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uando la puerta se cerró detrás de Gideon y el conde,
instintivamente di un paso atrás. —Podéis sentaros tranquilamente —dijo el lord,
señalando una delas delicadas sillas.
Rakoczy hizo una mueca. ¿Se suponía que era una
sonrisa? Si lo era, le convenía volver a ensayarla ante el
espejo. —No, gracias. Prefiero seguir de pie.
Retrocedí un paso más hasta tropezar casi con un
angelote desnudo que estaba colocado sobre una peana
junto a la puerta. Cuanto mayor fuera la distancia entre mi
persona y los ojos negros, más segura mesentiría. —Decidme, ¿realmente pretendéis que creamos que
procedís delsiglo XXI?
Asentí.
Lord Brompton sefrotó las manos.
—Muy bien; entonces veamos: ¿qué rey gobierna
Inglaterraen elsiglo XXI? —Tenemos un primer ministro que gobierna el país —
dije titubeando un poco—. La reina se ocupa de tareas
representativas. —¿Lareina? —Isabel II. Es muy simpática. Incluso asistió a nuestra
fiesta escolar multinacional el año pasado. Cantamos el
himno nacional en siete lenguas distintas y Gordon
Gelderman consiguió que le firmara un autógrafo en su libro
de inglés, que luego subastó en e-Bay por ochenta libras.
Hummm… pero eso, naturalmente, no les dirá nada. En
todo caso, tenemos un primer ministro y un gabinete con
diputados queson elegidos porel pueblo.
Lord Brompton sonrió aprobatoriamente. —Una idea divertida, ¿no le parece, Rakoczy? Elconde
tiene unas ocurrencias realmentechistosas. ¿Ycómo van las
cosasen Franciaen elsiglo XXI? —Creo queallítambién tienen un primer ministro. Ningún
rey, por lo que sé, nisiquiera con funciones representativas.
Con la revolución, sencillamente abolieron la nobleza y al
rey al mismo tiempo. A la pobre María Antonieta le
cortaron lacabeza.¿No es terrible? —Oh, sí —rió el lord—. La verdad es que los franceses
son una gente terrible. Por eso los ingleses nos llevamos tan
mal con ellos. Decidme algo más: ¿con quién estamos en
guerraen elsiglo XXI? —¿Con nadie? —contesté un poco insegura—. En todo
caso, no realmente. Solo intervenimos un poco aquí y allá
de vez en cuando, en Oriente Próximo y países vecinos.
Pero, para ser sincera, no tengo ni idea de política. Será
mejor que me pregunten sobre… neveras, por ejemplo.
Naturalmente, no sobre cómo funcionan, que no lo sé. Solo
sé que funcionan. En todas las casas de Londres hay una
nevera, y en ellas puede conservarse queso, leche y carne
durante días.
No parecía que lord Brompton tuviera especial interés
por las neveras. Rakoczy se desperezó como un gato en su
silla. Confiabaen que no sele ocurrieralevantarse. —También pueden preguntarme por los teléfonos —dije
rápidamente—, aunque tampoco puedo explicar cómo
funcionan.
De todos modos, me daba la impresión de que lord
Brompton tampoco hubiera entendido nada. Para ser
sincera, no creía que valiera la pena explicarle siquiera el
funcionamiento de la bombilla. Busqué alguna otra cosa que
pudierainteresarle. —Ypor… hummm… también hay un túnelentre Dover
—Ypor… hummm… también hay un túnelentre Dover
yCalais, que pasa bajo elcanal.
A lord Brompton aquello le pareció terriblemente
cómico, y empezó areír y a darse palmadasen susenormes
muslos. —¡Delicioso, realmente delicioso!
Ya empezaba a relajarme un poco cuando Rakoczy
intervino por primera vezen la conversación y preguntó en
un ingléscon unmarcado acento: —¿Yqué me decís de Transilvania? —¿Transilvania?
¿El país del conde Drácula? ¿Lo decía en serio? Evité
mirar sus ojos negros. ¡Tal vez fuera él el conde Drácula!
En todo caso,eltono dela pielcoincidía. —Mi patria en los hermosos Cárpatos. El principado de
Transilvania. ¿Qué pasa en Transilvania en el siglo XXI? —
Tenía una voz un poco rasposa, en la que se percibía un
matiz de nostalgia—.¿Yqué haceel pueblo delos kurucz?
¿El pueblo de los qué? ¿Los Kurucz? No lo había oído
enmi vida. —Bien, pues… en Transilvania, en realidad, todo está
bastantetranquilo en nuestraépoca —dije prudentemente.
La verdad es que ni siquiera sabía dónde estaba. Solo
conocía los Cárpatos por una frase hecha. Cuando Leslie
hablaba de su tío Leo de Yorkshire, acostumbraba a decir
«Vive en algún lugar perdido en los Cárpatos», y para lady
Arista, cualquier cosa que estuviera más allá de Chelsea
eran «los Cárpatos», aunque, por lo visto, los Cárpatos
estaban habitadosen realidad por los kurucz. —¿Quién gobierna Transilvania en el siglo XXI? —
preguntó Rakoczy, que se había puesto en tensión, como si
fuera a saltar como un resorte de la silla en caso de que mi
respuesta no lecomplaciera.
