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ister George nos condujo a través de una escalera y un
largo corredor que formaba varios recodos de cuarenta
y cinco grados, interrumpido de vezen cuando por unos
pocos escalones que subían o bajaban. La vista desde las
pocas ventanas que encontrábamos a nuestro paso era
siempre distinta: variaba de un gran jardín a un edificio o un
patio interior. Así recorrimos un trayecto interminablemente
largo, en el que se alternaban el parquet y los suelos de
mosaico, que pasaba junto a un montón de puertas
cerradas, sillas colocadas en filas inacabables junto a las
paredes, óleos enmarcados, armarios llenos de libros
encuadernados en cuero y figuras de porcelana, estatuas y
armaduras. Eracomo sicamináramos por unmuseo.
La tía Glenda lanzaba todo el rato miradas venenosas a
su hermana, que, por su parte, la ignoraba lo mejor que
podía. Mamá estaba pálida y parecía terriblemente tensa.
Estuve tentada de darle la mano, pero la tía Glenda se
habría dado cuenta delmiedo que tenía, y eso era lo último
que deseaba.
Era imposible que nos encontráramos todavía en la
misma casa: tenía la sensación de que habíamos cruzado
por lo menos otras tres cuando finalmente mister George se
detuvo y llamó a una puerta.
La sala en la que entramos estaba forrada de arriba
abajo de madera oscura, igual que nuestro comedor.
También los techos eran de madera oscura, y todo estaba
cubierto casi por completo de tallas artísticas, realzadas, en
parte, con colores. Los muebles eran igualmente oscuros y
macizos. El conjunto debería haber tenido un aspecto
sombrío y lúgubre, pero no era así gracias a la luz que
entraba a través de las altas ventanas de enfrente y al jardín
florido que había fuera. Detrás de un muro, al fondo del
jardín, incluso se veía brillar el Támesis bajo la luz
resplandeciente delsol.
Pero no solo la vista y la luz animaban el lugar; también
las tallas —a pesar de algunas calaveras y figuras aisladas
que esbozaban muecas horripilantes— irradiaban una
sensación de alegría. Era como si las paredes fueran a
cobrar vidaen cualquier momento. Leslie hubiera disfrutado
como una loca palpando los miles de capullos de rosa que
parecían reales, los diseños arcaicos y las divertidas
cabezas de animales y buscando mecanismos secretos. Allí
había leones alados, halcones, estrellas, soles y planetas,
dragones, unicornios, elfos, hadas, árboles y barcos,
representados todoscon unaimpresionante viveza.
Y la figura más imponente de todas era el dragón que
parecíaflotar sobre nosotrosen el techo. Desdela punta de
su cola en forma de cuña hasta la gran cabeza cubierta de
escamas, debía de medir al menos siete metros. No podía
apartar la mirada de él. ¡Qué hermoso era! Estaba tan
admirada quecasime olvidé de por qué habíamos venido.
Yde que no estábamos solosen lasala.
Todos los presentes se habían quedado petrificados
cuando nos vieron entrar. —Parece que han surgido complicaciones… —anunció
mister George.
Lady Arista, que estaba plantada tiesa como un palo
junto a una delas ventanas,exclamó: —¡Grace!, ¿no deberías estar en el trabajo? ¿Y
Gwendolyn en laescuela? —Nada nos gustaría más, madre —respondió mamá.
Charlotte estaba sentada en un sofá justo debajo de una
magnífica sirena con las escamas de la cola finamente
talladas y pintadas en todos los tonos imaginables de azul y
talladas y pintadas en todos los tonos imaginables de azul y
turquesa. Apoyado en la ancha repisa de la chimenea, junto
alsofá, se encontraba un hombre vestido con un impecable
traje negro que llevaba unas gafas de montura negra.
Incluso su corbata era negra. El hombre nos dirigió una
mirada particularmente hosca. Un chiquillo de unos siete
años seagarrabaasu americana. —¡Grace!
Un hombre alto se levantó detrás de un escritorio. Sus
cabellos, grises y ondulados, le caían sobre las anchas
espaldas como una cabellera de león. Sus ojos eran de un
llamativo color marrón claro, parecidos alámbar. Su rostro
tenía un aire mucho más juvenil de lo que podría deducirse
por elcolor de su cabello, y era uno de esos rostros que se
ven una vez y no se olvidan nunca por el grado de
fascinación que despiertan. El hombre sonrió dejando al
descubierto dos hileras perfectas de dientes blancos y
regulares. —Grace, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. —
Rodeó elescritorio y le tendió la mano a mamá—. No has
cambiado nada.
Me quedéestupefactaal ver que mamásesonrojaba. —Gracias. Lo mismo puedo decir deti, Falk.
El hombrerechazó elcumplido con un gesto.
—Miscabellos han encanecido —replicó. —Tesientan bien—dijo mamá.
¿De qué iba todo eso? ¿Acaso mamá estaba flirteando
con esetipo?
La sonrisa del hombre se acentuó un poco, y luego su
mirada ambarina pasó de mamá a mí, y de nuevo me sentí
desagradablemente observada.
Sus ojos eran realmente extraños, tanto que bien podrían
haber sido de un lobo o un felino. El hombre me tendió la
mano. —Soy Falk de Villiers. Y tú debes de ser la hija de
Grace, Gwendolyn —Su apretón de manos era firme y
cordial—. La primera mujer Montrose que conozco que no
tieneel pelo rojo. —He heredado elcolor de pelo de mi padre —observé
tímidamente. —¿Podríamos ir al grano? —espetó el hombre de negro
con gafas queestabaallado delachimenea.
Falk de Villiers mesoltó la mano yme guiñó un ojo. —Adelante, por favor. —Mi hermana nos ha soltado una historia absolutamente
increíble —señaló la tía Glenda, haciendo un claro esfuerzo
para no ponersea gritar—. ¡Ymister George no ha querido
escucharme! Ella afirma que Gwendolyn, nada menos que
Gwendolyn, ya ha saltado tres veces en el tiempo. Ycomo
sabe muy bien que no puede demostrarlo, también se ha
sacado de la manga un cuento para explicar por qué no
coincide la fecha de nacimiento de su hija. Me gustaría
recordar lo que pasó hace diecisiete años y el papel nada
glorioso que Grace desempeñó entonces. No me extraña
que ahora, cuando falta tan poco para alcanzar el objetivo,
aparezcaaquí parasabotear nuestros planes.
LadyArista abandonó su puesto junto a la ventana y se
acercó. —¿Eseso cierto, Grace?
Miabuela tenía la misma expresión severa e inflexible de
siempre. Aveces me preguntaba sisuscabellos rígidamente
peinados hacia atrás no serían el motivo de que los rasgos
de su cara estuvieran siempre tan inmóviles. Tal vez el
peinado hacía que los músculos se mantuvieran,
sencillamente, en una posición fija. Como mucho, sus ojos
se dilataban de tanto en tanto, cuando estaba excitada,
como en ese momento.
Mister Georgeafirmó: —Mistress Shepherd afirma que ella y su marido
sobornaron a la comadrona para que cambiara la fecha de
nacimiento, de modo que nadie pudiera saber que también
Gwendolyn podíaser portadora del gen.
Gwendolyn podíaser portadora del gen. —Pero ¿por qué razón iba a hacer algo así? —preguntó
ladyArista. —Dice que quería protegerala niña, y queesperaba que
fuera Charlottela portadora. —¡Que lo esperaba! ¡Vamos, por favor! —gritó la tía
Glenda. —Pues a mí me parece todo bastante lógico —repuso
mister George.
Dirigí la mirada a Charlotte, que estaba sentada, muy
pálida, en elsofá, mirando alternativamente a mister George
y a la tía Glenda. Cuando nuestras miradas se encontraron,
rápidamente giró lacabeza. —Por más que lo intento, no logro descubrir ninguna
lógicaen esto —dijo ladyArista. —Enseguida comprobaremos la historia —señaló mister
George—. Mistress Jenkins se encargará de localizar a la
comadrona. —Solo por curiosidad, ¿cuánto pagaste a la comadrona,
Grace? —preguntó Falk de Villiers.
En los últimos minutos sus ojos se habían ido afinando
cada vez más, y cuando apuntó con ellos a mamá, tenía el
aspecto de un lobo. —Yo… ya no meacuerdo —dijo mamá.
Mister De Villiers levantó lascejas. —Bueno, en realidad, no puede haber sido mucho. Por
lo que sé, los ingresos de tu marido eran más bien
modestos. —¡Desde luego! —dijo malévolamente la tía Glenda—.
No tenía ni un céntimo. —Si vosotros lo decís, supongo que efectivamente no
debió deser demasiado —replicó mamá.
La inseguridad que había mostrado al ver a mister De
Villiers había desaparecido con la misma rapidez con que
habíasurgido, igual queelenrojecimiento desu rostro. —¿Por qué, entonces, la comadrona hizo lo que le
pedisteis? —preguntó mister De Villiers—. Alfin y alcabo,
estaba cometiendo un delito de falsificación documental, lo
que no es ningunainsignificancia.
