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amá me abrazó como si hubiera estado ausente al
menos tres años. Tuve que repetirle un millón de veces
que me encontraba bien antes de que dejara de
preguntar. —¿Tú también estás bien, mamá? —Sí,cariño,estoy bien. —Bueno, veo que todo el mundo está bien —comentó
mister De Villiers burlonamente—. Me alegra que lo
hayamos aclarado. —Y se acercó tanto a nosotras que
incluso pude oler su agua de colonia (una mezcla especiada
y afrutada con un toque de canela que me hizo venir aún
más hambre)—. ¿Y qué vamos a hacer contigo ahora,
Grace? —añadió, apuntando fijamente a mamá con sus
ojos delobo. —He dicho la verdad. —Sí, al menos por lo que hace a las cualidades de
Gwendolyn —convino De Villiers—. Pero aún queda por
aclarar por qué la comadrona, que en esa época se mostró
tan cooperadora como para falsificar el certificado de
nacimiento, ha tenido que salir repentinamente de viaje
precisamente hoy.
Mamáseencogió de hombros. —Yo no le daría tanta importancia a algo que debe de
ser solo unacasualidad, Falk. —Encuentro igualmente extraño que en un caso de
posible parto prematuro, la madre se decida a dar a luzen
casa. Cualquier mujer mínimamente sensata se haría llevar a
un hospitalalsentir los primeros dolores.
Había quereconocer queen eso teníarazón. —Sencillamente, todo ocurrió muy rápido —replicó
mamá sin parpadear—. Aún tuve suerte de que la
comadronaestuviera presente. —Bien, pero incluso así, en un parto prematuro, después
del nacimiento, cualquiera hubiera ido enseguida al hospital
para queexaminaran al bebé. —Ylo hicimos. —Pero al día siguiente —dijo mister De Villiers—. En el
informe del hospitalse hizo constar que, aunque el niño fue
examinado a fondo, la madre rechazó someterse a una
revisión.¿Por qué, Grace?
Mamáseechó areír. —Creo que me entenderías mejor si tú mismo hubieras
dado a luz y hubieras pasado ya por una decena de
exámenes ginecológicos. Yo me encontraba perfectamente
y solo quería asegurarme de que el bebé no tenía ningún
problema. Lo que no entiendo escómo has podido acceder
tan rápido a un informe del hospital. Pensaba que las
informaciones deesetipo eran confidenciales. —Por mí, puedes denunciar al hospital por violación de
la ley de protección de datos —dijo mister De Villiers—.
Mientras tanto, nosotros seguiremos buscando a la
comadrona. Estoy intrigadísimo por saber lo que esa mujer
tiene quecontarnos.
La puerta se abrió y mister George y mister White
entraron acompañados por mistress Jenkins, que cargaba
con unmontón deexpedientes.
Detrás de ellos llegó Gideon arrastrando los pies. Esta
vez me tomé mi tiempo para observar detenidamente el
resto de su cuerpo, y no solo su atractivo rostro. Busqué
algo que no me gustara para no tener que sentirme tan
imperfecta a su lado; pero, por desgracia, no pude
encontrar nada. No era patizambo (¡de jugar al polo!) ni
tenía los brazos demasiado largos ni los lóbulos de las
orejas demasiado grandes (lo que, según afirmaba Leslie,
orejas demasiado grandes (lo que, según afirmaba Leslie,
podía considerarse un signo de tacañería). Y la forma en
que se apoyaba con el trasero en el escritorio con los
brazoscruzados sobreel pecho no podíaser más guay.
Lo único criticable era el pelo largo que casi le llegaba
hasta los hombros. Pero niese pensamiento estúpido daba
resultado, pues su cabello era tan sano y brillante que
instintivamente me pregunté quésesentiríaaltocarlo.
Daba pena ver todaesa perfección desperdiciada. —Todo está preparado —advirtió mister George
guiñándome un ojo—. La máquina del tiempo ya está lista
parafuncionar.
Robert, elchiquillo fantasma, me saludó tímidamente con
la mano y yo le devolvíelsaludo. —Bien, ya estamos todos los que tenemos que estar —
informó mister De Villiers—. Por desgracia, Glenda y
Charlotte han tenido que irse, pero me han encargado que
osenvíeatodos un cordialsaludo desu parte. —Sí, seguro —dijo el doctor White. —¡Pobre muchacha! Dos días soportando esos falsos
dolores deben de haber sido una experiencia nada
agradable —se lamentó mister George, y en su cara
redondase dibujó una mueca desinceracompasión. —Por no hablar de su madre —murmuró el doctor
White, mientras hojeaba el archivador que había traído
mistress Jenkins—. Todo un castigo parala pobre niña. —Mistress Jenkins, ¿cómo lleva madame Rossini el
vestuario de Gwendolyn? —Pero siacaba de… Voy a preguntar.
Mistress Jenkins volvió asalir rápidamente por la puerta.
Mister George se frotó las manos, ansioso por entrar en
acción. —Bien, parece que ya podemosempezar. —Pero no la pondrán en peligro, ¿verdad? —dijo mamá
volviéndose hacia mister George—. La mantendrán al
margen deeseasunto. —Desdeluego quela mantendremosalmargen—repuso
Gideon. —Haremos todo lo necesario para proteger a
Gwendolyn—aseguró mister George. —No podemos mantenerla al margen, Grace —dijo
mister De Villiers—. Ella es parte de «ese asunto».
Deberías haberlo tenido claro desde el principio, antes de
empezar tu estúpido juego delescondite. —Gracias a usted, la muchacha se encuentra totalmente
falta de preparación y de conocimientos —dijo el doctor
White—. Lo que naturalmente dificultará en gran medida
nuestra misión, aunque supongo que ese era precisamente
su propósito. —Mi propósito era no ponera Gwendolyn en peligro —
aseveró mamá. —Ya he llegado muy lejos solo —añadió Gideon—. Y
también puedo seguir solo hastaelfinal. —Eso es justamente lo que esperaba oír —espetó
mamá.
«También puedo seguir solo hasta el final.» ¡Dios santo!
Tuve que hacer un esfuerzo para que no se me escapara la
risa. Parecíasalido de una deesas disparatadas películas de
acción en las que un musculitos de expresión melancólica y
aire reconcentrado salva al mundo combatiendo, más solo
que la una, contra un ejército de ninjas, una flota de barcos
enemigos o un pueblo repleto de bandidos armados hasta
los dientes. —Ya veremos para qué tareas puede ser apropiada —
terció mister De Villiers. —Tenemos su sangre —dijo Gideon—. No necesitamos
nada más de ella. Por mí, puede venir aquí cada día y
elapsar, y todoscontentos.
¿Cómo? ¿«Elapsar»? Sonaba como uno de esos
conceptos con los que mister Whitman acostumbraba a
desconcertarnos en las clases de inglés. «En principio no es
un mal planteamiento interpretativo, Gordon, pero la
un mal planteamiento interpretativo, Gordon, pero la
próxima vez recuerda que hay casos en los que la elipsión
es, si no obligada, más que recomendable.» ¿O era
«elisión»? Tanto daba, porque niGordon ni yo ni nadieen la
clase habíamos entendido de qué hablaba. Con excepción
de Charlotte, naturalmente.
Mister Georgesefijó enmicara de desconcierto. —Con el término «elapsar» nos referimos a una sangría
controlada de tu cupo de salto temporal en la que te
enviamos unas horasal pasado con elcronógrafo —explicó —. De este modo evitamos que se produzcan saltos
incontrolados. —Y añadió volviéndose hacia los otros—:
Estoy seguro de que, con el tiempo, Gwendolyn nos
sorprenderáatodoscon su potencial. Ella…
—¡Ella es una cría! —le interrumpió Gideon—. No tiene
niidea de nada.
Me puse roja de indignación. ¿Cómo era capaz de soltar
semejante impertinencia ese estúpido y engreído… jugador
de polo? Yquéformatan despectiva de mirarme…
—Eso no es verdad —repliqué.
¡Yo no era ninguna cría! Tenía dieciséis años y medio.
Era tan vieja como Charlotte. Amiedad, María Antonieta
hacía tiempo que se había casado. (No lo sabía por la clase
de historia, sino por la películaconKirstenDunst que Leslie
y yo habíamos visto en DVD.) Y Juana de Arco tenía solo
quinceañoscuando…
—Ah, ¿no? —La voz de Gideon rezumaba sarcasmo—.
¿Quésabes de historia, porejemplo? —Lo suficiente —dije (¿No acababan de ponerme un
sobresalienteen elexamen?) —¿De verdad? Muy bien. Veamos, ¿quién reinó en
Inglaterra después deJorgeI?
No tenía nila más remotaidea. —¿JorgeII? —respondíaltuntún.
¡Bien! Parecía decepcionado. Debía desercorrecto. —¿Y sabrías decirme qué casa real sustituyó a los
Estuardo en 1702 y por qué?