Hummm… Buena pregunta. ¿Formaba parte de
Bulgaria?¿De Rumanía?¿O de Hungría? —No lo sé —dije con franqueza—. Está tan lejos… Le
preguntaré a mistress Counter. Es nuestra profesora de
geografía.
Rakoczy parecía decepcionado. Tal vez hubiera hecho
mejor mintiéndole. «Transilvania está gobernada por el
príncipe Drácula desde hace ya doscientos años. Es una
reserva natural para algunas especies de murciélagos en
peligro de extinción. Los kurucz son las personas más
felices de Europa.»Quizáaquello le habría gustado más. —¿Y cómo están las cosas en las colonias en el siglo
XXI? —preguntó lord Brompton.
Para mi gran alivio, observé que Rakoczy se había
inclinado de nuevo hacia atrás en su silla y que no se
convertía en polvo cuando el sol asomó entre las nubes e
inundó deluzla habitación.
Durante un rato charlamos casi relajadamente sobre
América y Jamaica y sobre algunas islas de las que, para mi
vergüenza, nunca había oído hablar. Lord Brompton se
mostró consternado al saber que ahora todas se
gobernaban por sí mismas. (Aunque yo tampoco tenía del
todo claro de dónde había sacado eso.) Naturalmente, lord
Brompton no creía ni una palabra de lo que le decía, y de
vez en cuando estallaba en carcajadas. Rakoczy, por su
parte, había dejado de participar en la conversación y se
limitaba a contemplar alternativamente sus largas uñas, que
parecían garras, y eltapizado delas paredes, aunque de vez
en cuando tambiénmelanzabaalguna mirada. —Francamente, me parece deprimente que seáis solo
una actriz —suspiró lord Brompton—. Es una lástima,
porque meencantaríacreeros. —Claro —dije yo comprensivamente—, es natural. En
su lugar, yo tampoco me creería nada. Por desgracia, no
hay pruebas… ¡Oh,espere unmomento!
Me metíla mano en elescote y saquéelmóvil. —¿Quées?¿Unacigarrera? —¡No! —Abrí el móvil, que lanzó un pitido porque
lógicamente no encontraba ninguna red—. Esto es un…
lógicamente no encontraba ninguna red—. Esto es un…
bueno,es igual. Con este objeto puedo grabar imágenes. —¿Podéis hacer grabadoscon ella?
Sacudí lacabeza y sostuveelmóvilen alto, de modo que
lord Brompton yRakoczy aparecieran en la pantalla. —Sonrían, por favor. Muy bien, yaestá.
Como había mucha luz, no se encendió el flash. Lástima,
porque seguro que aquello hubiera causado una gran
impresión. —¿Qué hasido eso?
Lord Brompton había levantado con sorprendente
rapidez sus kilos de grasa de la silla para acercarse. Le
enseñé la imagen en la pantalla. Él y Rakoczy habían salido
perfectos. —Pero… ¿quéesesto?¿Cómo es posible? —Lo llamamos fotografiar —dije.
Los gruesos dedos de lord Brompton acariciaron
entusiasmadoselmóvil. —¡Fantástico! Rakoczy, tenéis que veresto. —No, gracias —respondió Rakoczy con desgana. —No sé cómo lo hacéis, pero es el mejor truco que he
visto nunca. ¡Oh!¿Yahora qué ha pasado?
En la pantalla había aparecido Leslie. Lord Brompton
habíaapretado unatecla.
—Esta es mi amiga Leslie —dije con nostalgia—. La
fotografía es de la semana pasada. ¿Ve esto, detrás de
ella?, es la Marylebone High Street, el bocadillo es de Prêt
a Manger y ahíestá Aveda,¿ve? Mimadresiemprecompra
la laca para el pelo en esta tienda. —De pronto sentí una
terribleañoranza—.Yesto es un trozo detaxi. Unaespecie
decarruaje quefuncionasin caballos…
—¿Qué pedís por esta cajita de trucos? ¡Os pagaré el
precio que pongáis! —Hummm… no, lo siento, no está en venta. Aún la
necesito —dije encogiéndome de hombros en un gesto de
disculpa.
Cerré la cajita de trucos, quiero decir elmóvil, y lo volví
a deslizar en su escondite delescote justo a tiempo, porque
un instante después la puerta se abrió y elconde y Gideon
volvieron a entrar en la habitación; el conde sonriendo
complacido, y Gideon más bien serio. Ahora también
Rakoczy selevantó desu silla.
Gideon me dirigió una mirada inquisidora, que le devolví
con aire retador. ¿Acaso había creído que aprovecharía el
intervalo para poner piesen polvorosa?Aunque en realidad
le hubiera estado bien. Al fin y alcabo, tanto insistir en que
no nos separáramos en ningún caso, para luego dejarme
solaala primera decambio.
