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o. No podía haber sido yo.
Yo nunca había besado a un chico.
Bueno, prácticamente nunca. En cualquier caso, no
así. Estaba ese Mortimer delcurso superior al nuestro con
el que había salido el verano anterior, exactamente dos
semanas ymedio día; no tanto porque estuviera enamorada
de élcomo porque era elmejor amigo de Max, el novio de
Leslie en esa época, y de algún modo todo encajaba bien.
Pero Mortimer no estaba especialmente interesado en los
besos, sino que concentraba todos sus esfuerzos en
hacerme chupetones en elcuello, mientras trataba de meter
distraídamente la mano debajo de micamiseta. Con treinta
gradosalasombra, tenía queircontinuamentecon pañuelos
en el cuello, y me pasaba todo el día ocupada
exclusivamente en apartar las manos de Mortimer (sobre
todo, en la oscuridad delcine, donde le crecían como a un
pulpo). Después de dos semanas habíamos roto nuestra
«relación» de mutuo acuerdo. Para Mortimer, yo era
«demasiado inmadura», y para mí, Mortimer era
demasiado… hummm… pegajoso.
Aparte de él, solo había besado a Gordon en la
excursión con la clase a la isla de Wight, pero ese beso no
contaba, porque a)era parte de un juego llamado Verdad o
Beso (yo había dicho la verdad, pero Gordon había
insistido en que era mentira), y b) no había sido en absoluto
un auténtico beso. Gordon ni siquiera se había sacado el
chicle dela boca.
De modo que, con excepción del «af aire de los
chupetones» (como lo llamaba Leslie) y el beso de menta
de Gordon, seguía totalmente «imbesada». Yposiblemente
también «inmadura», como decía Mortimer. Amis dieciséis
años y medio, era consciente de que iba atrasada; pero
Leslie, que había salido con Max durante todo un año,
opinaba que el besar, en general, estaba sobrevalorado.
Decía quetal vezsolo eracuestión de malasuerte, pero que
los chicos a los que había besado hasta el momento
definitivamente no le habían cogido el truco alasunto. Leslie
decía que en realidad debería haber una asignatura llamada
«Besar», preferiblemente en lugar de la religión, que de
todos modos nadie necesitaba.
Hablábamos bastantea menudo decómo tenía queserel
beso perfecto, y había un montón de películas que veíamos
una y otra vezsolo por susescenas de besos fantásticas. —Ah, miss Gwendolyn, ¿desea hablar conmigo hoy, o
tal vez prefiereignorarme de nuevo?
James me había visto salir delaclase de mistress Counter
y seacercó a mí. —¿Qué horaes?
Miréa mialrededor buscando a Leslie. —¿Acaso soy un reloj de pared? —James me miró
ofendido—. Debería conocerme lo suficiente para saber
queeltiempo no tiene ningunaimportanciaenmiexistencia. —Cuántarazón tiene.
Doblé la esquina para echar una ojeada al gran reloj que
habíaalextremo del pasillo. James mesiguió. —Solo heestado fuera veinte minutos —puntualicé. —¿Fuera de dónde? —¡Imagínate, James, creo que he estado en tu casa!
Muy bonito todo, de verdad. Mucho oro. Y la luz de las
velas… Muy acogedor. —Sí, no tan triste y falto de gusto como aquí —convino
James, e hizo un gesto con la mano que abarcó todo el
pasillo, en el que predominaba abrumadoramente el color
gris.
gris.
De pronto James me dio mucha pena. No era mucho
mayor que yo, y yaestaba muerto. —James, ¿ya has besado alguna vez a una chica? —le
pregunté. —¿Cómo dice? —¿Si has besado alguna vez? —No escorrecto hablar deeste modo, miss Gwendolyn. —¿De modo que no has besado nunca? —Soy un hombre —dijo James. —¿Qué clase de respuesta es esa? —Se me escapó la
risa al ver la cara de indignación que había puesto—.
¿Sabescuándo nacisteen realidad, James? —¿Quieres ofenderme? Naturalmente que conozco la
fecha de mi propio nacimiento. Esel 31 de marzo. —¿De quéaño? —De 1762. —James sacó pecho con aire retador—.
Hace tres semanas cumplí los veintiuno. Celebré una gran
fiesta con mis amigos en el White-Club y mi padre, en
honor a la ocasión, pagó todas mis deudas de juego y me
regaló una preciosa yegua para la caza del zorro. Y luego
me dio esa estúpida fiebre y tuve que acostarme, solo para
luego descubrir al despertar que todo había cambiado y
encontrarme ante una chiquilla impertinente que dice que
soy un fantasma. —Lo siento —murmuré—. Seguramente moriste por la
fiebre. —¡Qué tontería! Solo era un ligero malestar —señaló
James, pero su mirada reflejaba inseguridad—. El doctor
Barrow afirmó que era poco probable que me hubiera
infectado de viruelaen casa delord Stanhope. —Hummm… —musité. Tendría que buscar «viruela» en
Google. —¿«Hummm»?¿Quésignifica «hummm»?
James me mirabairritado. —¡Oh, por fin estás aquí! —Leslie vino corriendo desde
los lavabos de las chicas y me saltó al cuello—. Estaba
muerta deangustia,¿sabes? —No me ha pasado nada.Al volver fuia pararalaclase
de mistress Counter, pero estaba vacía. —Se han ido a hacer una visita al observatorio de
Greenwich —aclaró Leslie—. ¡Oh, Dios mío, qué contenta
estoy de verte! Le dije a mister Whitman que estabas en el
lavabo sacando hasta la última papilla. Y me dijo que
volviera paraapartarteel pelo delacara. —Repugnante —dijo James, tapándose la nariz con el
pañuelo—. Dile a la pecosa que una dama nunca habla de
esascosas.
Dejé de prestarleatención. —Leslie… pasó una cosa muy rara allí… Algo que no
puedo explicarme. —No me extraña nada. —Leslie me puso el móvil ante
las narices—. Lo he cogido de tu taquilla y ahora llamarás
inmediatamenteatumadre. —Leslie,estáen eltrabajo. No puedo…
—¡Llámala! Ya has saltado tres veces en el tiempo y la
última vez he podido comprobarlo con mis propios ojos.
¡De repente has desaparecido sin más! ¡Ha sido realmente
alucinante! Por favor, tienes que explicárselo enseguida a tu
madre para que no te pase nada.
¿Eran imaginaciones mías o realmente Leslie tenía
lágrimasen los ojos? —La pecosaestá melodramática hoy—observó James.
Cogíelmóvileinspiré hondo. —Por favor —suplicó Leslie.
Mi madre trabajaba como administrativa en el
Bartholomew’s Hospital. Marqué el número directo y miré
a Leslie, queasintió y esbozó unasonrisa. —¿Gwendolyn? —Mamá debía de haber reconocido mi
número de móvilen la pantalla. Su vozsonaba preocupada.
Nuncaantes la habíallamado al trabajo desde la escuela—.
¿Te pasaalgo?
¿Te pasaalgo? —Mamá… no meencuentro bien. —¿Estásenferma? —No lo sé. —Tal vez has cogido esa gripe que tiene todo elmundo.
Mira, ahora te irás a casa y te meterás en la cama, y yo
intentaré salir antes del trabajo. Entonces te exprimiré un
zumo de naranja y te prepararé compresas calientes para el
cuello. —Mamá, no es la gripe. Es peor. Yo…
—Quizáes la viruela —propuso James.
Leslie me dirigió una mirada deánimo. —¡Adelante! —susurró—. ¡Díselo ya! —¿Cariño?
Respiré hondo. —Mamá, creo que soy como Charlotte. Acabo de
estar… no tengo ni idea de cuándo. Y esta noche
también…, en realidad ya empezó ayer. Quería decírtelo,
pero tuve miedo de que no mecreyeras.
Mimadrecalló. —¿Mamá?
Miréa Leslie. —No mecree. —No haces más que balbucir frases incomprensibles —
susurró Leslie—. Venga, prueba otra vez.
Pero no hizo falta. —Quédate donde estás —dijo mi madre en un tono de
vozcompletamente distinto—. Espérame en la puerta de la
escuela. Cogeré un taxi y estaréahí tan pronto como pueda. —Pero…
Mamá ya habíacolgado.
—Tendrás problemasconmister Whitman—dije. —Tanto da —respondió Leslie—. Esperaré hasta que
llegue tu madre. No te preocupes por la ardilla. Lo tengo
todo controlado. —¿Qué he hecho, Leslie? —Has hecho lo correcto —measeguró miamiga.
Yo ya la había informado en detalle de mi breve viaje al
pasado, y Leslie opinaba que la chica que tenía el mismo
aspecto que yo podía haber sido unaantepasada mía.
En mi opinión, era imposible que dos personas se
parecieran tanto, a no ser que fueran gemelos univitelinos.
