas de
oro.—En la calle la dejaremos ir —afirmó Gideon—. Pero si
antes se mueve alguien aquí arriba, dispararé. Ven,
Gwendolyn. Tendrán que intentarlo otra vez si quieren
conseguir tu sangre.
Dudé unmomento.
Dudé unmomento. —Tal vezes verdad que solo quieren hablar —murmuré.
Me interesaba terriblemente saber lo que Lucy y Paul
tenían que decir. Pero, por otro lado, si realmente eran tan
inofensivos, ¿por qué habían apostado a estos guardias de
corpsen la habitación?Ycon armas. De nuevo me vinieron
ala memorialos hombres del parque. —Puedes estar segura de que no solo quieren hablar —
repuso Gideon. —Es inútil—señaló Paul—. Le han lavado elcerebro. —Es el conde —dijo Lucy—. Puede ser muy
convincente,como sabes. —¡Volveremosa vernos! —saludó Gideon.
Entretanto ya habíamos llegado alrellano. —¿Debo tomarlo como una amenaza? —exclamó Paul —. ¡Nos veremos, sí, puedescontarcon ello!
Gideon mantuvo la pistola apuntada contra la nuca de
Lucy hasta quellegamosala puerta delacasa.
Yo esperaba queen cualquier momento el hombreal que
llamaban Frank saliera disparado dela otra habitación, pero
no apareció nadie. Y tampoco mi tatarabuela se veía por
ningún sitio. —No debéis permitir que elCírculo se cierre —balbució
Lucy nerviosamente—.Yno debéis volvera visitar nuncaal
conde en el pasado. ¡Sobre todo, Gwendolyn no debe
encontrarsecon él! —¡No lesescuches!
Gideon se vio obligado a soltarme mientras apuntaba a
Lucy con la pistola con una mano y con la otra abría la
puerta para mirar a la calle. Desde arriba llegaba un
murmullo de voces. Miré angustiada hacia la escalera. Allí
arriba había tres hombres y una pistola, y allíarriba debían
quedarse. —Yale he visto —respondía Lucy—. Ayer…
—¡Oh, no! —La cara de Lucy se puso un poco más
pálidaaún—.¿Élconocetumagia? —¿Qué magia? —La magia delcuervo —respondió Lucy. —La magia delcuervo es solo unmito.
Gideon me cogió del brazo y me arrastró escalones
abajo hacialacalle. No había nirastro de nuestro coche. —¡Eso no escierto! Yelcondetambién lo sabe.
Aunque Gideon seguía apuntando a la cabeza de Lucy,
ahora su mirada se dirigía a las ventanas del primer piso.
Seguramente allíestaba el tal Frank con su pistola. Pero de
momento aún nos encontrábamos bajo la protección del
saledizo. —Espera —le dijea Gideon.
Miréa Lucy. En sus grandes ojosazules habíalágrimas, y
poralgunarazónmeresultó difícil no creerla. —¿Por qué estás tan seguro de que no dicen la verdad,
Gideon? —preguntéen voz baja.
Me miró un momento irritado antes de pestañear de
incredulidad. —Estoy totalmente seguro de que mienten —dijo en un
susurro. —Pues no suena como si lo estuvieras —replicó Lucy
con un tono de dulzura en su voz—. Podéis confiar en
nosotros.
¿Realmente podíamos hacerlo? ¿Cómo habían podido
entonces realizar lo imposible y esperarallí nuestrallegada?
Vilasombra porelrabillo del ojo. —¡Cuidado! —grité al distinguir a Millhouse, que ya
estaba muy cerca.
Gideon giró sobre sí mismo en el último momento,
cuando el mayordomo ya se disponía a dar el golpe de
gracia. —¡Millhouse, no!
Erala voz de Paul desdelaescalera. —¡Corre! —gritó Gideon, y en una fracción de segundo
tomé mi propia decisión.
Salí corriendo tan rápido como me lo permitieron los
Salí corriendo tan rápido como me lo permitieron los
botines. A cada paso que daba temía oír el sonido de un
disparo. —Habla con tu abuelo —gritó Lucy a mi espalda—.
¡Pregúntale porelCaballero Verde!
Gideon no mealcanzó hastalasiguienteesquina. —Gracias —susurró jadeando, y volvió a guardarse la
pistola—. Si la hubiera perdido, nos hubiéramos visto en un
apuro. Sigamos poraquí.
Miréa mialrededor. —¿Nos persiguen? —No lo creo —repuso Gideon—. Pero, por si acaso,
será mejor quecorramos. —¿De dónde ha salido el tal Millhouse ese tan de
repente? Todo elrato heestado vigilando laescalera. —Seguramente hay otra escalera en la casa. No había
pensado en esa posibilidad. —¿Ydónde se ha metido el Vigilante con la calesa? Se
suponía quetenía queesperarnos. —¡Quésé yo!
Gideon estaba sin aliento. La gente que caminaba por la
acera nos miraba extrañada al vernos pasarcorriendo, pero
ya me habíaacostumbrado. —¿Quién eselCaballero Verde? —No tengo niidea —contestó Gideon.
Empezaba a tener flato. No podría aguantar ese ritmo
mucho tiempo más. Gideon dobló por una estrecha calle
lateral y finalmentese detuvo anteel portal de unaiglesia.
«HolyTrinity», leíen un cartel. —¿Aqué hemos venido aquí? —dijejadeando. —Aconfesarnos —respondió Gideon.
Miró a su alrededor antes de abrir la pesada puerta, y
luego me empujó al interior en penumbra y volvió a cerrar
detrás de nosotros.
A nuestro alrededor todo era paz, olor a incienso y la
solemne sensación de recogimiento que te envuelve en
cuanto cruzasel umbral de unaiglesia.
Era una bonita iglesia, con ventanas con vidrieras de
colores, paredes de arenisca claras y soportes en los que
titilaban las llamas de las velitas que representaban una
oración o un buen deseo.
Gideon me guió por la nave lateral hasta un viejo
confesionario, corrió la cortina a un lado y señaló el interior
dela pequeñacabina. —¿No lo dirásen serio? —susurré. —Pues sí. Yo me sentaré en el otro lado y esperaremos
hasta que volvamosasaltar.
