3
3
uando pude volver a ver con claridad, un coche de
época doblabalaesquina y yo meencontrabaarrodillada
en laaceratemblando delsusto.
Había algo que no encajaba en la calle, algo diferente en
su aspecto habitual. En los últimos segundos, todo había
cambiado.
En lugar de llover, en esos momentos, soplaba un viento
helado, y era mucho más oscuro que antes, casi de noche.
El magnolio no tenía flores ni hojas. Ni siquiera estaba
segura de quefuera unmagnolio.
Las puntas de la verja que lo rodeaba estaban pintadas
de dorado. Habría jurado que el día anterior aún eran
negras.
De nuevo un coche de época dobló la esquina. Era un
vehículo extraño, con ruedasaltas y radiosclaros. Miré a lo
largo de la acera. Los charcos habían desaparecido. Y las
señales de circulación. En cambio, el pavimento estaba
deformado y abombado, y las farolas tenían un aspecto
distinto, su luz amarillenta apenas alcanzaba hasta el
siguiente portal.
Tenía un mal presentimiento, pero no estaba dispuesta a
reconocerlo.
De modo que respiré hondo y luego volví a mirar
alrededor,esta vezmásafondo.
Bien, en realidad, no habían cambiado tantas cosas. La
mayoría de las casas tenían el mismo aspecto de siempre.
Aunque, al fondo, la tienda de té donde mamá compraba
siempre aquellas deliciosas galletas Prince of Walles había
desaparecido, y en la esquina había una casa con unas
macizas columnas en la parte delantera que nunca había
visto.
Un hombre con sombrero y un abrigo negro me dirigió
una mirada ligeramente irritada y siguió adelante sin decir
nada y sin siquiera tratar de ayudarme. Me levanté y me
sacudílasuciedad delas rodillas.
El mal presagio se convirtió lenta pero inexorablemente
en unaterriblecertidumbre.
¿Aquién queríaengañar?
No había ido a parar casualmente a una carrera de
coches antiguos, niel magnolio había perdido sus hojas de
repente. Yaunque hubiera dado cualquier cosa por que en
aquel momento Nicole Kidman apareciera a la vuelta de la
esquina, por desgracia, aquello tampoco eraelescenario de
una película de Henry James.
Sabía perfectamente lo que había ocurrido.
Sencillamente, lo sabía. Y también sabía que tenía que
haberalgún fallo.
Habíaaterrizado en otraépoca.
No Charlotte, sino yo. Alguien había cometido un grave
error.
De repente empezaron a castañetearme los dientes. No
solo deexcitación, sino también defrío. Estaba helada.
Las palabras de Charlotte resonaron de nuevo en mis
oídos. «Cuando llegue elmomento, sabré lo que tengo que
hacer.»
Claro, Charlotte sabría lo que tenía que hacer, pero a mí
nadie me había explicado nada. De modo que me quedé
plantada en un rincón de la calle temblando y observando
cómo la gente que pasaba me miraba boquiabierta, aunque,
a decir verdad, no era mucha. Una mujer joven que llevaba
un abrigo quelellegabaalos tobillos y unacestaal brazo se
acercaba seguida por un hombre con sombrero y elcuello
subido. —Perdone —dije—, ¿le importaría decirme en qué año
—Perdone —dije—, ¿le importaría decirme en qué año
estamos?
La mujer hizo como si no me hubiera oído y apresuró el
paso.
El hombresacudió lacabeza. —Qué desvergüenza —gruñó.
Lancé un suspiro. De todos modos, la información
tampoco me hubiera servido de mucho. En el fondo
importaba poco que nos encontráramos en el año 1899 o
en el 1923.
Pero al menos sabría dónde estaba. Vivía a apenas cien
metros deaquí. Lo más sencillo erairacasa.
Algo tenía que hacer,¿no?
Ala luz delcrepúsculo, la calle tenía un aspecto pacífico
y tranquilo mientras volvía despacio hacia casa mirando en
todas direcciones. ¿Qué era distinto? ¿Qué era igual?
Incluso observándolos más de cerca, los edificios se
parecían mucho a los de mi época, pero al mismo tiempo
tenía la sensación de que había muchos detalles que veía
por primera vez; aunque también podía ser que no me
hubierafijado bien antes. Instintivamentelancé una ojeadaal
otro lado de la calle, al número 18; pero la entrada estaba
vacía, no había ningún hombre de negro ala vista.
Me detuve.
Nuestra casa tenía exactamente elmismo aspecto que en
miépoca. Las ventanas de la planta baja y del primer piso
estaban iluminadas, y también había luz arriba, en la
habitación de mamá. Sentí unaterribleañoranzaal verla. De
los remates de las ventanas del tejado colgaban
carámbanos.
«Cuando llegue el momento, sabré lo que tengo que
hacer.»
A ver, ¿qué habría hecho Charlotte en ese momento?
Seestaba haciendo de nochey hacía un frío que pelaba.
¿Adónde hubiera ido Charlotte para no congelarse? ¿A
casa?
Miré hacia las ventanas de la fachada. Tal vez mi
abuelo ya viviera en esa época. Tal vez incluso me
reconociera al verme. Al fin y al cabo, me había hecho
saltar sobresus rodillascuando era pequeña…
¡Bah, tonterías! Aunque ya hubiera nacido,
difícilmente iba a poder acordarse de que iba a
mecermeen sus rodillascuando fuera un anciano.
El frío que se colaba bajo mi impermeable hizo que
me decidiera: sencillamente llamaría y pediría
alojamiento para la noche.
La cuestión era cómo iba a hacerlo.
«Hola, me llamo Gwendolyn y soy la nieta de lord
Lucas Montrose, que posiblemente aún no haya
nacido.»
No podía esperar que me creyeran. Probablemente,
de un momento a otro meencontraría encerrada en una
institución mental. Y seguro que en esa época eran
lugares siniestros de los que, una vez dentro, ya no se
volvía a salir jamás.
Por otra parte, tenía pocas alternativas. Pronto
estaría todo oscuro como boca de lobo, y tenía que
encontrar un sitio donde pasar la noche si no quería
congelarme. Y si no quería que me descubriera Jack el
Destripador. ¡Maldita sea! ¿Cuándo había actuado el
Destripador exactamente? ¿Y dónde? ¡Esperaba que no
en elrespetable barrio de Mayfair!
Si conseguía hablar con alguno de mis antepasados,
tal vez pudiera convencerle de que sabía más cosas de
la familia de las que podía conocer un extraño. ¿Quién,
por ejemplo, aparte de mí, podía responder sin vacilar
que el caballo del tatatatatarabuelo Hugh se llamaba
Fat Annie? Aquello solo podía saberlo alguien de
dentro.
Una ráfaga de viento hizo que me estremeciera.
Hacía un frío terrible. Parecía que en cualquier
momento fuera a ponerse a nevar.
momento fuera a ponerse a nevar.
«Hola, me llamo Gwendolyn y vengo del futuro.
Como demostración, puedo enseñarles esta cremallera.
Apuesto a que aún no se ha inventado, ¿no es verdad?
Igual quelosJumbosyla televisión ylas neveras…»
Al menos podía intentarlo. Respiré hondo y me dirigí
hacia la puerta.
Losescalones me resultaban extrañamente familiares
y diferentes al mismo tiempo. Instintivamente alarguéla
mano para pulsar el botón del timbre. No había
ninguno. Por lo visto, los timbres eléctricos aún no se
habían inventado. Por desgracia, aquello tampoco me
daba ninguna pista sobre el año en que me encontraba.
Ni siquiera sabía cuándo habían inventado la corriente
eléctrica. ¿Antes o después de los barcos de vapor?
¿Nos lo habían explicado en la escuela? Si lo habían
hecho, por desgracia, no podía recordarlo.
Encontré un pomo que colgaba de una cadena,
parecido al tirador del anticuado váter que había en
casa de Leslie. Tiré enérgicamente y oí sonar una
campana detrás dela puerta.
¡Ay, Dios! Probablemente abriría algún miembro del
servicio. ¿Qué podía decir para que me llevara ante la
presencia de algún familiar? ¿Tal vez aún vivía el
tatatatatarabuelo Hugh? O vivía ya. O lo que fuera.
Sencillamente preguntaría porél. Opor Fat Annie.
Oí unos pasos que se acercaban y me armé de valor.
Pero ya no pude ver quién me abría la puerta, porque
en ese instante volví a sentir un tirón en los pies que me
lanzó a través del tiempo y el espacio y luego me
escupió de nuevo.
Me encontraba otra vez sobre la alfombrilla de la
puerta de casa. Me puse en pie de un salto y miré a mi
alrededor. Todo se veía como antes, cuando había
salido a comprarcaramelos delimón para la tía Maddy.
Lascasas, loscoches aparcados,eincluso la lluvia.
El hombre de negro en la entrada del número 18 me
miraba fijamente.
«No eres tú el único asombrado», murmuré.
¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Había visto el
hombre de negro cómo desaparecía en la esquina y
volvía a aparecer sobre la alfombrilla? Seguro que no
podía dar crédito a sus ojos. Se lo tenía bien merecido.
Ahora se daría cuenta de lo que suponía convertirse en
un enigma para otras personas.
Llamé a la puerta frenéticamente. Mister Bernhard
abrió.
—¿Tenemos prisa hoy? —preguntó.
—¡Usted probablemente no, pero yo sí!
Mister Bernhard levantó lascejas.
—Perdón, he olvidado algo importante.