Leslie opinaba que esa teoría también era digna de tenerse
en consideración. —¡Claro! Como en Tú a Boston y yo a California —
indicó—. Cuando pueda,alquilaréelDVD.
Me entraron ganas de llorar. ¿Cuándo podríamos volver
a ver Leslie y yo tranquilamente un DVD?
El taxi llegó antes de lo que había pensado. Paró ante el
portal delaescuela ymimadreabrió la puerta delcoche. —Sube —dijo.
Leslie meapretó la mano. —Muchasuerte. Llámamecuando puedas.
Yo estabaa punto deecharmeallorar. —Leslie… ¡gracias! —De nada —respondió Leslie, quetambién seesforzaba
en contener las lágrimas. (Cuando veíamos películas
también llorábamos siemprejuntasen las mismasescenas.)
Subí al taxi con mamá. Me hubiera gustado abrazarla,
pero ponía unacaratan rara querenunciéa hacerlo. —Temple —le dijo altaxista.
El vidrio que separaba elasiento trasero de la cabina del
conductor subió y eltaxiarrancó. —¿Estásenfadadaconmigo? —pregunté. —No. Claro que no,cariño. No esculpatuya. —¡Totalmente cierto! El culpable es ese estúpido de
Newton… —dije tratando de bromear, pero mamá no
estaba de humor para bromas. —No, él no tiene la culpa. Si hay culpable, esa soy yo.
Confiabaen que no tuviéramos que pasar poresto.
La mirécon los ojosabiertos de paren par. —¿Qué quieres decir? —Yo… pensaba… esperaba… no quería que tú… —
Lo detartamudear no era nada propio deella. Parecíatensa
y nunca la había visto tan seria desde la muerte de papá—.
No quería reconocerlo. Todo el tiempo he estado
esperando quefuera Charlotte. —¡Todos lo creían! A nadie se le podía ocurrir que
Newton se hubiera equivocado. Seguro que a la abuela le
dará un ataque.
Eltaxise unió al denso tráfico de Piccadilly. —Olvídate detu abuelaahora —dijo mamá—. ¿Cuándo
pasó por primera vez? —¡Ayer! Decamino a Selfridges. —¿Ya qué hora? —Debían de ser poco después de las tres. No sabía qué
debía hacer, de modo que volvía casa y llamé a la puerta.
Pero antes de que pudieran abrirme volvía saltar de vuelta.
La segunda vez ha sido esta noche. Me escondí en un
armario, pero había alguien durmiendo dentro, un criado,
que, por cierto, se puso bastante histérico. Me persiguió
por toda la casa, y todos me buscaban porque pensaban
que era una ladrona. Gracias a Dios, volvía saltar antes de
que era una ladrona. Gracias a Dios, volvía saltar antes de
que pudieran encontrarme. Yla tercera vez ha sido hace un
momento. En la escuela. Esta vez debí de saltar aún más
atrás, porque la gente llevaba peluca… ¡Mamá, siesto me
va a pasar cada pocas horas, nunca podré llevar una vida
normal! Ytodo porqueese maldito Newton…
Yo misma me daba cuenta de que la broma iba
perdiendo gracia detanto utilizarla. —¡Tendrías que habérmelo dicho antes! —me advirtió
mamá acariciándome la cabeza—. ¡Habría podido pasarte
cualquiercosa! —Quería explicártelo, pero entonces me dijiste que el
problemaera quetodos teníamos demasiadaimaginación. —Pero yo no quería decir que… No estabasen absoluto
preparada paraesto. Lo siento tanto…
—¡No esculpatuya, mamá! Nadie podíasaberlo. —Yo lo sabía —aseguró mamá, y después de un
incómodo silencio añadió—: Naciste el mismo día que
Charlotte. —¡No, no fue el mismo día! Mi cumpleaños es el 8 de
octubre, y elsuyo esel 7. —Tú también nacisteel 7 de octubre, Gwendolyn.
No podía creer que estuviera diciendo aquello. Me
quedé petrificada mirándola, incapaz de decir nada.
—Mentí sobre la fecha de tu nacimiento —continuó
mamá—. No fue difícil. Naciste en casa, y la comadrona
que tenía que redactar el certificado de nacimiento se
mostró comprensiva con nosotros e hizo lo que le
pedíamos. —Pero ¿por qué? —Solo queríamos protegerte,cariño.
No entendíalo que quería decir. —¿Protegerme de qué, sialfinal ha pasado? —Nosotros… yo quería que tuvieras una infancia
normal. Una infancia libre de preocupaciones —me explicó
mirándome a los ojos—. Yexistía la posibilidad de que no
hubieras heredado el gen. —¿A pesar de haber nacido en la fecha calculada por
Newton? —Como suele decirse, la esperanza es lo último que se
pierde —dijo mamá—. Y deja ya de hablar de Isaac
Newton, que solo es una más de las muchas personas que
se ocuparon de este tema. Este asunto es mucho más
importante delo que puedas imaginar. Mucho másantiguo y
trascendental, y también mucho más peligroso. Por eso
quería mantenerteapartada deél. —Pero ¿de qué querías mantenermeapartada?
Mamásuspiró.
—Tendría que haber comprendido que era estúpido por
mi parte. Por favor, perdóname. —¡Mamá! —Estaba tan excitada que casi solté un gallo —. No tengo ni idea de qué estás hablando. —Sus
explicaciones solo habían servido para que mi confusión y
mi desesperación aumentaran un poco más con cada frase —. Solo sé que me pasa algo que no debería pasar en
absoluto. ¡Y que me ataca los nervios! Cada pocas horas
siento vértigo y luego salto a otra época. ¡No tengo ni idea
de qué debo hacercontraeso! —Poreso vamosa verlesahora —explicó mamá.
Era consciente de que mi desesperación le hacía daño,
porque nunca la había visto tan preocupada como en ese
momento. —¿Aquién vamosa ver? —A los Vigilantes —contestó mi madre—. Una
antiquísima sociedad secreta, conocida también como la
Logia del Conde de Saint Germain. —Miró por la ventana —. Enseguidallegaremos. —¡¿Una sociedad secreta?! ¿Quieres dejarme enmanos
de unaturbiasecta?¡Mamá! —No es ninguna secta, aunque algo turbios sí son. —
Mamá respiró hondo y cerró los ojos un momento—. Tu
abuelo fue miembro de esta logia —continuó—. Como
abuelo fue miembro de esta logia —continuó—. Como
antes lo había sido su padre y antes su abuelo. También
Isaac Newton era miembro, igual que Wellington, Klaproth,
Von Arneth, Hahnemann, Karl von Hessen-Kassel,
naturalmentetodos los De Villiers, ymuchísimos otros… Tu
abuela afirma que también Churchill y Einstein fueron
miembros delalogia.
La mayoría deesos nombres no mesonaban de nada. —Pero ¿qué hacen exactamente? —Bien… pues… —balbució mamá—. Se interesan por
mitos antiquísimos. Y por el tiempo. Y por las personas
como tú. —¿Tantos hay como yo?
Mamásacudió lacabeza. —Solo doce. Yla mayoría hacetiempo que murieron.
El taxi se detuvo y el vidrio de separación bajó. Mamá
tendió alconductor unas libras. —Yaestá bien—dijo. —¿Qué venimos a hacer precisamente aquí? —dije
parada en la acera, mientras el taxi volvía a ponerse en
marcha.
Habíamos circulado a lo largo del Strand, hasta poco
antes de la entrada a Fleet Street. A nuestro alrededor
resonaba elestruendo del tráfico y la masa de gente que se
movía por las aceras. Los cafés y los restaurantes de
enfrente estaban llenos a reventar. Dos autobuses turísticos
de dos pisos estaban parados al borde de la calzada y los
turistas del piso descubierto fotografiaban el complejo
monumental delRoyalCourt ofJustice. —Girando ahí delante, entre las casas, se entra en el
barrio de Temple —indicó mamá apartándome los cabellos
delacara.
Miré hacia elestrecho pasaje peatonal que me señalaba.
No recordaba haber pasado nunca porallí.
Supongo que mamá vio micara de desconcierto, porque
me preguntó: —¿No has estado nunca con la escuela en Temple? La
iglesia y los jardines son realmente preciosos para visitar. Y
Fountain’s Court. Para mí, la fuente más bonita de toda la
ciudad.
La miréfuriosa. ¿Ahorase habíaconvertido de pronto en
una guíaturística? —Ven, tenemos que pasar al otro lado de la calle —me
indicó, ymecogió dela mano.
Seguimos a un grupo de turistas japoneses que llevaban
todos unosenormes planos desplegadosantesí.
Por detrás de la hilera de casas se entraba en un mundo
completamente distinto. La frenética agitación del Strand y
Fleet Street había quedado atrás.Allí, entrelos majestuosos
edificios de una belleza atemporal que se alineaban
ininterrumpidamente, todo era paz y tranquilidad.