—¿Y bien? ¿Os gustaría vivir en el siglo XXI, lord
Brompton? —preguntó elconde. —¡Desde luego! Qué deliciosas ocurrencias tenéis —
repuso lord Brompton al tiempo que daba palmadas
satisfecho—. Hasido realmente divertido. —Sabía que lo apreciaríais. Pero hubierais podido
ofrecer unasillaala pobre muchacha. —Oh, ya he hecho, pero ha preferido seguir en pie. —
Lord Brompton se inclinó hacia delante y murmuró en tono
confidencial—: Realmente, me gustaría mucho adquirir ese
cofrecillo plateado, querido conde. —¿Un cofrecillo plateado? —Por desgracia, ahora tenemos que despedirnos —
observó Gideon mientras cruzaba la habitación en dos
zancadas y secolocabaa milado. —¡Comprendo, comprendo! Naturalmente, el siglo XXI
os está aguardando —dijo lord Brompton—. Muchas
gracias por la visita. Hasido maravillosamente divertido. —No puedo sino darle la razón en eso —convino el
conde. —Espero que volvamos a tener el placer de verles —
dijo lord Brompton.
Rakoczy no dijo nada. Solo me miraba. Y de pronto
sentícomo si una mano helada me sujetara por la garganta.
sentícomo si una mano helada me sujetara por la garganta.
Asustada, traté decogeraire ymiré haciaabajo. No se veía
nada. Y, sin embargo, sentía claramente los dedos que se
cerraban en torno a micuello.
«Puedo apretarcuando quiera.»
No era Rakoczy quien lo decía, sino elconde, si bien sus
labios no se habíanmovido.
Desconcertada, dirigí la mirada hacia su mano. Estaba a
más de cuatro metros. ¿Cómo podía estar colocada al
mismo tiempo en torno a micuello? ¿Ypor qué oía su voz
enmicabezacuando no estaba hablando?
«No sé exactamente qué papel representas en esto,
muchacha, o si realmente eres importante, pero no tolero
que nadie infrinja mis reglas. Esto es solo una advertencia.
¿Lo has comprendido?» La presión de los dedos se
intensificó.
Yo estaba como paralizada por el miedo. Solo podía
mirarle fijamente y tratar de coger aire. ¿Es que nadie se
dabacuenta delo que meestaba ocurriendo?
«Digo quesilo hascomprendido.» —Sí—susurré.
Enseguida la presión cedió y la mano se apartó de mi
cuello, dejando que el aire entrara de nuevo libremente en
mis pulmones.
Elcondefrunció los labios y agitó la muñeca. —Volveremosa vernos —saludó.
Gideon se inclinó, y los tres hombres le devolvieron la
reverencia. Solo yo me quedé tiesa como un palo, incapaz
de mover ni un músculo, hasta que Gideon me cogió de la
mano ymesacó dela habitación.
Incluso después de que hubiéramos salido y hubiéramos
subido al carruaje, seguía en tensión. Me sentía débil y
abatida, y, dealgúnmodo, también sucia.
¿Cómo se las había arreglado el conde para hablar
conmigo sin que los otros pudieran oírlo? ¿Y cómo había
conseguido tocarme, cuando estaba a cuatro metros de
distancia? Mi madre tenía razón, lo que decían de él era
cierto: ese hombre era capaz de penetrar en la mente de
otras personas y controlar sus sensaciones. Me había
dejado engañar por su parloteo arrogante y voluble y por su
aparentefragilidad, y le habíasubestimado.
Quéestúpida habíasido.
De hecho, había dado poca importancia a toda esta
historia desde un principio.
El carruaje se había puesto en movimiento y se
tambaleaba tan violentamente como a la ida. Gideon le
había indicado al guarda de la levita amarilla que se
apresurara. Como si hiciera falta. Ala ida ya había llevado
elcochecomo si no sintiera ningún aprecio por su vida. —¿Teencuentras bien? Parececomo si hubieras visto un
fantasma. —Gideon se quitó el abrigo y lo dejó a su lado —. Hacecalor paraser septiembre. —No ha sido ningún fantasma —dije (la voz me
temblaba un poco ymesentíaincapaz de mirarlealos ojos) —. Solo ha sido una de las «demostraciones» delconde de
Saint Germain. —No ha estado precisamente amable contigo —
comentó Gideon—. Pero era de esperar. Por lo visto, se
había hecho unaidea distinta decómo tenías queser.
Al ver que no respondía nada,continuó: —En las profecías, el duodécimo viajero del tiempo
siempre se describe como alguien especial. «Con la magia
delcuervo dotado.» Lo que quiera que signifique eso… En
cualquier caso, el conde no parecía muy dispuesto a
creermecuando le dije quesolo eras una vulgarcolegiala.
Extrañamente, ese comentario hizo que se esfumara al
instante la penosa sensación de impotencia que elcontacto
fantasmal había despertado en mí. En lugar de sentir
debilidad y miedo, ahora me sentía ofendida hasta lo más
hondo. Yfuriosa. Me mordícon fuerzaellabio inferior. —¿Gwendolyn? —¿Qué? —No pretendía ofenderte. No lo he dicho en el sentido
de «ordinaria», sino en el de «corriente»,¿entiendes?
Lacosaiba mejorando. —Muy bien—dijefulminándolecon la mirada—. No me
importa nadalo que pienses de mí.