Mamálevantó lacabeza. —Le explicamos que nuestra familia formaba parte de
una secta satánica que tenía una fe enfermiza en el
horóscopo. Le dijimos que un niño que hubiera nacido el 7
de octubre padecería terribles represalias y sería utilizado
como objeto de rituales satánicos. Nos creyó. Ycomo era
una mujer de buen corazón y estaba en contra de los
satanistas, falsificó lafechaen elcertificado de nacimiento. —¡Rituales satánicos! ¡Quéimpertinencia!
El hombre que estaba al lado de la chimenea siseó como
unaserpiente, y el niño se pegó aúnmásaél.
Mister De Villiers sonrió aprobatoriamente. —La historia es verosímil. Veremos si la comadrona
explicalo mismo. —Me parece poco inteligente que perdamos el tiempo
con estascomprobaciones —protestó ladyArista. —Estoy de acuerdo —convino la tía Glenda—.
Charlotte puede saltar en cualquier momento, y entonces
quedará demostrado que Grace se ha inventado esta
historia para ponernos palosen las ruedas. —¿Ypor qué no podrían haber heredado el gen las dos? —preguntó mister George—. Ya ocurrió una vez. —Es cierto, pero Timothy y Jonathan de Villiers eran
gemelos univitelinos —informó mister De Villiers—. Y
también habían sido anunciadoscomo talesen las profecías. —Y en elcronógrafo están previstas dos coralinas, dos
pipetas, dos compartimentos de entre los doce elementos y
dos recorridos de rueda dentada —observó el hombre que
estabaallado delachimenea—. Elrubíestásolo. —También escierto —convino mister George.
Su cararedondatenía unaexpresión preocupada. —Me parece que sería más importante analizar los
motivos de la mentira de mi hermana. —La tía Glenda
motivos de la mentira de mi hermana. —La tía Glenda
dirigió a mamá una mirada cargada de odio—. Si quieres
conseguir que se registre la sangre de Gwendolyn en el
cronógrafo para inutilizarlo, eres más ingenua de lo que
creía. —¿Cómo puede pensar siquiera esa mujer que vamos a
creer ni una palabra de lo que dice? —preguntó el hombre
que estaba al lado de la chimenea como si mamá y yo no
estuviéramos presentes, lo que me pareció de una
arrogancia insufrible—. Recuerdo muy bien cómo Grace
mintió entonces para proteger a Lucy y a Paul —continuó —. Les proporcionó una ventaja decisiva. Si no hubiera
sido porella, tal vezse podría haberevitado lacatástrofe. —¡Jake! —lereprendió mister De Villiers. —¿Quécatástrofe? —pregunté—.¿Yquién era Paul? —Ya solo la presencia de esta persona en esta
habitaciónme pareceincreíble —prosiguió el hombre. —¿Yusted es…?
La mirada y la voz de mamá eran extraordinariamente
frías. Me impresionó ver cómo mantenía la calma y no se
dejabaamedrentar. —Eso no tiene nada que vercon elasunto.
El hombre no se dignó dirigirle ni una sola mirada. El
chiquillo rubio asomó la cabeza por detrás de su espalda y
me miró. Por las pecas que tenía en la narizme recordó un
poco a Nick cuando era más pequeño, y por eso le sonreí.
Al pobre crío le había tocado la china con ese abuelo. El
niño respondió a mi sonrisa abriendo los ojos, asustado, y
volvió a ponerseacubierto detrás delachaqueta. —Te presento al doctor Jakob White —dijo Falk de
Villiers, que parecía casi divertido por la situación—. Un
genio en el campo de la medicina y la bioquímica.
Normalmentees un poco máscortés.
Jakob Grey
* habría sido más apropiado. Incluso el tono
desu teztirabaa gris.
Mister De Villiers se volvió unmomento hacia mí, y luego
sumirada volvió a posarseenmimadre. —De un modo u otro, tenemos que tomar una decisión.
¿Debemos creerte, Grace, o realmente tienes alguna
intención oculta?
Durante unos segundos, mamále miró furiosa, pero luego
bajó los ojos y dijo en voz baja: —No estoy aquí para impedir que desarrolléis vuestra
grandiosa misión secreta. Solo estoy aquí porque quiero
impedir que a mi hija le pase algo. Con la ayuda del
cronógrafo, los viajes en el tiempo podrían transcurrir sin
peligro y ella podría llevar una vida más o menos normal.
Eso es todo lo que quiero. —¡Sí,claro! —se mofó latía Glenda.
Mitíaseacercó alsofá y sesentó junto a Charlotte. Amí
también me hubiera gustado sentarme, porque se me
empezaban a cansar las piernas; pero, como nadie me
ofreció unasilla, no tuve más remedio queseguiren pie. —Lo que hice en otro tiempo no tenía nada que ver
con… «vuestro asunto» —continuó mamá—. Para ser
sincera, apenas sé nada deeso, y lo que sé solo lo entiendo
a medias. —Entonces no puedo imaginar por qué motivo seatrevió
a inmiscuirse de ese modo en cosas que no le competían en
absoluto —dijo el oscuro doctor White. —Solo quise ayudar a Lucy —afirmó mamá—. Era mi
sobrina preferida, cuidé de ella desde que era un bebé, y
me pidió ayuda. ¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar?
Dios mío, los dos eran tan jóvenes y estaban tan
enamorados… Sencillamente, no quería que les ocurriera
nada. —¡Puesestarásatisfecha desu éxito! —Queríaa Lucy como a una hermana. —Mamá miró un
instantealatía Glendaantes deañadir—:Mucho más quea
una hermana.
La tía Glenda cogió la mano de Charlotte, que tenía la
miradaclavadaen elsuelo, y le dio unas palmaditas. —¡Todos queríamos mucho a Lucy! —exclamó lady
Arista—. ¡Por eso era más importante mantenerla alejada
de ese joven y de sus inadecuados puntos de vista que
apoyarlaen su idea! —¿Inadecuados puntos de vista? ¡Venga ya! ¡Fue esa
intrigante pelirroja la que le puso a Paul en la cabeza esas
estúpidas teorías conspirativas! —dijo el doctor White—.
¡Ellaleconvenció para querealizaraelrobo! —¡Eso no escierto! —replicó ladyArista—. Lucy nunca
hubiera hecho algo así. Fue Paul, que se aprovechó de su
ingenuidad juvenil y lasedujo. —¡Ingenuidad! ¡Permítame que mería! —soltó el doctor
White.
Falk de Villiers levantó una mano. —Ya hemos mantenido antes esta discusión. Creo que
las distintas posturas son suficientemente conocidas. —
Echó una ojeada al reloj—. Gideon estará de vuelta en
cualquier momento y, paracuando llegue, deberíamos haber
tomado una decisión sobrelo que vamosa hacer. Charlotte,
¿cómo tesientes? —Sigo teniendo dolor decabeza —sostuvo Charlottesin
apartar la mirada delsuelo. —Ya lo ve —recriminó la tía Glenda con una sonrisa
—Ya lo ve —recriminó la tía Glenda con una sonrisa
malévola. —Yo también tengo dolor decabeza —replicó mamá—.
Pero eso no quiere decir que vaya a saltar en el tiempo de
unmomento a otro. —¡Eres… eres una víbora! —espetó latía Glenda. —Creo que deberíamos partir sencillamente de la idea
de que mistress Shepherd y Gwendolyn dicen la verdad —
anunció mister George mientras se secaba el sudor de la
calva con un pañuelo—. Si no, no haremos más que perder
un tiempo precioso. —¡No puedes decirlo en serio, Thomas!
El doctor White golpeó la repisa de la chimenea con
tantafuerza que volcó unacopa deestaño.
Mister George se sobresaltó, pero enseguida continuó
con vozserena: —Si nos atenemos a los hechos que nos cuentan, el
último salto en el tiempo se ha producido hace una hora y
media o dos horas. Podríamos preparar a la chica y
documentar el siguiente salto temporal de la forma más
precisa posible. —Yo también comparto su idea —dijo mister De Villiers —.¿Alguna objeción? —De todos modos, sería como hablar con una pared —
dijo el doctor White. —Tienerazón—leapoyó latía Glenda. —Propongo la Sala de Documentos —señaló mister
George—. Allí Gwendolyn estaría segura, y a su vuelta
podríamos registrarlaenseguidaen elcronógrafo. —¡Pues yo no permitiría que se acercara siquiera al
cronógrafo! —dijo el doctor White. —Por Dios, Jake, creo que yaes suficiente —dijo mister
De Villiers—. ¡Es solo una muchacha! ¿Crees que lleva
oculta una bomba debajo del uniformeescolar? —La otra también era solo una muchacha —repuso el
doctor Whitecon desdén.
Mister De Villiers se volvió hacia mister George en señal
deaprobación. —Lo haremoscomo has propuesto. Encárgate deello. —Ven, Gwendolyn—meindicó mister George.
Pero no me moví de dondeestaba. —¿Mamá? —Todo irá bien, cariño, te esperaré aquí —me dijo
esforzándoseen sonreír.