Señaléalos turistas. —¿Qué buscan aquí? ¿La fuente más bonita de toda la
ciudad? —Van a ver la Temple Church—respondió mimadresin
inmutarse ante mi tono irritado—. Una iglesia muy antigua,
plagada de leyendas y mitos. Alos japoneses les encantan
estas cosas. Además, en Middle Temple Hall se estrenó
Como gustéis, de Shakespeare.
Seguimos un rato a los japoneses y luego doblamos a la
izquierda y avanzamos por un camino empedrado entre las
casas a lo largo de varias manzanas. La atmósfera era casi
bucólica: los pájaros cantaban, las abejas zumbaban en los
exuberantes macizos de flores e incluso el aire sabía a
fresco y alimpio.
En los portales había placas de latón que llevaban
grabadas largas hileras de nombres. —Son todos abogados. Profesores del Instituto de
Jurisprudencia —afirmó mamá—. No quiero ni pensar lo
que debe decostaralquilar un despacho aquí. —Yo tampoco —convine ofendida.
¡Como si no hubiera cosas más importantes de que
¡Como si no hubiera cosas más importantes de que
hablar!
Se detuvo en elsiguiente portal. —Ya hemos llegado —dijo.
Era una casa sencilla, que, a pesar de su impecable
fachada y de los marcos recién pintados de las ventanas,
parecía muy vieja. Mis ojos buscaron los nombres en la
placa de latón, pero mamá me empujó enseguida a través
de la puerta abierta y me guió escaleras arriba hasta el
primer piso. Dos mujeres jóvenes se cruzaron con nosotras
y nos saludaron amablementeal pasar. —¿Dóndeestamos?
Mamá no respondió. Pulsó un timbre, se arregló la
chaqueta y seapartó el pelo delacara. —No tengas miedo, cariño —susurró, pero no supe si
estaba hablando conmigo o consigo misma.
La puerta se abrió con un chirrido y entramos en una
habitación clara que parecía un despacho normal y
corriente.Archivadores, escritorio, teléfono, aparato defax,
ordenador…, ni siquiera la mujer rubia de mediana edad
que estaba sentada detrás del escritorio tenía un aspecto
extraño. Solo sus gafas, negrascomo elcarbón y tan anchas
queletapabanmediacara,eran un poco inquietantes. —¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó—. Oh,
usted es… ¿Miss… mistress Montrose? —Shepherd —la corrigió mamá—. Ya no llevo mi
nombre desoltera. Mecasé. —Oh, sí, claro. —La mujer sonrió—. Pero no ha
cambiado nada. La reconocería en cualquier sitio por sus
cabellos. —Su mirada se deslizó sobre mí—. ¿Esta es su
hija? Pero ella ha salido a su padre, ¿no es verdad? ¿Cómo
está…?
Mamálacortó. —Mistress Jenkins, debo hablar urgentemente con mi
madre y conmister De Villiers. —Oh, me temo que su madre y mister De Villiers están
reunidos —dijo mistress Jenkins esbozando una sonrisa de
disculpa—. Tendrá que…
De nuevo mamálainterrumpió. —Me gustaríaasistiraesareunión. —Bien… es que… Yasabe queeso no es posible. —Entonces hágalo posible. Dígales queles traigo a Rubí. —¿Cómo dice? Pero si…
Mistress Jenkins primero miró a mamá y luego a mícon
los ojosabiertos de paren par. —Hagasencillamentelo quele he dicho.
La voz de mimadre nunca habíasonado tan firme.
Mistress Jenkins se levantó, salió de detrás delescritorio
y me miró de arriba abajo. Me sentía francamente
incómoda conmiespantoso uniforme escolar. No me había
lavado el pelo, sino que me lo había recogido simplemente
con una goma en una coleta. Y tampoco iba maquillada.
(Realmenteera un bicho raro.) —¿Estásegura deeso? —Claro que estoy segura. ¿Cree que me permitiría
bromear con este asunto? Dese prisa, por favor, tal vez no
dispongamos de mucho tiempo. —Por favor,esperen aquí.
Mistress Jenkins dio media vuelta y desapareció por una
puertaanchaentre dosestanterías llenas dearchivadores. —¿«Rubí»? —repetí yo. —Sí—dijo mamá—. Cada uno de los doce viajeros del
tiempo está relacionado con una piedra preciosa. Ytú eres
elrubí. —¿De dónde has sacado eso? —«Ópalo yÁmbar forman el primer par, Ágata canta en
si, del lobo elavatar, dueto —Solutio!— conAguamarina.
Siguen poderosas la Esmeralda y la Citrina, los gemelos
Cornalina en Escorpión, y Jade, el número ocho, digestión.
En mi mayor: negra Turmalina, Zafiro en fa se ilumina. Y
casi al mismo tiempo el Diamante, once y siete, del León
rampante. ¡Projectio llega! Fluye el tiempo, y Rubí
rampante. ¡Projectio llega! Fluye el tiempo, y Rubí
constituyeelfinal y elcomienzo.»—Mamá me miró con una
sonrisa más bien triste—. Aúnmelo sé de memoria.
Por alguna razón, durante su recitado, se me había
puesto la carne de gallina. Sus palabras no me habían
parecido tanto una poesía como un conjuro, algo que las
brujas malvadas murmuran en las películas mientras dan
vueltas con una cuchara a una olla llena de vapores
verdosos. —¿Quésesupone quesignifica? —No son más que unos pareados compuestos por
viejos aficionados a los misterios para hacer aún más
complicadas cosas que ya son complicadas de por sí —
explicó mamá—. Doce cifras, doce viajeros del tiempo,
doce piedras preciosas, doce notas, doce ascendentes,
doce pasos paralafabricación dela piedrafilosofal…
—¿Quées la piedrafilosofal…?
Me detuve y lancé un profundo suspiro, cansada de
hacer preguntas que solo me hacían sentir un poco más
ignorante y confundidacon cadarespuesta querecibía.
De todos modos, mamá tampoco parecía tener muchas
ganas deresponder, visto que miraba por la ventana. —Aquí no ha cambiado nada —señaló—. Es como siel
tiempo se hubiera detenido.
—¿Veníasa menudo aestesitio? —Mi padre me traía a veces —dijo mamá—. En este
aspecto era un poco más generoso que mimadre, asícomo
también en lo tocante a los misterios. De niña me gustaba
mucho veniraquí. Yluego,cuando Lucy…
Suspiró. Me debatí un rato, pensando en si debía seguir
preguntando o no, pero alfinallacuriosidad pudo conmigo: —Latíaabuela Maddyme ha dicho que Lucy también es
una viajera deltiempo;¿poreso sefue decasa? —Sí—contestó mamá. —¿Yadóndese marchó? —Nadielo sabe.
Mamá volvió a pasarsela mano porel pelo. Eraevidente
que estaba muy excitada. Nunca antes la había visto tan
nerviosa, y si yo misma no me hubiera sentido tan furiosa,
me habría dado pena.
Callamos durante un rato, y mamá volvió a mirar por la
ventana. —De modo que soy un rubí —dije finalmente—. Son
rojos,¿verdad?
Mamáasintió. —YCharlotte,¿quéclase de piedraes? —Ninguna —respondió mamá. —Oye, mamá, ¿no tendré una hermana gemela de la que
hayas olvidado hablarme?
Mamáse volvió hacia mí y sonrió. —No, no tienes ninguna hermana gemela,cariño. —¿Estás segura? —Sí, estoy completamente segura. Yo estaba presente
en tu nacimiento,¿sabes?
Oímos un ruido de pasos que se acercaban rápidamente.
Mamá se puso rígida y respiró hondo. Acompañada por la
recepcionista de las gafas, la tía Glenda entró por la puerta
seguida de un anciano pequeño y calvo.
Mitía parecíafuriosa. —¡Grace! Mistress Jenkinsafirma que has dicho…
—Es cierto —repuso mamá—. Y no tengo ningunas
ganas de malgastar el tiempo de Gwendolyn
convenciéndote precisamente a ti de la verdad. Quiero ver
enseguida a mister De Villiers. Gwendolyn debe ser
registradaen elcronógrafo. —¡Pero esto es totalmente… ridículo! —casi gritó la tía
Glenda—. Charlotte vaa…
—Aún no ha saltado, ¿no es verdad? —Mamá se volvió
hacia el gordito de la calva—. Lo lamento, sé que le
conozco, pero en este momento no recuerdo su nombre…
—George —señaló el hombrecillo—. Thomas George.