Me devolvió la miradasin inmutarse. —Tampoco puedes hacer nada porevitarlo. —¡Tú no meconocesen absoluto! —resopléindignada. —Es posible —repuso Gideon—, pero conozco a un
montón dechicascomo tú. Todas sois iguales. —¿Aunmontón dechicas?¡Ja! —Laschicascomo tú solo seinteresan por los peinados,
la ropa, las películas y las estrellas del pop. Ytodo el rato
estáis soltando risitas y vais siempre en grupo al lavabo. Y
os burláis de Lisa porque se ha comprado una camiseta de
cinco librasenMarks &Spencer.
Aunque estaba furiosa, no pude evitar soltar una
carcajada. —¿Quieres decir que todas las chicas que conoces se
burlan de Lisa porque se ha comprado una camiseta en
Marks &Spencer?
Marks &Spencer? —Yaentiendes lo que quiero decir. —Sí, lo entiendo. —En realidad, no quería seguir
hablando, pero sencillamente mesalió así—:Tú piensas que
todas las chicas que no son como Charlotte son
superficiales y estúpidas, solo porque nosotras hemos
tenido una infancia normal y no estábamos yendo
continuamente a clases de esgrima y misterios. En realidad,
nunca has tenido tiempo deconocera unachica normal; por
eso te hascreado todosestos prejuicios. —¡Escucha, yo he estudiado en el instituto, exactamente
igual quetú! —¡Sí, claro! —Las palabras sencillamente brotaban de
mi interior como una catarata—. Aunque solo te hayas
preparado la mitad de a fondo que Charlotte para tu vida
de viajero deltiempo, no habrás tenido amigos ni del género
masculino ni del femenino, y tu opinión sobre esa llamada
«chica corriente» estará basada en observaciones que
habrás hecho mientras rumiabas solo en el patio. ¿O vas a
decirme que tus compañeros de internado encontraban
superguays tus hobbies como el latín, el baile de la gavota y
laconducción decarruajes?
En lugar de ofenderse, Gideonme miró divertido. —Te has olvidado de lo de tocar el violín —puntualizó
echándose hacia atrás y cruzando los brazos sobre el
pecho. —¿El violín?¿De verdad?
Mi rabia se desvaneció tan deprisa como había surgido.
El violín, ¡lo quefaltaba! —Al menos ahora tu cara tiene un poco más de color.
Hace unmomento estabas tan pálidacomo Miro Rakoczy.
Exacto, Rakoczy. —¿Cómo seescribe? —R-a-k-o-c-z-y —deletreó Gideon—. ¿Por qué lo
preguntas? —Me gustaría buscarlo enGoogle. —Vaya,¿tanto te ha gustado? —¿Gustarme? Es un vampiro —dije—. Procede de
Transilvania. —Procede de Transilvania, pero no es ningún vampiro. —¿Ytú cómo lo sabes? —Porquelos vampiros no existen, Gwendolyn. —Ah, ¿no? Si haymáquinas del tiempo («y gente que es
capaz de estrangularte sin necesidad de tocarte»), ¿por qué
no puede haber vampiros también? ¿Le has mirado alguna
vezalos ojos? Son como dosagujeros negros. —Eso es por los brebajes con belladona con los que
experimenta —explicó Gideon—. Un veneno vegetal que
supuestamenteayudaaampliar laconciencia. —¿De dónde has sacado eso? —Está en los Anales de los Vigilantes. Allí Rakoczy
lleva el nombre de «Leopardo Negro». Salvó dos veces al
conde de un atentado mortal. Es muy fuerte e
increíblemente hábilen elmanejo delasarmas. —¿Quién quería mataralconde?
Gideon seencogió de hombros. —Un hombrecomo éltiene muchosenemigos. —Sí, eso puedo imaginármelo muy bien —dije—. Pero
me dio la sensación de que puede cuidar perfectamente de
símismo. —Desdeluego —reconoció Gideon.
Pensé en si debía contarle lo que había hecho elconde,
pero finalmente decidí no hacerlo. Gideon no solo se había
mostrado cortés con aquel hombre, sino que me había
parecido quelos dosestabanmuy unidos.
«No confíesen nadie.» —¿Realmente has viajado al pasado para ver a todas
esas personas y extraerles sangre? —pregunté en lugar de
eso.
Gideon asintió. —Con nosotros dos, de nuevo están registrados en el
cronógrafo ocho delos doce viajeros deltiempo. Ytambién
cronógrafo ocho delos doce viajeros deltiempo. Ytambién
encontraréalos otroscuatro.
Recordélas palabras delconde y pregunté: —¿Cómo puedes haber viajado de Londres a París y
Bruselas? Creía que el tiempo que se puede permanecer en
el pasado sereducíaa unas pocas horas. —Acuatro, paraserexactos —repuso Gideon. —Pero en cuatro horas es imposible llegar de Londres a
París, y aún menos si uno se toma tiempo para bailar una
gavota y sacarlesangreaalguien. —Es verdad. Ypor eso tuvimos la genial idea de viajar
antes a París con el cronógrafo —aclaró Gideon—. Y lo
mismo hicimos en Bruselas, Milán y Bath. A los otros los
pude visitarenLondres. —Comprendo. —¿De verdad?
De nuevo lasonrisa de Gideon estaba llena de sarcasmo.