Seacabó lasuerte. —Hummm… Aún no lo hemos dado —dije. —En fin, está bien claro —añadió Gideon dirigiéndose a
los demás—. No sabe nada de historia. Ni siquiera sabe
expresarse adecuadamente. Dondequiera que saltemos,
llamará la atención más que un perro verde. Además, no
tiene ni idea de qué va esto. ¡No solo sería totalmente inútil,
sino quesupondría un peligro paratodala misión!
¿Qué?¿Que yo no podía hablar «adecuadamente»? Pues
ahora mismo se me estaban ocurriendo unos cuantos
insultos de lo más adecuados que me hubiera encantado
gritarle. —Creo que has expuesto tu opinión con suficiente
claridad, Gideon —declaró elseñor Villiers—. Ahora sería
interesantesaber quétiene que decirelcondealrespecto. —No podéis hacerleeso —susurró mamácon un hilo de
voz.—Estoy seguro de que el conde se alegrará mucho de
conocerte, Gwendolyn —continuó mister George sin
prestar atención a sus reparos—. El rubí, el doce, el último
en el Círculo. Será un momento solemne el de vuestro
encuentro. —¡No! —gritó mamá.
Todos volvieron la vista haciaella. —¡Grace! —dijo miabuela—. ¡No vuelvasaempezar! —No —repitió mamá—. ¡Por favor! No hace falta que
él laconozca. Debería bastarlecon saber que completará el
Círculo con su sangre. —Que hubiera completado —dijo el doctor White, que
seguía hojeando el archivador—, si después del robo no
hubiéramos tenido queempezar desdeel principio. —Sea como sea, no quiero que Gwendolyn le conozca —dijo mamá—. Esta es mi condición. Gideon puede
responsabilizarsesolo deesto. —Está claro que no está en tu mano decidir sobre el
—Está claro que no está en tu mano decidir sobre el
tema —dijo mister De Villiers. —¡Condiciones! ¡Pone condiciones! —exclamó el
doctor White. —¡Pero tiene razón! No le hará ningún servicio a nadie
que arrastremos a la chica hasta allí —aseguró Gideon—.
Le explicaré alconde lo que ha pasado, y estoy seguro de
quecoincidiráconmigo. —En cualquier caso, querrá verla para poder hacerse
una idea por sí mismo —dijo Falk de Villiers—. No es
peligroso para ella. Ni siquiera tendrá que abandonar la
casa. —Mistress Shepherd, le aseguro que a Gwendolyn no le
pasará nada —la tranquilizó mister George—. Su opinión
sobreelcondese basa quizáen prejuicios que nosalegraría
mucho ayudarlaa disipar. —Metemo que no van a poderconseguirlo. —Seguro que querrás comunicarnos en qué
informaciones te basas para sentir tal rechazo por elconde,
un hombre al que no conoces, por cierto, mi querida Grace —lainstó mister De Villiers.
Mamáapretó los labios. —¡Teescuchamos! —dijo mister De Villiers.
Mamácalló.
—Es… solo unasensación—susurró finalmente.
Mister De Villiers torció la bocaen unasonrisacínica. —Siento tener que decirlo, Grace, pero todo el rato
tengo la impresión de que nos estás ocultando algo. Dime,
¿de quétienes miedo en realidad? —¿Quién es ese conde, si puede saberse, y por qué no
debo conocerle? —pregunté. —Porque tu madre tiene «una sensación» —me
respondió el doctor White arreglándose la chaqueta—. Ese
hombre hace doscientos años que está muerto, mistress
Shepherd. —Yasí debeseguir —murmuró mamá. —El conde de Saint Germain es el quinto de los doce
viajeros del tiempo, Gwendolyn —explicó mister George —. Hace un momento viste su retrato en la Sala de
Documentos. Él fue el primero que comprendió la función
del cronógrafo y descifró los Antiguos Escritos. Y no solo
descubrió cómo, con elcronógrafo, podía viajara cualquier
año y cualquier día que eligiera, sino que también desveló el
secreto que se esconde tras el Secreto, el Secreto de los
Doce. Con ayuda del cronógrafo, consiguió localizar a los
cuatro viajeros del tiempo anteriores a él y les hizo
partícipes de su descubrimiento. Elconde buscó y encontró
apoyo en las mentes más brillantes de su época:
matemáticos, alquimistas, magos, filósofos, todos se
sintieron fascinados por su causa. Juntos descifraron los
Antiguos Escritos y calcularon las fechas de nacimiento de
los siete viajeros del tiempo que aún debían nacer para
completar el Círculo. En 1745, el conde fundó aquí, en
Londres, la Sociedad de los Vigilantes, la Logia secreta del
Conde de Saint Germain. —El conde tiene que agradecer el descifrado de los
Antiguos Escritos a personajes tan famosos como
Raimundus Lullus, Agrippa von Nettesheim, John Colet,
Henry Draper, Simon Forman, Samuel Hartlib, Kenelm
Digby y JohnWallis —informó mister De Villiers.
Ninguno deesos nombres mesonaba de nada. —Ninguno de esos nombres le suena de nada —dijo
Gideon burlonamente.
¡Demonios! ¿Es que podía leer el pensamiento? Por si
acaso podía hacerlo, le dirigí una mirada asesina y pensé
con todas mis fuerzas: «¡Estúpido fanfarrón!».
Apartó la mirada. —Pero Isaac Newton murió en 1727. ¿Cómo podía ser
miembro delos Vigilantes?
Yo misma me quedé maravillada de que se me hubiera
ocurrido aquello. Leslie melo había dicho el díaanterior por
teléfono, y por alguna misteriosa razón se me había
teléfono, y por alguna misteriosa razón se me había
quedado grabado en elcerebro. Alfin y alcabo, resulta que
no eratan estúpidacomo afirmabaeltalGideon ese. —Exacto —repuso mister George sonriendo—. Esa es
una de las ventajas que tiene un viajero del tiempo. Puede
buscarseamigos también en el pasado. —¿Y qué es eso del secreto que se esconde tras el
secreto? —El Secreto de los Doce se revelará cuando se haya
registrado la sangre de los doce viajeros del tiempo en el
cronógrafo —anunció solemnemente mister George—. Por
eso debe cerrarse el Círculo. Esta es la gran misión que
debemos llevaracabo. —¡Pero si yo soy la última de los Doce! ¡Conmigo el
Círculo deberíaestarcompleto! —Sí, y lo estaría —repuso el doctor White—, si hace
diecisiete años a tu prima Lucy no se le hubiera ocurrido la
idea derobarelcronógrafo. —Paul fue quien robó el cronógrafo —puntualizó lady
Arista—. Lucy solo…
Mister De Villiers levantó una mano. —Muy bien, muy bien, digamos sencillamente que lo
robaron juntos. Dos chiquillos descarriados… De este
modo se destruyeron cinco siglos de trabajo. La misión
estuvo a punto de fracasar y el legado del conde de Saint
Germain estuvo a punto de perderse definitivamente. —¿Ellegado eselSecreto? —Afortunadamente, entre estos muros se encontraba
otro cronógrafo —dijo mister George—. No estaba
previsto que entrara nunca en funcionamiento. Llegó a
manos de los Vigilantes en 1757, y era defectuoso. Había
permanecido abandonado durante siglos y sus valiosas
piedras preciosas habían sido robadas. En un esforzado
trabajo dereconstrucción quese prolongó alo largo de dos
siglos, los Vigilantesconsiguieron queelaparato…
El doctor Whiteleinterrumpió impaciente: —Paraabreviar un poco la historia:fuereparado y se vio
que efectivamente podía funcionar, aunque solo pudimos
verificarlo en la práctica cuando el undécimo viajero del
tiempo, es decir, Gideon, llegó a la edad de iniciación.
Habíamos perdido un cronógrafo y con él la sangre de diez
viajeros del tiempo. Teníamos que empezar desde el
principio con elsegundo. —Para… hummm… descubrir el Secreto de los Doce —dije.
Había estado a punto de decir «para que se revelara».
Empezaba a sentirme como sime hubieran hecho un lavado
decerebro.
La respuesta fue una solemne inclinación de cabeza del
doctor White y de mister George. —¿Yquéclase desecreto esese?
Mamá empezó a reír. Aquello estaba totalmente fuera de
lugar, pero el hecho es que cacareaba como hacía siempre
Carolinecuando veíaa mister Bean por latele. —¡Grace! —susurró ladyArista—. ¡Contrólate!
Pero solo consiguió que mamárieraaún conmás ganas. —El Secreto es el Secreto es el Secreto —consiguió
soltarentre dosestallidos derisa—, y asísiempre. —Lo que decía: ¡son todas unas histéricas! —gruñó el
doctor White. —Mealegra queaún consigasencontrarleellado cómico
alasunto —puntualizó mister De Villiers.
Mamásesecó las lágrimas delos ojos. —Lo siento. Me ha dado así sin más. En realidad,
preferiríallorar, de verdad.
Comprendí que no conseguiría llegar a ninguna parte con
mi preguntasobrela naturaleza delsecreto. —¿Qué tiene de peligroso el conde para que no deba
conocerle? —preguntéen su lugar.