Miréa Charlotte. Seguíacon la miradafijaen elsuelo. La
tía Glenda había cerrado los ojos y se había inclinado hacia
atrásen elsofácon aireresignado. Parecíacomo si también
a ella le hubiera dado un fuerte dolor de cabeza. Miabuela,
en cambio, me miraba fijamente, como si me viera por
primera vez. Yes muy posible queen efecto fueraasí.
El chiquillo volvió a asomar la cabeza por detrás de la
chaqueta del doctor White. Pobre criatura. El viejo
cascarrabias no había hablado con él ni una sola vez, y lo
tratabacomo si no estuviera presente. —Hastaluego,cariño —dijo mamá.
Mister George me cogió del brazo y me dirigió una
sonrisa alentadora. Tímidamente, se la devolví. De algún
modo, aquel hombre me gustaba. En todo caso, era la
persona másamable detodas las queseencontraban allí.Y
la única que parecíacreernos.
De todas maneras, no me hacía ninguna gracia dejara mi
madre sola. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros y
nos encontramos en el corredor, me entraron ganas de
ponerme a gritar: «¡Quiero quedarme conmimadre!», pero
mecontuve.
Mister George me soltó el brazo yme precedió, primero
recorriendo en sentido inverso el camino por donde
habíamos llegado, y luego, después de cruzar una puerta, a
través de un corredor másamplio, bajando unasescaleras y
cruzando una nueva puerta que daba a un nuevo corredor.
Aquello era un auténtico laberinto. Aunque seguramente
unas teas de pez hubieran encajado mejorcon elestilo dela
unas teas de pez hubieran encajado mejorcon elestilo dela
edificación, loscorredoresestaban iluminadoscon lámparas
modernas que daban casitantaluzcomo sifuera de día. —Al principio resulta desconcertante, pero alcabo de un
tiempo acabas familiarizándote con el lugar —observó
mister George.
Bajamos de nuevo, esta vez por una escalera de caracol
de piedra de muchos peldaños que se enroscaba
interminablementeen elsuelo y parecía no tener final. —Los caballeros del Temple erigieron este edificio en el
siglo XII. Antes habían estado aquí los romanos, y antes de
ellos, los celtas. Para todos fue un lugar sagrado, y eso no
ha cambiado hasta el día de hoy. Uno puede sentir en cada
centímetro cuadrado de este sitio que tiene algo especial,
¿no te parece? Como si de este pedazo de tierra surgiera
unafuerzaextraordinaria.
Yo no sentía nada parecido. Alcontrario, me sentía más
bien apática y cansada:echaba en falta las horas de sueño
que había perdido las últimas noches.
Al girar bruscamente a la derecha al final de la escalera,
nos tropezamos con un joven con el que estuvimos a punto
dechocar. —¡Cuidado! —gritó mister George. —Mister George.
El joven tenía unos cabellos oscuros y rizados que le
llegaban casi hasta los hombros y unos ojos verdes tan
luminosos que pensé que debía dellevar lentes de contacto.
Aunque no había visto antes ni su cabello ni sus ojos,
enseguida le reconocí. También el timbre de su voz era
inconfundible. Era el hombre que había visto en mi último
viajeen eltiempo.
Para ser precisos, el joven al que había besado mi doble
mientras yo, detrás de la cortina, no podía dar crédito a lo
que veíanmis ojos.
No podía hacer otra cosa que mirarle fijamente
boquiabierta. Visto defrente y sin peluca, era mil veces más
guapo. Olvidé por completo que a Leslie y a mí
normalmente no nos gustaban los chicos con el pelo largo.
(Leslie opinaba que los chicos se dejaban crecer el pelo
para poder ocultar mejor sus orejas desoplillo.)
El joven me miró a su vez, bastante desconcertado, me
examinó brevemente y luego dirigió una miradainterrogativa
a mister George. —Gideon, esta es Gwendolyn Shepherd —dijo mister
George con un ligero suspiro—. Gwendolyn, este es
Gideon de Villiers.
Gideon de Villiers. El jugador de polo. El otro viajero del
tiempo.
—Hola —dijo cortésmente. —Hola.
¿Por qué de pronto mi voz habíaenronquecido? —Creo que vosotros dos ya tendréis tiempo de
conoceros mejor. —Mister George rió nerviosamente—.
Es posible que Gwendolyn sea nuestra nueva Charlotte. —¿Cómo?
Los ojos verdes me sometieron a una nueva inspección,
esta vezlimitada al rostro. Por desgracia, solo fuicapaz de
mirarle a mi vezcon cara de boba, con los ojos abiertos de
paren par. —Es una historia muy complicada —dijo mister George —. Lo mejor será que vayasala Sala delDragón y le pidas
atu tío quetelo expliquetodo.
Gideon asintió. —De todos modos, ya iba hacia allí. Hasta ahora, mister
George. Adiós, Wendy.
¿Quién era Wendy? —Gwendolyn —le corrigió mister George, pero Gideon
ya había doblado laesquina.
Sus pasos resonaron en laescalera.
—Seguro que tienes un montón de preguntas que hacer —conjeturó mister George—. Intentaré responderlas lo
mejor que pueda.
Estiré las piernas, contenta de poder sentarme al fin. La
Sala de Documentos resultó ser un lugar muy agradable, a
pesar de que estaba profundamente enterrada en un sótano
abovedado y no tenía ventanas. En una chimenea ardía un
fuego, y había estanterías y muebles con libros en todas las
paredes, asícomo unos sillones de orejas que parecíanmuy
confortables y elancho sofá en que estaba sentada en ese
momento. Cuando entramos, un hombre joven se levantó
de su silla detrás de un escritorio, inclinó la cabeza y
abandonó la habitación sin decir palabra. —¿Es mudo ese hombre? —fue lo primero que me vino
alacabeza preguntar. —No —contestó mister George—, pero ha hecho un
voto de silencio. No hablará en las próximas cuatro
semanas. —¿Yde quéleserviráeso? —Es un ritual. Losadeptos deben superar toda una serie
de ejercicios antes de ser admitidos en nuestros círculos
exteriores. Uno de los objetivos fundamentales de estas
pruebas es demostrar que saben callar. —Mister George
sonrió—. Debes de encontrarnos realmente extraños, ¿no?
Ten,cogelalinterna y cuélgatela delcuello. —¿Qué me pasaráahora? —Esperaremosatu próximo salto en eltiempo. —¿Ycuándo será? —Oh, nadie puede decirlo exactamente. Es distinto para
cada viajero del tiempo. Se dice que tu antepasada Elaine
Burghley, la segunda nacida en el Círculo de los Doce, no
saltó más de cinco veces en toda su vida. Aunque también
es cierto que murió a los dieciocho años de fiebre
puerperal. Elconde, en cambio, en su juventud saltabacada
pocas horas, de dos a siete veces al día. Ya podrás
imaginar lo peligrosa que debió de ser su vida hasta que
consiguió comprender por fin la utilidad delcronógrafo. —
Mister George señaló el óleo que había sobre la chimenea,
querepresentabaa un hombrecon una pelucarizada blanca —. Esél, porcierto,elconde de Saint Germain. —¿Siete vecesal día?
Aquello eraespantoso. No podría dormiren paz ni irala
escuela. —No te preocupes. Cuando quiera que pase, aterrizarás
en esta habitación, donde estarás completamente segura.
Solo tendrás que esperar a saltar de vuelta sin moverte de
donde estás. Y si por casualidad te encontraras a alguien,
enséñaleesteanillo.
enséñaleesteanillo.
Mister Georgesesacó su anillo desello del dedo ymelo
tendió. Le di la vueltaen la mano y observé el grabado. Era
una estrella de doce puntas que llevaba en el centro unas
letras afiligranadas que se imbricaban las unas con las otras.
Lainteligente Leslie habíaacertado de nuevo. —Mister Whitman, mi profesor de inglés y de historia,
tiene uno igual. —¿Eso es una pregunta?
El fuego de la chimenea que se reflejaba en la calva de
mister George dabacalidezalaescena. —No.
No hacía falta que me contestara. Como Leslie ya había
intuido, no cabía duda de que mister Whitman también era
uno deellos. —¿No hay nada más que quieras saber? —¿Quién es Paul y qué paso con Lucy?¿Yde quérobo
hablaban?¿Yqué hizo mimadreen aquellaépoca para que
todosestén tan enfadadoscon ella? —solté decorrido. —Oh… —Mister Georgeserascó lacabezaligeramente
azorado—. Bien, por desgracia, a estas preguntas de
momento no puedo responderte. —Lo sabía. —Gwendolyn, cuando realmente seas nuestro número
doce, te lo explicaremos todo, hasta el último detalle. Pero
de momento tenemos queser precavidos. Detodos modos,
responderéencantado a otras preguntas.
Callé.