Yusted es la hija menor deladyArista, Grace. Larecuerdo
Yusted es la hija menor deladyArista, Grace. Larecuerdo
bien. —Mister George —convino mamá—. Claro. Nos visitó
en Durham después del nacimiento de Gwendolyn, yo
también le recuerdo. Esta es Gwendolyn. Es el rubí que les
falta. —¡Eso es imposible! —chilló la tía Glenda—. ¡Es
totalmente imposible! La fecha de nacimiento de
Gwendolyn no encaja. Y, de todos modos, vino al mundo
dos meses antes de lo previsto. Una sietemesina poco
desarrollada. No tiene más que mirarla.
Eso hizo mister George, que me observó con sus afables
ojos de color azul claro. Yo le devolví la mirada, tratando
de mostrarme lo más relajada posible y procurando ocultar
mi malestar. ¡Una sietemesina poco desarrollada! ¡La tía
Glenda estaba mal de la cabeza! Yo medía casi un metro
setenta y tenía una talla de sujetador B con tendencia a
pasarala C. —Ayer saltó por primera vez —informó mamá—. Lo
único que quiero es que no le pase nada. Con cada salto
incontrolado aumentaelriesgo.
Latía Glendarió burlonamente. —Eso no hay quien se lo crea. Es uno más de sus
patéticos intentos porconvertirseen elcentro deatención.
—¡Cierra el pico, Glenda! ¡Nada me haría más feliz que
mantenerme alejada de todo esto y dejar que tu Charlotte
desempeñara el desagradecido papel de objeto de
investigación de pseudocientíficos obsesionados con el
esoterismo y fanáticos manipuladores de secretos! ¡Pero no
es Charlotte la que ha heredado ese maldito gen, sino
Gwendolyn!
La mirada de mamá estaba cargada de ira y desprecio,
unafacetasuyatotalmente nueva para mí.
Mister Georgerió en voz baja. —No puede decirse que tenga muy buena opinión de
nosotros, mistress Shepherd.
Mamáseencogió de hombros. —¡No, no y no! —La tía Glenda se dejó caer en una
silla de oficina—. No estoy dispuesta a seguir oyendo
tonterías. Nisiquiera nació el día señalado. ¡Y, además, fue
un nacimiento prematuro!
Lo del nacimiento prematuro parecía ser muy importante
paraella.
Mistress Jenkins susurró: —¿Quiere que le traiga una taza de té, mistress
Montrose? —Déjeme en paz con sus tazas de té, por Dios —
resopló latía Glenda.
—¿No hay nadie que quiera un té? —No, gracias —respondí.
Mientras tanto, mister George había vuelto a fijar la
miradaenmí yme observabacon atención. —De modo, Gwendolyn, que ya has experimentado el
salto en eltiempo,¿no esasí?
Asentí. —¿Yadónde, si puedo preguntarlo? —Alsitio dondeestabaen ese momento —repuse.
Mister Georgesonrió. —Quiero decir quea quéépocasaltaste. —No tengo ni la más remota idea —solté con descaro —. No había ningún calendario colgado en la pared. Y
tampoco quiso decírmelo nadie. ¡Oiga, yo no quiero que
pase! Quiero que pare de una vez. ¿No puede usted hacer
que pare?
Mister George no mecontestó. —Gwendolyn vino almundo dos mesesantes delafecha
prevista —anunció sin dirigirse a nadie en particular—. El 8
de octubre. Verifiqué personalmente la partida de
nacimiento y la entrada en el registro. Y también revisé al
bebé.
Pensé qué podíarevisarseen un bebé.¿Sieraauténtico? —En realidad, nació la noche del 7 de octubre —
—En realidad, nació la noche del 7 de octubre —
rectificó mamá, y ahora su voz temblaba un poco—.
Sobornamos a la comadrona para que pospusiera unas
horaselmomento del parto en elcertificado de nacimiento. —Pero ¿por qué?
Mister George parecíacomprenderlo tan poco como yo. —Porque… después de lo que pasó con Lucy, quería
ahorrarle todo esto a mi hija. Quería protegerla —repuso
mamá—. Yconfiaba en que tal vez no hubiera heredado el
gen y solo hubiera nacido por casualidad el mismo día que
la auténtica portadora. Alfin y alcabo, Glenda había tenido
a Charlotte, y desde el primer momento todas las
esperanzas se habían centrado en ella…
—¡Vamos, no mientas! —gritó la tía Glenda—. ¡Todo
fue intencionado! Tu bebé no tendría que haber nacido
hasta diciembre, pero manipulaste el embarazo y te
arriesgaste a un parto prematuro solo para poder dar a luz
elmismo día que yo. ¡Pero no funcionó! Tu hija nació un día
más tarde. No sabescómo mereíalsaberlo. —Supongo que debe de ser relativamente fácil
comprobarlo —repuso mister George. —He olvidado elapellido de la comadrona —dijo mamá
rápidamente—. Solo sé que se llamaba Dawn, pero eso no
tienela menor importanciaahora.
—Claro —espetó tía Glenda—. En tu lugar, yo hubiera
dicho lo mismo. —Seguro que tendremos el nombre y la dirección de la
comadrona en nuestros archivos. —Mister George se
volvió hacia mistress Jenkins—. Es importante que los
localicemos. —No es necesario —replicó mamá—. Puede dejar en
paz a esa pobre mujer. Se limitó a aceptar un poco de
dinero de nuestra parte. —Solo queremos hacerle un par de preguntas —aclaró
mister George—. Por favor, mistress Jenkins, trate de
averiguar dónde viveen laactualidad. —Enseguida me ocupo —dijo mistress Jenkins, y volvió
a desaparecer por la puertalateral. —¿Quién más está informado de esto? —preguntó
mister George. —Solo mi marido lo sabía —replicó mamá en un tono
desafiante y triunfalalmismo tiempo—. Yaél ya no pueden
someterle a ningún interrogatorio, porque, por desgracia,
hacetiempo quefalleció. —Lo sé. Fue leucemia, ¿verdad? Una tragedia —
observó mister George, y empezó a pasear de un lado a
otro dela habitación—.¿Cuándo empezó, me ha dicho? —Ayer —respondí yo.
—Tres veces en las últimas veinte horas —repuso mamá —. Temo porella. —¡Tres veces ya! —Mister George se detuvo en seco —.¿Ycuándo fuela última vez? —Creo que hace más o menos una hora —dije.
Desde que los acontecimientos habían empezado a
precipitarse, había perdido la noción deltiempo. —Entonces supongo que tenemos un poco de margen
para prepararnos. —¡No comprendo cómo puede creer algo así! —espetó
la tía Glenda—. ¡Mister George! Usted conoce a mi hija. Y
ahora mire a esta niña y compárela con mi Charlotte. ¿En
serio cree que ante usted se encuentra el número doce?
«Rojo Rubí con la magia del cuervo dotado, sol mayor
cierra el círculo que los doce han formado.» ¿Lo cree de
verdad? —Es una posibilidad que no hay por qué descartar de
entrada —repuso mister George—. Por más que sus
motivos me parezcan más que cuestionables, mistress
Shepherd. —Esees su problema —contestó mamáfríamente. —Si hubiera querido proteger realmente a su hija, no la
habría dejado en la ignorancia durante todos estos años.
Saltar en el tiempo sin ninguna preparación es muy
Saltar en el tiempo sin ninguna preparación es muy
peligroso.
Mamáse mordió los labios. —Confiabaen quefuera Charlottela que…
—¡Pero si es ella! —gritó la tía Glenda—. Desde hace
dos días tienesíntomasclarísimos. Puede pasaren cualquier
momento. Tal vez esté pasando ahora, mientras perdemos
el tiempo aquíescuchando las historias sin pies nicabeza de
micelosa hermana menor. —Para variar, podrías usar el cerebro, Glenda, aunque
solo sea por una vez —replicó mamá, que de pronto
parecía cansada—. ¿Para qué íbamos a inventarnos todo
esto? ¿Quién iba a hacer algo asía su hija voluntariamente,
aparte deti? —Insisto en que… —La tía Glenda dejó la frase en el
aire, dejándonos sin saber sobre qué insistía—. Todo esto
acabará por revelarse como un vil engaño —continuó sin
inmutarse—. Ya se produjo un sabotaje en el pasado, y
usted, mister George, sabe muy bien adónde nos condujo.
Y ahora que falta tan poco para alcanzar el objetivo, no
podemos permitirnos ningún fiasco. —Creo que no somos nosotros quienes debemos decidir
sobre eso —repuso mister George—. Sígame, por favor,
mistress Shepherd. Y tú también, Gwendolyn. —Y añadió
con una sonrisita socarrona—: No tengan miedo, los
pseudocientíficos obsesionados con el esoterismo y los
fanáticos manipuladores desecretos no muerden.
Tiempo voraz, embótale al león la garra
y haz que la propia tierra sus crías embeba,
al fiero tigre descolmilla y desquijarra
y sepulta en su sangre a la fénix longeva.
William Shakespeare, Soneto XIX
o. No podía haber sido yo.
