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a tía Maddy estaba sentada en su silla en una postura
extrañamente rígida, con la mirada perdida en el vacío.
Sus manos se aferraban con fuerza al reposabrazos y su
rostro había perdido elcolor. —¿Tía Maddy? Mamá, ¿le ha dado un ataque? ¡Tía
Maddy!¿Me oyes?¡Tía Maddy!
Quisecogerlela mano, pero mamá meretuvo. —¡No latoques! No hay quetocarla.
Carolineempezó allorar. —¿Qué le pasa? —gritó Nick—. ¿Se ha atragantado
con algo? —Tenemos que avisar almédico de urgencias —dije—.
¡Mamá, hazalgo, por favor! —No ha tenido ningún ataque. Y tampoco se ha
atragantado. Tiene una visión —explicó mamá—.
Enseguidasele pasará.
—¿Seguro?
La mirada fija de la tía Maddy daba miedo. Se le veían
unas pupilasenormes y los párpados totalmenteinmóviles. —De repente ha empezado a hacer mucho frío —
susurró Nick—.¿No lo notáis?
Carolinesollozabaen voz baja. —Haced que pare —suplicó. —¡Lucy! —gritó alguien.
Todos pegamos un brinco, sobresaltados, y entonces nos
dimos cuenta de que había sido la tía Maddy la que había
gritado. Realmente hacía mucho frío. Miré a mi alrededor,
pero no había ningún fantasmaen la habitación. —Lucy, mi niña. Me lleva hasta un árbol. Un árbolcon
bayas rojas. Oh, ¿dónde está ahora? Ya no puedo verla.
Hay algo entre las raíces. Una piedra preciosa enorme, un
zafiro tallado. Un huevo. Un huevo de zafiro. Qué hermoso
es. Qué valioso. Pero ahora se está agrietando; oh, se
rompe, y hay algo dentro… Un pajarito sale del huevo. Un
cuervo. Ahorasaltaalárbol.
Pese a que la tía abuela Maddy rió, no desapareció la
miradafija desu rostro, y sus manos seguían aferradasalos
brazos delasilla. —Empieza a soplar viento. —La risa de la tía Maddy se
desvaneció—. Es una tormenta. Todo gira. Vuelo. Vuelo
con elcuervo hacia las estrellas. Una torre. En lo alto de la
torre, un enormereloj. Hay alguien sentado ahíarriba, sobre
el reloj, balanceando las piernas. ¡Baja enseguida, niña
atolondrada! —De pronto su voztraslucía miedo y empezó
a gritar—. La tormenta te derribará. Es demasiado alto.
¿Qué está haciendo allí? ¡Una sombra! ¡Un gran pájaro
traza círculos en el cielo! ¡Allí! Se precipita hacia ella.
¡Gwendolyn! ¡Gwendolyn!
Aquello era insoportable. Aparté a mamá y cogía la tía
abuela Maddy por los hombros. —¡Estoy aquí, tía Maddy! ¡Por favor! ¡Mírame! —
exclamésacudiéndolasuavemente.
La tía Maddy volvió la cabeza y me miró. Poco a poco,
su rostro fuerecuperando elcolor. —Angelito —susurró—, ¡ha sido una locura trepar tan
alto!—¿Te encuentras bien, tía? —Miré a mamá—. ¿Estás
segura de que no le pasa nada malo? —Era una visión—repuso mamá—. Está bien. —No, no estoy bien. Era una mala visión —masculló la
tía Maddy—, a pesar de que el principio era muy
agradable.
Caroline había dejado de llorar. Mis dos hermanos
miraban fijamentealatía Maddy con cara deextrañeza.
miraban fijamentealatía Maddy con cara deextrañeza. —Ha sido espeluznante —confesó Nick—. ¿Os habéis
fijado en cómo derepente haempezado a hacer frío? —Imaginaciones —repuse. —¡No es verdad! —Yo también lo he notado —convino Caroline—. Se
me ha puesto lacarne de gallina.
Latíaabuela Maddy cogió a mamá dela mano. —He visto a tu sobrina Lucy, Grace. Tenía el mismo
aspecto deentonces. Esasonrisatan dulce…
Me dio la sensación de que mamá iba a ponerse a llorar
de unmomento a otro. —Creo que el resto no lo he entendido bien, como de
costumbre —continuó la tía Maddy—. Un huevo de zafiro,
un cuervo, Gwendolyn en el reloj de la torre y luego ese
pájaro maligno.¿Tú entiendesalgo?