Mamá, que de pronto se había puesto seria como un
funeral, se limitó a sacudir la cabeza. La verdad es que
empezaban a preocuparme sus cambios bruscos de humor,
empezaban a preocuparme sus cambios bruscos de humor,
tan impropios deella. —Nada —respondió el doctor White en su lugar—. Tu
madre solo teme que puedas entrar en contacto con un
cuerpo ideológico que contradiga sus propios puntos de
vista, si bien ella no tiene capacidad de decisión entre estos
muros. —Cuerpo ideológico —repitió mimadresarcásticamente —. Un poco traído por los pelos,¿no? —En cualquier caso, ¿por qué no dejamos sencillamente
que sea Gwendolyn quien decida si quiere ver al conde o
no?—¿Solo para tener una conversación con él? ¿En el
pasado? —Mi mirada pasó de mister De Villiers a mister
George y otra vez a mister De Villiers—. ¿Y él podrá
respondera mi preguntasobreelSecreto? —Si quiere hacerlo —repuso mister George—. Le verás
en el año 1782. Por entonces, el conde ya era un hombre
muy anciano, y prácticamente había venido de visita a
Londres en cumplimiento de una misión estrictamente
confidencial de la que los historiadores y sus biógrafos no
saben nada. Pasó la noche en esta casa, razón por la cual
será muy sencillo arreglar una conversación entre vosotros.
Por descontado, Gideon teacompañará.
Gideon masculló algo que incluía las palabras «idiotas» y
«canguro». ¿«Canguro de idiotas»? Cómo detestaba a ese
tipo.—¿Mamá? —Di que no,cariño. —Pero ¿por qué? —Aún no estás preparada. —¿Por qué no estoy preparada? ¿Por qué no puedo ver
aeseconde?¿Quétiene de peligroso? Dímelo, mamá. —Sí, díselo, Grace —la instó mister De Villiers—.
Gwendolyn está harta de tanto secretismo, lo cual es aún
más mortificantesi procede desu propia madre, pienso yo.
Mamácalló. —Ya ves lo difícil que es arrancarnos informaciones
realmente útiles —dijo mister De Villiers, mirándome muy
serio con sus ojosambarinos.
Mimadreseguíacallada.
Me vinieron ganas desacudirla por los hombros. Falk de
Villiers tenía razón: sus insinuaciones no me ayudaban en
nada. —Entonces tendré que descubrirlo por mí misma —
afirmé—. Quiero conocerle.
No sé qué me había pasado de repente, pero de pronto
dejé de sentirme como una niña de cinco años que solo
quierecorreracasa paraesconderse debajo delacama.
Gideon lanzó un gemido. —Grace, ya lo has oído —advirtió mister De Villiers—.
Creo que deberías dejar que te acompañaran de vuelta a
Mayfair y tomarte un tranquilizante. Llevaremos a
Gwendolyn acasacuando… hayamosacabado. —No la dejarésola —susurró mamá. —Caroline y Nick pronto volverán de la escuela, mamá.
No te preocupes, puedes marcharte. Yo puedo cuidar de
mímisma. —No, no puedes —volvió asusurrar mamá. —Te acompañaré, Grace —dijo ladyArista en un tono
sorprendentemente afable—. Me he pasado dos días
seguidosaquí y tengo dolor de cabeza. Lascosas han dado
un giro realmente inesperado. Pero ahora… ya no está en
nuestras manos. —Muy juicioso —repuso el doctor White.
Mamá parecíaa punto deromperallorar. —Muy bien—convino—. Meiré. Confío en quese haga
todo lo necesario para que Gwendolyn no corra ningún
peligro. —Ymañana pueda acudir puntualmente a la escuela —
observó ladyArista—. No debería perderse muchasclases.
Ella no escomo Charlotte.
Ella no escomo Charlotte.
La miré atónita. La verdad es que me había olvidado por
completo delaescuela. —¿Dónde están mi sombrero y mi abrigo? —preguntó
ladyArista.
Entre los hombres que estaban en la habitación se
produjo una especie de suspiro de alivio que no podía oírse
pero sí palparse. —Mistress Jenkins se ocupará de todo, lady Arista —
repuso mister De Villiers. —Vamos, hija —dijo ladyAristaa mamá.
Mamá vaciló. —Grace. —Falk de Villiers lecogió la mano y selallevó
a los labios—. Ha sido un gran placer volver a verte
después detantosaños. —Tampoco han sido tantos —repuso mamá. —Diecisiete. —Dieciséis —replicó mamá, como si estuviera un poco
ofendida—. También nos vimos en elentierro de mi padre.
Pero seguramentelo habrás olvidado.
Volvió lacabeza para dirigirsea mister George. —¿Cuidará deella? —Mistress Shepherd, le prometo que Gwendolyn estará
segura con nosotros —repuso mister George—. Confíe en
mí.—No me queda otro remedio. —Mamá retiró la mano a
mister De Villiers y se colgó el bolso al hombro—. ¿Puedo
hablar unmomento asolasconmi hija? —Naturalmente —repuso Falk de Villiers—. Si quieres,
aquíallado no te molestará nadie. —Me gustaríasalirafueracon ella —objetó mamá.
Mister De Villiersenarcó lascejas. —¿Tienes miedo de que te espiemos a través de una
mirilla ocultaen un retrato? —preguntó entrerisas. —No, simplemente necesito un poco de aire fresco —
respondió mamá.
Aesa hora del día,eljardín estabacerrado al público. Unos
cuantos turistas —reconocibles por las voluminosas
cámaras fotográficas que llevaban colgadas al cuello—
contemplaron con envidia cómo mamá abría una de las
puertas, un afiligranado portal de hierro de dos metros de
altura, y volvíaacerrarlatras de nosotras.
Me quedé fascinada por la exuberancia de los macizos
deflores,el verdeintenso delcésped y lafragancia delaire. —Ha sido una buena idea venir aquí —dije—.
Empezabaasentirmecomo un topo ahí dentro.
Con gran anhelo dirigí la cara hacia el sol, que para
encontrarnos a principios de abril era sorprendentemente
cálido.
Mamá se sentó en un banco de teca y se frotó la frente
con la mano, en un gesto muy parecido al que antes había
hecho ladyArista, solo que mamá no parecía viejísima. —Esto es unaauténtica pesadilla —meespetó.
Me dejécaer junto aellaen el banco. —Sí. Realmente cuesta hacerse a la idea de cómo han
cambiado las cosas. Ayer por la mañana todo era como
siempre, hasta que de repente… Tengo que asimilar tantas
cosas de golpe, miles de pequeñas informaciones que no
acaban de encajar unas con otras, que tengo la sensación
de que me vaaestallar lacabeza. —Lo siento muchísimo —dijo mamá—. Me hubiera
gustado tanto poderahorrartetodo esto…
—¿Qué hiciste para que todos estén tan enfadados
contigo? —Ayudé a huir a Lucy y a Paul —respondió mamá, no
sin antes echar una ojeada a su alrededor para asegurarse
de que nadie nos espiaba—. Durante un tiempo se
escondieron en nuestra casa de Durham. Pero,
naturalmente, ellos acabaron por descubrirlo y Lucy y Paul
tuvieron queirse.
Pensé en todo lo que me habían explicado a lo largo del
día, y de pronto comprendí dóndeestaba mi prima.
La oveja negra de la familia no vivía en elAmazonas con
alguna tribu indígena ni se había escondido en un convento
de monjas en Irlanda, como siempre habíamos imaginado
Leslie y yo de niñas.
No, Lucy y Paulestaban en un sitio muy distinto. —Desaparecieron con el cronógrafo en el pasado,
¿verdad?
Mimadreasintió. —No fue una decisión fácil para ellos, pero al final no
tuvieron otraelección. —¿Por qué no fuefácil? —No se puede alejar elcronógrafo de su época. Quien
sellevaelcronógrafo al pasado, no puede viajar de vuelta y
debe permanecerallí parasiempre.
Traguésaliva. —¿Qué motivo puede haber para hacer algo así? —
preguntéen voz baja. —Lucy y Paul comprendieron que en el presente no
había ningún escondite seguro para ellos y el cronógrafo.
Los Vigilantes les hubieran localizado tarde o temprano
dondequiera que hubieran tratado de huir.
dondequiera que hubieran tratado de huir. —¿Ypor quélo robaron, mamá? —Querían evitar que… elCírculo de Sangresecerrara. —¿Yqué pasasielCírculo de Sangresecierra?
Madre mía, ya empezaba a parecer uno de ellos.
«Círculo de Sangre.» A ese paso, pronto empezaría a
hablaren verso. —Escucha, cariño, no tenemos mucho tiempo. Aunque
ahora afirmen lo contrario, sé que ellos tratarán de hacerte
participar en lo que llaman su misión. Te necesitan para
cerrarelCírculo y hacer quesereveleelSecreto. —¿QuéeselSecreto, mamá?
Tenía la impresión de que ya había hecho esta pregunta
mil veces,einteriormentecasila grité. —Sé tan poco como los demás. Solo puedo hacer
suposiciones. Sé que es muy potente y que otorga un gran
poder al que sabe utilizarlo, pero también sé que el poder
en manos de las personas equivocadas es muy peligroso.