Perpleja, me dejé caer en el asiento, y Gideon cerró la
cortina ante mis narices. Un instante después se abrió la
ventanillaenrejada que dabaalasiento vecino. —¿Estascómoda?
Poco a poco había ido recuperando la respiración y mis
ojos se habían habituado a la penumbra. Gideonme miraba
desdeel otro lado con seriedad afectada. —Y ahora, hermana, agradezcamos al Señor la
protección que nos ofreceen su casa.
Le miré fijamente. ¿Cómo podía estar tan relajado, casi
eufórico, cuando hacía solo un instante había estado
sometido a una gran tensión?¡Por Dios, habíaapuntado ala
cabeza de mi prima con una pistola! Era imposible que
aquello le hubiera dejado impasible. —¿Cómo puedes bromear después de lo que ha
pasado?
De pronto adoptó un aire cohibido, y se encogió de
hombros. —¿Sete ocurrealgo mejor? —¡Sí! ¡Por ejemplo podríamos tratar de analizar lo que
acaba de pasar! ¿Por qué dicen Lucy y Paul que alguien te
halavado elcerebro? —¿Ycómo quieres quelo sepa? —Se pasó la mano por
—¿Ycómo quieres quelo sepa? —Se pasó la mano por
los cabellos, y vi que le temblaba un poco. No estaba tan
tranquilo como aparentaba—. Quieren hacerte dudar. Y a
mítambién. —Lucy ha dicho que debo preguntarle a mi abuelo.
Seguramente no sabe que ha muerto. —Pensé en los ojos
llenos de lágrimas de Lucy—. Pobre. Para ella debe de ser
terrible no poder volvera ver nuncaasu familiaen elfuturo.
Gideon no dijo nada. Durante un rato permanecimos en
silencio. Através de una rendija de la cortina miré hacia el
presbiterio. Una gárgola pequeña —tal vez me llegara a la
rodilla—, con orejas puntiagudas y una cómica cola de
lagartija, salió dando un brinco de la sombra de una
columna y miró hacia nosotros. Rápidamente aparté la
mirada. Si se daba cuenta de que podía verla, seguro que
vendría a darme la lata. Sabía por propia experiencia que
los fantasmas gárgola pueden ponerse muy pesados. —¿Estás seguro de quete puedes fiar delconde de Saint
Germain? —pregunté mientras la gárgola se acercaba
dando saltitos.
Gideon cogió aire. —Es un genio. Ha descubierto cosas que ningún hombre
antes que él… Sí, confío en el conde. Piensen lo que
piensen Lucy y Paul, están equivocados. —Suspiró—. En
todo caso, hasta hace poco estaba totalmente seguro,
cuando todo parecíatan lógico…
Por lo visto, la pequeña gárgola nos encontraba
aburridos, porque trepó por una columna y desapareció en
latribuna del órgano. —¿Yahora ya no telo parece? —¡Solo sé que antes de que aparecieras tú lo tenía todo
controlado! —repuso Gideon. —¿No estarás haciéndome responsable de que por
primera vezen tu vida no todos bailen alson quetú tocas?
Levantélascejasexactamentecomo había visto que él lo
hacía. ¡Era una sensación fantástica! Estuve a punto de
sonreír, tan orgullosa mesentía de mímisma. —¡No! —Sacudió la cabeza y lanzó un gemido—.
¡Gwendolyn! ¿Por qué las cosas son tan complicadas
contigo en comparación conCharlotte?
Seinclinó hacia delante, y vien sumiradaalgo que nunca
había visto antes. —¡Ah! ¿De eso hablabais hoy en el patio de la escuela? —pregunté ofendida.
Acababa de ofrecerle la oportunidad perfecta para
contraatacar. ¡Un error de principiante! —¿Celosa? —preguntó rápidamente con una amplia
sonrisa.
—¡En absoluto! —Charlotte siempre hacía lo que yo le decía. Tú no lo
haces. Lo que resulta bastante estresante. Pero, de algún
modo, tambiénmuy divertido y tierno.
Esta vez no fue solo su mirada lo que me desconcertó.
Con vergüenza, me aparté un mechón de cabellos de la
cara. Con la carrera, mi estúpido peinado se había
deshecho del todo; seguramente las horquillas habían
dejado una pista desde Eaton Place hasta la puerta de la
iglesia. —¿Por qué no volvemosa Temple? —A mí me parece que aquí se está muy bien. Si
volvemos, se iniciará otra vez una de esas interminables
discusiones.Yla verdad, de vezen cuando no me viene mal
dejar derecibir órdenes deltío Falk durante un rato.
¡Bien, había vuelto arecuperar lainiciativa! —No es una sensación muy agradable, ¿verdad? —le
pregunté.
Sacudió lacabeza. —No. Realmente, no.
Fuera, en la nave de la iglesia, se oyó un ruido que me
hizo pegar un brinco. Volvía echar un vistazo a través de la
cortina: era una anciana que encendía una vela ante un
cepillo.
cepillo. —¿Y qué pasará si saltamos ahora mismo? No quiero
aterrizar en el regazo de… un niño que va a hacer la
primera comunión, por ejemplo… Además, no creo que el
curase mostrara muy entusiasmado al verme. —No te preocupes. —Gideon rió bajito—. En nuestra
época este confesionario nunca está ocupado. Podría
decirse que está reservado para nosotros. El padre Jakobs
lo llama «el ascensor al submundo». Naturalmente, es
miembro delos Vigilantes. —¿Cuánto faltaaún para nuestro salto?
Gideonmiró elreloj. —Todavía nos quedatiempo. —Entonces deberíamos emplearlo en algo útil. —Solté
unarisita—.¿No querríasconfesar tus pecados, hijo mío?
Sencillamente me había salido así, sin pensarlo, y en ese
instantecomprendífinalmente quéestaba pasando allí.
¡Estaba sentada con mister Gideon-antes-conocidocomo-el-creído-insufrible
en un confesionario en el
penúltimo cambio desiglo flirteando descaradamente! ¡Dios
mío! ¿Por qué Leslie no me había preparado un expediente
lleno deindicaciones paraelcaso? —Solo sitú tambiénmeconfiesas tus pecados. —Ya te gustaría. —Me apresuré a cambiar de tema.