Mamásuspiró. —Claro que no, tía Maddy. Son tus visiones —
respondió, y se dejó caer a su lado en una de las sillas del
comedor. —Pero eso no me ayuda a entenderlas —replicó la tía
Maddy—. ¿Lo has anotado todo para que después
podamosexplicárselo atumadre? —No, queridatía, no lo he hecho.
Maddy seinclinó hacia delante. —Entonces tendríamos que anotarlo enseguida. Primero
estaba Lucy, luego el árbol. Bayas rojas… ¿Podía ser un
serbal? Y ahí estaba la piedra preciosa, pulida como un
huevo… ¡Dios mío, qué hambre tengo! Espero que no os
hayáiscomido el postresinmí. Hoyme he ganado almenos
dos pedazos. O tres.
—Realmente, hasido horripilante —dije.
Caroline y Nick ya se habían ido a dormir y yo estaba
sentada con mamá en el borde de la cama, tratando de
encontrar una forma apropiada de introducir el tema.
«Mamá, esta tarde me ha pasado algo, y tengo miedo de
que me pueda volvera pasar.»
Mamá estaba concentrada en sus tratamientos de belleza
nocturnos; en concreto, ya estaba acabando con la cara.
Era evidente que todos aquellos cuidados daban sus frutos,
porque nadie hubiera dicho que mi madre tenía más de
cuarentaaños. —Es la primera vez queestoy presenteen elmomento en
quelatía Maddy tiene una visión—confesé. —También ha sido la primera vez que tiene una durante
la cena —replicó mamá, mientras se ponía crema en las
manos. (Siempre decía quelaedad sereconocíasobretodo
en las manos y en elcuello.) —¿Ycrees que hay quetomarsesus visionesen serio?
Mamáseencogió de hombros. —Bueno… Ya has oído las historias que explica. Es
todo muy confuso. De algún modo, siempre se puede
interpretarcomo mejor te convenga. Tres días antes de que
muriera tu abuelo, tuvo una visión de una pantera negra que
selanzabacontrasu pecho. —Entonces encaja con la visión, porque elabuelo murió
de un infarto. —Es lo que decía: en cierto modo, siempre encaja.
¿Quierescrema paralas manos? —¿Tú creesen eso? No merefiero alacrema, sino alas
visiones delatía Maddy. —Creo que la tía Maddy ve realmente lo que dice. Pero
eso no significa, ni mucho menos, que lo que ve prediga el
futuro. O quetenga ningún significado. —¡No lo entiendo!
Alargué las manos, y mamá empezó a frotármelas con la
crema. —Pasa como con tus fantasmas, cariño. Estoy
convencida de que puedes verlos, igual que creo que la tía
Maddy tiene visiones. —¿Quieres decir que, aunque crees que veo fantasmas,
no crees queexistan? —grité, y retiréla mano, indignada. —No sé siexisten realmente —dijo mamá—. Lo que yo
crea no tiene ningunaimportancia. —Pero, si no existen, entonces me los imagino, lo cual
significa queestoy loca. —No —repuso mi madre—. Eso solo significa que…
¡Ay, cariño!, no lo sé; a veces tengo la sensación de que
sencillamente en esta familia todo el mundo anda un poco
sobrado de imaginación. Y que viviríamos mucho más
felices y tranquilos si nos limitáramos a lo que la gente
normalcree. —Entiendo —murmuré.
Tal vez no fuera tan buena idea anunciarle la noticia…
«Oye, mamá, esta tarde mi imaginación desbordada y yo
hemos viajado al pasado.» —Ahora no te ofendas, por favor —me rogó mamá—.
Sé que hay cosas entre elcielo y la tierra que no podemos
explicarnos. Pero, posiblemente, cuanto más nos ocupamos
de estas cosas, más exageramos su importancia. Yo no
creo que estés loca. Y tampoco que lo esté la tía Maddy.
Pero, hablando en serio, ¿de verdad crees que la visión de
latía Maddy tienealgo que vercon tu futuro?
latía Maddy tienealgo que vercon tu futuro? —Quizá. —Ah, ¿sí?¿Es quetienes intención detrepara unatorre,
sentarteen elreloj y ponertea balancear las piernas? —Claro que no. Pero tal vezsea un símbolo. —Sí, tal vez—repuso mamá—. Ytal vez no. Ahora vea
dormir, cariño. Hasido un día muy largo. —Miró elreloj de
sumesita de noche—. Esperemos que Charlotte ya lo haya
pasado todo. Dios mío, me gustaría tanto que por fin lo
hubieraconseguido…
—Tal vez lo que le pasa a Charlotte es que tiene
demasiadaimaginación—dije.
Me levanté y le di un beso. Al día siguiente volvería a
intentarlo.