Por esa razón, Lucy y Paul opinaban que era mejor que el
Secreto permaneciera oculto y, para conseguirlo, hicieron
grandes sacrificios. —Eso yalo heentendido. Lo que no heentendido es por
qué.—Aunque a algunos de los hombres de ahí dentro
posiblemente solo les impulse la curiosidad científica, las
intenciones de muchos otros no son en absoluto tan nobles.
Sé que no se detienen ante nada para conseguir sus
objetivos. No puedes fiarte de ninguno de ellos. De
ninguno, Gwendolyn.
Suspiré al comprender que nada de lo que me había
dicho tenía ninguna utilidad.
Desde el jardín oímos un ruido de motor y un coche se
detuvo ante el portal, aunque en realidad allí estaba
prohibidalacirculación. —¡Yaes hora deirnos, Grace! —gritó ladyArista desde
fuera.
Mamáselevantó. —¡Creo que hoy nos espera una noche de lo más
divertida! Seguro que la mirada helada de la tía Glenda
congelarálacomida. —¿Por qué la comadrona se ha ido de viaje
precisamente hoy?¿Ypor qué no metuvisteen un hospital? —Deberían dejar en paz a esa pobre mujer —repuso
mamá. —¡Grace! ¡Vámonos de una vez!
Lady Arista golpeó la reja de hierro con la punta de su
paraguas. —Me parece que te estás ganando una buena regañina
—dije. —Merompeelcorazón tener que dejarteaquísola. —Podría irme contigo a casa y ya está —repuse, a
sabiendas de que no me apetecía nada hacerlo. Falk de
Villiers tenía razón:ahora formaba parte de «ese asunto», y
extrañamenteeso me gustaba. —No, no puedes —explicó mamá—. En los saltos
incontrolados en el tiempo podrías resultar herida o incluso
muerta. Aquí, almenos en este sentido, estás segura. —Me
abrazó—. No olvides lo que te he dicho. No te fíes de
nadie. Nisiquiera detus sensaciones.Yvecon cuidado con
elconde de Saint Germain. Se dice que tiene la facultad de
penetrar en la mente de sus interlocutores. Puede leer tus
pensamientos, y, lo que es peor todavía, controlar tu
voluntad siselo permites.
Meapretétan fuertecomo pudecontraella. —Te quiero, mamá.
Por encima de su hombro pude ver que en ese momento
mister De Villiers seencontrabaantela puerta.
Cuando mamáse dio la vuelta, también le vio. —¡Sobretodo, debes irconmucho cuidado con ese! —
susurró en voz baja—. Se ha convertido en un hombre
peligroso.
Me pareció notar un matiz de admiración en su voz y,
Me pareció notar un matiz de admiración en su voz y,
siguiendo un impulso repentino, le pregunté: —¿Tuvistealgo con élalguna vez, mamá?
No hizo falta que me contestara; por la cara que puso,
supe que había dado en el blanco. —Yo tenía diecisiete años y era fácil de impresionar —
dijo.—Lo comprendo —repliqué sonriendo maliciosamente —. Tiene unos ojos realmenteincreíbles.
Mamá me devolvió la sonrisa mientras volvíamos con
deliberadalentitud haciala puerta. —Oh, sí. Paul tenía exactamente los mismos ojos. Pero,
al contrario que su hermano mayor, no había en él ni
sombra de arrogancia. No me extraña que Lucy se
enamorara…
—Meencantaríasaber quése ha hecho deellos. —Metemo quetarde o temprano lo sabrás. —Dame la llave —dijo Falk de Villiers con impaciencia,
y mamá le tendió elmanojo de llaves a través de la reja de
la puerta—. Hellamado a un coche para que os lleve. —Nos veremos mañana en el desayuno, Gwendolyn —
dijo lady Arista, y me sujetó la barbilla con la mano—.
¡Ánimo, niña! Eres una Montrose, y las Montrose
mantienen la compostura siempre bajo cualquier
circunstancia. —Harélo que pueda,abuela. —Así me gusta. ¡Bueno, ya está bien! —exclamó
moviendo los brazoscomo si quisieraespantara una mosca —. ¿Qué se ha creído esta gente, que soy la reina de
Inglaterra?
A los turistas, sin embargo, debía parecerles tan
británica, con su elegante sombrero, el paraguas y elabrigo
ajuego, quelafotografiaron desdetodos losángulos.
Mamá volvió aabrazarme. —El Secreto ya ha costado unas cuantas vidas —me
susurró al oído—. No lo olvides.
Con sentimientos encontrados, seguí con la mirada a mi
madre y mi abuela hasta que doblaron la esquina y
desaparecieron de mi vista.
Mister George me cogió la mano y me la estrechó con
fuerza. —No tengas miedo, Gwendolyn. No estás sola.
Exacto, no estaba sola. Estaba con gente en la que no
podía confiar. «En ninguno de ellos», había dicho mamá.
Miré los amistosos ojos azules de mister George y busqué
en ellosalgo peligroso, insincero, pero no descubrí nada.
«No confíes en nadie. Ni siquiera en tus propias
sensaciones.»
—Ven, vamosadentro. Tienes quecomeralgo. —Espero que la conversación con tu madre haya sido
esclarecedora para ti —dijo mister De Villiers de camino
hacia arriba—. Déjame adivinar: te habrá prevenido contra
nosotros, diciendo que carecemos de escrúpulos y no
somos de gente defiar,¿meequivoco? —Eso lo sabrá usted mejor que yo —repuse—. Pero en
realidad hemos hablado de que en una época mi madre y
usted tuvieron algo.
Mister De Villiersenarcó lascejas sorprendido. —¿Eso te ha dicho? —exclamó ligeramentearrobado—.
Hace mucho deeso. Yo erajoven y…
—… y fácil de impresionar —acabé yo—. Eso mismo
ha dicho mimadre.
Mister Georgesoltó unacarcajada. —¡Pues sí, es verdad! Lo había olvidado por completo.
Tú y Grace Montrose hacíais buena pareja, Falk. Aunque
solo durara tres semanas. Hasta que te aplastó en la camisa
un pedazo de pastel de queso en aquel baile de beneficencia
en Holland House y dijo que nunca volvería a dirigirte la
palabra. —Era tarta de frambuesa —repuso mister De Villiers
guiñándome un ojo—. En realidad, quería tirármela a la
cara, pero por suerte solo me dio en la camisa. La mancha
cara, pero por suerte solo me dio en la camisa. La mancha
no salió nunca. Y todo porque estaba celosa de una chica
cuyo nombre no puedo recordar siquiera. —Larisa Crofts, hija del ministro de Finanzas —apuntó
mister George. —¿De verdad? —Mister De Villiers parecía
sinceramente sorprendido—. ¿Del actual o del de
entonces? —Del deentonces. —¿Era guapa? —Por desgracia. —De todos modos, Grace me partió elcorazón porque
empezó a salir con un chico de la escuela cuyo nombre
recuerdo muy bien. —Claro. Porque le partiste la nariz y sus padres
estuvieron a punto de denunciarte —repuso mister George. —¿Eseso verdad?
Yo estabaabsolutamentefascinada. —Fue un accidente —aclaró mister De Villiers—.
Jugábamos juntosen un equipo derugby. —Cuántos abismos insondables se abren ante nuestros
ojos,¿no escierto, Gwendolyn?
Mister George aún reía divertido alabrir la puerta de la
Sala delDragón.
—Desdeluego.
Me detuve al ver a Gideon, que nos miraba con el gesto
torcido, sentado ala mesa delcentro dela habitación.
Mister De Villiers meempujó hacia delante. —No fue nada serio —dijo—. Las relaciones amorosas
entre los De Villiers y los Montrose no parecen contar con
elfavor de los hados. Podría decirse que están condenadas
deantemano alfracaso. —Creo que esta advertencia es totalmente innecesaria,
tío —dijo Gideon cruzándose de brazos—. Definitivamente,
ella no es mitipo.
Con «ella» se refería a mí, pero tardé varios segundos en
asimilar la ofensa. Mi primer impulso fue replicarle algo del
estilo «A mí tampoco me van los tipos creídos» o «Vaya,
qué alivio. De hecho, ya tengo novio. Uno con buenos
modales». Pero alfinalmelimitéacerrar la boca.
Muy bien. Yo no erasu tipo.¿Yqué? Pues nada.
La verdad es que meimportaba un pimiento.
De los Anales de los Vigilantes
4 de agosto de 1953
Hoy hemos recibido una excitante visita del futuro. El
undécimo en el Círculo de los Doce, Gideon de Villiers,
elapsará en adelante cada noche tres horas en nuestra
casa.
Le hemos preparado un lugar para dormir en el despacho
de sir Walter.
Allí se está fresco y tranquilo y el joven estará a resguardo
de miradas curiosas y preguntas tontas. Durante su visita
de hoy pasaron «por casualidad» un montón de oficiales
de servicio.
Y solo por casualidad todos tenían algunas preguntas
que hacerle sobre el futuro.
El joven recomendó la compra de acciones de Apple,
sea eso lo que fuere.