Mister Georgesuspiró. —Está bien. Paul es el hermano pequeño de Falk de
Villiers. Era, antes de Gideon, el último viajero del tiempo
de la línea De Villiers, el número nueve en el Círculo de los
Doce. Para empezar, tendrás que contentarte con eso. Si
tienes otras preguntas menoscomprometidas…
—¿Hay un lavabo aquí? —Oh, sí, naturalmente. Ahí mismo, al doblar la esquina.
Teacompañaré. —Puedo ir sola. —Naturalmente —repitió mister George, pero de todos
modos mesiguió como unasombra hastala puerta.
Allí estaba plantado, como un soldado de la guardia de
palacio, el hombre de antes, el que había hecho un voto de
silencio. —Es la puerta siguiente. —Mister George señaló a la
izquierda—. Teesperaréaquí.
En el servicio —una habitación pequeña que olía a
desinfectante con un váter y un lavabo— me saqué elmóvil
del bolsillo. Naturalmente no había cobertura. Lástima,
porque me moría de ganas deinformara Leslie detodo. De
todas maneras, el reloj funcionaba, y me quedé atónita al
ver que solo era mediodía. Tenía la sensación de que hacía
ya días queestabaaquí.Y, de hecho, tenía queir de verdad
allavabo.
Cuando volví a salir, mister George me sonrió con cara
de alivio. Por lo visto, tenía miedo de que hubiera
desaparecido.
En la Sala de Documentos volvía sentarme en el sofá y
mister Georgesesentó en un sillón frentea mí. —Bien, sigamos con el juego de las preguntas —
prosiguió—. Pero esta vez alternaremos una pregunta tú y
una pregunta yo. —Muy bien—dije—. Usted primero. —¿Tienes sed? —Sí. Un vaso de agua me vendría bien. O un té, si
tiene…
De hecho, allí abajo había agua, zumos y vino, además
de un hervidor para el té. Mister George preparó una tetera
de EarlGrey. —Ahoratú—dijo cuando volvió asentarse. —Si la capacidad de viajar en el tiempo está
determinada por un gen, ¿cómo es que la fecha de
nacimiento desempeña un papelen esto? ¿Cómo es que no
nacimiento desempeña un papelen esto? ¿Cómo es que no
le han sacado sangrea Charlotte hacetiempo para buscarel
gen? ¿Y cómo es que no la han podido enviar con el
cronógrafo a un pasado sin riesgos,antes de quesalte por sí
solaen eltiempo y pueda ponerseen peligro? —Bien, para empezar, nosotros creemos que se trata de
un gen, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Lo único que
sabemos con certeza que hay algo en la sangre que os
diferencia de la gente normal, pero aún no hemos
descubierto el factor X, a pesar de que hace muchos años
que lo investigamos y de que encontrarás entre nosotros a
los mejorescientíficos delmundo. El descubrimiento deeste
gen o lo que quiera que sea en la sangre haría que lascosas
fueran mucho más sencillas, créeme. Pero, tal como
estamos, dependemos de los cálculos y observaciones
realizados por generacionesanteriores. —Si se hubiera cargado el cronógrafo con sangre de
Charlotte,¿qué hubiera pasado? —En el peor de los casos, lo hubiéramos inutilizado —
contestó mister George—. ¡Y por favor, Gwendolyn,
estamos hablando de una minúscula gotita de sangre, no de
llenar un depósito!Ahora me toca el turno a mí. Si pudieras
elegir,¿a quéépocate gustaría más viajar?
Reflexioné.
—No me gustaría ir muy lejos en el pasado. Solo diez
añosatrás. Entonces podría volvera vera mi padre y hablar
con él. —Sí, es un deseo comprensible —convino mister
George con aire apesadumbrado—. Pero no puede ser.
Nadie puede viajar dentro de la época en que ha vivido.
Como muy pronto, puedes viajar al período anterior a tu
nacimiento. —Oh…
Era una lástima, porque ya me estaba imaginando
viajando de nuevo alaépoca delaescuela primaria, justo al
día en que un chico llamado Gregory Forbes me había
llamado «rana asquerosa» en el patio y me había dado
cuatro patadas seguidas en la espinilla. Hubiera aparecido
allí como una superwoman, y seguro que Gregory Forbes
no hubiera vuelto a pegar nunca másalas niñas pequeñas. —Tetoca otra vez—dijo mister George. —Sesuponía que yo tenía quetrazar un círculo detizaen
el lugar donde Charlotte hubiera desaparecido. ¿Para qué
hubieraservido eso?
Mister Georgesacudió lacabeza. —Olvídate de esa tontería. Tu tía Glenda insistió en que
debíamos hacer vigilar el lugar. Entonces hubiéramos
enviado a Gideon con la descripción de la posición al
pasado y los Vigilantes hubieran esperado a Charlotte y la
hubieran protegido hasta que hubiera vuelto asaltar. —Sí, pero eraimposiblesabera quéépocasaltaría. ¡Los
Vigilantes hubieran podido tener que hacer guardia allí las
veinticuatro horas del día durante décadas! —Sí. —Mister George suspiró—. ¡Exacto! Pero ahora
metocaa mí.¿Aún teacuerdas detu abuelo? —Claro. Tenía diezaños cuando murió. Era muy distinto
a lady Arista, divertido y nada severo. Siempre nos
explicaba historias de miedo a mi hermano y a mí. ¿Usted le
conocía? —¡Oh, sí! Era mimentor ymimejoramigo.
Mister George miró un rato elfuego con aire pensativo. —¿Quién esesechiquillo? —pregunté. —¿Quéchiquillo? —El que estaba agarrado a la chaqueta del doctor
White. —¿Cómo dices?
Mister George apartó la mirada del fuego y me miró
sorprendido.
¡Por Dios! Tampoco eratan difícil deentender. —Un chiquillo rubio de unos siete años. Estaba junto al
doctor White —pronuncié marcando cada una de las
sílabas.
sílabas. —Pero si allí no había ningún chiquillo —repuso mister
George—.¿Teestás burlando de mí? —No —contesté.
De repente comprendí lo que había visto, y me irritó no
haberme dado cuentaenseguida. —¿Un chiquillo rubio, dices?¿Desieteaños? —Olvídelo.
Hice como si de pronto sintiera un gran interés por los
libros delaestantería quetenía detrás.
Mister George calló, pero podía sentir sumirada clavada
enmiespalda. —Ahora me vuelveatocara mí—dijo finalmente. —Es un juego tonto.¿No podríamos jugaralajedrez?
Sobre la mesa había un juego de ajedrez, pero mister
George no se dejó despistar. —¿Aveces vescosas quelas otras personas no ven? —Los niños no son cosas —repuse—. Pero sí, a veces
veo cosas que otros no ven.
Yo misma no sabía por quéle habíaconfiado aquello.
Por alguna razón, mis palabras parecieron alegrar a
mister George. —Sorprendente, realmente sorprendente. ¿Desde
cuándo tienesese don?
—Siemprelo hetenido. —¡Fascinante! —Mister George miró a su alrededor—.
Por favor, dime quién más está aquí ahora escuchando
aparte de nosotros. —Estamos solos.
Se meescapó unarisitaal ver la expresión decepcionada
de mister George. —Oh, y yo que hubiera jurado que este viejo caserón
estaba plagado de fantasmas. Especialmente, esta
habitación. —Tomó un trago de té de su taza—. ¿Quieres
unas galletas rellenas de naranja? —Sí, gracias.
No sé si fue porque había mencionado las galletas, pero
de pronto aquella desagradable sensación en el estómago
volvió aaparecer. Contuvelarespiración.
Mister George se levantó y empezó a revolver en un
anaquel. Lasensación de vértigo se hizo más intensa. Mister
George se daría un buen susto si se volvía y yo,
sencillamente, había desaparecido. Tal vez sería mejor que
le previniera. Podíatenerelcorazón débil. —¿Mister George? —Ahora vuelve a tocarte a ti, Gwendolyn —dijo
mientras ordenaba amorosamente las galletas en un plato,
como hacía siempre mister Bernhard—. Y creo que ya
conozco larespuestaatu pregunta.
Me concentré en mis sensaciones. El vértigo parecía
habercedido un poco.
Muy bien. Falsaalarma. —Suponiendo que viajara a una época en la que este
edificio aún no existiera, ¿aterrizaría bajo tierra y me
ahogaría? —¡Oh! Y yo que pensaba que me preguntarías por el
niño rubio. En fin. Por lo que sabemos, nadie ha viajado
nunca más de quinientos años atrás. Y en el cronógrafo la
fecha para el rubí, es decir, para ti, solo puede ajustarse
hasta 1560 después de Cristo, la fecha de nacimiento del
primer viajero del tiempo en elCírculo, Lancelot de Villiers.
Es una limitación de la que nos hemos lamentado muchas
veces. Uno se pierde tantos años interesantísimos… Ten,
coge una. Sonmis galletas preferidas.
Alargué la mano, a pesar de que de repente el plato
había empezado a difuminarse ante mis ojos y tenía la
sensación de que alguien me iba a retirar el sofá bajo el
trasero.