Tal vez. —Buenas noches. —Buenas noches, grandullona. Te quiero. —Yo atitambién, mamá.
Cerré la puerta de mi habitación y me acosté. Me sentía
mal por no habérselo explicado todo a mimadre. Sabía que
tendría que haberlo hecho, pero lo que me había dicho me
había dado que pensar. Seguro que yo tenía demasiada
imaginación, pero tener imaginación era una cosa, e
imaginarme que viajabaen eltiempo era otra muy distinta.
Las personas que se imaginaban este tipo de cosas
recibían tratamiento médico. Justificadamente, en mi
opinión. Tal vez, a fin de cuentas, yo era como uno de esos
tipos que aseguran que han sido secuestrados por
extraterrestres y sencillamente mefaltaba un tornillo.
Apaguélaluz dela mesita de noche ymeacurruqué bajo
la manta. ¿Qué era peor? ¿Estar loca, o saltar realmente en
eltiempo?
Seguramente esto último, pensé. Contra lo primero se
podían tomar pastillas.
Con la oscuridad volvió también elmiedo. Volvía pensar
en la altura de la que caería desde aquíarriba. De manera
que encendí de nuevo la lámpara de la mesita de noche y
me volví de cara a la pared. Para poder dormir, traté de
pensar en algo inofensivo, pero no se me ocurría nada. Al
finalempecéacontar haciaatrás desde mil.
En algúnmomento debí de quedarme dormida, porque al
despertarme e incorporarme en la cama, con el corazón
palpitante, recordé que habíasoñado con un gran pájaro.
Entonces volvía sentir esa repulsiva sensación de vértigo
en elestómago yme entró el pánico. Salté de la cama y salí
corriendo, tan deprisa como me lo permitían mis
temblequeantes rodillas, haciala habitación de mamá. Tanto
me daba si me tomaba por loca, solo quería que aquello
parara. ¡Yno queríacaeren un pantano desdetres pisos de
altura!
No llegué más allá del pasillo. Sentíel tirón en los pies y,
convencida de que había llegado mi última hora, cerré los
ojos muy fuerte… Y aterricé bruscamente sobre mis
rodillas. Elsuelo parecía ser el familiar parquet de siempre.
Abrí los ojos con cuidado. Había más luz, como si de
repente, en los últimos segundos, hubiera empezado a salir
el sol. Por un momento alimenté la esperanza de que no
hubiera pasado nada, pero entonces vi que, aunque había
aterrizado en nuestro pasillo, este tenía un aspecto diferente
al de casa. Las paredes estaban pintadas de un oscuro
color verde oliva y no habíalámparasen eltecho.
Oí voces que llegaban de la habitación de Nick. Voces
femeninas.
Me levanté rápidamente. Si alguien me veía… ¿Cómo
iba a explicar de dónde había salido de repente? Vestida
con un pijama de Hello Kitty. —Estoy harta de tener que levantarme siempre a estas
horas —se quejó una delas voces—. ¡Walter puede dormir
hasta las nueve! ¿Ynosotras qué? Para eso hubiera podido
quedarmeen la granja ordeñando vacas. —Walter ha estado de servicio la mitad de la noche,
Clarisse. Te has puesto la cofia de lado —dijo la segunda
Clarisse. Te has puesto la cofia de lado —dijo la segunda
voz—. Métete bien los cabellos por dentro, si no mistress
Mason teregañará. —De todos modos, eso es lo que hace siempre —gruñó
la primera voz. —Hay amas de llaves mucho más estrictas, mi querida
Clarisse. Ahora ven, que llegamos tarde. Mary ha bajado
hace un cuarto de hora. —Sí, y también se ha hecho la cama. Siempre tan
trabajadora y tan pulcra, como quiere mistress Mason.
Sabe bien lo que se hace. ¿Has tocado alguna vez su
manta? Es suavísima. ¡No hay derecho!
Tenía que irme de allí cuanto antes. Pero ¿adónde?
Suerte queconocía bien lacasa. —La mía raspa terriblemente —se quejó la voz de
Clarisse. —En invierno estaráscontenta detenerla. Ahora ven.
El picaporte bajó. Salí corriendo hacia el armario
empotrado,abríla puerta de un tirón y la volvíacerrar justo
en elmomento en que la puerta de la habitación de Nick se
abría. —Sencillamente, no entiendo por qué mi manta raspa
tanto mientras que la de Mary es tan suave —masculló la
voz de Clarisse—. Aquí todo es tan injusto… Betty puede
viajar al campo con lady Montrose, mientras que nosotras
tenemos que quedarnos todo el verano en esta ciudad
asfixiante. —Tendrías que tratar de quejarte un poco menos,
Clarisse.