Robert Peel, Círculo Interior
amá me abrazó como si hubiera estado ausente al
menos tres años. Tuve que repetirle un millón de veces
que me encontraba bien antes de que dejara de
preguntar. —¿Tú también estás bien, mamá? —Sí,cariño,estoy bien. —Bueno, veo que todo el mundo está bien —comentó
mister De Villiers burlonamente—. Me alegra que lo
hayamos aclarado. —Y se acercó tanto a nosotras que
incluso pude oler su agua de colonia (una mezcla especiada
y afrutada con un toque de canela que me hizo venir aún
más hambre)—. ¿Y qué vamos a hacer contigo ahora,
Grace? —añadió, apuntando fijamente a mamá con sus
ojos delobo. —He dicho la verdad. —Sí, al menos por lo que hace a las cualidades de
Gwendolyn —convino De Villiers—. Pero aún queda por
aclarar por qué la comadrona, que en esa época se mostró
tan cooperadora como para falsificar el certificado de
nacimiento, ha tenido que salir repentinamente de viaje
precisamente hoy.
Mamáseencogió de hombros. —Yo no le daría tanta importancia a algo que debe de
ser solo unacasualidad, Falk. —Encuentro igualmente extraño que en un caso de
posible parto prematuro, la madre se decida a dar a luzen
casa. Cualquier mujer mínimamente sensata se haría llevar a
un hospitalalsentir los primeros dolores.
Había quereconocer queen eso teníarazón. —Sencillamente, todo ocurrió muy rápido —replicó
mamá sin parpadear—. Aún tuve suerte de que la
comadronaestuviera presente. —Bien, pero incluso así, en un parto prematuro, después
del nacimiento, cualquiera hubiera ido enseguida al hospital
para queexaminaran al bebé. —Ylo hicimos. —Pero al día siguiente —dijo mister De Villiers—. En el
informe del hospitalse hizo constar que, aunque el niño fue
examinado a fondo, la madre rechazó someterse a una
revisión.¿Por qué, Grace?
Mamáseechó areír. —Creo que me entenderías mejor si tú mismo hubieras
dado a luz y hubieras pasado ya por una decena de
exámenes ginecológicos. Yo me encontraba perfectamente
y solo quería asegurarme de que el bebé no tenía ningún
problema. Lo que no entiendo escómo has podido acceder
tan rápido a un informe del hospital. Pensaba que las
informaciones deesetipo eran confidenciales. —Por mí, puedes denunciar al hospital por violación de
la ley de protección de datos —dijo mister De Villiers—.
Mientras tanto, nosotros seguiremos buscando a la
comadrona. Estoy intrigadísimo por saber lo que esa mujer
tiene quecontarnos.
La puerta se abrió y mister George y mister White
entraron acompañados por mistress Jenkins, que cargaba
con unmontón deexpedientes.
Detrás de ellos llegó Gideon arrastrando los pies. Esta
vez me tomé mi tiempo para observar detenidamente el
resto de su cuerpo, y no solo su atractivo rostro. Busqué
algo que no me gustara para no tener que sentirme tan
imperfecta a su lado; pero, por desgracia, no pude
encontrar nada. No era patizambo (¡de jugar al polo!) ni
tenía los brazos demasiado largos ni los lóbulos de las
orejas demasiado grandes (lo que, según afirmaba Leslie,
orejas demasiado grandes (lo que, según afirmaba Leslie,
podía considerarse un signo de tacañería). Y la forma en
que se apoyaba con el trasero en el escritorio con los
brazoscruzados sobreel pecho no podíaser más guay.
Lo único criticable era el pelo largo que casi le llegaba
hasta los hombros. Pero niese pensamiento estúpido daba
resultado, pues su cabello era tan sano y brillante que
instintivamente me pregunté quésesentiríaaltocarlo.
Daba pena ver todaesa perfección desperdiciada. —Todo está preparado —advirtió mister George
guiñándome un ojo—. La máquina del tiempo ya está lista
parafuncionar.
Robert, elchiquillo fantasma, me saludó tímidamente con
la mano y yo le devolvíelsaludo. —Bien, ya estamos todos los que tenemos que estar —
informó mister De Villiers—. Por desgracia, Glenda y
Charlotte han tenido que irse, pero me han encargado que
osenvíeatodos un cordialsaludo desu parte. —Sí, seguro —dijo el doctor White. —¡Pobre muchacha! Dos días soportando esos falsos
dolores deben de haber sido una experiencia nada
agradable —se lamentó mister George, y en su cara
redondase dibujó una mueca desinceracompasión. —Por no hablar de su madre —murmuró el doctor
White, mientras hojeaba el archivador que había traído
mistress Jenkins—. Todo un castigo parala pobre niña. —Mistress Jenkins, ¿cómo lleva madame Rossini el
vestuario de Gwendolyn? —Pero siacaba de… Voy a preguntar.
Mistress Jenkins volvió asalir rápidamente por la puerta.
Mister George se frotó las manos, ansioso por entrar en
acción. —Bien, parece que ya podemosempezar. —Pero no la pondrán en peligro, ¿verdad? —dijo mamá
volviéndose hacia mister George—. La mantendrán al
margen deeseasunto. —Desdeluego quela mantendremosalmargen—repuso
Gideon. —Haremos todo lo necesario para proteger a
Gwendolyn—aseguró mister George. —No podemos mantenerla al margen, Grace —dijo
mister De Villiers—. Ella es parte de «ese asunto».
Deberías haberlo tenido claro desde el principio, antes de
empezar tu estúpido juego delescondite. —Gracias a usted, la muchacha se encuentra totalmente
falta de preparación y de conocimientos —dijo el doctor
White—. Lo que naturalmente dificultará en gran medida
nuestra misión, aunque supongo que ese era precisamente
su propósito. —Mi propósito era no ponera Gwendolyn en peligro —
aseveró mamá. —Ya he llegado muy lejos solo —añadió Gideon—. Y
también puedo seguir solo hastaelfinal. —Eso es justamente lo que esperaba oír —espetó
mamá.
«También puedo seguir solo hasta el final.» ¡Dios santo!
Tuve que hacer un esfuerzo para que no se me escapara la
risa. Parecíasalido de una deesas disparatadas películas de
acción en las que un musculitos de expresión melancólica y
aire reconcentrado salva al mundo combatiendo, más solo
que la una, contra un ejército de ninjas, una flota de barcos
enemigos o un pueblo repleto de bandidos armados hasta
los dientes. —Ya veremos para qué tareas puede ser apropiada —
terció mister De Villiers. —Tenemos su sangre —dijo Gideon—. No necesitamos
nada más de ella. Por mí, puede venir aquí cada día y
elapsar, y todoscontentos.
¿Cómo? ¿«Elapsar»? Sonaba como uno de esos
conceptos con los que mister Whitman acostumbraba a
desconcertarnos en las clases de inglés. «En principio no es
un mal planteamiento interpretativo, Gordon, pero la
un mal planteamiento interpretativo, Gordon, pero la
próxima vez recuerda que hay casos en los que la elipsión
es, si no obligada, más que recomendable.» ¿O era
«elisión»? Tanto daba, porque niGordon ni yo ni nadieen la
clase habíamos entendido de qué hablaba. Con excepción
de Charlotte, naturalmente.
Mister Georgesefijó enmicara de desconcierto. —Con el término «elapsar» nos referimos a una sangría
controlada de tu cupo de salto temporal en la que te
enviamos unas horasal pasado con elcronógrafo —explicó —. De este modo evitamos que se produzcan saltos
incontrolados. —Y añadió volviéndose hacia los otros—:
Estoy seguro de que, con el tiempo, Gwendolyn nos
sorprenderáatodoscon su potencial. Ella…
—¡Ella es una cría! —le interrumpió Gideon—. No tiene
niidea de nada.
Me puse roja de indignación. ¿Cómo era capaz de soltar
semejante impertinencia ese estúpido y engreído… jugador
de polo? Yquéformatan despectiva de mirarme…
—Eso no es verdad —repliqué.
¡Yo no era ninguna cría! Tenía dieciséis años y medio.
Era tan vieja como Charlotte. Amiedad, María Antonieta
hacía tiempo que se había casado. (No lo sabía por la clase
de historia, sino por la películaconKirstenDunst que Leslie
y yo habíamos visto en DVD.) Y Juana de Arco tenía solo
quinceañoscuando…
—Ah, ¿no? —La voz de Gideon rezumaba sarcasmo—.
¿Quésabes de historia, porejemplo? —Lo suficiente —dije (¿No acababan de ponerme un
sobresalienteen elexamen?) —¿De verdad? Muy bien. Veamos, ¿quién reinó en
Inglaterra después deJorgeI?
No tenía nila más remotaidea. —¿JorgeII? —respondíaltuntún.
¡Bien! Parecía decepcionado. Debía desercorrecto. —¿Y sabrías decirme qué casa real sustituyó a los
Estuardo en 1702 y por qué?