Pero esta vez decidíignorarlo. —Sí. Poco a poco voy entendiendo algunas cosas. —
Miré por la ventanilla—. Ala ida no hemos pasado junto a
este prado,¿no? —Es Hyde Park —informó Gideon, que de repente se
había puesto en tensión, y se inclinó hacia fuera para hablar
con el cochero—. Eh, Wilbour, o como os llaméis: ¿por
qué pasamos por aquí? ¡Tenemos que ir a Temple por el
camino más rápido!
No pudeentender larespuesta del hombre del pescante. —Parad inmediatamente —ordenó Gideon.
Cuando se volvió hacia mí, vi quese había puesto pálido. —¿Qué ocurre? —No lo sé —respondió—. Afirma que tiene orden de
llevarnosa unacitaen elextremo sur del parque.
Aprovechando que los caballos se habían detenido,
Gideon abrió la portezuela delcoche. —Aquí pasa algo raro. No nos queda mucho tiempo
hastaelsalto.Yo mismo guiaréaloscaballos hasta Temple. —Bajó y volvió a cerrar la puerta—. Y tú quédate en el
carruaje paselo que pase.
En ese momento se oyó un estampido. Instintivamente
me agaché. Aunque solo conocía aquel ruido por las
películas, enseguida supe que había sido un disparo. Oí un
grito apagado, los caballos relincharon, y elcarruaje dio un
salto adelante paraenseguida volvera pararseen seco. —¡Baja la cabeza! —gritó Gideon, y yo me lancé sobre
el banco.
Se oyó otro disparo, al que siguió un silencio
insoportable. —¿Gideon?
Meincorporé ymiré haciafuera.
Ante la ventana que daba al prado, vi a Gideon con la
espada desenvainada. —¡Te he dicho queteagaches!
Gracias a Dios, aún vivía, aunque posiblemente no por
mucho tiempo. Dos hombres vestidos de negro habían
aparecido de repente surgidos de la nada, y un tercero se
acercabaacaballo saliendo delasombra de un árbol. En su
mano distinguíel brillo plateado de una pistola.
Gideon empezó a luchar contra los dos hombres al
mismo tiempo. Los tres combatientes permanecían en
silencio:solo se oían sus jadeos y el tintineo de las espadas
al chocar. Durante unos segundos contemplé fascinada la
habilidad con que se movía Gideon. Era como una escena
de película: cada ataque, cada golpe, cada salto parecía
formar parte de una coreografía que unos especialistas
hubieran estado ensayando durante días. Pero cuando uno
de los hombres gritó y cayó de rodillas mientras la sangre
manaba como una fuente de su cuello, volví a la realidad.
Aquello no era ninguna película, aquello era de verdad. Y
por más que las espadas pudieran ser un arma mortal (el
hombre herido estabatendido en elsuelo estremeciéndose y
lanzando terribles gritos de dolor), no creía que pudieran
hacer gran cosa frente a una pistola. ¿Por qué, entonces,
hacer gran cosa frente a una pistola. ¿Por qué, entonces,
Gideon no llevaba una? Hubierasido muy fácil traer decasa
un armatan práctica.¿Ydóndese había metido elcochero?
¿Por qué no estabacombatiendo junto a Gideon?
Entretanto, el jinete se había acercado y había saltado de
su caballo. Observé, estupefacta, que también él había
desenvainado una espada, con la que se abalanzó contra
Gideon. ¿Por qué no utilizabala pistola? La habíalanzado a
la hierba, donde no podíaservirlea nadie. —¿Quiénes sois?¿Qué queréis? —preguntó Gideon. —Vuestra vida y nada más —dijo el último hombre que
habíallegado. —¡Pues no conseguiréisarrebatármela! —¡Lo haremos! ¡Podéisestar seguro!
De nuevo elcombate ante la ventana se desarrolló como
una coreografía, en la que el tercer asaltante, el hombre
herido, permanecía inerte en el suelo mientras los otros
luchaban en torno asu cuerpo.
Gideon paraba todos los ataques como si adivinara por
adelantado qué se proponían hacer sus oponentes, pero era
evidente que los otros también habían recibido clases de
esgrima desde la más tierna infancia. En un momento dado
vi cómo la espada de uno de ellos silbaba en el aire
apuntando al hombro de Gideon, que estaba ocupado
parando el golpe del otro.
Una ágil finta lateral impidió en el último momento que le
alcanzara un golpe que seguramente le hubiera arrancado
medio brazo. Oí la madera astillarse cuando la espada
golpeó contraelcarruaje.
¡Aquello no podía estar sucediendo! ¿Quiénes eran esos
tipos y qué querían de nosotros?
Rápidamente me deslicé hacia atrás sobre el banco y
espié por la otra ventana. ¿Es que nadie veía lo que estaba
pasando? ¿Realmente podían atacarle a uno en plena tarde
en Hyde Park? Tenía la sensación de que hacía una
eternidad que habíaempezado la pelea.