No podía sino dar la razón a la otra mujer. Esta Clarisse
erarealmente una quejicainsoportable.
Oí cómo las dos bajaban la escalera y respiré aliviada.
Me había salvado por los pelos. Tenía suerte de conocer
bien el lugar. Pero ¿qué debía hacer ahora? ¿Esperar
sencillamente en el armario hasta que volviera a saltar de
vuelta? Probablemente sería lo más seguro. Suspiré y crucé
los brazos sobreel pecho.
Detrás de mí,en la oscuridad,alguien gimió.
Me quedé paralizada del susto. ¿Qué demonios era
aquello? —Clarisse, ¿eres tú? —preguntaron desde elestante de
laropa. Era una voz de hombre—.¿Me he dormido?
¡Dios mío! Realmente, alguien dormíaen elarmario. Pero
¿quéclase decostumbres teníaesta gente? —¿Clarisse? ¿Mary? ¿Quién está ahí? —preguntó la
voz,esta vez bastante más despabilada.
Se oyeron ruidosen la oscuridad y una mano me palpó la
espalda. Antes de que pudiera sujetarme, abrí la puerta del
armario y huí. —¡Alto! ¡No se mueva!
Eché una ojeada y vi que un hombre joven vestido con
una larga camisa blanca había saltado desde dentro del
armario eibatras de mí.
Corrí escaleras abajo. ¿Dónde demonios iba a
esconderme ahora? Los pasos del dormilón del armario
resonaban a mi espalda, y, mientras me perseguía, el
hombre no paraba de bramar: —¡Detened alladrón!
¿Ladrón? ¡No debía haber oído bien! ¿Qué se suponía
quele habíarobado?¿Su gorro de dormir, tal vez?
Por suerte, podía bajar la escalera incluso con los ojos
cerrados. Conocía de memoria cada uno de los escalones.
Bajé dos pisos a la velocidad de la luz, pasando junto al
retrato del tatarabuelo Hugh, que dejé a la izquierda con
cierto pesar porque la puerta secreta me hubiera ido de
maravilla para salir de esa condenada situación; pero el
mecanismo siempre se encallaba un poco, y en el tiempo
que hubiera tardado en abrir la puerta, el hombre del
camisón me habría atrapado. No, necesitaba un escondite
mejor.
En el primer piso casi atropellé a una chica tocada con
unacofia quecargabacon una gran jarra. La mujer lanzó un
unacofia quecargabacon una gran jarra. La mujer lanzó un
chillido cuando pasé corriendo a toda velocidad a su lado y —como en las películas— dejó caer la jarra. Un líquido
mezclado con fragmentos de cerámica restalló contra el
suelo. Esperaba que mi perseguidor —también como en el
cine— resbalara en él, aunque eso solo le retrasaría un
poco.
Aproveché la ventaja para correr escalera abajo hacia la
tribuna de la orquesta, abrí de un tirón la puerta del trastero
que había bajo laescalera ymeacurruquéallí dentro. Como
enmiépoca, estaba lleno de polvo y desordenado, y había
un montón de telarañas. A través de las rendijas entre los
peldaños penetraba un poco deluz, lasuficiente para ver, al
menos, que nadie dormía en elcuarto. Igual que en nuestra
casa, el espacio estaba repleto de trastos hasta el último
rincón.
Sobre mí, oí voces que discutían. El hombre delcamisón
hablabacon la pobrechica que había dejado caer lajarra. —¡Seguramente es una ladrona! Nunca la había visto
antesen lacasa.
Otras voces seañadieron alas deellos dos. —Ha corrido hacia abajo. Tal vez haya más gente de la
banda dentro. —No he podido hacer nada, mistress Mason. Esa
ladrona se me ha echado encima de repente. Seguramente
estaban buscando las joyas de milady. —Yo no me he cruzado con nadie en la escalera, de
modo que tiene que estar en algún sitio por aquí. Cerrad la
puerta de la casa y registradlo todo —ordenó una enérgica
voz de mujer—. Yusted, Walter, vaya ahora mismo arriba
y échese algo encima. Sus pantorrillas peludas no son
precisamente un espectáculo agradable de contemplar a
estas horas dela mañana.
¡Ay, Dios! De niña me había escondido allí un millón de
veces, pero nunca había tenido tanto miedo como ahora de
que pudieran encontrarme.