Seacabó lasuerte. —Hummm… Aún no lo hemos dado —dije. —En fin, está bien claro —añadió Gideon dirigiéndose a
los demás—. No sabe nada de historia. Ni siquiera sabe
expresarse adecuadamente. Dondequiera que saltemos,
llamará la atención más que un perro verde. Además, no
tiene ni idea de qué va esto. ¡No solo sería totalmente inútil,
sino quesupondría un peligro paratodala misión!
¿Qué?¿Que yo no podía hablar «adecuadamente»? Pues
ahora mismo se me estaban ocurriendo unos cuantos
insultos de lo más adecuados que me hubiera encantado
gritarle. —Creo que has expuesto tu opinión con suficiente
claridad, Gideon —declaró elseñor Villiers—. Ahora sería
interesantesaber quétiene que decirelcondealrespecto. —No podéis hacerleeso —susurró mamácon un hilo de
voz.—Estoy seguro de que el conde se alegrará mucho de
conocerte, Gwendolyn —continuó mister George sin
prestar atención a sus reparos—. El rubí, el doce, el último
en el Círculo. Será un momento solemne el de vuestro
encuentro. —¡No! —gritó mamá.
Todos volvieron la vista haciaella. —¡Grace! —dijo miabuela—. ¡No vuelvasaempezar! —No —repitió mamá—. ¡Por favor! No hace falta que
él laconozca. Debería bastarlecon saber que completará el
Círculo con su sangre. —Que hubiera completado —dijo el doctor White, que
seguía hojeando el archivador—, si después del robo no
hubiéramos tenido queempezar desdeel principio. —Sea como sea, no quiero que Gwendolyn le conozca —dijo mamá—. Esta es mi condición. Gideon puede
responsabilizarsesolo deesto. —Está claro que no está en tu mano decidir sobre el
—Está claro que no está en tu mano decidir sobre el
tema —dijo mister De Villiers. —¡Condiciones! ¡Pone condiciones! —exclamó el
doctor White. —¡Pero tiene razón! No le hará ningún servicio a nadie
que arrastremos a la chica hasta allí —aseguró Gideon—.
Le explicaré alconde lo que ha pasado, y estoy seguro de
quecoincidiráconmigo. —En cualquier caso, querrá verla para poder hacerse
una idea por sí mismo —dijo Falk de Villiers—. No es
peligroso para ella. Ni siquiera tendrá que abandonar la
casa. —Mistress Shepherd, le aseguro que a Gwendolyn no le
pasará nada —la tranquilizó mister George—. Su opinión
sobreelcondese basa quizáen prejuicios que nosalegraría
mucho ayudarlaa disipar. —Metemo que no van a poderconseguirlo. —Seguro que querrás comunicarnos en qué
informaciones te basas para sentir tal rechazo por elconde,
un hombre al que no conoces, por cierto, mi querida Grace —lainstó mister De Villiers.
Mamáapretó los labios. —¡Teescuchamos! —dijo mister De Villiers.
Mamácalló.
—Es… solo unasensación—susurró finalmente.
Mister De Villiers torció la bocaen unasonrisacínica. —Siento tener que decirlo, Grace, pero todo el rato
tengo la impresión de que nos estás ocultando algo. Dime,
¿de quétienes miedo en realidad? —¿Quién es ese conde, si puede saberse, y por qué no
debo conocerle? —pregunté. —Porque tu madre tiene «una sensación» —me
respondió el doctor White arreglándose la chaqueta—. Ese
hombre hace doscientos años que está muerto, mistress
Shepherd. —Yasí debeseguir —murmuró mamá. —El conde de Saint Germain es el quinto de los doce
viajeros del tiempo, Gwendolyn —explicó mister George —. Hace un momento viste su retrato en la Sala de
Documentos. Él fue el primero que comprendió la función
del cronógrafo y descifró los Antiguos Escritos. Y no solo
descubrió cómo, con elcronógrafo, podía viajara cualquier
año y cualquier día que eligiera, sino que también desveló el
secreto que se esconde tras el Secreto, el Secreto de los
Doce. Con ayuda del cronógrafo, consiguió localizar a los
cuatro viajeros del tiempo anteriores a él y les hizo
partícipes de su descubrimiento. Elconde buscó y encontró
apoyo en las mentes más brillantes de su época:
matemáticos, alquimistas, magos, filósofos, todos se
sintieron fascinados por su causa. Juntos descifraron los
Antiguos Escritos y calcularon las fechas de nacimiento de
los siete viajeros del tiempo que aún debían nacer para
completar el Círculo. En 1745, el conde fundó aquí, en
Londres, la Sociedad de los Vigilantes, la Logia secreta del
Conde de Saint Germain. —El conde tiene que agradecer el descifrado de los
Antiguos Escritos a personajes tan famosos como
Raimundus Lullus, Agrippa von Nettesheim, John Colet,
Henry Draper, Simon Forman, Samuel Hartlib, Kenelm
Digby y JohnWallis —informó mister De Villiers.
Ninguno deesos nombres mesonaba de nada. —Ninguno de esos nombres le suena de nada —dijo
Gideon burlonamente.
¡Demonios! ¿Es que podía leer el pensamiento? Por si
acaso podía hacerlo, le dirigí una mirada asesina y pensé
con todas mis fuerzas: «¡Estúpido fanfarrón!».
Apartó la mirada. —Pero Isaac Newton murió en 1727. ¿Cómo podía ser
miembro delos Vigilantes?
Yo misma me quedé maravillada de que se me hubiera
ocurrido aquello. Leslie melo había dicho el díaanterior por
teléfono, y por alguna misteriosa razón se me había
teléfono, y por alguna misteriosa razón se me había
quedado grabado en elcerebro. Alfin y alcabo, resulta que
no eratan estúpidacomo afirmabaeltalGideon ese. —Exacto —repuso mister George sonriendo—. Esa es
una de las ventajas que tiene un viajero del tiempo. Puede
buscarseamigos también en el pasado. —¿Y qué es eso del secreto que se esconde tras el
secreto? —El Secreto de los Doce se revelará cuando se haya
registrado la sangre de los doce viajeros del tiempo en el
cronógrafo —anunció solemnemente mister George—. Por
eso debe cerrarse el Círculo. Esta es la gran misión que
debemos llevaracabo. —¡Pero si yo soy la última de los Doce! ¡Conmigo el
Círculo deberíaestarcompleto! —Sí, y lo estaría —repuso el doctor White—, si hace
diecisiete años a tu prima Lucy no se le hubiera ocurrido la
idea derobarelcronógrafo. —Paul fue quien robó el cronógrafo —puntualizó lady
Arista—. Lucy solo…
Mister De Villiers levantó una mano. —Muy bien, muy bien, digamos sencillamente que lo
robaron juntos. Dos chiquillos descarriados… De este
modo se destruyeron cinco siglos de trabajo. La misión
estuvo a punto de fracasar y el legado del conde de Saint
Germain estuvo a punto de perderse definitivamente. —¿Ellegado eselSecreto? —Afortunadamente, entre estos muros se encontraba
otro cronógrafo —dijo mister George—. No estaba
previsto que entrara nunca en funcionamiento. Llegó a
manos de los Vigilantes en 1757, y era defectuoso. Había
permanecido abandonado durante siglos y sus valiosas
piedras preciosas habían sido robadas. En un esforzado
trabajo dereconstrucción quese prolongó alo largo de dos
siglos, los Vigilantesconsiguieron queelaparato…
El doctor Whiteleinterrumpió impaciente: —Paraabreviar un poco la historia:fuereparado y se vio
que efectivamente podía funcionar, aunque solo pudimos
verificarlo en la práctica cuando el undécimo viajero del
tiempo, es decir, Gideon, llegó a la edad de iniciación.
Habíamos perdido un cronógrafo y con él la sangre de diez
viajeros del tiempo. Teníamos que empezar desde el
principio con elsegundo. —Para… hummm… descubrir el Secreto de los Doce —dije.
Había estado a punto de decir «para que se revelara».
Empezaba a sentirme como sime hubieran hecho un lavado
decerebro.
La respuesta fue una solemne inclinación de cabeza del
doctor White y de mister George. —¿Yquéclase desecreto esese?
Mamá empezó a reír. Aquello estaba totalmente fuera de
lugar, pero el hecho es que cacareaba como hacía siempre
Carolinecuando veíaa mister Bean por latele. —¡Grace! —susurró ladyArista—. ¡Contrólate!
Pero solo consiguió que mamárieraaún conmás ganas. —El Secreto es el Secreto es el Secreto —consiguió
soltarentre dosestallidos derisa—, y asísiempre. —Lo que decía: ¡son todas unas histéricas! —gruñó el
doctor White. —Mealegra queaún consigasencontrarleellado cómico
alasunto —puntualizó mister De Villiers.
Mamásesecó las lágrimas delos ojos. —Lo siento. Me ha dado así sin más. En realidad,
preferiríallorar, de verdad.
Comprendí que no conseguiría llegar a ninguna parte con
mi preguntasobrela naturaleza delsecreto. —¿Qué tiene de peligroso el conde para que no deba
conocerle? —preguntéen su lugar.