Yo nunca había besado a un chico.
Bueno, prácticamente nunca. En cualquier caso, no
así. Estaba ese Mortimer delcurso superior al nuestro con
el que había salido el verano anterior, exactamente dos
semanas ymedio día; no tanto porque estuviera enamorada
de élcomo porque era elmejor amigo de Max, el novio de
Leslie en esa época, y de algún modo todo encajaba bien.
Pero Mortimer no estaba especialmente interesado en los
besos, sino que concentraba todos sus esfuerzos en
hacerme chupetones en elcuello, mientras trataba de meter
distraídamente la mano debajo de micamiseta. Con treinta
gradosalasombra, tenía queircontinuamentecon pañuelos
en el cuello, y me pasaba todo el día ocupada
exclusivamente en apartar las manos de Mortimer (sobre
todo, en la oscuridad delcine, donde le crecían como a un
pulpo). Después de dos semanas habíamos roto nuestra
«relación» de mutuo acuerdo. Para Mortimer, yo era
«demasiado inmadura», y para mí, Mortimer era
demasiado… hummm… pegajoso.
Aparte de él, solo había besado a Gordon en la
excursión con la clase a la isla de Wight, pero ese beso no
contaba, porque a)era parte de un juego llamado Verdad o
Beso (yo había dicho la verdad, pero Gordon había
insistido en que era mentira), y b) no había sido en absoluto
un auténtico beso. Gordon ni siquiera se había sacado el
chicle dela boca.
De modo que, con excepción del «af aire de los
chupetones» (como lo llamaba Leslie) y el beso de menta
de Gordon, seguía totalmente «imbesada». Yposiblemente
también «inmadura», como decía Mortimer. Amis dieciséis
años y medio, era consciente de que iba atrasada; pero
Leslie, que había salido con Max durante todo un año,
opinaba que el besar, en general, estaba sobrevalorado.
Decía quetal vezsolo eracuestión de malasuerte, pero que
los chicos a los que había besado hasta el momento
definitivamente no le habían cogido el truco alasunto. Leslie
decía que en realidad debería haber una asignatura llamada
«Besar», preferiblemente en lugar de la religión, que de
todos modos nadie necesitaba.
Hablábamos bastantea menudo decómo tenía queserel
beso perfecto, y había un montón de películas que veíamos
una y otra vezsolo por susescenas de besos fantásticas. —Ah, miss Gwendolyn, ¿desea hablar conmigo hoy, o
tal vez prefiereignorarme de nuevo?
James me había visto salir delaclase de mistress Counter
y seacercó a mí. —¿Qué horaes?
Miréa mialrededor buscando a Leslie. —¿Acaso soy un reloj de pared? —James me miró
ofendido—. Debería conocerme lo suficiente para saber
queeltiempo no tiene ningunaimportanciaenmiexistencia. —Cuántarazón tiene.
Doblé la esquina para echar una ojeada al gran reloj que
habíaalextremo del pasillo. James mesiguió. —Solo heestado fuera veinte minutos —puntualicé. —¿Fuera de dónde? —¡Imagínate, James, creo que he estado en tu casa!
Muy bonito todo, de verdad. Mucho oro. Y la luz de las
velas… Muy acogedor. —Sí, no tan triste y falto de gusto como aquí —convino
James, e hizo un gesto con la mano que abarcó todo el
pasillo, en el que predominaba abrumadoramente el color
gris.
gris.
De pronto James me dio mucha pena. No era mucho
mayor que yo, y yaestaba muerto. —James, ¿ya has besado alguna vez a una chica? —le
pregunté. —¿Cómo dice? —¿Si has besado alguna vez? —No escorrecto hablar deeste modo, miss Gwendolyn. —¿De modo que no has besado nunca? —Soy un hombre —dijo James. —¿Qué clase de respuesta es esa? —Se me escapó la
risa al ver la cara de indignación que había puesto—.
¿Sabescuándo nacisteen realidad, James? —¿Quieres ofenderme? Naturalmente que conozco la
fecha de mi propio nacimiento. Esel 31 de marzo. —¿De quéaño? —De 1762. —James sacó pecho con aire retador—.
Hace tres semanas cumplí los veintiuno. Celebré una gran
fiesta con mis amigos en el White-Club y mi padre, en
honor a la ocasión, pagó todas mis deudas de juego y me
regaló una preciosa yegua para la caza del zorro. Y luego
me dio esa estúpida fiebre y tuve que acostarme, solo para
luego descubrir al despertar que todo había cambiado y
encontrarme ante una chiquilla impertinente que dice que
soy un fantasma. —Lo siento —murmuré—. Seguramente moriste por la
fiebre. —¡Qué tontería! Solo era un ligero malestar —señaló
James, pero su mirada reflejaba inseguridad—. El doctor
Barrow afirmó que era poco probable que me hubiera
infectado de viruelaen casa delord Stanhope. —Hummm… —musité. Tendría que buscar «viruela» en
Google. —¿«Hummm»?¿Quésignifica «hummm»?
James me mirabairritado. —¡Oh, por fin estás aquí! —Leslie vino corriendo desde
los lavabos de las chicas y me saltó al cuello—. Estaba
muerta deangustia,¿sabes? —No me ha pasado nada.Al volver fuia pararalaclase
de mistress Counter, pero estaba vacía. —Se han ido a hacer una visita al observatorio de
Greenwich —aclaró Leslie—. ¡Oh, Dios mío, qué contenta
estoy de verte! Le dije a mister Whitman que estabas en el
lavabo sacando hasta la última papilla. Y me dijo que
volviera paraapartarteel pelo delacara. —Repugnante —dijo James, tapándose la nariz con el
pañuelo—. Dile a la pecosa que una dama nunca habla de
esascosas.
Dejé de prestarleatención. —Leslie… pasó una cosa muy rara allí… Algo que no
puedo explicarme. —No me extraña nada. —Leslie me puso el móvil ante
las narices—. Lo he cogido de tu taquilla y ahora llamarás
inmediatamenteatumadre. —Leslie,estáen eltrabajo. No puedo…
—¡Llámala! Ya has saltado tres veces en el tiempo y la
última vez he podido comprobarlo con mis propios ojos.
¡De repente has desaparecido sin más! ¡Ha sido realmente
alucinante! Por favor, tienes que explicárselo enseguida a tu
madre para que no te pase nada.
¿Eran imaginaciones mías o realmente Leslie tenía
lágrimasen los ojos? —La pecosaestá melodramática hoy—observó James.
Cogíelmóvileinspiré hondo. —Por favor —suplicó Leslie.
Mi madre trabajaba como administrativa en el
Bartholomew’s Hospital. Marqué el número directo y miré
a Leslie, queasintió y esbozó unasonrisa. —¿Gwendolyn? —Mamá debía de haber reconocido mi
número de móvilen la pantalla. Su vozsonaba preocupada.
Nuncaantes la habíallamado al trabajo desde la escuela—.
¿Te pasaalgo?
¿Te pasaalgo? —Mamá… no meencuentro bien. —¿Estásenferma? —No lo sé. —Tal vez has cogido esa gripe que tiene todo elmundo.
Mira, ahora te irás a casa y te meterás en la cama, y yo
intentaré salir antes del trabajo. Entonces te exprimiré un
zumo de naranja y te prepararé compresas calientes para el
cuello. —Mamá, no es la gripe. Es peor. Yo…
—Quizáes la viruela —propuso James.
Leslie me dirigió una mirada deánimo. —¡Adelante! —susurró—. ¡Díselo ya! —¿Cariño?
Respiré hondo. —Mamá, creo que soy como Charlotte. Acabo de
estar… no tengo ni idea de cuándo. Y esta noche
también…, en realidad ya empezó ayer. Quería decírtelo,
pero tuve miedo de que no mecreyeras.
Mimadrecalló. —¿Mamá?
Miréa Leslie. —No mecree. —No haces más que balbucir frases incomprensibles —
susurró Leslie—. Venga, prueba otra vez.
Pero no hizo falta. —Quédate donde estás —dijo mi madre en un tono de
vozcompletamente distinto—. Espérame en la puerta de la
escuela. Cogeré un taxi y estaréahí tan pronto como pueda. —Pero…
Mamá ya habíacolgado.
—Tendrás problemasconmister Whitman—dije. —Tanto da —respondió Leslie—. Esperaré hasta que
llegue tu madre. No te preocupes por la ardilla. Lo tengo
todo controlado. —¿Qué he hecho, Leslie? —Has hecho lo correcto —measeguró miamiga.
Yo ya la había informado en detalle de mi breve viaje al
pasado, y Leslie opinaba que la chica que tenía el mismo
aspecto que yo podía haber sido unaantepasada mía.
En mi opinión, era imposible que dos personas se
parecieran tanto, a no ser que fueran gemelos univitelinos.