Definitivamente meencontrabaen terreno resbaladizo—. La
verdad es quetenías razón con lo delatrampa. Pero ¿cómo
podían saber Lucy y Paul que estaríamos allí precisamente
hoy?—No tengo ni la más remota idea —repuso Gideon, y
de pronto se inclinó tanto hacia mí que nuestras narices
quedaron a unos centímetros. En la penumbra sus ojos se
veíanmuy oscuros—. Pero tal veztú sílo sepas.
Parpadeé irritada (doblemente irritada: primero por la
pregunta, pero másaún por nuestrarepentina proximidad). —¿Yo? —Podrías ser la persona que reveló a Lucy y a Paul
nuestracita. —¿Qué? —Prefiero no imaginar la cara de boba que
debía de poner en ese momento—. ¡Menuda tontería! ¿Y
cuándo se supone que lo habría hecho? Ni siquiera sé
dónde se encuentra el cronógrafo. Y, de todos modos,
nunca permitiría que… —Me detuve antes de volver a irme
delalengua. —Gwendolyn, no tienes ni idea de todo lo que harás en
elfuturo.
Tardé un poco en asimilar sus palabrasantes de decir: —Igualmente podrías haber sido tú por la mismarazón. —También es cierto. —Gideon se retiró otra vez a su
lado delconfesionario y en la penumbra vi brillar sus dientes
al sonreír—. Creo que las cosas se pondrán emocionantes
para nosotros dos próximamente.
La frase provocó un cálido cosquilleo en mi estómago.
Supongo que la perspectiva de vivir nuevas aventuras
tendría que haberme angustiado, pero en realidad en ese
instante me embargó una incontenible sensación de
felicidad.
Sí,aquello prometía ponerseemocionante.
Callamos durante unmomento, y luego Gideon dijo: —Hace poco, en el coche, hablábamos sobre la magia
delcuervo,¿lo recuerdas?
Recordabacada palabra. —Has dicho que no podíateneresa magia porque no era
más que unachica vulgar y corriente, unachicacomo tantas
otras que has conocido, de esas que siempre tienen que ir
juntasallavabo y se burlan de Lisa, y que…
Una mano se posó sobre mis labios. —Sé lo que he dicho. —Gideon se había inclinado hacia
mí desdesu lado delacabina—. Ylo siento.
¿Qué? Me sentícomo fulminada por un rayo, incapaz de
moverme y ni siquiera de respirar. Sus dedos palparon
delicadamente mis labios, me acariciaron la barbilla y
subieron por mis mejillas hastalas sienes.
subieron por mis mejillas hastalas sienes. —Tú no eres una chica vulgar, Gwendolyn —susurró
mientras empezaba a acariciarme el cabello—. Eres una
chicatotalmentefuera delo corriente. No necesitas la magia
delcuervo paraserespecial para mí.
Su cara se acercó aún más. Cuando sus labios rozaron
mi boca, tuve quecerrar los ojos.
«Muy bien. Ahora voy a desmayarme», pensé.
De los Anales de los Vigilantes
24 de junio de 1912
Día soleado, veintitrés grados a la sombra.
Lady Tilney aparece puntualmente a las nueve
para elapsar.
La circulación en la City se ha complicado debido a una
marcha
de protesta de un grupo de féminas enloquecidas que
exigen el
derecho de voto para las mujeres. Antes fundaremos
colonias
en la Luna que ver algo así.
Por lo demás, ningún otro suceso digno de reseñar.
Informe: Frank Mine, Círculo Interior.
na calesa de los Vigilantes nos llevó de Temple a
Belgravia siguiendo la orilla del Támesis, y esta vez pude
reconocer en elexterior muchas cosas del Londres que
conocía. El sol iluminaba el Big Ben y la catedral de
Westminster, y, para mi gran alegría, por las anchas
avenidas paseaban personas con sombreros, sombrillas y
vestidos claros como el mío, los parques brillaban con el
verdor de la primavera y las calles estaban bien
pavimentadas y sin pizca delodo. —¡Es como el escenario de un musical! —exclamé—.
Yo también quiero tener unasombrillacomo esas. —Hemos ido a parara un buen día —repuso Gideon—.
Ya un buen año.
Mi compañero de viaje había dejado su sombrero de
copa en el sótano, y, como yo hubiera hecho lo mismo en
su lugar, no malgasté ni una palabraen comentarlo.
—¿Por qué no esperamos sencillamente a Margret en
Temple,cuando vengaaelapsar? —le pregunté. —Ya lo he intentado dos veces, pero no ha sido fácil
convencer a los Vigilantes de mis buenas intenciones, a
pesar delacontraseña y elanillo y todo elresto. Siemprees
difícil prever las reacciones de los Vigilantes del pasado. En
la duda, tienden a ponerse del lado de los viajeros del
tiempo que conocen y deben proteger, en lugar del de un
visitante del futuro al que apenas conocen o no conocen en
absoluto, talcomo hicieron la noche pasada y esta mañana.
Tal vez tengamos más éxito si la visitamos en su casa. En
todo caso, tendremos más posibilidades desorprenderles. —Pero ¿no podría ser que estuviera vigilada día y noche
por alguien que esté esperando a que aparezcamos? De
hecho,ellacuentacon eso desde hace muchosaños,¿no? —En los Anales delos Vigilantes no se habla para nada
de una protección personal adicional. Solo del novicio de
rigor que mantiene vigilada la casa de cada viajero del
tiempo. —El hombre de negro —exclamé—. En nuestra casa
también hay uno. —Y por lo que se ve, no demasiado discreto —dijo
sonriendo Gideon. —No, en absoluto. Mi hermana pequeña dice que es un
mago. —Aquello me hizo pensar en que no le había
preguntado a Gideon por su familia—. ¿Tú también tienes
hermanos? —Un hermano pequeño —contestó—. Bueno, ya no es
tan pequeño. Tiene diecisieteaños. —¿Ytú? —Diecinueve —repuso Gideon—. En fin,casi. —Si ya no vas a la escuela, ¿qué haces aparte de viajar
porel pasado?