Pasé junto a él y corrí escaleras arriba, saltando los
escalones de dosen dos.
La tía abuela Maddy me miró sorprendida al verme
irrumpircomo un ciclón en elcuarto.
—Pensaba queya te habías ido, angelito.
Jadeando, miré el reloj de pared. Hacía exactamente
veinte minutos que había salido dela habitación.
—Pero me alegro mucho de que hayas vuelto. Había
olvidado decirte que en Selfridges tienen los mismos
caramelos pero sin azúcar, ¡y el envoltorio tiene
exactamente el mismo aspecto! Sobre todo, no los
compres, porque los que no tienen azúcar provocan…
esto…¡diarrea!
—Tía Maddy, ¿por qué están todos tan seguros de
que Charlottetieneel gen?
—Pues porque… ¿No puedes preguntarme algo más
sencillo?
La tía Maddy parecía un poco desconcertada.
—¿Le han analizado la sangre? ¿No podría ser que
también hubiera otra persona quetuviera el gen?
Poco a poco iba recuperando la respiración.
Poco a poco iba recuperando la respiración.
—No cabe duda de que Charlottees una portadora.
—¿Porquelo han encontrado en su ADN?
—Angelito, la verdad es que estás preguntando a la
persona equivocada. Siempre he sido un completo
desastre en biología, ni siquiera sé qué es el ADN. Creo
que todo esto tiene más que ver con las matemáticas
que con la biología. Por desgracia, también soy
malísima en matemáticas. Cuando me hablan de
númerosyfórmulas, meentra por un oído y mesale por
el otro. Solo puedo decirte que Charlotte vino al mundo
en la fecha exacta fijada para ella y calculada desde
hacesiglos.
—¿De modo que la fecha de nacimiento determina si
uno tieneel gen o no?
Me mordí los labios. Charlotte había nacido el 7 de
octubre,yyo el 8. Solo había un día de diferencia.
—Creo que es más bien al revés —me informó la tía
abuela Maddy—. El gen determina la hora de
nacimiento. Calcularon todo eso con absoluta precisión.
—¿Y siseequivocaron en loscálculos?
¡Solo por un día! Así de sencillo era. Se habían
confundido de persona. No era Charlotte la que tenía
ese maldito gen, sino yo. O lo teníamos las dos. O… Me
dejécaeren el taburete.
La tía Maddysacudió la cabeza.
—No se equivocaron, angelito. Creo que si algo sabe
hacer bien esa gente,es justamentecalcular.
¿Quién era «esa gente» a la queserefería?
—Todo el mundo puede equivocarse alguna vez en
suscálculos —repuse.
La tía Maddyrió.
—Metemo queIsaac Newton, no.
—¿Newton calculó la fecha de nacimiento de
Charlotte?
—Cariño, comprendo tu curiosidad. Cuando yo tenía
tu edad,era exactamenteigual. Pero,en primer lugar, a
veces es mejor no saber, y en segundo, me gustaría
mucho, muchísimo, tener miscaramelos delimón.
—Todo esto es tan ilógico…—dije.
—Solo aparentemente —replicó la tía Maddy
acariciándome la mano—. Y piensa que, aunque no te
haya aclarado nada, esta conversación debe quedar
entre nosotras. Si tu abuela se entera de que te he
explicado todo esto, se enfadará. Y cuando está
enfadada,es aún más terrible delo normal.
—No te delataré, tía Maddy. Y, tranquila, que
enseguida voy a buscar tuscaramelos.
—Eres una buena chica.
—Solo tengo una pregunta más: ¿cuánto tiempo pasa
desdeel primerviaje hasta quevuelve a ocurrir?
La tía Maddysuspiró.
—¡Por favor!—imploré.
—No creo que haya reglas para eso —explicó la tía
Maddy—. Supongo que cada portador del gen es
distinto. Pero ninguno puede dirigir por sí mismo los
viajes en el tiempo. Es algo que pasa diariamente, a
veces incluso varias veces al día, de forma totalmente
incontrolada. Poreso es tan importanteesecronógrafo.
Por lo que he creído entender, gracias a su ayuda,
Charlotte no tendrá que vagar desamparada de aquí
para allá a través del tiempo, sino que podrá ser
enviada a épocas sin peligro donde no pueda pasarle
nada. De modo que no hace falta que te preocupes por
ella.
Para ser sincera, me preocupaba mucho más por mí
misma.
—¿Y cuánto tiempo se desaparece en el presente
mientras se está en el pasado? ¿Y crees que existe la
posibilidad de que la segunda vez se salte hacia atrás,
por ejemplo, hasta la época de los dinosaurios, cuando
aquí todo era un pantano? —pregunté decorrido.
aquí todo era un pantano? —pregunté decorrido.
Mi tía abuela meinterrumpió con un gesto.
—Ya basta, Gwendolyn. ¡Yo tampoco sé nada detodo
eso!
Melevantérápidamente.
—De todas maneras, gracias por tus respuestas —
dije—. Me has ayudado mucho.
—No creo que te haya ayudado precisamente. Y,
además, meestán entrando los remordimientos, ¿sabes?
Solo pensando en tu propio interés, no debería
apoyarte,y aún menos teniendo en cuenta queyo misma
no debería saber nada de todo este asunto. Cuando en
otro tiempo le preguntaba a mi hermano, tu querido
abuelo, sobre todos estos secretos, él siempre me daba
la misma respuesta: cuanto menos supiera, mejor para
mí. ¿Quieres ir a buscar mis caramelos de una vez? Y
por favor no lo olvides: ¡con azúcar!
La tía abuela Maddy agitó la mano para despedirme.
¿Cómo podían ser los secretos peligrosos para la
salud? ¿Y hasta qué punto había estado informado mi
abuelo detodo esto?
—¿Isaac Newton? —repitió Leslieestupefacta—. ¿No
era eseel dela fuerza dela gravedad?
—Sí, exacto. Pero, por lo visto, también calculó la
fecha de nacimiento de Charlotte. —Me encontraba en
la sección de alimentos de Selfridges, ante los yogures,
aguantando el móvil contra la oreja con la mano
derecha mientras me tapaba la otra con la izquierda—.
Y estúpidamente nadie cree que pudiera equivocarse en
el cálculo. ¡Claro que quién iba a creerlo tratándose de
Newton! Pero tiene que haberse equivocado, Leslie. Yo
nací un día después de Charlotte y he sido yo quien ha
saltado en el tiempo, no ella.
—Realmente, esto es más que misterioso —insinuó
Leslie—. Jo, este trasto necesita horas para arrancar.
¡Ponte en marcha de una vez, cretino! —empezó a
insultar a su ordenador.
—¡Oh Leslie, era tan… extraño! —exclamé—. ¡Faltó
poco para que hablara con un antepasado mío! Quizá
con ese tipo gordo de la pintura ante la puerta secreta,
el tatatatatarabuelo Hugh. Si es que era su época, y no
otra. Claro quetambién hubieran podido enviarme a un
manicomio.
—¡Hubiera podido pasarte cualquier cosa! —me
reprendió Leslie—. ¡Aún no puedo creérmelo! ¡Todos
estos años montando ese teatro con Charlotte, y ahora
va y pasa esto! Tienes que explicárselo enseguida a tu
madre. ¡De hecho, tendrías que ir inmediatamente a
casa!¡Puedevolver a ocurriren cualquier momento!
—Es terrorífico, ¿no?
—Desde luego. Por fin ya me he conectado. Primero
teclearé Newton. ¡Y tú vete a casa ahora mismo!
¿Tienes idea de cuánto tiempo hace que existe el
Selfridges? ¡Tal vez antes hubiera un foso y acabes
cayendo desde doce metros de altura!
—A la abuela le dará algo cuando seentere —dije.
—Sí, y la pobre Charlotte… imagínate. Todos estos
años teniendo querenunciar a todo, y ahora resulta que
no va a servirle para nada. Ah, aquí lo tengo. Newton.
Nacido en 1643 en Woolsthorpe…, ¿dónde está eso?…,
muerto en 1727 en Londres. Bla, bla, bla. Aquí no dice
nada de viajes en el tiempo, solo algo del cálculo
infinitesimal; no me suena de nada, ¿y a ti?
Trascendencia de todas las espirales… Quadratix,
Óptica, Mecánica celeste, bla, bla, bla; ah, aquí está
también la ley de la gravedad… A ver, eso de la
trascendencia de las espirales es lo que más suena a
viajesen el tiempo, ¿no te parece?
—Para sertesincera, no —repuse.
A mi lado, una pareja discutía en voz alta sobre el
A mi lado, una pareja discutía en voz alta sobre el
tipo deyogur que querían comprar.
—¿Aún estás en Selfridges? —gritó Leslie—. ¡Vete a
casa ya!
—Estoy decamino —dije mientras me dirigía hacia la
salida balanceando la bolsa de papel amarilla con los
caramelos de la tía Maddy—. Pero Leslie, no puedo
explicaresto en casa. Metomarían por loca.
Leslielanzó un resoplido porel teléfono.
—¡Gwen! ¡Es muy posible que cualquier otra familia
te hiciera encerrar en un manicomio, pero no la tuya,
que se pasa el día hablando de genes de viajes en el
tiempo ycronómetrosytoda clase de misterios!
—Cronógrafo —la corregí—. ¡Ese trasto funciona
con sangre!Repugnante, ¿no?
—¡Cro-nó-gra-fo! Muy bien, ya lo he tecleado en
Google.
Me deslicéentrela multitud quellenaba las acerasen
Oxford Street hasta llegar al próximo semáforo.