Línea genealógica masculina
De las Crónicas de los Vigilantes,
De las Crónicas de los Vigilantes,
volumen 4, «El Círculo de los Doce»
ister George nos condujo a través de una escalera y un
largo corredor que formaba varios recodos de cuarenta
y cinco grados, interrumpido de vezen cuando por unos
pocos escalones que subían o bajaban. La vista desde las
pocas ventanas que encontrábamos a nuestro paso era
siempre distinta: variaba de un gran jardín a un edificio o un
patio interior. Así recorrimos un trayecto interminablemente
largo, en el que se alternaban el parquet y los suelos de
mosaico, que pasaba junto a un montón de puertas
cerradas, sillas colocadas en filas inacabables junto a las
paredes, óleos enmarcados, armarios llenos de libros
encuadernados en cuero y figuras de porcelana, estatuas y
armaduras. Eracomo sicamináramos por unmuseo.
La tía Glenda lanzaba todo el rato miradas venenosas a
su hermana, que, por su parte, la ignoraba lo mejor que
podía. Mamá estaba pálida y parecía terriblemente tensa.
Estuve tentada de darle la mano, pero la tía Glenda se
habría dado cuenta delmiedo que tenía, y eso era lo último
que deseaba.
Era imposible que nos encontráramos todavía en la
misma casa: tenía la sensación de que habíamos cruzado
por lo menos otras tres cuando finalmente mister George se
detuvo y llamó a una puerta.
La sala en la que entramos estaba forrada de arriba
abajo de madera oscura, igual que nuestro comedor.
También los techos eran de madera oscura, y todo estaba
cubierto casi por completo de tallas artísticas, realzadas, en
parte, con colores. Los muebles eran igualmente oscuros y
macizos. El conjunto debería haber tenido un aspecto
sombrío y lúgubre, pero no era así gracias a la luz que
entraba a través de las altas ventanas de enfrente y al jardín
florido que había fuera. Detrás de un muro, al fondo del
jardín, incluso se veía brillar el Támesis bajo la luz
resplandeciente delsol.
Pero no solo la vista y la luz animaban el lugar; también
las tallas —a pesar de algunas calaveras y figuras aisladas
que esbozaban muecas horripilantes— irradiaban una
sensación de alegría. Era como si las paredes fueran a
cobrar vidaen cualquier momento. Leslie hubiera disfrutado
como una loca palpando los miles de capullos de rosa que
parecían reales, los diseños arcaicos y las divertidas
cabezas de animales y buscando mecanismos secretos. Allí
había leones alados, halcones, estrellas, soles y planetas,
dragones, unicornios, elfos, hadas, árboles y barcos,
representados todoscon unaimpresionante viveza.
Y la figura más imponente de todas era el dragón que
parecíaflotar sobre nosotrosen el techo. Desdela punta de
su cola en forma de cuña hasta la gran cabeza cubierta de
escamas, debía de medir al menos siete metros. No podía
apartar la mirada de él. ¡Qué hermoso era! Estaba tan
admirada quecasime olvidé de por qué habíamos venido.
Yde que no estábamos solosen lasala.
Todos los presentes se habían quedado petrificados
cuando nos vieron entrar. —Parece que han surgido complicaciones… —anunció
mister George.
Lady Arista, que estaba plantada tiesa como un palo
junto a una delas ventanas,exclamó: —¡Grace!, ¿no deberías estar en el trabajo? ¿Y
Gwendolyn en laescuela? —Nada nos gustaría más, madre —respondió mamá.
Charlotte estaba sentada en un sofá justo debajo de una
magnífica sirena con las escamas de la cola finamente
talladas y pintadas en todos los tonos imaginables de azul y
talladas y pintadas en todos los tonos imaginables de azul y
turquesa. Apoyado en la ancha repisa de la chimenea, junto
alsofá, se encontraba un hombre vestido con un impecable
traje negro que llevaba unas gafas de montura negra.
Incluso su corbata era negra. El hombre nos dirigió una
mirada particularmente hosca. Un chiquillo de unos siete
años seagarrabaasu americana. —¡Grace!
Un hombre alto se levantó detrás de un escritorio. Sus
cabellos, grises y ondulados, le caían sobre las anchas
espaldas como una cabellera de león. Sus ojos eran de un
llamativo color marrón claro, parecidos alámbar. Su rostro
tenía un aire mucho más juvenil de lo que podría deducirse
por elcolor de su cabello, y era uno de esos rostros que se
ven una vez y no se olvidan nunca por el grado de
fascinación que despiertan. El hombre sonrió dejando al
descubierto dos hileras perfectas de dientes blancos y
regulares. —Grace, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. —
Rodeó elescritorio y le tendió la mano a mamá—. No has
cambiado nada.
Me quedéestupefactaal ver que mamásesonrojaba. —Gracias. Lo mismo puedo decir deti, Falk.
El hombrerechazó elcumplido con un gesto.
—Miscabellos han encanecido —replicó. —Tesientan bien—dijo mamá.
¿De qué iba todo eso? ¿Acaso mamá estaba flirteando
con esetipo?
La sonrisa del hombre se acentuó un poco, y luego su
mirada ambarina pasó de mamá a mí, y de nuevo me sentí
desagradablemente observada.
Sus ojos eran realmente extraños, tanto que bien podrían
haber sido de un lobo o un felino. El hombre me tendió la
mano. —Soy Falk de Villiers. Y tú debes de ser la hija de
Grace, Gwendolyn —Su apretón de manos era firme y
cordial—. La primera mujer Montrose que conozco que no
tieneel pelo rojo. —He heredado elcolor de pelo de mi padre —observé
tímidamente. —¿Podríamos ir al grano? —espetó el hombre de negro
con gafas queestabaallado delachimenea.
Falk de Villiers mesoltó la mano yme guiñó un ojo. —Adelante, por favor. —Mi hermana nos ha soltado una historia absolutamente
increíble —señaló la tía Glenda, haciendo un claro esfuerzo
para no ponersea gritar—. ¡Ymister George no ha querido
escucharme! Ella afirma que Gwendolyn, nada menos que
Gwendolyn, ya ha saltado tres veces en el tiempo. Ycomo
sabe muy bien que no puede demostrarlo, también se ha
sacado de la manga un cuento para explicar por qué no
coincide la fecha de nacimiento de su hija. Me gustaría
recordar lo que pasó hace diecisiete años y el papel nada
glorioso que Grace desempeñó entonces. No me extraña
que ahora, cuando falta tan poco para alcanzar el objetivo,
aparezcaaquí parasabotear nuestros planes.
LadyArista abandonó su puesto junto a la ventana y se
acercó. —¿Eseso cierto, Grace?
Miabuela tenía la misma expresión severa e inflexible de
siempre. Aveces me preguntaba sisuscabellos rígidamente
peinados hacia atrás no serían el motivo de que los rasgos
de su cara estuvieran siempre tan inmóviles. Tal vez el
peinado hacía que los músculos se mantuvieran,
sencillamente, en una posición fija. Como mucho, sus ojos
se dilataban de tanto en tanto, cuando estaba excitada,
como en ese momento.
Mister Georgeafirmó: —Mistress Shepherd afirma que ella y su marido
sobornaron a la comadrona para que cambiara la fecha de
nacimiento, de modo que nadie pudiera saber que también
Gwendolyn podíaser portadora del gen.
Gwendolyn podíaser portadora del gen. —Pero ¿por qué razón iba a hacer algo así? —preguntó
ladyArista. —Dice que quería protegerala niña, y queesperaba que
fuera Charlottela portadora. —¡Que lo esperaba! ¡Vamos, por favor! —gritó la tía
Glenda. —Pues a mí me parece todo bastante lógico —repuso
mister George.
Dirigí la mirada a Charlotte, que estaba sentada, muy
pálida, en elsofá, mirando alternativamente a mister George
y a la tía Glenda. Cuando nuestras miradas se encontraron,
rápidamente giró lacabeza. —Por más que lo intento, no logro descubrir ninguna
lógicaen esto —dijo ladyArista. —Enseguida comprobaremos la historia —señaló mister
George—. Mistress Jenkins se encargará de localizar a la
comadrona. —Solo por curiosidad, ¿cuánto pagaste a la comadrona,
Grace? —preguntó Falk de Villiers.
En los últimos minutos sus ojos se habían ido afinando
cada vez más, y cuando apuntó con ellos a mamá, tenía el
aspecto de un lobo. —Yo… ya no meacuerdo —dijo mamá.
Mister De Villiers levantó lascejas. —Bueno, en realidad, no puede haber sido mucho. Por
lo que sé, los ingresos de tu marido eran más bien
modestos. —¡Desde luego! —dijo malévolamente la tía Glenda—.
No tenía ni un céntimo. —Si vosotros lo decís, supongo que efectivamente no
debió deser demasiado —replicó mamá.
La inseguridad que había mostrado al ver a mister De
Villiers había desaparecido con la misma rapidez con que
habíasurgido, igual queelenrojecimiento desu rostro. —¿Por qué, entonces, la comadrona hizo lo que le
pedisteis? —preguntó mister De Villiers—. Alfin y alcabo,
estaba cometiendo un delito de falsificación documental, lo
que no es ningunainsignificancia.