Aunque Gideon se defendía bien pese a encontrarse en
inferioridad numérica, no daba la sensación de que pudiera
llegar a colocarse nunca en una posición de ventaja. Los
dos hombres lo irían acorralando y al final serían ellos los
vencedores.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde el
disparo o de cuánto faltaba aún para nuestro salto en el
tiempo. Seguramente demasiado para confiar en que
desapareciéramos ante los ojos de los asaltantes. Ya no
podía soportar seguir sentada en elcarruaje mirando cómo
aquellos dos tipos se preparaban para matara Gideon.
¿Ysisaltaba por la ventanaeibaa pedirayuda?
Por unmomento temí que la enorme falda no pasara por
la abertura, pero un segundo más tarde me encontraba de
piesobrelaarena,en elcamino, tratando de orientarme.
Al otro lado delcarruajesolo se oían jadeos, maldiciones
y el despiadado tintineo delmetalcontraelmetal. —Entregaos, estáis perdido —resopló uno de los
desconocidos. —¡Nunca! —respondió Gideon.
Sigilosamente me moví hacia delante en dirección a los
caballos. Estuve a punto de tropezar con algo amarillo y
tuve que hacer un gran esfuerzo para no soltar un grito. Era
el hombre de la levita amarilla. Se había deslizado del
pescante y yacía deespaldas sobrelaarena. Horrorizada, vi
que le faltaba parte de la cara y que sus ropas estaban
empapadas en sangre. El ojo de la mitad intacta del rostro
estaba muy abierto ymirabaal vacío.
El disparo de antes iba destinado a él. Era una visión
espantosa, y sentícómo se me revolvía elestómago. Nunca
antes había visto un cadáver. ¡Lo que hubiera dado por
estar sentada ahora en elcine y poder sencillamente mirar a
otro lado!
Pero esto era real. Este hombre estaba muerto, y solo a
unos pasos Gideon se encontraba también en peligro de
muerte.
muerte.
Un tintineo me arrancó de mi parálisis. Gideon lanzó un
gemido que me devolvió alarealidad.
Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, ya
habíacogido laespada delmuerto y la había desenvainado.
Pesaba más de lo que había imaginado, pero enseguida
hizo que me sintiera mejor. Aunque no tenía ni idea de
cómo debía manejarla, era lo bastante puntiaguda y afilada
paratranquilizarme un poco.
Los gritos de combate no cesaban. Me arriesgué a
asomar la cabeza y vi que los dos hombres habían
conseguido acorralar a Gideon contra el carruaje. Unos
mechones de pelo se habían soltado de su coleta y le caían
en desorden sobre la frente. En una de las mangas tenía una
profunda desgarradura, pero, para mi alivio, no pude ver
sangre por ninguna parte. Aún seguíaindemne.
Eché una última ojeada a mi alrededor en busca de
alguien que pudiera ayudarnosantes de balancear la espada
en la mano y avanzar con decisión. Al menos miaparición
distraería a los dos hombres y tal vez Gideon pudiera
obtener ventajaen la pelea.
Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Como los dos
hombres luchaban de espaldas a mí, no me vieron, mientras
que los ojos de Gideon se dilataron de espanto al
descubrirme.
Durante una fracción de segundo dudó, y eso fue
suficiente para que uno de los hombres de negro le tocara
de nuevo casien el mismo sitio en que la manga ya estaba
desgarrada. Esta vez fluyó la sangre, pero Gideon siguió
peleando como si no hubiera ocurrido nada. —No aguantaréis mucho más —gritó el hombre en tono
triunfal, y se lanzó con fuerzas renovadas contra su
adversario—. Rezad ahora que podéis, porque pronto os
encontraréis frentealCreador.
Sujeté la empuñadura de la espada con las dos manos y
salícorriendo, ignorando la mirada horrorizada de Gideon.
Los hombres no me oyeron llegar y solo percibieron mi
presencia cuando la espada ya había penetrado a través del
vestido negro en la espalda de uno de ellos, sin la menor
resistencia y casi sin ruido. Durante un espantoso instante
pensé que había fallado y que tal vez la espada había
entrado justo por la rendija entre elcuerpo y el brazo; pero
entonces el hombre dejó escapar un estertor, soltó elarma
y se desplomó como un tronco partido. No solté la espada
hasta quelo vitendido en elsuelo.
Oh, Dios mío.
Gideon aprovechó la reacción de espanto del otro
hombre para alcanzarle con un golpe que también le hizo
caer derodillas. —¿Te has vuelto loca? —me gritó mientras alejaba de
una patada la espada de su adversario y le colocaba la
punta desu hojacontraelcuello.
Elcuerpo del hombrese desvaneció. —Por favor… déjamecon vida —dijo.
Mis dientesempezaron acastañetear.
«No puede ser verdad que acabe de hundir una espada
en elcuerpo de un hombre.»
El hombre dejó escapar un último estertor. En cuanto al
otro, daba la sensación de que iba a ponerse a llorar de un
momento a otro. —¿Quiénes sois y qué queréis de nosotros? —preguntó
Gideon fríamente. —Solo hecumplido órdenes. ¡Por favor! —¿Quién os las ha mandado?
Una gota de sangre se formó en el cuello del hombre
bajo la punta de la espada. Gideon había apretado los
labios como si le costara dominarse y tuviera que hacer un
gran esfuerzo para mantenerlainmóvil. —No conozco ningún nombre. Lo juro.