—La tía Glenda dirá que me lo he inventado todo
para darme importancia y robarle protagonismo a
Charlotte.
—¿Y qué? Como muy tarde, la próxima vez que
vuelvas a saltar se dará cuenta de que estaba
equivocada.
—¿Y si no vuelvo a saltar? ¿Y si solo ha sido una
cosa excepcional,como una especie deresfriado?
—Ni tú te lo crees. Bien, un cronógrafo parece un
reloj de pulsera de lo más normal. Puedes encontrarlos
en eBay en cantidades industriales a partir de diez
libras. Vaya… Espera un momento; teclearé Isaac
Newton más cronógrafo más viajes en el tiempo más
sangre.
—¿Qué?
—Nada. —Leslie suspiró—. Ahora siento que no
hubiéramos investigado todo esto antes. Lo primero que
haré es conseguir literatura sobre el tema. Todo lo que
pueda encontrar sobre viajes en el tiempo. ¿Dónde he
metido ese estúpido carnet de la biblioteca? ¿Dónde
estás ahora?
—Estoy cruzando Oxford Street y luego giraré en
Duke Street. —Se me escapó una risita—. ¿Lo
preguntas porque quieres venir y dibujar un círculo de
tiza si la comunicación se interrumpe de repente? Me
pregunto para qué demonios hubiera servido ese
estúpido círculo detiza en elcaso de Charlotte.
—Bueno, tal vez hubieran enviado tras ella a este
otro tipo delosviajesen el tiempo. ¿Cómo sellama?
—Gideon de Villiers.
—Un nombre fantástico. Voy a teclearlo. Gideon de
Villiers. ¿Cómo seescribe?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Volviendo al círculo
de tiza: ¿y adónde iban a enviar a ese Gideon? Quiero
decir, ¿a qué época? Charlotte hubiera podido estar en
cualquier parte. En cualquier minuto, cualquier
segundo, cualquier año, cualquier siglo. No, eso del
círculo detiza no tiene ningún sentido.
Leslie me chilló tan fuerte en la oreja que casi hizo
quese mecayera el móvil.
—Gideon de Villiers —dijo—. Tengo a uno.
—¿Deverdad?
—Pues sí. Aquí sale: «Elequipo de polo del internado
Vincent de Greenwich ha ganado también este año la
competición de polo escolar All England. En la
fotografía vemos, celebrando la obtención de la copa,
de izquierda a derecha, al director William Henderson,
el entrenador John Carpenter, el capitán del equipo
Gideon de Villiers…», etcétera, etcétera. Uau, además
es capitán. Por desgracia, la foto es minúscula, no se
puede distinguir loscaballos deloschicos. ¿Dóndeestás
en este momento, Gwen?
—Sigo en Duke Street. Esto encaja: internado en
—Sigo en Duke Street. Esto encaja: internado en
Greenwich, polo… Seguro que es él. ¿No pone también
que desaparece devezen cuando? ¿Directamente desde
elcaballo, talvez?
—Oh, ahora veo que el artículo es de hace tres años.
Tal vez ya no vaya a la escuela. ¿Vuelves a tener
vértigos?
—De momento, no.
—¿Dóndeestás ahora?
—¡Leslie! Sigo en Duke Street. Voy tan rápido como
puedo.
—Muy bien, seguiremos al teléfono hasta que estés
antela puerta detu casa y, en cuanto llegues, habla con
tu madre.
Miréelreloj.
—Aún falta para quevuelva del trabajo.
—Entonces espera a que llegue, pero habla con ella,
¿me has entendido? Tu madre sabrá qué hay que hacer
para que no pueda pasarte nada. ¿Gwen? ¿Estás ahí?
¿Me has oído?
—Sí. Te he oído. ¿Leslie?
—¿Sí?
—Estoy muy contenta de tenerte. Eres la mejor
amiga queexisteen el mundo.
—Tú tampoco estás mal como amiga —dijo Leslie—.
Y más teniendo en cuenta que pronto podrás traerme
cosas guays del pasado. ¿Qué amiga podría hacer algo
así? Y la próxima vez que tengamos que estudiar para
un estúpido examen de historia, podrás buscar todos los
datos directamentesobreel terreno.
—Si no tetuviera, no tendría ni idea de qué hacer.
Me daba cuenta de que toda esa palabrería sonaba
bastante patética, pero era exactamente lo que sentía
en ese momento.
—¿Realmente se pueden traer objetos del pasado? —
preguntó Leslie.
—No tengo ni idea. La próxima vez lo probaré. Por
cierto, ahora estoyen Grosvenor Square.
—Bueno, ya casi has llegado —suspiró Leslie aliviada
—. Aparte de lo del polo, Google no ha encontrado
nada más sobre Gideon de Villiers. En cambio, hay un
montón de cosas sobre una banca privada De Villiers y
un bufete de abogados De Villiersen Temple.
—Sí, deben deserellos.
—¿Tienes sensación devértigo?
—No, pero gracias por recordármelo.
Lesliecarraspeó.
—Sé que tienes miedo, Gwen, pero, según cómo se
mire, todo esto resulta muy emocionante. Se trata de
una auténtica aventura. ¡Y tú estás metida de lleno en
ella!
Sí. Estaba metida delleno.
Menudo asco.
Leslie tenía razón: no tenía ningún motivo para pensar
que mamá no me creería. Ella siempre había escuchado
con la debida seriedad mis «historias de fantasmas», y
siempre había podido acudir a ella cuando algo me
asustaba.
Cuando aún vivíamos en Durham, durante meses me
había perseguido el fantasma de un diablo que en
realidad tendría que haberse limitado a hacer de
gárgola en el tejado dela catedral. Sellamaba Asrael, y
era una mezcla de hombre, gato y águila. Cuando
Asrael se dio cuenta de que podía verlo, se quedó tan
encantado de poder hablar por fin con alguien que
empezó a seguirme, corriendo o volando, a todas
partes, charlando sin parar, y por la noche incluso
quería dormir en mi cama. Después de que hubiera
superado mi miedo inicial —como todas las gárgolas,
Asrael tenía un aspecto bastante horripilante—, nos
habíamos ido haciendo amigos poco a poco. Por
desgracia, Asrael no pudo trasladarse de Durham a
Londres, y yo lo seguía echando en falta. Los pocos
demonios gárgola que había visto aquí en Londres eran
seres más bien antipáticos; hasta el momento, no había
podido encontrar a ninguno que le llegara a la suela del
zapato.
Si mamá se había creído lo de Asrael, seguramente
también secreería lo delviajeen el tiempo. Esperé a un
momento oportuno para hablar con ella. Pero, por una
cosa u otra, el momento oportuno no acababa de
presentarse. En cuanto llegó del trabajo, mamá se puso
a discutir con Caroline, porque mi hermana se había
ofrecido voluntaria para cuidar del terrario de la clase
durante las vacaciones de verano, incluida la mascota
de la clase, un camaleón llamado Mister Bean. Aunque
aún faltaban varios meses para las vacaciones, por lo
visto, aquella discusión no podía aplazarse.
—¡No puedes quedarte con Mister Bean, Caroline!
Sabes muy bien que tu abuela no quiere animales en
casa —le advirtió mamá—. Y la tía Glenda es alérgica.
—Pero Mister Bean no tiene pelo —repuso Caroline
—. Y se queda todo el tiempo en su terrario. No molesta
a nadie.
—¡Molesta a tu abuela!
—¡Entonceses que mi abuela es tonta!
—¡Caroline, no puede ser! Aquí nadie tiene ni idea de
cómo cuidar a un camaleón. ¡Imagínate que hiciéramos
algo maly Mister Bean se pusiera enfermo yse muriera!
—No se moriría. Yo sé cómo hay que cuidarlo. ¡Por
favor, mami!¡Deja que lo traiga! Si no lo cojo yo, se lo
volverá a llevar Tess, y luego siempre hace como si ella
fuera la preferida de Mister Bean.
—¡Caroline, he dicho que no!
Un cuarto de hora más tarde aún discutían, y la
discusión continuó incluso después de que mamá fuera
al cuarto de baño y cerrara la puerta. Caroline se
plantó delantey gritó:
—Lady Arista no tendría por qué enterarse.
Podríamos entrar el terrario a escondidas cuando no
esté. Además, ella no entra práctic
cuando quería. De hecho, no paró de dar la lata hasta
que mamá prometió que intercedería personalmente
ante lady Arista para que Mister Bean pudiera quedarse
en casa durantelasvacaciones.
Aproveché el tiempo en que Caroline y mamá
discutían para quitarle a mi hermano trozos de chicle
del pelo en la habitación de costura. Nick tenía un buen
pegote enganchado a los cabellos, y sin embargo no
recordaba cómo había ido a parar hasta allí.
—¡Cómo es posible que no te hayas fijado!—exclamé
—. Lo siento, pero tendré que cortarte unos cuantos
mechones.
—No importa —repuso Nick—. También puedes
cortar los otros. Lady Arista ha dicho que parezco una
niña.
—Para lady Arista cualquiera que lleve el cabello
más largo que una cerilla parece una niña. Sería una
pena cortar unos rizos tan bonitos.
—Volverán a crecer. Córtalos todos, ¿vale?
—No puedo con unas tijeras de las uñas. Para eso
tendrías queir al peluquero.
—Tú puedes hacerlo —dijo Nick, confiando en mis
habilidades.