Mamá, que de pronto se había puesto seria como un
funeral, se limitó a sacudir la cabeza. La verdad es que
empezaban a preocuparme sus cambios bruscos de humor,
empezaban a preocuparme sus cambios bruscos de humor,
tan impropios deella. —Nada —respondió el doctor White en su lugar—. Tu
madre solo teme que puedas entrar en contacto con un
cuerpo ideológico que contradiga sus propios puntos de
vista, si bien ella no tiene capacidad de decisión entre estos
muros. —Cuerpo ideológico —repitió mimadresarcásticamente —. Un poco traído por los pelos,¿no? —En cualquier caso, ¿por qué no dejamos sencillamente
que sea Gwendolyn quien decida si quiere ver al conde o
no?—¿Solo para tener una conversación con él? ¿En el
pasado? —Mi mirada pasó de mister De Villiers a mister
George y otra vez a mister De Villiers—. ¿Y él podrá
respondera mi preguntasobreelSecreto? —Si quiere hacerlo —repuso mister George—. Le verás
en el año 1782. Por entonces, el conde ya era un hombre
muy anciano, y prácticamente había venido de visita a
Londres en cumplimiento de una misión estrictamente
confidencial de la que los historiadores y sus biógrafos no
saben nada. Pasó la noche en esta casa, razón por la cual
será muy sencillo arreglar una conversación entre vosotros.
Por descontado, Gideon teacompañará.
Gideon masculló algo que incluía las palabras «idiotas» y
«canguro». ¿«Canguro de idiotas»? Cómo detestaba a ese
tipo.—¿Mamá? —Di que no,cariño. —Pero ¿por qué? —Aún no estás preparada. —¿Por qué no estoy preparada? ¿Por qué no puedo ver
aeseconde?¿Quétiene de peligroso? Dímelo, mamá. —Sí, díselo, Grace —la instó mister De Villiers—.
Gwendolyn está harta de tanto secretismo, lo cual es aún
más mortificantesi procede desu propia madre, pienso yo.
Mamácalló. —Ya ves lo difícil que es arrancarnos informaciones
realmente útiles —dijo mister De Villiers, mirándome muy
serio con sus ojosambarinos.
Mimadreseguíacallada.
Me vinieron ganas desacudirla por los hombros. Falk de
Villiers tenía razón: sus insinuaciones no me ayudaban en
nada. —Entonces tendré que descubrirlo por mí misma —
afirmé—. Quiero conocerle.
No sé qué me había pasado de repente, pero de pronto
dejé de sentirme como una niña de cinco años que solo
quierecorreracasa paraesconderse debajo delacama.
Gideon lanzó un gemido. —Grace, ya lo has oído —advirtió mister De Villiers—.
Creo que deberías dejar que te acompañaran de vuelta a
Mayfair y tomarte un tranquilizante. Llevaremos a
Gwendolyn acasacuando… hayamosacabado. —No la dejarésola —susurró mamá. —Caroline y Nick pronto volverán de la escuela, mamá.
No te preocupes, puedes marcharte. Yo puedo cuidar de
mímisma. —No, no puedes —volvió asusurrar mamá. —Te acompañaré, Grace —dijo ladyArista en un tono
sorprendentemente afable—. Me he pasado dos días
seguidosaquí y tengo dolor de cabeza. Lascosas han dado
un giro realmente inesperado. Pero ahora… ya no está en
nuestras manos. —Muy juicioso —repuso el doctor White.
Mamá parecíaa punto deromperallorar. —Muy bien—convino—. Meiré. Confío en quese haga
todo lo necesario para que Gwendolyn no corra ningún
peligro. —Ymañana pueda acudir puntualmente a la escuela —
observó ladyArista—. No debería perderse muchasclases.
Ella no escomo Charlotte.
Ella no escomo Charlotte.
La miré atónita. La verdad es que me había olvidado por
completo delaescuela. —¿Dónde están mi sombrero y mi abrigo? —preguntó
ladyArista.
Entre los hombres que estaban en la habitación se
produjo una especie de suspiro de alivio que no podía oírse
pero sí palparse. —Mistress Jenkins se ocupará de todo, lady Arista —
repuso mister De Villiers. —Vamos, hija —dijo ladyAristaa mamá.
Mamá vaciló. —Grace. —Falk de Villiers lecogió la mano y selallevó
a los labios—. Ha sido un gran placer volver a verte
después detantosaños. —Tampoco han sido tantos —repuso mamá. —Diecisiete. —Dieciséis —replicó mamá, como si estuviera un poco
ofendida—. También nos vimos en elentierro de mi padre.
Pero seguramentelo habrás olvidado.
Volvió lacabeza para dirigirsea mister George. —¿Cuidará deella? —Mistress Shepherd, le prometo que Gwendolyn estará
segura con nosotros —repuso mister George—. Confíe en
mí.—No me queda otro remedio. —Mamá retiró la mano a
mister De Villiers y se colgó el bolso al hombro—. ¿Puedo
hablar unmomento asolasconmi hija? —Naturalmente —repuso Falk de Villiers—. Si quieres,
aquíallado no te molestará nadie. —Me gustaríasalirafueracon ella —objetó mamá.
Mister De Villiersenarcó lascejas. —¿Tienes miedo de que te espiemos a través de una
mirilla ocultaen un retrato? —preguntó entrerisas. —No, simplemente necesito un poco de aire fresco —
respondió mamá.
Aesa hora del día,eljardín estabacerrado al público. Unos
cuantos turistas —reconocibles por las voluminosas
cámaras fotográficas que llevaban colgadas al cuello—
contemplaron con envidia cómo mamá abría una de las
puertas, un afiligranado portal de hierro de dos metros de
altura, y volvíaacerrarlatras de nosotras.
Me quedé fascinada por la exuberancia de los macizos
deflores,el verdeintenso delcésped y lafragancia delaire. —Ha sido una buena idea venir aquí —dije—.
Empezabaasentirmecomo un topo ahí dentro.
Con gran anhelo dirigí la cara hacia el sol, que para
encontrarnos a principios de abril era sorprendentemente
cálido.
Mamá se sentó en un banco de teca y se frotó la frente
con la mano, en un gesto muy parecido al que antes había
hecho ladyArista, solo que mamá no parecía viejísima. —Esto es unaauténtica pesadilla —meespetó.
Me dejécaer junto aellaen el banco. —Sí. Realmente cuesta hacerse a la idea de cómo han
cambiado las cosas. Ayer por la mañana todo era como
siempre, hasta que de repente… Tengo que asimilar tantas
cosas de golpe, miles de pequeñas informaciones que no
acaban de encajar unas con otras, que tengo la sensación
de que me vaaestallar lacabeza. —Lo siento muchísimo —dijo mamá—. Me hubiera
gustado tanto poderahorrartetodo esto…
—¿Qué hiciste para que todos estén tan enfadados
contigo? —Ayudé a huir a Lucy y a Paul —respondió mamá, no
sin antes echar una ojeada a su alrededor para asegurarse
de que nadie nos espiaba—. Durante un tiempo se
escondieron en nuestra casa de Durham. Pero,
naturalmente, ellos acabaron por descubrirlo y Lucy y Paul
tuvieron queirse.
Pensé en todo lo que me habían explicado a lo largo del
día, y de pronto comprendí dóndeestaba mi prima.
La oveja negra de la familia no vivía en elAmazonas con
alguna tribu indígena ni se había escondido en un convento
de monjas en Irlanda, como siempre habíamos imaginado
Leslie y yo de niñas.
No, Lucy y Paulestaban en un sitio muy distinto. —Desaparecieron con el cronógrafo en el pasado,
¿verdad?
Mimadreasintió. —No fue una decisión fácil para ellos, pero al final no
tuvieron otraelección. —¿Por qué no fuefácil? —No se puede alejar elcronógrafo de su época. Quien
sellevaelcronógrafo al pasado, no puede viajar de vuelta y
debe permanecerallí parasiempre.
Traguésaliva. —¿Qué motivo puede haber para hacer algo así? —
preguntéen voz baja. —Lucy y Paul comprendieron que en el presente no
había ningún escondite seguro para ellos y el cronógrafo.
Los Vigilantes les hubieran localizado tarde o temprano
dondequiera que hubieran tratado de huir.
dondequiera que hubieran tratado de huir. —¿Ypor quélo robaron, mamá? —Querían evitar que… elCírculo de Sangresecerrara. —¿Yqué pasasielCírculo de Sangresecierra?
Madre mía, ya empezaba a parecer uno de ellos.
«Círculo de Sangre.» A ese paso, pronto empezaría a
hablaren verso. —Escucha, cariño, no tenemos mucho tiempo. Aunque
ahora afirmen lo contrario, sé que ellos tratarán de hacerte
participar en lo que llaman su misión. Te necesitan para
cerrarelCírculo y hacer quesereveleelSecreto. —¿QuéeselSecreto, mamá?
Tenía la impresión de que ya había hecho esta pregunta
mil veces,einteriormentecasila grité. —Sé tan poco como los demás. Solo puedo hacer
suposiciones. Sé que es muy potente y que otorga un gran
poder al que sabe utilizarlo, pero también sé que el poder
en manos de las personas equivocadas es muy peligroso.