Leslie opinaba que esa teoría también era digna de tenerse
en consideración. —¡Claro! Como en Tú a Boston y yo a California —
indicó—. Cuando pueda,alquilaréelDVD.
Me entraron ganas de llorar. ¿Cuándo podríamos volver
a ver Leslie y yo tranquilamente un DVD?
El taxi llegó antes de lo que había pensado. Paró ante el
portal delaescuela ymimadreabrió la puerta delcoche. —Sube —dijo.
Leslie meapretó la mano. —Muchasuerte. Llámamecuando puedas.
Yo estabaa punto deecharmeallorar. —Leslie… ¡gracias! —De nada —respondió Leslie, quetambién seesforzaba
en contener las lágrimas. (Cuando veíamos películas
también llorábamos siemprejuntasen las mismasescenas.)
Subí al taxi con mamá. Me hubiera gustado abrazarla,
pero ponía unacaratan rara querenunciéa hacerlo. —Temple —le dijo altaxista.
El vidrio que separaba elasiento trasero de la cabina del
conductor subió y eltaxiarrancó. —¿Estásenfadadaconmigo? —pregunté. —No. Claro que no,cariño. No esculpatuya. —¡Totalmente cierto! El culpable es ese estúpido de
Newton… —dije tratando de bromear, pero mamá no
estaba de humor para bromas. —No, él no tiene la culpa. Si hay culpable, esa soy yo.
Confiabaen que no tuviéramos que pasar poresto.
La mirécon los ojosabiertos de paren par. —¿Qué quieres decir? —Yo… pensaba… esperaba… no quería que tú… —
Lo detartamudear no era nada propio deella. Parecíatensa
y nunca la había visto tan seria desde la muerte de papá—.
No quería reconocerlo. Todo el tiempo he estado
esperando quefuera Charlotte. —¡Todos lo creían! A nadie se le podía ocurrir que
Newton se hubiera equivocado. Seguro que a la abuela le
dará un ataque.
Eltaxise unió al denso tráfico de Piccadilly. —Olvídate detu abuelaahora —dijo mamá—. ¿Cuándo
pasó por primera vez? —¡Ayer! Decamino a Selfridges. —¿Ya qué hora? —Debían de ser poco después de las tres. No sabía qué
debía hacer, de modo que volvía casa y llamé a la puerta.
Pero antes de que pudieran abrirme volvía saltar de vuelta.
La segunda vez ha sido esta noche. Me escondí en un
armario, pero había alguien durmiendo dentro, un criado,
que, por cierto, se puso bastante histérico. Me persiguió
por toda la casa, y todos me buscaban porque pensaban
que era una ladrona. Gracias a Dios, volvía saltar antes de
que era una ladrona. Gracias a Dios, volvía saltar antes de
que pudieran encontrarme. Yla tercera vez ha sido hace un
momento. En la escuela. Esta vez debí de saltar aún más
atrás, porque la gente llevaba peluca… ¡Mamá, siesto me
va a pasar cada pocas horas, nunca podré llevar una vida
normal! Ytodo porqueese maldito Newton…
Yo misma me daba cuenta de que la broma iba
perdiendo gracia detanto utilizarla. —¡Tendrías que habérmelo dicho antes! —me advirtió
mamá acariciándome la cabeza—. ¡Habría podido pasarte
cualquiercosa! —Quería explicártelo, pero entonces me dijiste que el
problemaera quetodos teníamos demasiadaimaginación. —Pero yo no quería decir que… No estabasen absoluto
preparada paraesto. Lo siento tanto…
—¡No esculpatuya, mamá! Nadie podíasaberlo. —Yo lo sabía —aseguró mamá, y después de un
incómodo silencio añadió—: Naciste el mismo día que
Charlotte. —¡No, no fue el mismo día! Mi cumpleaños es el 8 de
octubre, y elsuyo esel 7. —Tú también nacisteel 7 de octubre, Gwendolyn.
No podía creer que estuviera diciendo aquello. Me
quedé petrificada mirándola, incapaz de decir nada.
—Mentí sobre la fecha de tu nacimiento —continuó
mamá—. No fue difícil. Naciste en casa, y la comadrona
que tenía que redactar el certificado de nacimiento se
mostró comprensiva con nosotros e hizo lo que le
pedíamos. —Pero ¿por qué? —Solo queríamos protegerte,cariño.
No entendíalo que quería decir. —¿Protegerme de qué, sialfinal ha pasado? —Nosotros… yo quería que tuvieras una infancia
normal. Una infancia libre de preocupaciones —me explicó
mirándome a los ojos—. Yexistía la posibilidad de que no
hubieras heredado el gen. —¿A pesar de haber nacido en la fecha calculada por
Newton? —Como suele decirse, la esperanza es lo último que se
pierde —dijo mamá—. Y deja ya de hablar de Isaac
Newton, que solo es una más de las muchas personas que
se ocuparon de este tema. Este asunto es mucho más
importante delo que puedas imaginar. Mucho másantiguo y
trascendental, y también mucho más peligroso. Por eso
quería mantenerteapartada deél. —Pero ¿de qué querías mantenermeapartada?
Mamásuspiró.
—Tendría que haber comprendido que era estúpido por
mi parte. Por favor, perdóname. —¡Mamá! —Estaba tan excitada que casi solté un gallo —. No tengo ni idea de qué estás hablando. —Sus
explicaciones solo habían servido para que mi confusión y
mi desesperación aumentaran un poco más con cada frase —. Solo sé que me pasa algo que no debería pasar en
absoluto. ¡Y que me ataca los nervios! Cada pocas horas
siento vértigo y luego salto a otra época. ¡No tengo ni idea
de qué debo hacercontraeso! —Poreso vamosa verlesahora —explicó mamá.
Era consciente de que mi desesperación le hacía daño,
porque nunca la había visto tan preocupada como en ese
momento. —¿Aquién vamosa ver? —A los Vigilantes —contestó mi madre—. Una
antiquísima sociedad secreta, conocida también como la
Logia del Conde de Saint Germain. —Miró por la ventana —. Enseguidallegaremos. —¡¿Una sociedad secreta?! ¿Quieres dejarme enmanos
de unaturbiasecta?¡Mamá! —No es ninguna secta, aunque algo turbios sí son. —
Mamá respiró hondo y cerró los ojos un momento—. Tu
abuelo fue miembro de esta logia —continuó—. Como
abuelo fue miembro de esta logia —continuó—. Como
antes lo había sido su padre y antes su abuelo. También
Isaac Newton era miembro, igual que Wellington, Klaproth,
Von Arneth, Hahnemann, Karl von Hessen-Kassel,
naturalmentetodos los De Villiers, ymuchísimos otros… Tu
abuela afirma que también Churchill y Einstein fueron
miembros delalogia.
La mayoría deesos nombres no mesonaban de nada. —Pero ¿qué hacen exactamente? —Bien… pues… —balbució mamá—. Se interesan por
mitos antiquísimos. Y por el tiempo. Y por las personas
como tú. —¿Tantos hay como yo?
Mamásacudió lacabeza. —Solo doce. Yla mayoría hacetiempo que murieron.
El taxi se detuvo y el vidrio de separación bajó. Mamá
tendió alconductor unas libras. —Yaestá bien—dijo. —¿Qué venimos a hacer precisamente aquí? —dije
parada en la acera, mientras el taxi volvía a ponerse en
marcha.
Habíamos circulado a lo largo del Strand, hasta poco
antes de la entrada a Fleet Street. A nuestro alrededor
resonaba elestruendo del tráfico y la masa de gente que se
movía por las aceras. Los cafés y los restaurantes de
enfrente estaban llenos a reventar. Dos autobuses turísticos
de dos pisos estaban parados al borde de la calzada y los
turistas del piso descubierto fotografiaban el complejo
monumental delRoyalCourt ofJustice. —Girando ahí delante, entre las casas, se entra en el
barrio de Temple —indicó mamá apartándome los cabellos
delacara.
Miré hacia elestrecho pasaje peatonal que me señalaba.
No recordaba haber pasado nunca porallí.
Supongo que mamá vio micara de desconcierto, porque
me preguntó: —¿No has estado nunca con la escuela en Temple? La
iglesia y los jardines son realmente preciosos para visitar. Y
Fountain’s Court. Para mí, la fuente más bonita de toda la
ciudad.
La miréfuriosa. ¿Ahorase habíaconvertido de pronto en
una guíaturística? —Ven, tenemos que pasar al otro lado de la calle —me
indicó, ymecogió dela mano.
Seguimos a un grupo de turistas japoneses que llevaban
todos unosenormes planos desplegadosantesí.
Por detrás de la hilera de casas se entraba en un mundo
completamente distinto. La frenética agitación del Strand y
Fleet Street había quedado atrás.Allí, entrelos majestuosos
edificios de una belleza atemporal que se alineaban
ininterrumpidamente, todo era paz y tranquilidad.