Por lo visto, había olvidado por completo que ya le
había cortado el pelo con unas tijeras de las uñas y que
él había acabado pareciéndose a una cría de buitre
recién nacida. Entoncesyo tenía siete añosyélcuatro,y
necesitaba sus rizos porque quería hacerme una peluca
con ellos, pero no salió bien. Aquella intentona mecostó
un día sin salir decasa.
—Nisete ocurra —me advirtió mamá,entrando en la
habitación y cogiéndome las tijeras de la mano para
mayor seguridad—. En todo caso, se lo cortará el
peluquero mañana. Ahora tenemos que bajar a cenar.
Nick lanzó un gemido.
—¡No te preocupes, hoy lady Arista no está! —le dije
sonriendo—. Nadie te criticará por el chicle. O por la
mancha en el jersey.
—¿Qué mancha? —Nick miró hacia abajo—. Jo,
debe deser zumo de granada. No me he dado cuenta.
El pobre niño había salido clavado a mí.
—Ya te he dicho que nadietereñirá.
—¡Pero si hoy no es miércoles!—replicó Nick.
—Detodos modos, se han ido.
—Guay.
Cuando estaban lady Arista, Charlotte y la tía
Glenda, la cena se convertía siempre en un
acontecimiento más bien estresante. Lady Arista se
dedicaba sobre todo a criticar los modales en la mesa
de Caroline y Nick (a veces también los de la tía
Maddy), la tía Glenda preguntaba todo el rato por mis
notas en la escuela para luego compararlas con las de
Charlotte, y Charlotte sonreía como la Mona Lisa y
decía «Eso no es de tu incumbencia» cuando alguien le
preguntaba algo.
Bien mirado, hubiéramos podido renunciar
perfectamente a esas reuniones vespertinas, pero la
abuela insistía en que todo el mundo participara en
ellas. Solo si tenías una enfermedad infecciosa estabas
disculpado.
Mistress Brompton, que venía a casa de lunes a
viernes, preparaba la comida y también se encargaba
de limpiar los platos. (Los fines de semana cocinaba la
tía Glenda o bien mamá. Para desgracia mía y de Nick,
nunca seencargaban pizzas o comida china.)
Los miércoles —el día en que lady Arista, la tía
Glenda y Charlotte estaban ocupadas con sus misterios
— la cena era mucho más relajada, por lo que a todos
nos pareció fantástico que, aunquefuera lunes, reinaran
las condiciones de los miércoles. No es que
aprovecháramos la ocasión para sorber, masticar
ruidosamente o eructar, pero nos atrevíamos a
ruidosamente o eructar, pero nos atrevíamos a
interrumpirnos, a poner los codos sobre la mesa y a
tocar temas quelady Arista consideraba inapropiados.
Loscamaleones, porejemplo.
—¿Te gustan los camaleones, tía Maddy? ¿No te
gustaría tener uno? ¿Uno muy manso?
—Bueno, hummm… En fin, ahora que lo dices, me
doy cuenta de que en realidad siempre he querido tener
un camaleón —balbució la tía abuela Maddy mientras
se servía un montón de patatas al romero—.
Decididamente, sí.
Carolineestaba radiante.
—Pues quizá pronto tu deseo se haga realidad.
—¿Han dicho algo lady Arista y Glenda? —preguntó
mamá.
—Tu madre ha llamado por la tarde para decir que
no estarían para cenar —respondió la tía Maddy—. En
nombre de todos, le he expresado nuestro gran pesar
por la noticia;espero que os parezca bien.
—Oh,claro —convino Nick soltando una risita.
—¿YCharlotte? ¿Ya ha…? —preguntó mamá.
—Hasta ahora no, supongo. —La tía Maddy se
encogió de hombros—. Pero esperan que pase en
cualquier momento. La pobre chica tiene vértigos
constantemente y ahora, además, también padece
migrañas.
—Realmente, es digna de lástima —dijo mamá, y
después de dejar su tenedor a un lado se quedó
embobada mirando el artesonado oscuro de nuestro
comedor, el cual a veces me hacía pensar que alguien
había confundido las paredes con el suelo y las había
forrado con parquet.
—¿Y qué pasará si al final Charlotte no da el salto en
el tiempo? —pregunté.
—¡Tarde o temprano llegará!—afirmó Nick imitando
la voz solemne dela abuela.
Todos,excepto mamá yyo, rieron.
—Pero ¿y si no pasa? ¿Y si se han equivocado y
Charlotteen realidad no tieneel gen? —pregunté.
Esta vez Nick imitó a la tía Glenda:
—Ya de bebé podía verse que Charlotte había nacido
para hacer grandes cosas. Ella no puede compararse
con unoschicos normalescomo vosotros.
De nuevo volvieron a reír todos,excepto mamá.
—¿Se puede saber cómo se te ha ocurrido eso,
Gwendolyn? —me preguntó.
—Bueno, solo era una idea…—conjeturé.
—Ya te he explicado que es imposible que haya
ningún error —contó la tía abuela Maddy.
—Sí, porque Isaac Newton era un genio que nunca
podría haberse equivocado, lo sé —dije—. De hecho,
¿por qué calculó Newton la fecha de nacimiento de
Charlotte?
—¡Tía Maddy!
Mamá dirigió una mirada cargada de reproche a mi
tía abuela, quechasqueó la lengua yreplicó:
—No paraba de hacer preguntas. ¿Qué querías que
hiciera? Es exactamente como tú cuando eras pequeña,
Grace. Además, me prometió que no diría ni una
palabra de nuestra conversación.
—Solo a la abuela —puntualicé—. ¿Y también fue
Isaac Newton el queinventó esecronógrafo?
—Chivata —masculló la tía abuela Maddy—. No
pienso explicarte nada más.
—¿Quéeseso delcronógrafo? —preguntó Nick.
—Es una máquina del tiempo con la que enviarán a
Charlotte al pasado —le expliqué—. Y la sangre de
Charlotte es, por así decirlo, el carburante para la
máquina.
—Bestial —exclamó Nick.
—¡Ay, sangre!—chilló Caroline.
—¿También se puede viajar al futuro con ese
—¿También se puede viajar al futuro con ese
cronógrafo? —preguntó Nick.
Mamá lanzó un gemido.
—Mira la que has montado, tía Maddy.
—Son tus hijos, Grace —dijo la tía abuela Maddy
sonriendo—. Es normal que quieran estar alcorriente.
—Sí, supongo que sí. —Mamá nos miró uno a uno—.
Pero no tenéis que hacerle nunca estas preguntas a
vuestra abuela, ¿me oís? —nos advirtió.
—Probablemente es la única que conoce las
respuestas —repliquéyo.
—Pero tampoco os las daría.
—Y tú, mamá, ¿cuánto sabes detodo esto?
—Más de lo que quisiera. —Mamá sonrió al decirlo,
pero era una sonrisa triste—. Por otra parte, no se
puede viajar al futuro, Nick, justamente porque el
futuro aún no ha tenido lugar.
—¿Cómo? —soltó Nick—. ¿Qué clase de lógica es
esa?
Llamaron a la puerta y mister Bernhard entró con el
teléfono. Seguro que Leslie se hubiera quedado
alucinada si hubiera visto cómo traía el aparato sobre
una bandeja de plata. Realmente, a veces mister
Bernhard exageraba un poco.
—Una llamada para miss Grace —anunció.
Mamá cogió el teléfono de la bandeja y mister
Bernhard dio media vuelta y abandonó el comedor.
Mister Bernhard solo cenaba con nosotros cuando lady
Arista se lo pedía expresamente, lo que solo sucedía un
par de veces al año. Nick y yo sospechábamos que se
hacía traer la comida en secreto de algún restaurante
italiano o chino ysela comía tranquilamente a solas.
—¿Sí? ¡Ah, madre,eres tú!
La tía abuela Maddy nos guiñó un ojo.
—¡Vuestra abuela puede leer el pensamiento! —
susurró—. Intuye queestamosconversando sobre temas
prohibidos. ¿Quién va a recoger la mesa? Necesitamos
hacer espacio para el pastel de manzana de mistress
Brompton.
—¡Y para la crema devainilla!
Aunque me había comido una montaña de patatas al
romero con zanahorias caramelizadas y medallones de
lomo, aún no estaba llena. Tanta excitación me había
dado hambre. Me levanté y empecé a colocar los platos
suciosen el montaplatos.
—Si Charlotte viaja a la época de los dinosaurios,
¿me podría traer una cría pequeñita? —preguntó
Caroline.
La tía abuela Maddysacudió la cabeza.
—Los animalesylas personas que no tienen el gen no
pueden ser transportados en el tiempo. Y, además,
tampoco se puedeviajar tan atrás.
—Lástima —se quejó Caroline.
—Pues yo encuentro que está muy bien así —señalé
—. Imagínate la que se armaría si los viajeros del
tiempo estuvieran trayendo continuamente dinosaurios
y tigres de dientes de sable, o, peor todavía, a Atila el
rey delos hunos o a Adolf Hitler.
Mamá colgó el teléfono.
—Pasarán la noche allí —dijo—. Por razones de
seguridad.
—¿Dóndees allí? —preguntó Nick.
Mamá no respondió.
—¿Tía Maddy? ¿Teencuentras bien?
Doce columnas soportan el castillo del tiempo.
Doce animales gobiernan el reino.
El águila está ya lista para alzarse.
El cinco es la llave y también es la base.
Así, en el Círculo de los Doce, es el dos el doce.
Y al halcón, que ocupa el séptimo lugar,
el número tres hay que asignar.