Procurando no hacer ningún ruido, me deslicéconmucho
cuidado hacia el fondo del cuartucho. Mientras me
arrastraba hacia atrás, una araña enorme me corrió por el
brazo y estuvea punto delanzar un chillido. —Lester, mister Jenkins y Tott, vosotros registraréis la
planta baja y las habitaciones del sótano. Mary y yo nos
encargaremos del primer piso. Clarisse vigilará la puerta
posterior, yHelen, laentrada principal. —¿Ysitrata deescapar por lacocina? —Para eso tendría que pasar junto a mistress Craine y
sus sartenes de hierro. Mirad en los trasteros bajo la
escalera y detrás detodas lascortinas.
Estaba perdida.
¡Maldita sea! ¡Todo esto era absolutamente…
surrealista! Ahí estaba yo acurrucada en un trastero, en
pijama, entre arañas, muebles polvorientos y qué sé yo qué
más —ayyy… ¿esa sombra podía ser realmente un
cocodrilo disecado?—, esperando a que me detuvieran por
intento de robo. Ytodo solo porque algo había funcionado
maleIsaac Newton se habíaequivocado en suscálculos.
Empecé a llorar de pura rabia y de impotencia. Tal vez
esa gente tuviera compasión de mí si me encontraban así.
En la penumbra, los relucientes ojos de vidrio delcocodrilo
me miraban burlonamente. Ahora se oían pasos por todas
partes. Mecayó polvo delosescalonesen los ojos.
Yentonces volvía sentir el tirón en elestómago. Nunca
me habíaalegrado tanto de notarlo como en esteinstante. El
cocodrilo se difuminó ante mis ojos, y luego todo dio
vueltasa mialrededor y volvió elsilencio. Yla oscuridad.
Respiré hondo. No había motivo para que me entrara el
pánico. Seguramente había vuelto asaltaren el tiempo yme
encontraba en el trastero de la escalera enmiépoca, donde
también habíaarañasenormes, porcierto.
Algo meacarició lacaraconmuchasuavidad. ¡Muy bien,
adelante con el pánico! Empecé a mover violentamente los
brazos en todas direcciones y a dar tirones con las piernas,
brazos en todas direcciones y a dar tirones con las piernas,
que me habían quedado atrapadas bajo una cómoda. Se
oyó un traqueteo, las planchas del suelo crujieron y una
vieja lámpara se estrelló contra el suelo. Supuse que era la
lámpara, porque no podía ver nada. Pero pude liberarme.
Aliviada, me acerqué a tientas a la puerta y salí
arrastrándome de mi escondite. Fuera del trastero también
estaba oscuro, pero pude reconocer los contornos de la
barandilla, las altas ventanas y el brillo de las arañas del
techo.
Ya una figura que venía hacia mí. El rayo de luz de una
linterna de bolsillo mecegó.
Abrí la boca para gritar, pero no conseguí emitir ningún
sonido. —¿Buscaba algo concreto en el trastero, miss
Gwendolyn? —me preguntó la figura. Era mister Bernhard —. Laayudaréencantado aencontrar lo que necesite. —Hummm… yo… —Se me había hecho un nudo en la
garganta y apenas podía respirar—. ¿Qué hace usted aquí
abajo? —contraataqué. —Oí ruido —repuso mister Bernhard muy digno—. La
veo un poco… polvorienta. —Sí.
Polvorienta, rasguñada y llorosa. Me sequé furtivamente
las lágrimas delas mejillas.
Mister Bernhard me observó a la luz de la linterna con
sus ojos de lechuza y le sostuve la mirada sin pestañear. Al
fin y alcabo, no estaba prohibido meterse en un trastero de
noche, ¿no? Y el motivo que había tenido para hacerlo no
era desu incumbencia.
¿Es queaquel hombre dormíacon las gafas puestas? —Aún quedan dos horas hasta que suene el despertador —señaló finalmente—. Propongo que las pase en su cama.
Yo tambiénmeiréa descansar un poco. Buenas noches. —Buenas noches, mister Bernhard —dije.
De los Anales de los Vigilantes
12 de julio de 1851
A pesar del registro concienzudo efectuado en la vivienda
de
lord Horatio Montrose (Círculo Interior) en Bourdon
Place,
la ladrona que había sido sorprendida en el interior de la
casa
a primera hora de la mañana no pudo ser localizada.
Probablemente escapó por una de las ventanas del jardín.
El ama de llaves, mistress Mason, presentó una lista con
los objetos
sustraídos: cubiertos de plata y valiosas joyas
de lady Montrose, entre las que se encontraba un collar
obsequio
del duque de Wellington a la madre de lord Montrose.
Lady Montrose se encuentra en estos momentos en el
campo.
Informe: David Loyde, adepto de 2.º grado

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