Ytocarel violín. Ytodaesaclase decosas. —Oficialmente estoy matriculado en la Universidad de
Londres —dijo—, pero creo que este trimestre voy a tener
que dejarlo. —¿En quéfacultad? —Eres bastantecuriosa,¿no? —Me limito a dar un poco de conversación —repuse
(había sacado la frase de James)—. Vamos, dime, ¿qué
estudias? —Medicina.
Habíasonado un poco cortado.
Reprimí un «¡oh!» de sorpresa y volví a mirar por la
ventana. Medicina… Interesante, sí, muy interesante. —¿Ese queestaba hoy en elinstituto es tu novio? —¿Qué?¿De quién hablas?
—¿Qué?¿De quién hablas?
Le miré perpleja. —El tipo quetenías detrás, el queteapoyabala mano en
el hombro.
Lo había dicho como de pasada,casicon desinterés. —¿Terefieresa GordonGelderman? Pero ¿qué dices? —Si no es tu novio,¿cómo es quete puedetocar? —Es que no puede. Para ser sincera, no me fijé en que
lo hiciera.
Yno me había fijado porque estaba demasiado ocupada
mirando cómo Gideon intercambiaba arrumacos con
Charlotte. Al recordarlo, se me encendieron las mejillas. Él
la había besado. O casi. —¿Cómo es que te has sonrojado? ¿Es por ese Gordon
Gallahan? —Gelderman—lecorregí. —Lo quesea. Teníaaspecto deidiota.
Meechéareír. —No es solo el aspecto —dije—. Y, además, besa
horriblemente. —Tampoco quería saber tanto. —Gideon se agachó, se
ató loscordones deloszapatos, y después deincorporarse,
cruzó los brazos sobre el pecho y miró por la ventana—.
¡Mira, esto ya es Belgrave Road! ¿Estás emocionada por
veratu tatarabuela? —Sí, muchísimo.
Enseguida me olvidé de lo que habíamos hablado. Qué
extraño era todo aquello. Mi tatarabuela, a la que estaba a
punto de visitar,era un poco más joven que mimadre.
Por lo visto, se había casado bien, porque la casa de
Eaton Place ante la que se detuvo la calesa era una
imponente mansión señorial.Yelmayordomo que nosabrió
la puerta también lo era. Era aún más señorial que mister
Bernhard. ¡Incluso llevaba guantes blancos!
El hombre nos miró con desconfianza cuando Gideon le
tendió una tarjeta y le anunció que éramos una visita
sorpresa para el té y que estaba seguro de que su vieja
amiga, lady Tilney, se alegraría mucho de saber que
Gwendolyn Shepherd había venido a visitarla. —Me parece que no te encuentra bastante refinado sin
sombrero ni patillas —observé cuando el mayordomo se
marchó con latarjeta. —Ysin bigote —señaló Gideon—. Lord Tilney tiene uno
quele va de orejaa oreja. ¿Ves?Ahí delante hay un retrato
suyo. —Madre mía.
Mi tatarabuela tenía un gusto francamente extravagante
en materia de hombres. Su marido tenía el tipo de bigote
que hay quefijarcon rulos por la noche. —¿Y si sencillamente manda al mayordomo a decirnos
que no está en casa? —pregunté—. Tal vez no tenga ganas
de volvera vertetan pronto. —Está bien eso de tan pronto. Para ella, hace dieciocho
años de mi última visita. —¿Tanto ya?
En la escalera había aparecido una mujer alta y delgada,
con el cabello pelirrojo recogido en un peinado bastante
parecido al mío. Me recordaba a lady Arista, pero treinta
años más joven. Vi, sorprendida, que su forma de caminar
también eracalcadaala de miabuela.
Cuando la mujer se detuvo frente a mí, las dos
permanecimos calladas, totalmente concentradas en nuestra
contemplación mutua. También pude reconocer algo de mi
madre en mi tatarabuela. Y no sé qué o a quién vio lady
Tilney en mí, pero el hecho es que asintió y sonrió como si
lecomplaciera miaspecto.
Gideon esperó unmomento antes de decir: —Lady Tilney, tengo la misma petición que hacerle que
hace dieciocho años. Necesitamos un poco desu sangre. —Yyo sigo diciendo lo mismo que hace dieciocho años.
No tendrás misangre. —Se volvió hacia mí—. Pero puedo
ofreceros un té. Aunque aún es un poco pronto para eso.
ofreceros un té. Aunque aún es un poco pronto para eso.
Ante unataza detéseconversa mejor. —En esecaso estaremosencantados detomar unatacita —repuso Gideon galantemente.
Seguimos a mi tatarabuela escaleras arriba hasta una
habitación que daba a la calle. Junto a la ventana había una
mesita redonda servida para tres personas, con platos,
tazas, cubiertos, pan, mantequilla, mermelada, y en elcentro
una bandeja con unos finísimos sándwiches de pepino y
scones. —Casi se diría que nos estaba esperando —dije
mientras Gideon examinabacon detenimiento la habitación.
LadyTilney sonrió de nuevo. —Sí, ¿verdad? Realmente lo parece, pero, de hecho,
espero a otros invitados. Tomad asiento, por favor. —No, gracias, dadas lascircunstancias preferimos seguir
de pie —repuso Gideon, que de pronto se había puesto
muy tenso—. Tampoco queremos molestarla mucho rato.
Solo querríamos obtener un par derespuestas. —¿Ycuáles son las preguntas? —¿De qué conoce mi nombre? —pregunté—. ¿Quién le
ha hablado de mí? —Tuve una visita del futuro. —Su sonrisa se hizo más
amplia—. Me pasaa menudo.
—Lady Tilney, la última vez ya traté de explicarle que
esa visita le proporcionó datos totalmente falsos —aclaró
Gideon—. Comete un graveerroralconfiaren las personas
equivocadas. —Yo también se lo digo siempre —dijo una voz de
hombre. En la puerta había aparecido un joven que se
acercó con paso indolente—. Margret, digo siempre,
cometes un grave error al confiar en las personas
equivocadas. Oh, esto tiene un aspecto delicioso. ¿Son
para nosotros?
Gideon, que al verle había cogido aire bruscamente,
tendió el brazo hacia mí ymesujetó por la muñeca. —¡No des ni un paso más! —resopló.