De los Escritos secretos del conde de Saint Germain
uando pude volver a ver con claridad, un coche de
época doblabalaesquina y yo meencontrabaarrodillada
en laaceratemblando delsusto.
Había algo que no encajaba en la calle, algo diferente en
su aspecto habitual. En los últimos segundos, todo había
cambiado.
En lugar de llover, en esos momentos, soplaba un viento
helado, y era mucho más oscuro que antes, casi de noche.
El magnolio no tenía flores ni hojas. Ni siquiera estaba
segura de quefuera unmagnolio.
Las puntas de la verja que lo rodeaba estaban pintadas
de dorado. Habría jurado que el día anterior aún eran
negras.
De nuevo un coche de época dobló la esquina. Era un
vehículo extraño, con ruedasaltas y radiosclaros. Miré a lo
largo de la acera. Los charcos habían desaparecido. Y las
señales de circulación. En cambio, el pavimento estaba
deformado y abombado, y las farolas tenían un aspecto
distinto, su luz amarillenta apenas alcanzaba hasta el
siguiente portal.
Tenía un mal presentimiento, pero no estaba dispuesta a
reconocerlo.
De modo que respiré hondo y luego volví a mirar
alrededor,esta vezmásafondo.
Bien, en realidad, no habían cambiado tantas cosas. La
mayoría de las casas tenían el mismo aspecto de siempre.
Aunque, al fondo, la tienda de té donde mamá compraba
siempre aquellas deliciosas galletas Prince of Walles había
desaparecido, y en la esquina había una casa con unas
macizas columnas en la parte delantera que nunca había
visto.
Un hombre con sombrero y un abrigo negro me dirigió
una mirada ligeramente irritada y siguió adelante sin decir
nada y sin siquiera tratar de ayudarme. Me levanté y me
sacudílasuciedad delas rodillas.
El mal presagio se convirtió lenta pero inexorablemente
en unaterriblecertidumbre.
¿Aquién queríaengañar?
No había ido a parar casualmente a una carrera de
coches antiguos, niel magnolio había perdido sus hojas de
repente. Yaunque hubiera dado cualquier cosa por que en
aquel momento Nicole Kidman apareciera a la vuelta de la
esquina, por desgracia, aquello tampoco eraelescenario de
una película de Henry James.
Sabía perfectamente lo que había ocurrido.
Sencillamente, lo sabía. Y también sabía que tenía que
haberalgún fallo.
Habíaaterrizado en otraépoca.
No Charlotte, sino yo. Alguien había cometido un grave
error.
De repente empezaron a castañetearme los dientes. No
solo deexcitación, sino también defrío. Estaba helada.
Las palabras de Charlotte resonaron de nuevo en mis
oídos. «Cuando llegue elmomento, sabré lo que tengo que
hacer.»
Claro, Charlotte sabría lo que tenía que hacer, pero a mí
nadie me había explicado nada. De modo que me quedé
plantada en un rincón de la calle temblando y observando
cómo la gente que pasaba me miraba boquiabierta, aunque,
a decir verdad, no era mucha. Una mujer joven que llevaba
un abrigo quelellegabaalos tobillos y unacestaal brazo se
acercaba seguida por un hombre con sombrero y elcuello
subido. —Perdone —dije—, ¿le importaría decirme en qué año
—Perdone —dije—, ¿le importaría decirme en qué año
estamos?
La mujer hizo como si no me hubiera oído y apresuró el
paso.
El hombresacudió lacabeza. —Qué desvergüenza —gruñó.
Lancé un suspiro. De todos modos, la información
tampoco me hubiera servido de mucho. En el fondo
importaba poco que nos encontráramos en el año 1899 o
en el 1923.
Pero al menos sabría dónde estaba. Vivía a apenas cien
metros deaquí. Lo más sencillo erairacasa.
Algo tenía que hacer,¿no?
Ala luz delcrepúsculo, la calle tenía un aspecto pacífico
y tranquilo mientras volvía despacio hacia casa mirando en
todas direcciones. ¿Qué era distinto? ¿Qué era igual?
Incluso observándolos más de cerca, los edificios se
parecían mucho a los de mi época, pero al mismo tiempo
tenía la sensación de que había muchos detalles que veía
por primera vez; aunque también podía ser que no me
hubierafijado bien antes. Instintivamentelancé una ojeadaal
otro lado de la calle, al número 18; pero la entrada estaba
vacía, no había ningún hombre de negro ala vista.
Me detuve.
Nuestra casa tenía exactamente elmismo aspecto que en
miépoca. Las ventanas de la planta baja y del primer piso
estaban iluminadas, y también había luz arriba, en la
habitación de mamá. Sentí unaterribleañoranzaal verla. De
los remates de las ventanas del tejado colgaban
carámbanos.
«Cuando llegue el momento, sabré lo que tengo que
hacer.»
A ver, ¿qué habría hecho Charlotte en ese momento?
Seestaba haciendo de nochey hacía un frío que pelaba.
¿Adónde hubiera ido Charlotte para no congelarse? ¿A
casa?
Miré hacia las ventanas de la fachada. Tal vez mi
abuelo ya viviera en esa época. Tal vez incluso me
reconociera al verme. Al fin y al cabo, me había hecho
saltar sobresus rodillascuando era pequeña…
¡Bah, tonterías! Aunque ya hubiera nacido,
difícilmente iba a poder acordarse de que iba a
mecermeen sus rodillascuando fuera un anciano.
El frío que se colaba bajo mi impermeable hizo que
me decidiera: sencillamente llamaría y pediría
alojamiento para la noche.
La cuestión era cómo iba a hacerlo.
«Hola, me llamo Gwendolyn y soy la nieta de lord
Lucas Montrose, que posiblemente aún no haya
nacido.»
No podía esperar que me creyeran. Probablemente,
de un momento a otro meencontraría encerrada en una
institución mental. Y seguro que en esa época eran
lugares siniestros de los que, una vez dentro, ya no se
volvía a salir jamás.
Por otra parte, tenía pocas alternativas. Pronto
estaría todo oscuro como boca de lobo, y tenía que
encontrar un sitio donde pasar la noche si no quería
congelarme. Y si no quería que me descubriera Jack el
Destripador. ¡Maldita sea! ¿Cuándo había actuado el
Destripador exactamente? ¿Y dónde? ¡Esperaba que no
en elrespetable barrio de Mayfair!
Si conseguía hablar con alguno de mis antepasados,
tal vez pudiera convencerle de que sabía más cosas de
la familia de las que podía conocer un extraño. ¿Quién,
por ejemplo, aparte de mí, podía responder sin vacilar
que el caballo del tatatatatarabuelo Hugh se llamaba
Fat Annie? Aquello solo podía saberlo alguien de
dentro.
Una ráfaga de viento hizo que me estremeciera.
Hacía un frío terrible. Parecía que en cualquier
momento fuera a ponerse a nevar.
momento fuera a ponerse a nevar.
«Hola, me llamo Gwendolyn y vengo del futuro.
Como demostración, puedo enseñarles esta cremallera.
Apuesto a que aún no se ha inventado, ¿no es verdad?
Igual quelosJumbosyla televisión ylas neveras…»
Al menos podía intentarlo. Respiré hondo y me dirigí
hacia la puerta.
Losescalones me resultaban extrañamente familiares
y diferentes al mismo tiempo. Instintivamente alarguéla
mano para pulsar el botón del timbre. No había
ninguno. Por lo visto, los timbres eléctricos aún no se
habían inventado. Por desgracia, aquello tampoco me
daba ninguna pista sobre el año en que me encontraba.
Ni siquiera sabía cuándo habían inventado la corriente
eléctrica. ¿Antes o después de los barcos de vapor?
¿Nos lo habían explicado en la escuela? Si lo habían
hecho, por desgracia, no podía recordarlo.
Encontré un pomo que colgaba de una cadena,
parecido al tirador del anticuado váter que había en
casa de Leslie. Tiré enérgicamente y oí sonar una
campana detrás dela puerta.
¡Ay, Dios! Probablemente abriría algún miembro del
servicio. ¿Qué podía decir para que me llevara ante la
presencia de algún familiar? ¿Tal vez aún vivía el
tatatatatarabuelo Hugh? O vivía ya. O lo que fuera.
Sencillamente preguntaría porél. Opor Fat Annie.
Oí unos pasos que se acercaban y me armé de valor.
Pero ya no pude ver quién me abría la puerta, porque
en ese instante volví a sentir un tirón en los pies que me
lanzó a través del tiempo y el espacio y luego me
escupió de nuevo.
Me encontraba otra vez sobre la alfombrilla de la
puerta de casa. Me puse en pie de un salto y miré a mi
alrededor. Todo se veía como antes, cuando había
salido a comprarcaramelos delimón para la tía Maddy.
Lascasas, loscoches aparcados,eincluso la lluvia.
El hombre de negro en la entrada del número 18 me
miraba fijamente.
«No eres tú el único asombrado», murmuré.
¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Había visto el
hombre de negro cómo desaparecía en la esquina y
volvía a aparecer sobre la alfombrilla? Seguro que no
podía dar crédito a sus ojos. Se lo tenía bien merecido.
Ahora se daría cuenta de lo que suponía convertirse en
un enigma para otras personas.
Llamé a la puerta frenéticamente. Mister Bernhard
abrió.
—¿Tenemos prisa hoy? —preguntó.
—¡Usted probablemente no, pero yo sí!
Mister Bernhard levantó lascejas.
—Perdón, he olvidado algo importante.
Pasé junto a él y corrí escaleras arriba, saltando los
escalones de dosen dos.