Mamálevantó lacabeza. —Le explicamos que nuestra familia formaba parte de
una secta satánica que tenía una fe enfermiza en el
horóscopo. Le dijimos que un niño que hubiera nacido el 7
de octubre padecería terribles represalias y sería utilizado
como objeto de rituales satánicos. Nos creyó. Ycomo era
una mujer de buen corazón y estaba en contra de los
satanistas, falsificó lafechaen elcertificado de nacimiento. —¡Rituales satánicos! ¡Quéimpertinencia!
El hombre que estaba al lado de la chimenea siseó como
unaserpiente, y el niño se pegó aúnmásaél.
Mister De Villiers sonrió aprobatoriamente. —La historia es verosímil. Veremos si la comadrona
explicalo mismo. —Me parece poco inteligente que perdamos el tiempo
con estascomprobaciones —protestó ladyArista. —Estoy de acuerdo —convino la tía Glenda—.
Charlotte puede saltar en cualquier momento, y entonces
quedará demostrado que Grace se ha inventado esta
historia para ponernos palosen las ruedas. —¿Ypor qué no podrían haber heredado el gen las dos? —preguntó mister George—. Ya ocurrió una vez. —Es cierto, pero Timothy y Jonathan de Villiers eran
gemelos univitelinos —informó mister De Villiers—. Y
también habían sido anunciadoscomo talesen las profecías. —Y en elcronógrafo están previstas dos coralinas, dos
pipetas, dos compartimentos de entre los doce elementos y
dos recorridos de rueda dentada —observó el hombre que
estabaallado delachimenea—. Elrubíestásolo. —También escierto —convino mister George.
Su cararedondatenía unaexpresión preocupada. —Me parece que sería más importante analizar los
motivos de la mentira de mi hermana. —La tía Glenda
motivos de la mentira de mi hermana. —La tía Glenda
dirigió a mamá una mirada cargada de odio—. Si quieres
conseguir que se registre la sangre de Gwendolyn en el
cronógrafo para inutilizarlo, eres más ingenua de lo que
creía. —¿Cómo puede pensar siquiera esa mujer que vamos a
creer ni una palabra de lo que dice? —preguntó el hombre
que estaba al lado de la chimenea como si mamá y yo no
estuviéramos presentes, lo que me pareció de una
arrogancia insufrible—. Recuerdo muy bien cómo Grace
mintió entonces para proteger a Lucy y a Paul —continuó —. Les proporcionó una ventaja decisiva. Si no hubiera
sido porella, tal vezse podría haberevitado lacatástrofe. —¡Jake! —lereprendió mister De Villiers. —¿Quécatástrofe? —pregunté—.¿Yquién era Paul? —Ya solo la presencia de esta persona en esta
habitaciónme pareceincreíble —prosiguió el hombre. —¿Yusted es…?
La mirada y la voz de mamá eran extraordinariamente
frías. Me impresionó ver cómo mantenía la calma y no se
dejabaamedrentar. —Eso no tiene nada que vercon elasunto.
El hombre no se dignó dirigirle ni una sola mirada. El
chiquillo rubio asomó la cabeza por detrás de su espalda y
me miró. Por las pecas que tenía en la narizme recordó un
poco a Nick cuando era más pequeño, y por eso le sonreí.
Al pobre crío le había tocado la china con ese abuelo. El
niño respondió a mi sonrisa abriendo los ojos, asustado, y
volvió a ponerseacubierto detrás delachaqueta. —Te presento al doctor Jakob White —dijo Falk de
Villiers, que parecía casi divertido por la situación—. Un
genio en el campo de la medicina y la bioquímica.
Normalmentees un poco máscortés.
Jakob Grey
* habría sido más apropiado. Incluso el tono
desu teztirabaa gris.
Mister De Villiers se volvió unmomento hacia mí, y luego
sumirada volvió a posarseenmimadre. —De un modo u otro, tenemos que tomar una decisión.
¿Debemos creerte, Grace, o realmente tienes alguna
intención oculta?
Durante unos segundos, mamále miró furiosa, pero luego
bajó los ojos y dijo en voz baja: —No estoy aquí para impedir que desarrolléis vuestra
grandiosa misión secreta. Solo estoy aquí porque quiero
impedir que a mi hija le pase algo. Con la ayuda del
cronógrafo, los viajes en el tiempo podrían transcurrir sin
peligro y ella podría llevar una vida más o menos normal.
Eso es todo lo que quiero. —¡Sí,claro! —se mofó latía Glenda.
Mitíaseacercó alsofá y sesentó junto a Charlotte. Amí
también me hubiera gustado sentarme, porque se me
empezaban a cansar las piernas; pero, como nadie me
ofreció unasilla, no tuve más remedio queseguiren pie. —Lo que hice en otro tiempo no tenía nada que ver
con… «vuestro asunto» —continuó mamá—. Para ser
sincera, apenas sé nada deeso, y lo que sé solo lo entiendo
a medias. —Entonces no puedo imaginar por qué motivo seatrevió
a inmiscuirse de ese modo en cosas que no le competían en
absoluto —dijo el oscuro doctor White. —Solo quise ayudar a Lucy —afirmó mamá—. Era mi
sobrina preferida, cuidé de ella desde que era un bebé, y
me pidió ayuda. ¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar?
Dios mío, los dos eran tan jóvenes y estaban tan
enamorados… Sencillamente, no quería que les ocurriera
nada. —¡Puesestarásatisfecha desu éxito! —Queríaa Lucy como a una hermana. —Mamá miró un
instantealatía Glendaantes deañadir—:Mucho más quea
una hermana.
La tía Glenda cogió la mano de Charlotte, que tenía la
miradaclavadaen elsuelo, y le dio unas palmaditas. —¡Todos queríamos mucho a Lucy! —exclamó lady
Arista—. ¡Por eso era más importante mantenerla alejada
de ese joven y de sus inadecuados puntos de vista que
apoyarlaen su idea! —¿Inadecuados puntos de vista? ¡Venga ya! ¡Fue esa
intrigante pelirroja la que le puso a Paul en la cabeza esas
estúpidas teorías conspirativas! —dijo el doctor White—.
¡Ellaleconvenció para querealizaraelrobo! —¡Eso no escierto! —replicó ladyArista—. Lucy nunca
hubiera hecho algo así. Fue Paul, que se aprovechó de su
ingenuidad juvenil y lasedujo. —¡Ingenuidad! ¡Permítame que mería! —soltó el doctor
White.
Falk de Villiers levantó una mano. —Ya hemos mantenido antes esta discusión. Creo que
las distintas posturas son suficientemente conocidas. —
Echó una ojeada al reloj—. Gideon estará de vuelta en
cualquier momento y, paracuando llegue, deberíamos haber
tomado una decisión sobrelo que vamosa hacer. Charlotte,
¿cómo tesientes? —Sigo teniendo dolor decabeza —sostuvo Charlottesin
apartar la mirada delsuelo. —Ya lo ve —recriminó la tía Glenda con una sonrisa
—Ya lo ve —recriminó la tía Glenda con una sonrisa
malévola. —Yo también tengo dolor decabeza —replicó mamá—.
Pero eso no quiere decir que vaya a saltar en el tiempo de
unmomento a otro. —¡Eres… eres una víbora! —espetó latía Glenda. —Creo que deberíamos partir sencillamente de la idea
de que mistress Shepherd y Gwendolyn dicen la verdad —
anunció mister George mientras se secaba el sudor de la
calva con un pañuelo—. Si no, no haremos más que perder
un tiempo precioso. —¡No puedes decirlo en serio, Thomas!
El doctor White golpeó la repisa de la chimenea con
tantafuerza que volcó unacopa deestaño.
Mister George se sobresaltó, pero enseguida continuó
con vozserena: —Si nos atenemos a los hechos que nos cuentan, el
último salto en el tiempo se ha producido hace una hora y
media o dos horas. Podríamos preparar a la chica y
documentar el siguiente salto temporal de la forma más
precisa posible. —Yo también comparto su idea —dijo mister De Villiers —.¿Alguna objeción? —De todos modos, sería como hablar con una pared —
dijo el doctor White. —Tienerazón—leapoyó latía Glenda. —Propongo la Sala de Documentos —señaló mister
George—. Allí Gwendolyn estaría segura, y a su vuelta
podríamos registrarlaenseguidaen elcronógrafo. —¡Pues yo no permitiría que se acercara siquiera al
cronógrafo! —dijo el doctor White. —Por Dios, Jake, creo que yaes suficiente —dijo mister
De Villiers—. ¡Es solo una muchacha! ¿Crees que lleva
oculta una bomba debajo del uniformeescolar? —La otra también era solo una muchacha —repuso el
doctor Whitecon desdén.
Mister De Villiers se volvió hacia mister George en señal
deaprobación. —Lo haremoscomo has propuesto. Encárgate deello. —Ven, Gwendolyn—meindicó mister George.
Pero no me moví de dondeestaba. —¿Mamá? —Todo irá bien, cariño, te esperaré aquí —me dijo
esforzándoseen sonreír.