El otro hombrelevantó unaceja. —Solo voy a coger un sándwich, si no tienes
inconveniente. —Sírvetetranquilamente.
Mientras mi tatarabuela abandonaba la habitación, el
mayordomo se plantó en el umbral de la puerta. Apesar de
los guantes blancos, en ese momento parecía el portero de
un club de malafama.
Gideonmaldijo en voz baja. —No debéis preocuparos por Millhouse —afirmó el
joven—. Aunque dicen que una vez le partió la nuca a un
hombre por descuido,¿no escierto, Millhouse?
Le miré fijamente. No podía hacer otra cosa. Tenía los
mismos ojos que Falk de Villiers, amarillos como elámbar.
Como un lobo. —¡Gwendolyn Shepherd!
Al sonreír, aún se parecía más a Falk de Villiers. Solo
que era al menos veinte años más joven y sus cortos
cabellos eran del color del azabache. Su mirada me daba
miedo: era afable, pero en ella había algo que no podía
acabar de definir.¿Tal vezrabia o dolor? —Es un placer para míconocerte.
Su voz había enronquecido por un instante. Me tendió la
mano, pero Gideon me sujetó con los brazos atrayéndome
haciaél. —¡No latoques!
De nuevo arqueó lascejas. —¿De quétienes miedo, muchacho? —¡Sé muy bien qué quieres deella!
Podía sentir los latidos del corazón de Gideon en mi
espalda. —¿Sangre? —El hombre cogió uno de los minúsculos y
finísimos sándwiches y se lo echó a la boca. Luego nos
enseñó las palmas de las manos y dijo—: Ninguna jeringa,
ningún escalpelo. ¿Lo ves? Yahora deja a la muchacha, la
ningún escalpelo. ¿Lo ves? Yahora deja a la muchacha, la
estás aplastando. —De nuevo esa curiosa mirada que me
apuntaba—. Mi nombrees Paul, Paul de Villiers. —Ya lo imaginaba —repuse—. Usted es el hombre que
indujo a mi prima Lucy a robar elcronógrafo. ¿Por qué lo
hizo?
Paul de Villiers hizo una mueca. —Encuentro raro que metrates de usted. —Yyo encuentro raro que meconozca. —Deja de hablarcon él—meadvirtió Gideon.
Mientras tanto su abrazo se había aflojado un poco, y
ahora solo me mantenía apretada contra él con un brazo
mientrascon el otro abría una puertalateral quetenía detrás
para echar un vistazo a la habitación contigua. Otro hombre
enguantado se había plantado anteella. —Este es Frank —dijo Paul—. Y como no es tan
grande y fuertecomo Millhouse, lleva una pistola,¿ves? —Sí—gruñó Gideon, y volvió acerrar la puerta.
Gideon no se había equivocado. Efectivamente habíamos
caído en una trampa. Pero ¿cómo era posible? Margret
Tilney no podía haber servido la mesa para nosotros y
colocado a un hombre con una pistola en la habitación
contiguacada uno delos días desu vida. —¿Cómo sabía que estaríamos aquí hoy? —pregunté a
Paul. —Bueno… Si te dijera que no lo sabía en absoluto, que
solo pasaba casualmente por aquí, seguro que no me
creerías,¿o sí? —Pescó un scone dela mesa y se dejó caer
en unasilla—.¿Cómo están tus queridos padres? —¡Cierrala boca! —susurró Gideon. —¡Vamos, supongo que podré preguntarle cómo están
sus padres, no! —Bien—repuse—. Almenos mamá. Mi padre murió.
Paul parecía horrorizado. —¿Muerto? ¡Pero si Nicolas tenía una salud de hierro,
estabafuertecomo un roble! —Tenía leucemia —dije—. Murió cuando yo tenía siete
años. —Oh, Dios mío. Lo siento muchísimo. —Paulme dirigió
una mirada triste y seria—. Seguro que fue espantoso para
titener quecrecer sin un padre. —Deja de hablarcon él—volvió a decir Gideon—. Solo
trata deretenernos hasta quelleguen refuerzos. —¿Siguescreyendo que voy tras su sangre?
Los ojosamarillos tenían un brillo peligroso. —En efecto —repuso Gideon. —¿Ycrees que Millhouse, Frank, yo y la pistola no nos
bastaríamos para controlarte? —preguntó Paul
sarcásticamente. —En efecto —volvió a decir Gideon. —Oh, claro, estoy seguro de que mi querido hermano y
los otros Vigilantes se habrán encargado de convertirte en
unaauténtica máquina decombate —se burló Paul—.Alfin
y alcabo eras tú quien tenía que sacarlos delatolladero. O,
mejor dicho, al cronógrafo. Nosotros teníamos que
aprender un poco de esgrima y el obligatorio violín por
simple tradición, pero apuesto a que tú también has
aprendido taekwondo y todo ese género de cosas.
Supongo que es imprescindible cuando uno tiene que viajar
al pasado parasacarlesangreala gente. —Hasta ahora esas personas han entregado su sangre
voluntariamente. —¡Solo porque no sabían adóndeconduciríaeso! —¡No! ¡Porque no querían destruir aquello por lo que
los Vigilantes han investigado, han trabajado y han velado
durantesiglos! —¡Bla bla bla! También nosotros hemos tenido que
soportaralo largo de nuestras vidasesta patética cháchara,
pero nosotros conocemos la verdad sobre las intenciones
delconde de Saint Germain. —¿Ycuáles la verdad? —soltéinstintivamente.
En laescalerase oyeron pasos.
En laescalerase oyeron pasos. —Yallegan los refuerzos —anunció Paulsin volverse. —La verdad es que miente más que habla —repuso
Gideon.
El mayordomo se hizo a un lado para dejar entrar en la
habitación a unaesbelta muchacha pelirroja, un poco mayor
paraser la hija deladyTilney. —No me lo puedo creer —exclamó la jovenmirándome
como si nunca hubiera visto antes nadatan raro. —¡Puedes creerlo, princesa! —repuso Paul en un tono
tierno y un poco preocupado.
La joven permanecía clavada en la puerta, como
petrificada. —Tú eres Lucy—dije.