La tía abuela Maddy me miró sorprendida al verme
irrumpircomo un ciclón en elcuarto.
—Pensaba queya te habías ido, angelito.
Jadeando, miré el reloj de pared. Hacía exactamente
veinte minutos que había salido dela habitación.
—Pero me alegro mucho de que hayas vuelto. Había
olvidado decirte que en Selfridges tienen los mismos
caramelos pero sin azúcar, ¡y el envoltorio tiene
exactamente el mismo aspecto! Sobre todo, no los
compres, porque los que no tienen azúcar provocan…
esto…¡diarrea!
—Tía Maddy, ¿por qué están todos tan seguros de
que Charlottetieneel gen?
—Pues porque… ¿No puedes preguntarme algo más
sencillo?
La tía Maddy parecía un poco desconcertada.
—¿Le han analizado la sangre? ¿No podría ser que
también hubiera otra persona quetuviera el gen?
Poco a poco iba recuperando la respiración.
Poco a poco iba recuperando la respiración.
—No cabe duda de que Charlottees una portadora.
—¿Porquelo han encontrado en su ADN?
—Angelito, la verdad es que estás preguntando a la
persona equivocada. Siempre he sido un completo
desastre en biología, ni siquiera sé qué es el ADN. Creo
que todo esto tiene más que ver con las matemáticas
que con la biología. Por desgracia, también soy
malísima en matemáticas. Cuando me hablan de
númerosyfórmulas, meentra por un oído y mesale por
el otro. Solo puedo decirte que Charlotte vino al mundo
en la fecha exacta fijada para ella y calculada desde
hacesiglos.
—¿De modo que la fecha de nacimiento determina si
uno tieneel gen o no?
Me mordí los labios. Charlotte había nacido el 7 de
octubre,yyo el 8. Solo había un día de diferencia.
—Creo que es más bien al revés —me informó la tía
abuela Maddy—. El gen determina la hora de
nacimiento. Calcularon todo eso con absoluta precisión.
—¿Y siseequivocaron en loscálculos?
¡Solo por un día! Así de sencillo era. Se habían
confundido de persona. No era Charlotte la que tenía
ese maldito gen, sino yo. O lo teníamos las dos. O… Me
dejécaeren el taburete.
La tía Maddysacudió la cabeza.
—No se equivocaron, angelito. Creo que si algo sabe
hacer bien esa gente,es justamentecalcular.
¿Quién era «esa gente» a la queserefería?
—Todo el mundo puede equivocarse alguna vez en
suscálculos —repuse.
La tía Maddyrió.
—Metemo queIsaac Newton, no.
—¿Newton calculó la fecha de nacimiento de
Charlotte?
—Cariño, comprendo tu curiosidad. Cuando yo tenía
tu edad,era exactamenteigual. Pero,en primer lugar, a
veces es mejor no saber, y en segundo, me gustaría
mucho, muchísimo, tener miscaramelos delimón.
—Todo esto es tan ilógico…—dije.
—Solo aparentemente —replicó la tía Maddy
acariciándome la mano—. Y piensa que, aunque no te
haya aclarado nada, esta conversación debe quedar
entre nosotras. Si tu abuela se entera de que te he
explicado todo esto, se enfadará. Y cuando está
enfadada,es aún más terrible delo normal.
—No te delataré, tía Maddy. Y, tranquila, que
enseguida voy a buscar tuscaramelos.
—Eres una buena chica.
—Solo tengo una pregunta más: ¿cuánto tiempo pasa
desdeel primerviaje hasta quevuelve a ocurrir?
La tía Maddysuspiró.
—¡Por favor!—imploré.
—No creo que haya reglas para eso —explicó la tía
Maddy—. Supongo que cada portador del gen es
distinto. Pero ninguno puede dirigir por sí mismo los
viajes en el tiempo. Es algo que pasa diariamente, a
veces incluso varias veces al día, de forma totalmente
incontrolada. Poreso es tan importanteesecronógrafo.
Por lo que he creído entender, gracias a su ayuda,
Charlotte no tendrá que vagar desamparada de aquí
para allá a través del tiempo, sino que podrá ser
enviada a épocas sin peligro donde no pueda pasarle
nada. De modo que no hace falta que te preocupes por
ella.
Para ser sincera, me preocupaba mucho más por mí
misma.
—¿Y cuánto tiempo se desaparece en el presente
mientras se está en el pasado? ¿Y crees que existe la
posibilidad de que la segunda vez se salte hacia atrás,
por ejemplo, hasta la época de los dinosaurios, cuando
aquí todo era un pantano? —pregunté decorrido.
aquí todo era un pantano? —pregunté decorrido.
Mi tía abuela meinterrumpió con un gesto.
—Ya basta, Gwendolyn. ¡Yo tampoco sé nada detodo
eso!
Melevantérápidamente.
—De todas maneras, gracias por tus respuestas —
dije—. Me has ayudado mucho.
—No creo que te haya ayudado precisamente. Y,
además, meestán entrando los remordimientos, ¿sabes?
Solo pensando en tu propio interés, no debería
apoyarte,y aún menos teniendo en cuenta queyo misma
no debería saber nada de todo este asunto. Cuando en
otro tiempo le preguntaba a mi hermano, tu querido
abuelo, sobre todos estos secretos, él siempre me daba
la misma respuesta: cuanto menos supiera, mejor para
mí. ¿Quieres ir a buscar mis caramelos de una vez? Y
por favor no lo olvides: ¡con azúcar!
La tía abuela Maddy agitó la mano para despedirme.
¿Cómo podían ser los secretos peligrosos para la
salud? ¿Y hasta qué punto había estado informado mi
abuelo detodo esto?
—¿Isaac Newton? —repitió Leslieestupefacta—. ¿No
era eseel dela fuerza dela gravedad?
—Sí, exacto. Pero, por lo visto, también calculó la
fecha de nacimiento de Charlotte. —Me encontraba en
la sección de alimentos de Selfridges, ante los yogures,
aguantando el móvil contra la oreja con la mano
derecha mientras me tapaba la otra con la izquierda—.
Y estúpidamente nadie cree que pudiera equivocarse en
el cálculo. ¡Claro que quién iba a creerlo tratándose de
Newton! Pero tiene que haberse equivocado, Leslie. Yo
nací un día después de Charlotte y he sido yo quien ha
saltado en el tiempo, no ella.
—Realmente, esto es más que misterioso —insinuó
Leslie—. Jo, este trasto necesita horas para arrancar.
¡Ponte en marcha de una vez, cretino! —empezó a
insultar a su ordenador.
—¡Oh Leslie, era tan… extraño! —exclamé—. ¡Faltó
poco para que hablara con un antepasado mío! Quizá
con ese tipo gordo de la pintura ante la puerta secreta,
el tatatatatarabuelo Hugh. Si es que era su época, y no
otra. Claro quetambién hubieran podido enviarme a un
manicomio.
—¡Hubiera podido pasarte cualquier cosa! —me
reprendió Leslie—. ¡Aún no puedo creérmelo! ¡Todos
estos años montando ese teatro con Charlotte, y ahora
va y pasa esto! Tienes que explicárselo enseguida a tu
madre. ¡De hecho, tendrías que ir inmediatamente a
casa!¡Puedevolver a ocurriren cualquier momento!
—Es terrorífico, ¿no?
—Desde luego. Por fin ya me he conectado. Primero
teclearé Newton. ¡Y tú vete a casa ahora mismo!
¿Tienes idea de cuánto tiempo hace que existe el
Selfridges? ¡Tal vez antes hubiera un foso y acabes
cayendo desde doce metros de altura!
—A la abuela le dará algo cuando seentere —dije.
—Sí, y la pobre Charlotte… imagínate. Todos estos
años teniendo querenunciar a todo, y ahora resulta que
no va a servirle para nada. Ah, aquí lo tengo. Newton.
Nacido en 1643 en Woolsthorpe…, ¿dónde está eso?…,
muerto en 1727 en Londres. Bla, bla, bla. Aquí no dice
nada de viajes en el tiempo, solo algo del cálculo
infinitesimal; no me suena de nada, ¿y a ti?
Trascendencia de todas las espirales… Quadratix,
Óptica, Mecánica celeste, bla, bla, bla; ah, aquí está
también la ley de la gravedad… A ver, eso de la
trascendencia de las espirales es lo que más suena a
viajesen el tiempo, ¿no te parece?
—Para sertesincera, no —repuse.
A mi lado, una pareja discutía en voz alta sobre el
A mi lado, una pareja discutía en voz alta sobre el
tipo deyogur que querían comprar.
—¿Aún estás en Selfridges? —gritó Leslie—. ¡Vete a
casa ya!
—Estoy decamino —dije mientras me dirigía hacia la
salida balanceando la bolsa de papel amarilla con los
caramelos de la tía Maddy—. Pero Leslie, no puedo
explicaresto en casa. Metomarían por loca.
Leslielanzó un resoplido porel teléfono.
—¡Gwen! ¡Es muy posible que cualquier otra familia
te hiciera encerrar en un manicomio, pero no la tuya,
que se pasa el día hablando de genes de viajes en el
tiempo ycronómetrosytoda clase de misterios!
—Cronógrafo —la corregí—. ¡Ese trasto funciona
con sangre!Repugnante, ¿no?
—¡Cro-nó-gra-fo! Muy bien, ya lo he tecleado en
Google.
Me deslicéentrela multitud quellenaba las acerasen
Oxford Street hasta llegar al próximo semáforo.