Señaléalos turistas. —¿Qué buscan aquí? ¿La fuente más bonita de toda la
ciudad? —Van a ver la Temple Church—respondió mimadresin
inmutarse ante mi tono irritado—. Una iglesia muy antigua,
plagada de leyendas y mitos. Alos japoneses les encantan
estas cosas. Además, en Middle Temple Hall se estrenó
Como gustéis, de Shakespeare.
Seguimos un rato a los japoneses y luego doblamos a la
izquierda y avanzamos por un camino empedrado entre las
casas a lo largo de varias manzanas. La atmósfera era casi
bucólica: los pájaros cantaban, las abejas zumbaban en los
exuberantes macizos de flores e incluso el aire sabía a
fresco y alimpio.
En los portales había placas de latón que llevaban
grabadas largas hileras de nombres. —Son todos abogados. Profesores del Instituto de
Jurisprudencia —afirmó mamá—. No quiero ni pensar lo
que debe decostaralquilar un despacho aquí. —Yo tampoco —convine ofendida.
¡Como si no hubiera cosas más importantes de que
¡Como si no hubiera cosas más importantes de que
hablar!
Se detuvo en elsiguiente portal. —Ya hemos llegado —dijo.
Era una casa sencilla, que, a pesar de su impecable
fachada y de los marcos recién pintados de las ventanas,
parecía muy vieja. Mis ojos buscaron los nombres en la
placa de latón, pero mamá me empujó enseguida a través
de la puerta abierta y me guió escaleras arriba hasta el
primer piso. Dos mujeres jóvenes se cruzaron con nosotras
y nos saludaron amablementeal pasar. —¿Dóndeestamos?
Mamá no respondió. Pulsó un timbre, se arregló la
chaqueta y seapartó el pelo delacara. —No tengas miedo, cariño —susurró, pero no supe si
estaba hablando conmigo o consigo misma.
La puerta se abrió con un chirrido y entramos en una
habitación clara que parecía un despacho normal y
corriente.Archivadores, escritorio, teléfono, aparato defax,
ordenador…, ni siquiera la mujer rubia de mediana edad
que estaba sentada detrás del escritorio tenía un aspecto
extraño. Solo sus gafas, negrascomo elcarbón y tan anchas
queletapabanmediacara,eran un poco inquietantes. —¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó—. Oh,
usted es… ¿Miss… mistress Montrose? —Shepherd —la corrigió mamá—. Ya no llevo mi
nombre desoltera. Mecasé. —Oh, sí, claro. —La mujer sonrió—. Pero no ha
cambiado nada. La reconocería en cualquier sitio por sus
cabellos. —Su mirada se deslizó sobre mí—. ¿Esta es su
hija? Pero ella ha salido a su padre, ¿no es verdad? ¿Cómo
está…?
Mamálacortó. —Mistress Jenkins, debo hablar urgentemente con mi
madre y conmister De Villiers. —Oh, me temo que su madre y mister De Villiers están
reunidos —dijo mistress Jenkins esbozando una sonrisa de
disculpa—. Tendrá que…
De nuevo mamálainterrumpió. —Me gustaríaasistiraesareunión. —Bien… es que… Yasabe queeso no es posible. —Entonces hágalo posible. Dígales queles traigo a Rubí. —¿Cómo dice? Pero si…
Mistress Jenkins primero miró a mamá y luego a mícon
los ojosabiertos de paren par. —Hagasencillamentelo quele he dicho.
La voz de mimadre nunca habíasonado tan firme.
Mistress Jenkins se levantó, salió de detrás delescritorio
y me miró de arriba abajo. Me sentía francamente
incómoda conmiespantoso uniforme escolar. No me había
lavado el pelo, sino que me lo había recogido simplemente
con una goma en una coleta. Y tampoco iba maquillada.
(Realmenteera un bicho raro.) —¿Estásegura deeso? —Claro que estoy segura. ¿Cree que me permitiría
bromear con este asunto? Dese prisa, por favor, tal vez no
dispongamos de mucho tiempo. —Por favor,esperen aquí.
Mistress Jenkins dio media vuelta y desapareció por una
puertaanchaentre dosestanterías llenas dearchivadores. —¿«Rubí»? —repetí yo. —Sí—dijo mamá—. Cada uno de los doce viajeros del
tiempo está relacionado con una piedra preciosa. Ytú eres
elrubí. —¿De dónde has sacado eso? —«Ópalo yÁmbar forman el primer par, Ágata canta en
si, del lobo elavatar, dueto —Solutio!— conAguamarina.
Siguen poderosas la Esmeralda y la Citrina, los gemelos
Cornalina en Escorpión, y Jade, el número ocho, digestión.
En mi mayor: negra Turmalina, Zafiro en fa se ilumina. Y
casi al mismo tiempo el Diamante, once y siete, del León
rampante. ¡Projectio llega! Fluye el tiempo, y Rubí
rampante. ¡Projectio llega! Fluye el tiempo, y Rubí
constituyeelfinal y elcomienzo.»—Mamá me miró con una
sonrisa más bien triste—. Aúnmelo sé de memoria.
Por alguna razón, durante su recitado, se me había
puesto la carne de gallina. Sus palabras no me habían
parecido tanto una poesía como un conjuro, algo que las
brujas malvadas murmuran en las películas mientras dan
vueltas con una cuchara a una olla llena de vapores
verdosos. —¿Quésesupone quesignifica? —No son más que unos pareados compuestos por
viejos aficionados a los misterios para hacer aún más
complicadas cosas que ya son complicadas de por sí —
explicó mamá—. Doce cifras, doce viajeros del tiempo,
doce piedras preciosas, doce notas, doce ascendentes,
doce pasos paralafabricación dela piedrafilosofal…
—¿Quées la piedrafilosofal…?
Me detuve y lancé un profundo suspiro, cansada de
hacer preguntas que solo me hacían sentir un poco más
ignorante y confundidacon cadarespuesta querecibía.
De todos modos, mamá tampoco parecía tener muchas
ganas deresponder, visto que miraba por la ventana. —Aquí no ha cambiado nada —señaló—. Es como siel
tiempo se hubiera detenido.
—¿Veníasa menudo aestesitio? —Mi padre me traía a veces —dijo mamá—. En este
aspecto era un poco más generoso que mimadre, asícomo
también en lo tocante a los misterios. De niña me gustaba
mucho veniraquí. Yluego,cuando Lucy…
Suspiró. Me debatí un rato, pensando en si debía seguir
preguntando o no, pero alfinallacuriosidad pudo conmigo: —Latíaabuela Maddyme ha dicho que Lucy también es
una viajera deltiempo;¿poreso sefue decasa? —Sí—contestó mamá. —¿Yadóndese marchó? —Nadielo sabe.
Mamá volvió a pasarsela mano porel pelo. Eraevidente
que estaba muy excitada. Nunca antes la había visto tan
nerviosa, y si yo misma no me hubiera sentido tan furiosa,
me habría dado pena.
Callamos durante un rato, y mamá volvió a mirar por la
ventana. —De modo que soy un rubí —dije finalmente—. Son
rojos,¿verdad?
Mamáasintió. —YCharlotte,¿quéclase de piedraes? —Ninguna —respondió mamá. —Oye, mamá, ¿no tendré una hermana gemela de la que
hayas olvidado hablarme?
Mamáse volvió hacia mí y sonrió. —No, no tienes ninguna hermana gemela,cariño. —¿Estás segura? —Sí, estoy completamente segura. Yo estaba presente
en tu nacimiento,¿sabes?
Oímos un ruido de pasos que se acercaban rápidamente.
Mamá se puso rígida y respiró hondo. Acompañada por la
recepcionista de las gafas, la tía Glenda entró por la puerta
seguida de un anciano pequeño y calvo.
Mitía parecíafuriosa. —¡Grace! Mistress Jenkinsafirma que has dicho…
—Es cierto —repuso mamá—. Y no tengo ningunas
ganas de malgastar el tiempo de Gwendolyn
convenciéndote precisamente a ti de la verdad. Quiero ver
enseguida a mister De Villiers. Gwendolyn debe ser
registradaen elcronógrafo. —¡Pero esto es totalmente… ridículo! —casi gritó la tía
Glenda—. Charlotte vaa…
—Aún no ha saltado, ¿no es verdad? —Mamá se volvió
hacia el gordito de la calva—. Lo lamento, sé que le
conozco, pero en este momento no recuerdo su nombre…
—George —señaló el hombrecillo—. Thomas George.