Por esa razón, Lucy y Paul opinaban que era mejor que el
Secreto permaneciera oculto y, para conseguirlo, hicieron
grandes sacrificios. —Eso yalo heentendido. Lo que no heentendido es por
qué.—Aunque a algunos de los hombres de ahí dentro
posiblemente solo les impulse la curiosidad científica, las
intenciones de muchos otros no son en absoluto tan nobles.
Sé que no se detienen ante nada para conseguir sus
objetivos. No puedes fiarte de ninguno de ellos. De
ninguno, Gwendolyn.
Suspiré al comprender que nada de lo que me había
dicho tenía ninguna utilidad.
Desde el jardín oímos un ruido de motor y un coche se
detuvo ante el portal, aunque en realidad allí estaba
prohibidalacirculación. —¡Yaes hora deirnos, Grace! —gritó ladyArista desde
fuera.
Mamáselevantó. —¡Creo que hoy nos espera una noche de lo más
divertida! Seguro que la mirada helada de la tía Glenda
congelarálacomida. —¿Por qué la comadrona se ha ido de viaje
precisamente hoy?¿Ypor qué no metuvisteen un hospital? —Deberían dejar en paz a esa pobre mujer —repuso
mamá. —¡Grace! ¡Vámonos de una vez!
Lady Arista golpeó la reja de hierro con la punta de su
paraguas. —Me parece que te estás ganando una buena regañina
—dije. —Merompeelcorazón tener que dejarteaquísola. —Podría irme contigo a casa y ya está —repuse, a
sabiendas de que no me apetecía nada hacerlo. Falk de
Villiers tenía razón:ahora formaba parte de «ese asunto», y
extrañamenteeso me gustaba. —No, no puedes —explicó mamá—. En los saltos
incontrolados en el tiempo podrías resultar herida o incluso
muerta. Aquí, almenos en este sentido, estás segura. —Me
abrazó—. No olvides lo que te he dicho. No te fíes de
nadie. Nisiquiera detus sensaciones.Yvecon cuidado con
elconde de Saint Germain. Se dice que tiene la facultad de
penetrar en la mente de sus interlocutores. Puede leer tus
pensamientos, y, lo que es peor todavía, controlar tu
voluntad siselo permites.
Meapretétan fuertecomo pudecontraella. —Te quiero, mamá.
Por encima de su hombro pude ver que en ese momento
mister De Villiers seencontrabaantela puerta.
Cuando mamáse dio la vuelta, también le vio. —¡Sobretodo, debes irconmucho cuidado con ese! —
susurró en voz baja—. Se ha convertido en un hombre
peligroso.
Me pareció notar un matiz de admiración en su voz y,
Me pareció notar un matiz de admiración en su voz y,
siguiendo un impulso repentino, le pregunté: —¿Tuvistealgo con élalguna vez, mamá?
No hizo falta que me contestara; por la cara que puso,
supe que había dado en el blanco. —Yo tenía diecisiete años y era fácil de impresionar —
dijo.—Lo comprendo —repliqué sonriendo maliciosamente —. Tiene unos ojos realmenteincreíbles.
Mamá me devolvió la sonrisa mientras volvíamos con
deliberadalentitud haciala puerta. —Oh, sí. Paul tenía exactamente los mismos ojos. Pero,
al contrario que su hermano mayor, no había en él ni
sombra de arrogancia. No me extraña que Lucy se
enamorara…
—Meencantaríasaber quése ha hecho deellos. —Metemo quetarde o temprano lo sabrás. —Dame la llave —dijo Falk de Villiers con impaciencia,
y mamá le tendió elmanojo de llaves a través de la reja de
la puerta—. Hellamado a un coche para que os lleve. —Nos veremos mañana en el desayuno, Gwendolyn —
dijo lady Arista, y me sujetó la barbilla con la mano—.
¡Ánimo, niña! Eres una Montrose, y las Montrose
mantienen la compostura siempre bajo cualquier
circunstancia. —Harélo que pueda,abuela. —Así me gusta. ¡Bueno, ya está bien! —exclamó
moviendo los brazoscomo si quisieraespantara una mosca —. ¿Qué se ha creído esta gente, que soy la reina de
Inglaterra?
A los turistas, sin embargo, debía parecerles tan
británica, con su elegante sombrero, el paraguas y elabrigo
ajuego, quelafotografiaron desdetodos losángulos.
Mamá volvió aabrazarme. —El Secreto ya ha costado unas cuantas vidas —me
susurró al oído—. No lo olvides.
Con sentimientos encontrados, seguí con la mirada a mi
madre y mi abuela hasta que doblaron la esquina y
desaparecieron de mi vista.
Mister George me cogió la mano y me la estrechó con
fuerza. —No tengas miedo, Gwendolyn. No estás sola.
Exacto, no estaba sola. Estaba con gente en la que no
podía confiar. «En ninguno de ellos», había dicho mamá.
Miré los amistosos ojos azules de mister George y busqué
en ellosalgo peligroso, insincero, pero no descubrí nada.
«No confíes en nadie. Ni siquiera en tus propias
sensaciones.»
—Ven, vamosadentro. Tienes quecomeralgo. —Espero que la conversación con tu madre haya sido
esclarecedora para ti —dijo mister De Villiers de camino
hacia arriba—. Déjame adivinar: te habrá prevenido contra
nosotros, diciendo que carecemos de escrúpulos y no
somos de gente defiar,¿meequivoco? —Eso lo sabrá usted mejor que yo —repuse—. Pero en
realidad hemos hablado de que en una época mi madre y
usted tuvieron algo.
Mister De Villiersenarcó lascejas sorprendido. —¿Eso te ha dicho? —exclamó ligeramentearrobado—.
Hace mucho deeso. Yo erajoven y…
—… y fácil de impresionar —acabé yo—. Eso mismo
ha dicho mimadre.
Mister Georgesoltó unacarcajada. —¡Pues sí, es verdad! Lo había olvidado por completo.
Tú y Grace Montrose hacíais buena pareja, Falk. Aunque
solo durara tres semanas. Hasta que te aplastó en la camisa
un pedazo de pastel de queso en aquel baile de beneficencia
en Holland House y dijo que nunca volvería a dirigirte la
palabra. —Era tarta de frambuesa —repuso mister De Villiers
guiñándome un ojo—. En realidad, quería tirármela a la
cara, pero por suerte solo me dio en la camisa. La mancha
cara, pero por suerte solo me dio en la camisa. La mancha
no salió nunca. Y todo porque estaba celosa de una chica
cuyo nombre no puedo recordar siquiera. —Larisa Crofts, hija del ministro de Finanzas —apuntó
mister George. —¿De verdad? —Mister De Villiers parecía
sinceramente sorprendido—. ¿Del actual o del de
entonces? —Del deentonces. —¿Era guapa? —Por desgracia. —De todos modos, Grace me partió elcorazón porque
empezó a salir con un chico de la escuela cuyo nombre
recuerdo muy bien. —Claro. Porque le partiste la nariz y sus padres
estuvieron a punto de denunciarte —repuso mister George. —¿Eseso verdad?
Yo estabaabsolutamentefascinada. —Fue un accidente —aclaró mister De Villiers—.
Jugábamos juntosen un equipo derugby. —Cuántos abismos insondables se abren ante nuestros
ojos,¿no escierto, Gwendolyn?
Mister George aún reía divertido alabrir la puerta de la
Sala delDragón.
—Desdeluego.
Me detuve al ver a Gideon, que nos miraba con el gesto
torcido, sentado ala mesa delcentro dela habitación.
Mister De Villiers meempujó hacia delante. —No fue nada serio —dijo—. Las relaciones amorosas
entre los De Villiers y los Montrose no parecen contar con
elfavor de los hados. Podría decirse que están condenadas
deantemano alfracaso. —Creo que esta advertencia es totalmente innecesaria,
tío —dijo Gideon cruzándose de brazos—. Definitivamente,
ella no es mitipo.
Con «ella» se refería a mí, pero tardé varios segundos en
asimilar la ofensa. Mi primer impulso fue replicarle algo del
estilo «A mí tampoco me van los tipos creídos» o «Vaya,
qué alivio. De hecho, ya tengo novio. Uno con buenos
modales». Pero alfinalmelimitéacerrar la boca.
Muy bien. Yo no erasu tipo.¿Yqué? Pues nada.
La verdad es que meimportaba un pimiento.
De los Anales de los Vigilantes
4 de agosto de 1953
Hoy hemos recibido una excitante visita del futuro. El
undécimo en el Círculo de los Doce, Gideon de Villiers,
elapsará en adelante cada noche tres horas en nuestra
casa.
Le hemos preparado un lugar para dormir en el despacho
de sir Walter.
Allí se está fresco y tranquilo y el joven estará a resguardo
de miradas curiosas y preguntas tontas. Durante su visita
de hoy pasaron «por casualidad» un montón de oficiales
de servicio.
Y solo por casualidad todos tenían algunas preguntas
que hacerle sobre el futuro.
El joven recomendó la compra de acciones de Apple,
sea eso lo que fuere.
Robert Peel, Círculo Interior
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