—La tía Glenda dirá que me lo he inventado todo
para darme importancia y robarle protagonismo a
Charlotte.
—¿Y qué? Como muy tarde, la próxima vez que
vuelvas a saltar se dará cuenta de que estaba
equivocada.
—¿Y si no vuelvo a saltar? ¿Y si solo ha sido una
cosa excepcional,como una especie deresfriado?
—Ni tú te lo crees. Bien, un cronógrafo parece un
reloj de pulsera de lo más normal. Puedes encontrarlos
en eBay en cantidades industriales a partir de diez
libras. Vaya… Espera un momento; teclearé Isaac
Newton más cronógrafo más viajes en el tiempo más
sangre.
—¿Qué?
—Nada. —Leslie suspiró—. Ahora siento que no
hubiéramos investigado todo esto antes. Lo primero que
haré es conseguir literatura sobre el tema. Todo lo que
pueda encontrar sobre viajes en el tiempo. ¿Dónde he
metido ese estúpido carnet de la biblioteca? ¿Dónde
estás ahora?
—Estoy cruzando Oxford Street y luego giraré en
Duke Street. —Se me escapó una risita—. ¿Lo
preguntas porque quieres venir y dibujar un círculo de
tiza si la comunicación se interrumpe de repente? Me
pregunto para qué demonios hubiera servido ese
estúpido círculo detiza en elcaso de Charlotte.
—Bueno, tal vez hubieran enviado tras ella a este
otro tipo delosviajesen el tiempo. ¿Cómo sellama?
—Gideon de Villiers.
—Un nombre fantástico. Voy a teclearlo. Gideon de
Villiers. ¿Cómo seescribe?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Volviendo al círculo
de tiza: ¿y adónde iban a enviar a ese Gideon? Quiero
decir, ¿a qué época? Charlotte hubiera podido estar en
cualquier parte. En cualquier minuto, cualquier
segundo, cualquier año, cualquier siglo. No, eso del
círculo detiza no tiene ningún sentido.
Leslie me chilló tan fuerte en la oreja que casi hizo
quese mecayera el móvil.
—Gideon de Villiers —dijo—. Tengo a uno.
—¿Deverdad?
—Pues sí. Aquí sale: «Elequipo de polo del internado
Vincent de Greenwich ha ganado también este año la
competición de polo escolar All England. En la
fotografía vemos, celebrando la obtención de la copa,
de izquierda a derecha, al director William Henderson,
el entrenador John Carpenter, el capitán del equipo
Gideon de Villiers…», etcétera, etcétera. Uau, además
es capitán. Por desgracia, la foto es minúscula, no se
puede distinguir loscaballos deloschicos. ¿Dóndeestás
en este momento, Gwen?
—Sigo en Duke Street. Esto encaja: internado en
—Sigo en Duke Street. Esto encaja: internado en
Greenwich, polo… Seguro que es él. ¿No pone también
que desaparece devezen cuando? ¿Directamente desde
elcaballo, talvez?
—Oh, ahora veo que el artículo es de hace tres años.
Tal vez ya no vaya a la escuela. ¿Vuelves a tener
vértigos?
—De momento, no.
—¿Dóndeestás ahora?
—¡Leslie! Sigo en Duke Street. Voy tan rápido como
puedo.
—Muy bien, seguiremos al teléfono hasta que estés
antela puerta detu casa y, en cuanto llegues, habla con
tu madre.
Miréelreloj.
—Aún falta para quevuelva del trabajo.
—Entonces espera a que llegue, pero habla con ella,
¿me has entendido? Tu madre sabrá qué hay que hacer
para que no pueda pasarte nada. ¿Gwen? ¿Estás ahí?
¿Me has oído?
—Sí. Te he oído. ¿Leslie?
—¿Sí?
—Estoy muy contenta de tenerte. Eres la mejor
amiga queexisteen el mundo.
—Tú tampoco estás mal como amiga —dijo Leslie—.
Y más teniendo en cuenta que pronto podrás traerme
cosas guays del pasado. ¿Qué amiga podría hacer algo
así? Y la próxima vez que tengamos que estudiar para
un estúpido examen de historia, podrás buscar todos los
datos directamentesobreel terreno.
—Si no tetuviera, no tendría ni idea de qué hacer.
Me daba cuenta de que toda esa palabrería sonaba
bastante patética, pero era exactamente lo que sentía
en ese momento.
—¿Realmente se pueden traer objetos del pasado? —
preguntó Leslie.
—No tengo ni idea. La próxima vez lo probaré. Por
cierto, ahora estoyen Grosvenor Square.
—Bueno, ya casi has llegado —suspiró Leslie aliviada
—. Aparte de lo del polo, Google no ha encontrado
nada más sobre Gideon de Villiers. En cambio, hay un
montón de cosas sobre una banca privada De Villiers y
un bufete de abogados De Villiersen Temple.
—Sí, deben deserellos.
—¿Tienes sensación devértigo?
—No, pero gracias por recordármelo.
Lesliecarraspeó.
—Sé que tienes miedo, Gwen, pero, según cómo se
mire, todo esto resulta muy emocionante. Se trata de
una auténtica aventura. ¡Y tú estás metida de lleno en
ella!
Sí. Estaba metida delleno.
Menudo asco.
Leslie tenía razón: no tenía ningún motivo para pensar
que mamá no me creería. Ella siempre había escuchado
con la debida seriedad mis «historias de fantasmas», y
siempre había podido acudir a ella cuando algo me
asustaba.
Cuando aún vivíamos en Durham, durante meses me
había perseguido el fantasma de un diablo que en
realidad tendría que haberse limitado a hacer de
gárgola en el tejado dela catedral. Sellamaba Asrael, y
era una mezcla de hombre, gato y águila. Cuando
Asrael se dio cuenta de que podía verlo, se quedó tan
encantado de poder hablar por fin con alguien que
empezó a seguirme, corriendo o volando, a todas
partes, charlando sin parar, y por la noche incluso
quería dormir en mi cama. Después de que hubiera
superado mi miedo inicial —como todas las gárgolas,
Asrael tenía un aspecto bastante horripilante—, nos
habíamos ido haciendo amigos poco a poco. Por
desgracia, Asrael no pudo trasladarse de Durham a
Londres, y yo lo seguía echando en falta. Los pocos
demonios gárgola que había visto aquí en Londres eran
seres más bien antipáticos; hasta el momento, no había
podido encontrar a ninguno que le llegara a la suela del
zapato.
Si mamá se había creído lo de Asrael, seguramente
también secreería lo delviajeen el tiempo. Esperé a un
momento oportuno para hablar con ella. Pero, por una
cosa u otra, el momento oportuno no acababa de
presentarse. En cuanto llegó del trabajo, mamá se puso
a discutir con Caroline, porque mi hermana se había
ofrecido voluntaria para cuidar del terrario de la clase
durante las vacaciones de verano, incluida la mascota
de la clase, un camaleón llamado Mister Bean. Aunque
aún faltaban varios meses para las vacaciones, por lo
visto, aquella discusión no podía aplazarse.
—¡No puedes quedarte con Mister Bean, Caroline!
Sabes muy bien que tu abuela no quiere animales en
casa —le advirtió mamá—. Y la tía Glenda es alérgica.
—Pero Mister Bean no tiene pelo —repuso Caroline
—. Y se queda todo el tiempo en su terrario. No molesta
a nadie.
—¡Molesta a tu abuela!
—¡Entonceses que mi abuela es tonta!
—¡Caroline, no puede ser! Aquí nadie tiene ni idea de
cómo cuidar a un camaleón. ¡Imagínate que hiciéramos
algo maly Mister Bean se pusiera enfermo yse muriera!
—No se moriría. Yo sé cómo hay que cuidarlo. ¡Por
favor, mami!¡Deja que lo traiga! Si no lo cojo yo, se lo
volverá a llevar Tess, y luego siempre hace como si ella
fuera la preferida de Mister Bean.
—¡Caroline, he dicho que no!
Un cuarto de hora más tarde aún discutían, y la
discusión continuó incluso después de que mamá fuera
al cuarto de baño y cerrara la puerta. Caroline se
plantó delantey gritó:
—Lady Arista no tendría por qué enterarse.
Podríamos entrar el terrario a escondidas cuando no
esté. Además, ella no entra práctic
cuando quería. De hecho, no paró de dar la lata hasta
que mamá prometió que intercedería personalmente
ante lady Arista para que Mister Bean pudiera quedarse
en casa durantelasvacaciones.
Aproveché el tiempo en que Caroline y mamá
discutían para quitarle a mi hermano trozos de chicle
del pelo en la habitación de costura. Nick tenía un buen
pegote enganchado a los cabellos, y sin embargo no
recordaba cómo había ido a parar hasta allí.
—¡Cómo es posible que no te hayas fijado!—exclamé
—. Lo siento, pero tendré que cortarte unos cuantos
mechones.
—No importa —repuso Nick—. También puedes
cortar los otros. Lady Arista ha dicho que parezco una
niña.
—Para lady Arista cualquiera que lleve el cabello
más largo que una cerilla parece una niña. Sería una
pena cortar unos rizos tan bonitos.
—Volverán a crecer. Córtalos todos, ¿vale?
—No puedo con unas tijeras de las uñas. Para eso
tendrías queir al peluquero.
—Tú puedes hacerlo —dijo Nick, confiando en mis
habilidades.