El parecido familiarera más queevidente. —Gwendolyn—suspiró Lucy. —Sí, esta es Gwendolyn —dijo Paul—. Yel tipo que la
mantiene agarrada como si fuera su osito de peluche
preferido es mi sobrino primo o como se llame eso. Por
desgracia, lo único que quierees marcharse. —¡No, por favor! —suplicó Lucy—. Tenemos que
hablarcon vosotros. —En otra ocasión—cortó Gideon secamente—. Tal vez
en algún momento en que no estemos rodeados de
extraños. —¡Es importante! —exclamó Lucy.
Gideon rió. —¡Sí,estoy seguro! —Puedes irte si quieres, chico —afirmó Paul—.
Millhouse te acompañará hasta la puerta. Pero Gwendolyn
se quedará un poco más. Tengo lasensación de quees más
fácil hablarcon ella. Aún no ha pasado por todo ese lavado
decerebro… ¡Oh, mierda!
La maldición iba dirigida a la pequeña pistola negra que
había aparecido como por ensalmo en la mano de Gideon,
quela giró muy despacio paraapuntara Lucy. —Ahora Gwendolyn y yo abandonaremos la casa
tranquilamente —anunció—. Lucy nos acompañará hasta la
puerta. —Eres un cerdo —susurró Paul, que se había levantado
bruscamente. Su mirada se paseaba indecisa entre
Millhouse, Lucy y nosotros dos. —Vuelve a sentarte —ordenó Gideon—. Su voz era
helada, pero yo podía sentir cómo se le había acelerado el
pulso. Mientras con la mano libre seguía manteniéndome
firmemente apretada contra él, añadió dirigiéndose a
Millhouse—: Y usted, siéntese, por favor. Aún quedan un
montón desándwiches.
Paul volvió asentarse ymiró haciala puertalateral. —Una palabraa Frank y disparo —advirtió Gideon.
Aunque Lucy le miraba con los ojos abiertos de par en
par, no parecía tener ningún miedo. Al contrario que Paul,
querealmente parecíacreer que Gideon hablabaen serio. —Hazlo que dice —le dijo a Millhouse, y elmayordomo
abandonó su puesto en el umbral y se sentó a la mesa
lanzándonos miradas furiosas. —Ya le has visto, ¿verdad? —Lucy miró a Gideon
directamente a los ojos—. Ya te has encontrado con el
conde de Saint Germain. —Tres veces —repuso Gideon—.Yélsabe muy bien lo
que os proponéis. Media vuelta. —Colocó el cañón de la
pistola directamentecontrala nuca de Lucy—. ¡Adelante! —Princesa…
—No pasa nada, Paul. —Le han dado una maldita automática Smith and
Wesson. Pensaba que eso iba contra las doce reglas de
oro.—En la calle la dejaremos ir —afirmó Gideon—. Pero si
antes se mueve alguien aquí arriba, dispararé. Ven,
Gwendolyn. Tendrán que intentarlo otra vez si quieren
conseguir tu sangre.
Dudé unmomento.
Dudé unmomento. —Tal vezes verdad que solo quieren hablar —murmuré.
Me interesaba terriblemente saber lo que Lucy y Paul
tenían que decir. Pero, por otro lado, si realmente eran tan
inofensivos, ¿por qué habían apostado a estos guardias de
corpsen la habitación?Ycon armas. De nuevo me vinieron
ala memorialos hombres del parque. —Puedes estar segura de que no solo quieren hablar —
repuso Gideon. —Es inútil—señaló Paul—. Le han lavado elcerebro. —Es el conde —dijo Lucy—. Puede ser muy
convincente,como sabes. —¡Volveremosa vernos! —saludó Gideon.
Entretanto ya habíamos llegado alrellano. —¿Debo tomarlo como una amenaza? —exclamó Paul —. ¡Nos veremos, sí, puedescontarcon ello!
Gideon mantuvo la pistola apuntada contra la nuca de
Lucy hasta quellegamosala puerta delacasa.
Yo esperaba queen cualquier momento el hombreal que
llamaban Frank saliera disparado dela otra habitación, pero
no apareció nadie. Y tampoco mi tatarabuela se veía por
ningún sitio. —No debéis permitir que elCírculo se cierre —balbució
Lucy nerviosamente—.Yno debéis volvera visitar nuncaal
conde en el pasado. ¡Sobre todo, Gwendolyn no debe
encontrarsecon él! —¡No lesescuches!
Gideon se vio obligado a soltarme mientras apuntaba a
Lucy con la pistola con una mano y con la otra abría la
puerta para mirar a la calle. Desde arriba llegaba un
murmullo de voces. Miré angustiada hacia la escalera. Allí
arriba había tres hombres y una pistola, y allíarriba debían
quedarse. —Yale he visto —respondía Lucy—. Ayer…
—¡Oh, no! —La cara de Lucy se puso un poco más
pálidaaún—.¿Élconocetumagia? —¿Qué magia? —La magia delcuervo —respondió Lucy. —La magia delcuervo es solo unmito.
Gideon me cogió del brazo y me arrastró escalones
abajo hacialacalle. No había nirastro de nuestro coche. —¡Eso no escierto! Yelcondetambién lo sabe.
Aunque Gideon seguía apuntando a la cabeza de Lucy,
ahora su mirada se dirigía a las ventanas del primer piso.
Seguramente allíestaba el tal Frank con su pistola. Pero de
momento aún nos encontrábamos bajo la protección del
saledizo. —Espera —le dijea Gideon.
Miréa Lucy. En sus grandes ojosazules habíalágrimas, y
poralgunarazónmeresultó difícil no creerla. —¿Por qué estás tan seguro de que no dicen la verdad,
Gideon? —preguntéen voz baja.
Me miró un momento irritado antes de pestañear de
incredulidad. —Estoy totalmente seguro de que mienten —dijo en un
susurro. —Pues no suena como si lo estuvieras —replicó Lucy
con un tono de dulzura en su voz—. Podéis confiar en
nosotros.
¿Realmente podíamos hacerlo? ¿Cómo habían podido
entonces realizar lo imposible y esperarallí nuestrallegada?
Vilasombra porelrabillo del ojo. —¡Cuidado! —grité al distinguir a Millhouse, que ya
estaba muy cerca.