La cara deformada por el miedo empezó a difuminarse
ante mi vista, el verde del prado empezó a dar vueltas y,
casialiviada, me dejécaeren elremolino y cerrélos ojos.
casialiviada, me dejécaeren elremolino y cerrélos ojos.
De los Escritos secretos del conde de Saint Germain
uando la puerta se cerró detrás de Gideon y el conde,
instintivamente di un paso atrás. —Podéis sentaros tranquilamente —dijo el lord,
señalando una delas delicadas sillas.
Rakoczy hizo una mueca. ¿Se suponía que era una
sonrisa? Si lo era, le convenía volver a ensayarla ante el
espejo. —No, gracias. Prefiero seguir de pie.
Retrocedí un paso más hasta tropezar casi con un
angelote desnudo que estaba colocado sobre una peana
junto a la puerta. Cuanto mayor fuera la distancia entre mi
persona y los ojos negros, más segura mesentiría. —Decidme, ¿realmente pretendéis que creamos que
procedís delsiglo XXI?
Asentí.
Lord Brompton sefrotó las manos.
—Muy bien; entonces veamos: ¿qué rey gobierna
Inglaterraen elsiglo XXI? —Tenemos un primer ministro que gobierna el país —
dije titubeando un poco—. La reina se ocupa de tareas
representativas. —¿Lareina? —Isabel II. Es muy simpática. Incluso asistió a nuestra
fiesta escolar multinacional el año pasado. Cantamos el
himno nacional en siete lenguas distintas y Gordon
Gelderman consiguió que le firmara un autógrafo en su libro
de inglés, que luego subastó en e-Bay por ochenta libras.
Hummm… pero eso, naturalmente, no les dirá nada. En
todo caso, tenemos un primer ministro y un gabinete con
diputados queson elegidos porel pueblo.
Lord Brompton sonrió aprobatoriamente. —Una idea divertida, ¿no le parece, Rakoczy? Elconde
tiene unas ocurrencias realmentechistosas. ¿Ycómo van las
cosasen Franciaen elsiglo XXI? —Creo queallítambién tienen un primer ministro. Ningún
rey, por lo que sé, nisiquiera con funciones representativas.
Con la revolución, sencillamente abolieron la nobleza y al
rey al mismo tiempo. A la pobre María Antonieta le
cortaron lacabeza.¿No es terrible? —Oh, sí —rió el lord—. La verdad es que los franceses
son una gente terrible. Por eso los ingleses nos llevamos tan
mal con ellos. Decidme algo más: ¿con quién estamos en
guerraen elsiglo XXI? —¿Con nadie? —contesté un poco insegura—. En todo
caso, no realmente. Solo intervenimos un poco aquí y allá
de vez en cuando, en Oriente Próximo y países vecinos.
Pero, para ser sincera, no tengo ni idea de política. Será
mejor que me pregunten sobre… neveras, por ejemplo.
Naturalmente, no sobre cómo funcionan, que no lo sé. Solo
sé que funcionan. En todas las casas de Londres hay una
nevera, y en ellas puede conservarse queso, leche y carne
durante días.
No parecía que lord Brompton tuviera especial interés
por las neveras. Rakoczy se desperezó como un gato en su
silla. Confiabaen que no sele ocurrieralevantarse. —También pueden preguntarme por los teléfonos —dije
rápidamente—, aunque tampoco puedo explicar cómo
funcionan.
De todos modos, me daba la impresión de que lord
Brompton tampoco hubiera entendido nada. Para ser
sincera, no creía que valiera la pena explicarle siquiera el
funcionamiento de la bombilla. Busqué alguna otra cosa que
pudierainteresarle. —Ypor… hummm… también hay un túnelentre Dover
—Ypor… hummm… también hay un túnelentre Dover
yCalais, que pasa bajo elcanal.
A lord Brompton aquello le pareció terriblemente
cómico, y empezó areír y a darse palmadasen susenormes
muslos. —¡Delicioso, realmente delicioso!
Ya empezaba a relajarme un poco cuando Rakoczy
intervino por primera vezen la conversación y preguntó en
un ingléscon unmarcado acento: —¿Yqué me decís de Transilvania? —¿Transilvania?
¿El país del conde Drácula? ¿Lo decía en serio? Evité
mirar sus ojos negros. ¡Tal vez fuera él el conde Drácula!
En todo caso,eltono dela pielcoincidía. —Mi patria en los hermosos Cárpatos. El principado de
Transilvania. ¿Qué pasa en Transilvania en el siglo XXI? —
Tenía una voz un poco rasposa, en la que se percibía un
matiz de nostalgia—.¿Yqué haceel pueblo delos kurucz?
¿El pueblo de los qué? ¿Los Kurucz? No lo había oído
enmi vida. —Bien, pues… en Transilvania, en realidad, todo está
bastantetranquilo en nuestraépoca —dije prudentemente.