Por lo visto, había olvidado por completo que ya le
había cortado el pelo con unas tijeras de las uñas y que
él había acabado pareciéndose a una cría de buitre
recién nacida. Entoncesyo tenía siete añosyélcuatro,y
necesitaba sus rizos porque quería hacerme una peluca
con ellos, pero no salió bien. Aquella intentona mecostó
un día sin salir decasa.
—Nisete ocurra —me advirtió mamá,entrando en la
habitación y cogiéndome las tijeras de la mano para
mayor seguridad—. En todo caso, se lo cortará el
peluquero mañana. Ahora tenemos que bajar a cenar.
Nick lanzó un gemido.
—¡No te preocupes, hoy lady Arista no está! —le dije
sonriendo—. Nadie te criticará por el chicle. O por la
mancha en el jersey.
—¿Qué mancha? —Nick miró hacia abajo—. Jo,
debe deser zumo de granada. No me he dado cuenta.
El pobre niño había salido clavado a mí.
—Ya te he dicho que nadietereñirá.
—¡Pero si hoy no es miércoles!—replicó Nick.
—Detodos modos, se han ido.
—Guay.
Cuando estaban lady Arista, Charlotte y la tía
Glenda, la cena se convertía siempre en un
acontecimiento más bien estresante. Lady Arista se
dedicaba sobre todo a criticar los modales en la mesa
de Caroline y Nick (a veces también los de la tía
Maddy), la tía Glenda preguntaba todo el rato por mis
notas en la escuela para luego compararlas con las de
Charlotte, y Charlotte sonreía como la Mona Lisa y
decía «Eso no es de tu incumbencia» cuando alguien le
preguntaba algo.
Bien mirado, hubiéramos podido renunciar
perfectamente a esas reuniones vespertinas, pero la
abuela insistía en que todo el mundo participara en
ellas. Solo si tenías una enfermedad infecciosa estabas
disculpado.
Mistress Brompton, que venía a casa de lunes a
viernes, preparaba la comida y también se encargaba
de limpiar los platos. (Los fines de semana cocinaba la
tía Glenda o bien mamá. Para desgracia mía y de Nick,
nunca seencargaban pizzas o comida china.)
Los miércoles —el día en que lady Arista, la tía
Glenda y Charlotte estaban ocupadas con sus misterios
— la cena era mucho más relajada, por lo que a todos
nos pareció fantástico que, aunquefuera lunes, reinaran
las condiciones de los miércoles. No es que
aprovecháramos la ocasión para sorber, masticar
ruidosamente o eructar, pero nos atrevíamos a
ruidosamente o eructar, pero nos atrevíamos a
interrumpirnos, a poner los codos sobre la mesa y a
tocar temas quelady Arista consideraba inapropiados.
Loscamaleones, porejemplo.
—¿Te gustan los camaleones, tía Maddy? ¿No te
gustaría tener uno? ¿Uno muy manso?
—Bueno, hummm… En fin, ahora que lo dices, me
doy cuenta de que en realidad siempre he querido tener
un camaleón —balbució la tía abuela Maddy mientras
se servía un montón de patatas al romero—.
Decididamente, sí.
Carolineestaba radiante.
—Pues quizá pronto tu deseo se haga realidad.
—¿Han dicho algo lady Arista y Glenda? —preguntó
mamá.
—Tu madre ha llamado por la tarde para decir que
no estarían para cenar —respondió la tía Maddy—. En
nombre de todos, le he expresado nuestro gran pesar
por la noticia;espero que os parezca bien.
—Oh,claro —convino Nick soltando una risita.
—¿YCharlotte? ¿Ya ha…? —preguntó mamá.
—Hasta ahora no, supongo. —La tía Maddy se
encogió de hombros—. Pero esperan que pase en
cualquier momento. La pobre chica tiene vértigos
constantemente y ahora, además, también padece
migrañas.
—Realmente, es digna de lástima —dijo mamá, y
después de dejar su tenedor a un lado se quedó
embobada mirando el artesonado oscuro de nuestro
comedor, el cual a veces me hacía pensar que alguien
había confundido las paredes con el suelo y las había
forrado con parquet.
—¿Y qué pasará si al final Charlotte no da el salto en
el tiempo? —pregunté.
—¡Tarde o temprano llegará!—afirmó Nick imitando
la voz solemne dela abuela.
Todos,excepto mamá yyo, rieron.
—Pero ¿y si no pasa? ¿Y si se han equivocado y
Charlotteen realidad no tieneel gen? —pregunté.
Esta vez Nick imitó a la tía Glenda:
—Ya de bebé podía verse que Charlotte había nacido
para hacer grandes cosas. Ella no puede compararse
con unoschicos normalescomo vosotros.
De nuevo volvieron a reír todos,excepto mamá.
—¿Se puede saber cómo se te ha ocurrido eso,
Gwendolyn? —me preguntó.
—Bueno, solo era una idea…—conjeturé.
—Ya te he explicado que es imposible que haya
ningún error —contó la tía abuela Maddy.
—Sí, porque Isaac Newton era un genio que nunca
podría haberse equivocado, lo sé —dije—. De hecho,
¿por qué calculó Newton la fecha de nacimiento de
Charlotte?
—¡Tía Maddy!
Mamá dirigió una mirada cargada de reproche a mi
tía abuela, quechasqueó la lengua yreplicó:
—No paraba de hacer preguntas. ¿Qué querías que
hiciera? Es exactamente como tú cuando eras pequeña,
Grace. Además, me prometió que no diría ni una
palabra de nuestra conversación.
—Solo a la abuela —puntualicé—. ¿Y también fue
Isaac Newton el queinventó esecronógrafo?
—Chivata —masculló la tía abuela Maddy—. No
pienso explicarte nada más.
—¿Quéeseso delcronógrafo? —preguntó Nick.
—Es una máquina del tiempo con la que enviarán a
Charlotte al pasado —le expliqué—. Y la sangre de
Charlotte es, por así decirlo, el carburante para la
máquina.
—Bestial —exclamó Nick.
—¡Ay, sangre!—chilló Caroline.
—¿También se puede viajar al futuro con ese
—¿También se puede viajar al futuro con ese
cronógrafo? —preguntó Nick.
Mamá lanzó un gemido.
—Mira la que has montado, tía Maddy.
—Son tus hijos, Grace —dijo la tía abuela Maddy
sonriendo—. Es normal que quieran estar alcorriente.
—Sí, supongo que sí. —Mamá nos miró uno a uno—.
Pero no tenéis que hacerle nunca estas preguntas a
vuestra abuela, ¿me oís? —nos advirtió.
—Probablemente es la única que conoce las
respuestas —repliquéyo.
—Pero tampoco os las daría.
—Y tú, mamá, ¿cuánto sabes detodo esto?
—Más de lo que quisiera. —Mamá sonrió al decirlo,
pero era una sonrisa triste—. Por otra parte, no se
puede viajar al futuro, Nick, justamente porque el
futuro aún no ha tenido lugar.
—¿Cómo? —soltó Nick—. ¿Qué clase de lógica es
esa?
Llamaron a la puerta y mister Bernhard entró con el
teléfono. Seguro que Leslie se hubiera quedado
alucinada si hubiera visto cómo traía el aparato sobre
una bandeja de plata. Realmente, a veces mister
Bernhard exageraba un poco.
—Una llamada para miss Grace —anunció.
Mamá cogió el teléfono de la bandeja y mister
Bernhard dio media vuelta y abandonó el comedor.
Mister Bernhard solo cenaba con nosotros cuando lady
Arista se lo pedía expresamente, lo que solo sucedía un
par de veces al año. Nick y yo sospechábamos que se
hacía traer la comida en secreto de algún restaurante
italiano o chino ysela comía tranquilamente a solas.
—¿Sí? ¡Ah, madre,eres tú!
La tía abuela Maddy nos guiñó un ojo.
—¡Vuestra abuela puede leer el pensamiento! —
susurró—. Intuye queestamosconversando sobre temas
prohibidos. ¿Quién va a recoger la mesa? Necesitamos
hacer espacio para el pastel de manzana de mistress
Brompton.
—¡Y para la crema devainilla!
Aunque me había comido una montaña de patatas al
romero con zanahorias caramelizadas y medallones de
lomo, aún no estaba llena. Tanta excitación me había
dado hambre. Me levanté y empecé a colocar los platos
suciosen el montaplatos.
—Si Charlotte viaja a la época de los dinosaurios,
¿me podría traer una cría pequeñita? —preguntó
Caroline.
La tía abuela Maddysacudió la cabeza.
—Los animalesylas personas que no tienen el gen no
pueden ser transportados en el tiempo. Y, además,
tampoco se puedeviajar tan atrás.
—Lástima —se quejó Caroline.
—Pues yo encuentro que está muy bien así —señalé
—. Imagínate la que se armaría si los viajeros del
tiempo estuvieran trayendo continuamente dinosaurios
y tigres de dientes de sable, o, peor todavía, a Atila el
rey delos hunos o a Adolf Hitler.
Mamá colgó el teléfono.
—Pasarán la noche allí —dijo—. Por razones de
seguridad.
—¿Dóndees allí? —preguntó Nick.
Mamá no respondió.
—¿Tía Maddy? ¿Teencuentras bien?
Doce columnas soportan el castillo del tiempo.
Doce animales gobiernan el reino.
El águila está ya lista para alzarse.
El cinco es la llave y también es la base.
Así, en el Círculo de los Doce, es el dos el doce.
Y al halcón, que ocupa el séptimo lugar,
el número tres hay que asignar.
De los Escritos secretos del conde de Saint Germain
Comentarios
Publicar un comentario