Gideon giró sobre sí mismo en el último momento,
cuando el mayordomo ya se disponía a dar el golpe de
gracia. —¡Millhouse, no!
Erala voz de Paul desdelaescalera. —¡Corre! —gritó Gideon, y en una fracción de segundo
tomé mi propia decisión.
Salí corriendo tan rápido como me lo permitieron los
Salí corriendo tan rápido como me lo permitieron los
botines. A cada paso que daba temía oír el sonido de un
disparo. —Habla con tu abuelo —gritó Lucy a mi espalda—.
¡Pregúntale porelCaballero Verde!
Gideon no mealcanzó hastalasiguienteesquina. —Gracias —susurró jadeando, y volvió a guardarse la
pistola—. Si la hubiera perdido, nos hubiéramos visto en un
apuro. Sigamos poraquí.
Miréa mialrededor. —¿Nos persiguen? —No lo creo —repuso Gideon—. Pero, por si acaso,
será mejor quecorramos. —¿De dónde ha salido el tal Millhouse ese tan de
repente? Todo elrato heestado vigilando laescalera. —Seguramente hay otra escalera en la casa. No había
pensado en esa posibilidad. —¿Ydónde se ha metido el Vigilante con la calesa? Se
suponía quetenía queesperarnos. —¡Quésé yo!
Gideon estaba sin aliento. La gente que caminaba por la
acera nos miraba extrañada al vernos pasarcorriendo, pero
ya me habíaacostumbrado. —¿Quién eselCaballero Verde? —No tengo niidea —contestó Gideon.
Empezaba a tener flato. No podría aguantar ese ritmo
mucho tiempo más. Gideon dobló por una estrecha calle
lateral y finalmentese detuvo anteel portal de unaiglesia.
«HolyTrinity», leíen un cartel. —¿Aqué hemos venido aquí? —dijejadeando. —Aconfesarnos —respondió Gideon.
Miró a su alrededor antes de abrir la pesada puerta, y
luego me empujó al interior en penumbra y volvió a cerrar
detrás de nosotros.
A nuestro alrededor todo era paz, olor a incienso y la
solemne sensación de recogimiento que te envuelve en
cuanto cruzasel umbral de unaiglesia.
Era una bonita iglesia, con ventanas con vidrieras de
colores, paredes de arenisca claras y soportes en los que
titilaban las llamas de las velitas que representaban una
oración o un buen deseo.
Gideon me guió por la nave lateral hasta un viejo
confesionario, corrió la cortina a un lado y señaló el interior
dela pequeñacabina. —¿No lo dirásen serio? —susurré. —Pues sí. Yo me sentaré en el otro lado y esperaremos
hasta que volvamosasaltar.
Perpleja, me dejé caer en el asiento, y Gideon cerró la
cortina ante mis narices. Un instante después se abrió la
ventanillaenrejada que dabaalasiento vecino. —¿Estascómoda?
Poco a poco había ido recuperando la respiración y mis
ojos se habían habituado a la penumbra. Gideonme miraba
desdeel otro lado con seriedad afectada. —Y ahora, hermana, agradezcamos al Señor la
protección que nos ofreceen su casa.
Le miré fijamente. ¿Cómo podía estar tan relajado, casi
eufórico, cuando hacía solo un instante había estado
sometido a una gran tensión?¡Por Dios, habíaapuntado ala
cabeza de mi prima con una pistola! Era imposible que
aquello le hubiera dejado impasible. —¿Cómo puedes bromear después de lo que ha
pasado?
De pronto adoptó un aire cohibido, y se encogió de
hombros. —¿Sete ocurrealgo mejor? —¡Sí! ¡Por ejemplo podríamos tratar de analizar lo que
acaba de pasar! ¿Por qué dicen Lucy y Paul que alguien te
halavado elcerebro? —¿Ycómo quieres quelo sepa? —Se pasó la mano por
—¿Ycómo quieres quelo sepa? —Se pasó la mano por
los cabellos, y vi que le temblaba un poco. No estaba tan
tranquilo como aparentaba—. Quieren hacerte dudar. Y a
mítambién. —Lucy ha dicho que debo preguntarle a mi abuelo.
Seguramente no sabe que ha muerto. —Pensé en los ojos
llenos de lágrimas de Lucy—. Pobre. Para ella debe de ser
terrible no poder volvera ver nuncaasu familiaen elfuturo.
Gideon no dijo nada. Durante un rato permanecimos en
silencio. Através de una rendija de la cortina miré hacia el
presbiterio. Una gárgola pequeña —tal vez me llegara a la
rodilla—, con orejas puntiagudas y una cómica cola de
lagartija, salió dando un brinco de la sombra de una
columna y miró hacia nosotros. Rápidamente aparté la
mirada. Si se daba cuenta de que podía verla, seguro que
vendría a darme la lata. Sabía por propia experiencia que
los fantasmas gárgola pueden ponerse muy pesados. —¿Estás seguro de quete puedes fiar delconde de Saint
Germain? —pregunté mientras la gárgola se acercaba
dando saltitos.
Gideon cogió aire. —Es un genio. Ha descubierto cosas que ningún hombre
antes que él… Sí, confío en el conde. Piensen lo que
piensen Lucy y Paul, están equivocados. —Suspiró—. En
todo caso, hasta hace poco estaba totalmente seguro,
cuando todo parecíatan lógico…
Por lo visto, la pequeña gárgola nos encontraba
aburridos, porque trepó por una columna y desapareció en
latribuna del órgano. —¿Yahora ya no telo parece? —¡Solo sé que antes de que aparecieras tú lo tenía todo
controlado! —repuso Gideon. —¿No estarás haciéndome responsable de que por
primera vezen tu vida no todos bailen alson quetú tocas?
Levantélascejasexactamentecomo había visto que él lo
hacía. ¡Era una sensación fantástica! Estuve a punto de
sonreír, tan orgullosa mesentía de mímisma. —¡No! —Sacudió la cabeza y lanzó un gemido—.
¡Gwendolyn! ¿Por qué las cosas son tan complicadas
contigo en comparación conCharlotte?
Seinclinó hacia delante, y vien sumiradaalgo que nunca
había visto antes. —¡Ah! ¿De eso hablabais hoy en el patio de la escuela? —pregunté ofendida.