Miréa Charlotte. Seguíacon la miradafijaen elsuelo. La
tía Glenda había cerrado los ojos y se había inclinado hacia
atrásen elsofácon aireresignado. Parecíacomo si también
a ella le hubiera dado un fuerte dolor de cabeza. Miabuela,
en cambio, me miraba fijamente, como si me viera por
primera vez. Yes muy posible queen efecto fueraasí.
El chiquillo volvió a asomar la cabeza por detrás de la
chaqueta del doctor White. Pobre criatura. El viejo
cascarrabias no había hablado con él ni una sola vez, y lo
tratabacomo si no estuviera presente. —Hastaluego,cariño —dijo mamá.
Mister George me cogió del brazo y me dirigió una
sonrisa alentadora. Tímidamente, se la devolví. De algún
modo, aquel hombre me gustaba. En todo caso, era la
persona másamable detodas las queseencontraban allí.Y
la única que parecíacreernos.
De todas maneras, no me hacía ninguna gracia dejara mi
madre sola. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros y
nos encontramos en el corredor, me entraron ganas de
ponerme a gritar: «¡Quiero quedarme conmimadre!», pero
mecontuve.
Mister George me soltó el brazo yme precedió, primero
recorriendo en sentido inverso el camino por donde
habíamos llegado, y luego, después de cruzar una puerta, a
través de un corredor másamplio, bajando unasescaleras y
cruzando una nueva puerta que daba a un nuevo corredor.
Aquello era un auténtico laberinto. Aunque seguramente
unas teas de pez hubieran encajado mejorcon elestilo dela
unas teas de pez hubieran encajado mejorcon elestilo dela
edificación, loscorredoresestaban iluminadoscon lámparas
modernas que daban casitantaluzcomo sifuera de día. —Al principio resulta desconcertante, pero alcabo de un
tiempo acabas familiarizándote con el lugar —observó
mister George.
Bajamos de nuevo, esta vez por una escalera de caracol
de piedra de muchos peldaños que se enroscaba
interminablementeen elsuelo y parecía no tener final. —Los caballeros del Temple erigieron este edificio en el
siglo XII. Antes habían estado aquí los romanos, y antes de
ellos, los celtas. Para todos fue un lugar sagrado, y eso no
ha cambiado hasta el día de hoy. Uno puede sentir en cada
centímetro cuadrado de este sitio que tiene algo especial,
¿no te parece? Como si de este pedazo de tierra surgiera
unafuerzaextraordinaria.
Yo no sentía nada parecido. Alcontrario, me sentía más
bien apática y cansada:echaba en falta las horas de sueño
que había perdido las últimas noches.
Al girar bruscamente a la derecha al final de la escalera,
nos tropezamos con un joven con el que estuvimos a punto
dechocar. —¡Cuidado! —gritó mister George. —Mister George.
El joven tenía unos cabellos oscuros y rizados que le
llegaban casi hasta los hombros y unos ojos verdes tan
luminosos que pensé que debía dellevar lentes de contacto.
Aunque no había visto antes ni su cabello ni sus ojos,
enseguida le reconocí. También el timbre de su voz era
inconfundible. Era el hombre que había visto en mi último
viajeen eltiempo.
Para ser precisos, el joven al que había besado mi doble
mientras yo, detrás de la cortina, no podía dar crédito a lo
que veíanmis ojos.
No podía hacer otra cosa que mirarle fijamente
boquiabierta. Visto defrente y sin peluca, era mil veces más
guapo. Olvidé por completo que a Leslie y a mí
normalmente no nos gustaban los chicos con el pelo largo.
(Leslie opinaba que los chicos se dejaban crecer el pelo
para poder ocultar mejor sus orejas desoplillo.)
El joven me miró a su vez, bastante desconcertado, me
examinó brevemente y luego dirigió una miradainterrogativa
a mister George. —Gideon, esta es Gwendolyn Shepherd —dijo mister
George con un ligero suspiro—. Gwendolyn, este es
Gideon de Villiers.
Gideon de Villiers. El jugador de polo. El otro viajero del
tiempo.
—Hola —dijo cortésmente. —Hola.
¿Por qué de pronto mi voz habíaenronquecido? —Creo que vosotros dos ya tendréis tiempo de
conoceros mejor. —Mister George rió nerviosamente—.
Es posible que Gwendolyn sea nuestra nueva Charlotte. —¿Cómo?
Los ojos verdes me sometieron a una nueva inspección,
esta vezlimitada al rostro. Por desgracia, solo fuicapaz de
mirarle a mi vezcon cara de boba, con los ojos abiertos de
paren par. —Es una historia muy complicada —dijo mister George —. Lo mejor será que vayasala Sala delDragón y le pidas
atu tío quetelo expliquetodo.
Gideon asintió. —De todos modos, ya iba hacia allí. Hasta ahora, mister
George. Adiós, Wendy.
¿Quién era Wendy? —Gwendolyn —le corrigió mister George, pero Gideon
ya había doblado laesquina.
Sus pasos resonaron en laescalera.
—Seguro que tienes un montón de preguntas que hacer —conjeturó mister George—. Intentaré responderlas lo
mejor que pueda.
Estiré las piernas, contenta de poder sentarme al fin. La
Sala de Documentos resultó ser un lugar muy agradable, a
pesar de que estaba profundamente enterrada en un sótano
abovedado y no tenía ventanas. En una chimenea ardía un
fuego, y había estanterías y muebles con libros en todas las
paredes, asícomo unos sillones de orejas que parecíanmuy
confortables y elancho sofá en que estaba sentada en ese
momento. Cuando entramos, un hombre joven se levantó
de su silla detrás de un escritorio, inclinó la cabeza y
abandonó la habitación sin decir palabra. —¿Es mudo ese hombre? —fue lo primero que me vino
alacabeza preguntar. —No —contestó mister George—, pero ha hecho un
voto de silencio. No hablará en las próximas cuatro
semanas. —¿Yde quéleserviráeso? —Es un ritual. Losadeptos deben superar toda una serie
de ejercicios antes de ser admitidos en nuestros círculos
exteriores. Uno de los objetivos fundamentales de estas
pruebas es demostrar que saben callar. —Mister George
sonrió—. Debes de encontrarnos realmente extraños, ¿no?
Ten,cogelalinterna y cuélgatela delcuello. —¿Qué me pasaráahora? —Esperaremosatu próximo salto en eltiempo. —¿Ycuándo será? —Oh, nadie puede decirlo exactamente. Es distinto para
cada viajero del tiempo. Se dice que tu antepasada Elaine
Burghley, la segunda nacida en el Círculo de los Doce, no
saltó más de cinco veces en toda su vida. Aunque también
es cierto que murió a los dieciocho años de fiebre
puerperal. Elconde, en cambio, en su juventud saltabacada
pocas horas, de dos a siete veces al día. Ya podrás
imaginar lo peligrosa que debió de ser su vida hasta que
consiguió comprender por fin la utilidad delcronógrafo. —
Mister George señaló el óleo que había sobre la chimenea,
querepresentabaa un hombrecon una pelucarizada blanca —. Esél, porcierto,elconde de Saint Germain. —¿Siete vecesal día?
Aquello eraespantoso. No podría dormiren paz ni irala
escuela. —No te preocupes. Cuando quiera que pase, aterrizarás
en esta habitación, donde estarás completamente segura.
Solo tendrás que esperar a saltar de vuelta sin moverte de
donde estás. Y si por casualidad te encontraras a alguien,
enséñaleesteanillo.
enséñaleesteanillo.
Mister Georgesesacó su anillo desello del dedo ymelo
tendió. Le di la vueltaen la mano y observé el grabado. Era
una estrella de doce puntas que llevaba en el centro unas
letras afiligranadas que se imbricaban las unas con las otras.
Lainteligente Leslie habíaacertado de nuevo. —Mister Whitman, mi profesor de inglés y de historia,
tiene uno igual. —¿Eso es una pregunta?
El fuego de la chimenea que se reflejaba en la calva de
mister George dabacalidezalaescena. —No.
No hacía falta que me contestara. Como Leslie ya había
intuido, no cabía duda de que mister Whitman también era
uno deellos. —¿No hay nada más que quieras saber? —¿Quién es Paul y qué paso con Lucy?¿Yde quérobo
hablaban?¿Yqué hizo mimadreen aquellaépoca para que
todosestén tan enfadadoscon ella? —solté decorrido. —Oh… —Mister Georgeserascó lacabezaligeramente
azorado—. Bien, por desgracia, a estas preguntas de
momento no puedo responderte. —Lo sabía. —Gwendolyn, cuando realmente seas nuestro número
doce, te lo explicaremos todo, hasta el último detalle. Pero
de momento tenemos queser precavidos. Detodos modos,
responderéencantado a otras preguntas.
Callé.