Yusted es la hija menor deladyArista, Grace. Larecuerdo
Yusted es la hija menor deladyArista, Grace. Larecuerdo
bien. —Mister George —convino mamá—. Claro. Nos visitó
en Durham después del nacimiento de Gwendolyn, yo
también le recuerdo. Esta es Gwendolyn. Es el rubí que les
falta. —¡Eso es imposible! —chilló la tía Glenda—. ¡Es
totalmente imposible! La fecha de nacimiento de
Gwendolyn no encaja. Y, de todos modos, vino al mundo
dos meses antes de lo previsto. Una sietemesina poco
desarrollada. No tiene más que mirarla.
Eso hizo mister George, que me observó con sus afables
ojos de color azul claro. Yo le devolví la mirada, tratando
de mostrarme lo más relajada posible y procurando ocultar
mi malestar. ¡Una sietemesina poco desarrollada! ¡La tía
Glenda estaba mal de la cabeza! Yo medía casi un metro
setenta y tenía una talla de sujetador B con tendencia a
pasarala C. —Ayer saltó por primera vez —informó mamá—. Lo
único que quiero es que no le pase nada. Con cada salto
incontrolado aumentaelriesgo.
Latía Glendarió burlonamente. —Eso no hay quien se lo crea. Es uno más de sus
patéticos intentos porconvertirseen elcentro deatención.
—¡Cierra el pico, Glenda! ¡Nada me haría más feliz que
mantenerme alejada de todo esto y dejar que tu Charlotte
desempeñara el desagradecido papel de objeto de
investigación de pseudocientíficos obsesionados con el
esoterismo y fanáticos manipuladores de secretos! ¡Pero no
es Charlotte la que ha heredado ese maldito gen, sino
Gwendolyn!
La mirada de mamá estaba cargada de ira y desprecio,
unafacetasuyatotalmente nueva para mí.
Mister Georgerió en voz baja. —No puede decirse que tenga muy buena opinión de
nosotros, mistress Shepherd.
Mamáseencogió de hombros. —¡No, no y no! —La tía Glenda se dejó caer en una
silla de oficina—. No estoy dispuesta a seguir oyendo
tonterías. Nisiquiera nació el día señalado. ¡Y, además, fue
un nacimiento prematuro!
Lo del nacimiento prematuro parecía ser muy importante
paraella.
Mistress Jenkins susurró: —¿Quiere que le traiga una taza de té, mistress
Montrose? —Déjeme en paz con sus tazas de té, por Dios —
resopló latía Glenda.
—¿No hay nadie que quiera un té? —No, gracias —respondí.
Mientras tanto, mister George había vuelto a fijar la
miradaenmí yme observabacon atención. —De modo, Gwendolyn, que ya has experimentado el
salto en eltiempo,¿no esasí?
Asentí. —¿Yadónde, si puedo preguntarlo? —Alsitio dondeestabaen ese momento —repuse.
Mister Georgesonrió. —Quiero decir quea quéépocasaltaste. —No tengo ni la más remota idea —solté con descaro —. No había ningún calendario colgado en la pared. Y
tampoco quiso decírmelo nadie. ¡Oiga, yo no quiero que
pase! Quiero que pare de una vez. ¿No puede usted hacer
que pare?
Mister George no mecontestó. —Gwendolyn vino almundo dos mesesantes delafecha
prevista —anunció sin dirigirse a nadie en particular—. El 8
de octubre. Verifiqué personalmente la partida de
nacimiento y la entrada en el registro. Y también revisé al
bebé.
Pensé qué podíarevisarseen un bebé.¿Sieraauténtico? —En realidad, nació la noche del 7 de octubre —
—En realidad, nació la noche del 7 de octubre —
rectificó mamá, y ahora su voz temblaba un poco—.
Sobornamos a la comadrona para que pospusiera unas
horaselmomento del parto en elcertificado de nacimiento. —Pero ¿por qué?
Mister George parecíacomprenderlo tan poco como yo. —Porque… después de lo que pasó con Lucy, quería
ahorrarle todo esto a mi hija. Quería protegerla —repuso
mamá—. Yconfiaba en que tal vez no hubiera heredado el
gen y solo hubiera nacido por casualidad el mismo día que
la auténtica portadora. Alfin y alcabo, Glenda había tenido
a Charlotte, y desde el primer momento todas las
esperanzas se habían centrado en ella…
—¡Vamos, no mientas! —gritó la tía Glenda—. ¡Todo
fue intencionado! Tu bebé no tendría que haber nacido
hasta diciembre, pero manipulaste el embarazo y te
arriesgaste a un parto prematuro solo para poder dar a luz
elmismo día que yo. ¡Pero no funcionó! Tu hija nació un día
más tarde. No sabescómo mereíalsaberlo. —Supongo que debe de ser relativamente fácil
comprobarlo —repuso mister George. —He olvidado elapellido de la comadrona —dijo mamá
rápidamente—. Solo sé que se llamaba Dawn, pero eso no
tienela menor importanciaahora.
—Claro —espetó tía Glenda—. En tu lugar, yo hubiera
dicho lo mismo. —Seguro que tendremos el nombre y la dirección de la
comadrona en nuestros archivos. —Mister George se
volvió hacia mistress Jenkins—. Es importante que los
localicemos. —No es necesario —replicó mamá—. Puede dejar en
paz a esa pobre mujer. Se limitó a aceptar un poco de
dinero de nuestra parte. —Solo queremos hacerle un par de preguntas —aclaró
mister George—. Por favor, mistress Jenkins, trate de
averiguar dónde viveen laactualidad. —Enseguida me ocupo —dijo mistress Jenkins, y volvió
a desaparecer por la puertalateral. —¿Quién más está informado de esto? —preguntó
mister George. —Solo mi marido lo sabía —replicó mamá en un tono
desafiante y triunfalalmismo tiempo—. Yaél ya no pueden
someterle a ningún interrogatorio, porque, por desgracia,
hacetiempo quefalleció. —Lo sé. Fue leucemia, ¿verdad? Una tragedia —
observó mister George, y empezó a pasear de un lado a
otro dela habitación—.¿Cuándo empezó, me ha dicho? —Ayer —respondí yo.
—Tres veces en las últimas veinte horas —repuso mamá —. Temo porella. —¡Tres veces ya! —Mister George se detuvo en seco —.¿Ycuándo fuela última vez? —Creo que hace más o menos una hora —dije.
Desde que los acontecimientos habían empezado a
precipitarse, había perdido la noción deltiempo. —Entonces supongo que tenemos un poco de margen
para prepararnos. —¡No comprendo cómo puede creer algo así! —espetó
la tía Glenda—. ¡Mister George! Usted conoce a mi hija. Y
ahora mire a esta niña y compárela con mi Charlotte. ¿En
serio cree que ante usted se encuentra el número doce?
«Rojo Rubí con la magia del cuervo dotado, sol mayor
cierra el círculo que los doce han formado.» ¿Lo cree de
verdad? —Es una posibilidad que no hay por qué descartar de
entrada —repuso mister George—. Por más que sus
motivos me parezcan más que cuestionables, mistress
Shepherd. —Esees su problema —contestó mamáfríamente. —Si hubiera querido proteger realmente a su hija, no la
habría dejado en la ignorancia durante todos estos años.
Saltar en el tiempo sin ninguna preparación es muy
Saltar en el tiempo sin ninguna preparación es muy
peligroso.
Mamáse mordió los labios. —Confiabaen quefuera Charlottela que…
—¡Pero si es ella! —gritó la tía Glenda—. Desde hace
dos días tienesíntomasclarísimos. Puede pasaren cualquier
momento. Tal vez esté pasando ahora, mientras perdemos
el tiempo aquíescuchando las historias sin pies nicabeza de
micelosa hermana menor. —Para variar, podrías usar el cerebro, Glenda, aunque
solo sea por una vez —replicó mamá, que de pronto
parecía cansada—. ¿Para qué íbamos a inventarnos todo
esto? ¿Quién iba a hacer algo asía su hija voluntariamente,
aparte deti? —Insisto en que… —La tía Glenda dejó la frase en el
aire, dejándonos sin saber sobre qué insistía—. Todo esto
acabará por revelarse como un vil engaño —continuó sin
inmutarse—. Ya se produjo un sabotaje en el pasado, y
usted, mister George, sabe muy bien adónde nos condujo.
Y ahora que falta tan poco para alcanzar el objetivo, no
podemos permitirnos ningún fiasco. —Creo que no somos nosotros quienes debemos decidir
sobre eso —repuso mister George—. Sígame, por favor,
mistress Shepherd. Y tú también, Gwendolyn. —Y añadió
con una sonrisita socarrona—: No tengan miedo, los
pseudocientíficos obsesionados con el esoterismo y los
fanáticos manipuladores desecretos no muerden.
Tiempo voraz, embótale al león la garra
y haz que la propia tierra sus crías embeba,
al fiero tigre descolmilla y desquijarra
y sepulta en su sangre a la fénix longeva.
William Shakespeare, Soneto XIX
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