Acababa de ofrecerle la oportunidad perfecta para
contraatacar. ¡Un error de principiante! —¿Celosa? —preguntó rápidamente con una amplia
sonrisa.
—¡En absoluto! —Charlotte siempre hacía lo que yo le decía. Tú no lo
haces. Lo que resulta bastante estresante. Pero, de algún
modo, tambiénmuy divertido y tierno.
Esta vez no fue solo su mirada lo que me desconcertó.
Con vergüenza, me aparté un mechón de cabellos de la
cara. Con la carrera, mi estúpido peinado se había
deshecho del todo; seguramente las horquillas habían
dejado una pista desde Eaton Place hasta la puerta de la
iglesia. —¿Por qué no volvemosa Temple? —A mí me parece que aquí se está muy bien. Si
volvemos, se iniciará otra vez una de esas interminables
discusiones.Yla verdad, de vezen cuando no me viene mal
dejar derecibir órdenes deltío Falk durante un rato.
¡Bien, había vuelto arecuperar lainiciativa! —No es una sensación muy agradable, ¿verdad? —le
pregunté.
Sacudió lacabeza. —No. Realmente, no.
Fuera, en la nave de la iglesia, se oyó un ruido que me
hizo pegar un brinco. Volvía echar un vistazo a través de la
cortina: era una anciana que encendía una vela ante un
cepillo.
cepillo. —¿Y qué pasará si saltamos ahora mismo? No quiero
aterrizar en el regazo de… un niño que va a hacer la
primera comunión, por ejemplo… Además, no creo que el
curase mostrara muy entusiasmado al verme. —No te preocupes. —Gideon rió bajito—. En nuestra
época este confesionario nunca está ocupado. Podría
decirse que está reservado para nosotros. El padre Jakobs
lo llama «el ascensor al submundo». Naturalmente, es
miembro delos Vigilantes. —¿Cuánto faltaaún para nuestro salto?
Gideonmiró elreloj. —Todavía nos quedatiempo. —Entonces deberíamos emplearlo en algo útil. —Solté
unarisita—.¿No querríasconfesar tus pecados, hijo mío?
Sencillamente me había salido así, sin pensarlo, y en ese
instantecomprendífinalmente quéestaba pasando allí.
¡Estaba sentada con mister Gideon-antes-conocidocomo-el-creído-insufrible
en un confesionario en el
penúltimo cambio desiglo flirteando descaradamente! ¡Dios
mío! ¿Por qué Leslie no me había preparado un expediente
lleno deindicaciones paraelcaso? —Solo sitú tambiénmeconfiesas tus pecados. —Ya te gustaría. —Me apresuré a cambiar de tema.
Definitivamente meencontrabaen terreno resbaladizo—. La
verdad es quetenías razón con lo delatrampa. Pero ¿cómo
podían saber Lucy y Paul que estaríamos allí precisamente
hoy?—No tengo ni la más remota idea —repuso Gideon, y
de pronto se inclinó tanto hacia mí que nuestras narices
quedaron a unos centímetros. En la penumbra sus ojos se
veíanmuy oscuros—. Pero tal veztú sílo sepas.
Parpadeé irritada (doblemente irritada: primero por la
pregunta, pero másaún por nuestrarepentina proximidad). —¿Yo? —Podrías ser la persona que reveló a Lucy y a Paul
nuestracita. —¿Qué? —Prefiero no imaginar la cara de boba que
debía de poner en ese momento—. ¡Menuda tontería! ¿Y
cuándo se supone que lo habría hecho? Ni siquiera sé
dónde se encuentra el cronógrafo. Y, de todos modos,
nunca permitiría que… —Me detuve antes de volver a irme
delalengua. —Gwendolyn, no tienes ni idea de todo lo que harás en
elfuturo.
Tardé un poco en asimilar sus palabrasantes de decir: —Igualmente podrías haber sido tú por la mismarazón. —También es cierto. —Gideon se retiró otra vez a su
lado delconfesionario y en la penumbra vi brillar sus dientes
al sonreír—. Creo que las cosas se pondrán emocionantes
para nosotros dos próximamente.
La frase provocó un cálido cosquilleo en mi estómago.
Supongo que la perspectiva de vivir nuevas aventuras
tendría que haberme angustiado, pero en realidad en ese
instante me embargó una incontenible sensación de
felicidad.
Sí,aquello prometía ponerseemocionante.
Callamos durante unmomento, y luego Gideon dijo: —Hace poco, en el coche, hablábamos sobre la magia
delcuervo,¿lo recuerdas?
Recordabacada palabra. —Has dicho que no podíateneresa magia porque no era
más que unachica vulgar y corriente, unachicacomo tantas
otras que has conocido, de esas que siempre tienen que ir
juntasallavabo y se burlan de Lisa, y que…
Una mano se posó sobre mis labios. —Sé lo que he dicho. —Gideon se había inclinado hacia
mí desdesu lado delacabina—. Ylo siento.
¿Qué? Me sentícomo fulminada por un rayo, incapaz de
moverme y ni siquiera de respirar. Sus dedos palparon
delicadamente mis labios, me acariciaron la barbilla y
subieron por mis mejillas hastalas sienes.
subieron por mis mejillas hastalas sienes. —Tú no eres una chica vulgar, Gwendolyn —susurró
mientras empezaba a acariciarme el cabello—. Eres una
chicatotalmentefuera delo corriente. No necesitas la magia
delcuervo paraserespecial para mí.
Su cara se acercó aún más. Cuando sus labios rozaron
mi boca, tuve quecerrar los ojos.
«Muy bien. Ahora voy a desmayarme», pensé.
De los Anales de los Vigilantes
24 de junio de 1912
Día soleado, veintitrés grados a la sombra.
Lady Tilney aparece puntualmente a las nueve
para elapsar.
La circulación en la City se ha complicado debido a una
marcha
de protesta de un grupo de féminas enloquecidas que
exigen el
derecho de voto para las mujeres. Antes fundaremos
colonias
en la Luna que ver algo así.
Por lo demás, ningún otro suceso digno de reseñar.
Informe: Frank Mine, Círculo Interior.
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