Mister Georgesuspiró. —Está bien. Paul es el hermano pequeño de Falk de
Villiers. Era, antes de Gideon, el último viajero del tiempo
de la línea De Villiers, el número nueve en el Círculo de los
Doce. Para empezar, tendrás que contentarte con eso. Si
tienes otras preguntas menoscomprometidas…
—¿Hay un lavabo aquí? —Oh, sí, naturalmente. Ahí mismo, al doblar la esquina.
Teacompañaré. —Puedo ir sola. —Naturalmente —repitió mister George, pero de todos
modos mesiguió como unasombra hastala puerta.
Allí estaba plantado, como un soldado de la guardia de
palacio, el hombre de antes, el que había hecho un voto de
silencio. —Es la puerta siguiente. —Mister George señaló a la
izquierda—. Teesperaréaquí.
En el servicio —una habitación pequeña que olía a
desinfectante con un váter y un lavabo— me saqué elmóvil
del bolsillo. Naturalmente no había cobertura. Lástima,
porque me moría de ganas deinformara Leslie detodo. De
todas maneras, el reloj funcionaba, y me quedé atónita al
ver que solo era mediodía. Tenía la sensación de que hacía
ya días queestabaaquí.Y, de hecho, tenía queir de verdad
allavabo.
Cuando volví a salir, mister George me sonrió con cara
de alivio. Por lo visto, tenía miedo de que hubiera
desaparecido.
En la Sala de Documentos volvía sentarme en el sofá y
mister Georgesesentó en un sillón frentea mí. —Bien, sigamos con el juego de las preguntas —
prosiguió—. Pero esta vez alternaremos una pregunta tú y
una pregunta yo. —Muy bien—dije—. Usted primero. —¿Tienes sed? —Sí. Un vaso de agua me vendría bien. O un té, si
tiene…
De hecho, allí abajo había agua, zumos y vino, además
de un hervidor para el té. Mister George preparó una tetera
de EarlGrey. —Ahoratú—dijo cuando volvió asentarse. —Si la capacidad de viajar en el tiempo está
determinada por un gen, ¿cómo es que la fecha de
nacimiento desempeña un papelen esto? ¿Cómo es que no
nacimiento desempeña un papelen esto? ¿Cómo es que no
le han sacado sangrea Charlotte hacetiempo para buscarel
gen? ¿Y cómo es que no la han podido enviar con el
cronógrafo a un pasado sin riesgos,antes de quesalte por sí
solaen eltiempo y pueda ponerseen peligro? —Bien, para empezar, nosotros creemos que se trata de
un gen, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Lo único que
sabemos con certeza que hay algo en la sangre que os
diferencia de la gente normal, pero aún no hemos
descubierto el factor X, a pesar de que hace muchos años
que lo investigamos y de que encontrarás entre nosotros a
los mejorescientíficos delmundo. El descubrimiento deeste
gen o lo que quiera que sea en la sangre haría que lascosas
fueran mucho más sencillas, créeme. Pero, tal como
estamos, dependemos de los cálculos y observaciones
realizados por generacionesanteriores. —Si se hubiera cargado el cronógrafo con sangre de
Charlotte,¿qué hubiera pasado? —En el peor de los casos, lo hubiéramos inutilizado —
contestó mister George—. ¡Y por favor, Gwendolyn,
estamos hablando de una minúscula gotita de sangre, no de
llenar un depósito!Ahora me toca el turno a mí. Si pudieras
elegir,¿a quéépocate gustaría más viajar?
Reflexioné.
—No me gustaría ir muy lejos en el pasado. Solo diez
añosatrás. Entonces podría volvera vera mi padre y hablar
con él. —Sí, es un deseo comprensible —convino mister
George con aire apesadumbrado—. Pero no puede ser.
Nadie puede viajar dentro de la época en que ha vivido.
Como muy pronto, puedes viajar al período anterior a tu
nacimiento. —Oh…
Era una lástima, porque ya me estaba imaginando
viajando de nuevo alaépoca delaescuela primaria, justo al
día en que un chico llamado Gregory Forbes me había
llamado «rana asquerosa» en el patio y me había dado
cuatro patadas seguidas en la espinilla. Hubiera aparecido
allí como una superwoman, y seguro que Gregory Forbes
no hubiera vuelto a pegar nunca másalas niñas pequeñas. —Tetoca otra vez—dijo mister George. —Sesuponía que yo tenía quetrazar un círculo detizaen
el lugar donde Charlotte hubiera desaparecido. ¿Para qué
hubieraservido eso?
Mister Georgesacudió lacabeza. —Olvídate de esa tontería. Tu tía Glenda insistió en que
debíamos hacer vigilar el lugar. Entonces hubiéramos
enviado a Gideon con la descripción de la posición al
pasado y los Vigilantes hubieran esperado a Charlotte y la
hubieran protegido hasta que hubiera vuelto asaltar. —Sí, pero eraimposiblesabera quéépocasaltaría. ¡Los
Vigilantes hubieran podido tener que hacer guardia allí las
veinticuatro horas del día durante décadas! —Sí. —Mister George suspiró—. ¡Exacto! Pero ahora
metocaa mí.¿Aún teacuerdas detu abuelo? —Claro. Tenía diezaños cuando murió. Era muy distinto
a lady Arista, divertido y nada severo. Siempre nos
explicaba historias de miedo a mi hermano y a mí. ¿Usted le
conocía? —¡Oh, sí! Era mimentor ymimejoramigo.
Mister George miró un rato elfuego con aire pensativo. —¿Quién esesechiquillo? —pregunté. —¿Quéchiquillo? —El que estaba agarrado a la chaqueta del doctor
White. —¿Cómo dices?
Mister George apartó la mirada del fuego y me miró
sorprendido.
¡Por Dios! Tampoco eratan difícil deentender. —Un chiquillo rubio de unos siete años. Estaba junto al
doctor White —pronuncié marcando cada una de las
sílabas.
sílabas. —Pero si allí no había ningún chiquillo —repuso mister
George—.¿Teestás burlando de mí? —No —contesté.
De repente comprendí lo que había visto, y me irritó no
haberme dado cuentaenseguida. —¿Un chiquillo rubio, dices?¿Desieteaños? —Olvídelo.
Hice como si de pronto sintiera un gran interés por los
libros delaestantería quetenía detrás.
Mister George calló, pero podía sentir sumirada clavada
enmiespalda. —Ahora me vuelveatocara mí—dijo finalmente. —Es un juego tonto.¿No podríamos jugaralajedrez?
Sobre la mesa había un juego de ajedrez, pero mister
George no se dejó despistar. —¿Aveces vescosas quelas otras personas no ven? —Los niños no son cosas —repuse—. Pero sí, a veces
veo cosas que otros no ven.
Yo misma no sabía por quéle habíaconfiado aquello.
Por alguna razón, mis palabras parecieron alegrar a
mister George. —Sorprendente, realmente sorprendente. ¿Desde
cuándo tienesese don?
—Siemprelo hetenido. —¡Fascinante! —Mister George miró a su alrededor—.
Por favor, dime quién más está aquí ahora escuchando
aparte de nosotros. —Estamos solos.
Se meescapó unarisitaal ver la expresión decepcionada
de mister George. —Oh, y yo que hubiera jurado que este viejo caserón
estaba plagado de fantasmas. Especialmente, esta
habitación. —Tomó un trago de té de su taza—. ¿Quieres
unas galletas rellenas de naranja? —Sí, gracias.
No sé si fue porque había mencionado las galletas, pero
de pronto aquella desagradable sensación en el estómago
volvió aaparecer. Contuvelarespiración.
Mister George se levantó y empezó a revolver en un
anaquel. Lasensación de vértigo se hizo más intensa. Mister
George se daría un buen susto si se volvía y yo,
sencillamente, había desaparecido. Tal vez sería mejor que
le previniera. Podíatenerelcorazón débil. —¿Mister George? —Ahora vuelve a tocarte a ti, Gwendolyn —dijo
mientras ordenaba amorosamente las galletas en un plato,
como hacía siempre mister Bernhard—. Y creo que ya
conozco larespuestaatu pregunta.
Me concentré en mis sensaciones. El vértigo parecía
habercedido un poco.
Muy bien. Falsaalarma. —Suponiendo que viajara a una época en la que este
edificio aún no existiera, ¿aterrizaría bajo tierra y me
ahogaría? —¡Oh! Y yo que pensaba que me preguntarías por el
niño rubio. En fin. Por lo que sabemos, nadie ha viajado
nunca más de quinientos años atrás. Y en el cronógrafo la
fecha para el rubí, es decir, para ti, solo puede ajustarse
hasta 1560 después de Cristo, la fecha de nacimiento del
primer viajero del tiempo en elCírculo, Lancelot de Villiers.
Es una limitación de la que nos hemos lamentado muchas
veces. Uno se pierde tantos años interesantísimos… Ten,
coge una. Sonmis galletas preferidas.
Alargué la mano, a pesar de que de repente el plato
había empezado a difuminarse ante mis ojos y tenía la
sensación de que alguien me iba a retirar el sofá bajo el
trasero.
Línea genealógica masculina
De las Crónicas de los Vigilantes,
De las Crónicas de los Vigilantes,
volumen 4, «El Círculo de los Doce»
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