La verdad es que ni siquiera sabía dónde estaba. Solo
conocía los Cárpatos por una frase hecha. Cuando Leslie
hablaba de su tío Leo de Yorkshire, acostumbraba a decir
«Vive en algún lugar perdido en los Cárpatos», y para lady
Arista, cualquier cosa que estuviera más allá de Chelsea
eran «los Cárpatos», aunque, por lo visto, los Cárpatos
estaban habitadosen realidad por los kurucz. —¿Quién gobierna Transilvania en el siglo XXI? —
preguntó Rakoczy, que se había puesto en tensión, como si
fuera a saltar como un resorte de la silla en caso de que mi
respuesta no lecomplaciera.
Hummm… Buena pregunta. ¿Formaba parte de
Bulgaria?¿De Rumanía?¿O de Hungría? —No lo sé —dije con franqueza—. Está tan lejos… Le
preguntaré a mistress Counter. Es nuestra profesora de
geografía.
Rakoczy parecía decepcionado. Tal vez hubiera hecho
mejor mintiéndole. «Transilvania está gobernada por el
príncipe Drácula desde hace ya doscientos años. Es una
reserva natural para algunas especies de murciélagos en
peligro de extinción. Los kurucz son las personas más
felices de Europa.»Quizáaquello le habría gustado más. —¿Y cómo están las cosas en las colonias en el siglo
XXI? —preguntó lord Brompton.
Para mi gran alivio, observé que Rakoczy se había
inclinado de nuevo hacia atrás en su silla y que no se
convertía en polvo cuando el sol asomó entre las nubes e
inundó deluzla habitación.
Durante un rato charlamos casi relajadamente sobre
América y Jamaica y sobre algunas islas de las que, para mi
vergüenza, nunca había oído hablar. Lord Brompton se
mostró consternado al saber que ahora todas se
gobernaban por sí mismas. (Aunque yo tampoco tenía del
todo claro de dónde había sacado eso.) Naturalmente, lord
Brompton no creía ni una palabra de lo que le decía, y de
vez en cuando estallaba en carcajadas. Rakoczy, por su
parte, había dejado de participar en la conversación y se
limitaba a contemplar alternativamente sus largas uñas, que
parecían garras, y eltapizado delas paredes, aunque de vez
en cuando tambiénmelanzabaalguna mirada. —Francamente, me parece deprimente que seáis solo
una actriz —suspiró lord Brompton—. Es una lástima,
porque meencantaríacreeros. —Claro —dije yo comprensivamente—, es natural. En
su lugar, yo tampoco me creería nada. Por desgracia, no
hay pruebas… ¡Oh,espere unmomento!
Me metíla mano en elescote y saquéelmóvil. —¿Quées?¿Unacigarrera? —¡No! —Abrí el móvil, que lanzó un pitido porque
lógicamente no encontraba ninguna red—. Esto es un…
lógicamente no encontraba ninguna red—. Esto es un…
bueno,es igual. Con este objeto puedo grabar imágenes. —¿Podéis hacer grabadoscon ella?
Sacudí lacabeza y sostuveelmóvilen alto, de modo que
lord Brompton yRakoczy aparecieran en la pantalla. —Sonrían, por favor. Muy bien, yaestá.
Como había mucha luz, no se encendió el flash. Lástima,
porque seguro que aquello hubiera causado una gran
impresión. —¿Qué hasido eso?
Lord Brompton había levantado con sorprendente
rapidez sus kilos de grasa de la silla para acercarse. Le
enseñé la imagen en la pantalla. Él y Rakoczy habían salido
perfectos. —Pero… ¿quéesesto?¿Cómo es posible? —Lo llamamos fotografiar —dije.
Los gruesos dedos de lord Brompton acariciaron
entusiasmadoselmóvil. —¡Fantástico! Rakoczy, tenéis que veresto. —No, gracias —respondió Rakoczy con desgana. —No sé cómo lo hacéis, pero es el mejor truco que he
visto nunca. ¡Oh!¿Yahora qué ha pasado?
En la pantalla había aparecido Leslie. Lord Brompton
habíaapretado unatecla.
—Esta es mi amiga Leslie —dije con nostalgia—. La
fotografía es de la semana pasada. ¿Ve esto, detrás de
ella?, es la Marylebone High Street, el bocadillo es de Prêt
a Manger y ahíestá Aveda,¿ve? Mimadresiemprecompra
la laca para el pelo en esta tienda. —De pronto sentí una
terribleañoranza—.Yesto es un trozo detaxi. Unaespecie
decarruaje quefuncionasin caballos…
—¿Qué pedís por esta cajita de trucos? ¡Os pagaré el
precio que pongáis! —Hummm… no, lo siento, no está en venta. Aún la
necesito —dije encogiéndome de hombros en un gesto de
disculpa.
Cerré la cajita de trucos, quiero decir elmóvil, y lo volví
a deslizar en su escondite delescote justo a tiempo, porque
un instante después la puerta se abrió y elconde y Gideon
volvieron a entrar en la habitación; el conde sonriendo
complacido, y Gideon más bien serio. Ahora también
Rakoczy selevantó desu silla.
Gideon me dirigió una mirada inquisidora, que le devolví
con aire retador. ¿Acaso había creído que aprovecharía el
intervalo para poner piesen polvorosa?Aunque en realidad
le hubiera estado bien. Al fin y alcabo, tanto insistir en que
no nos separáramos en ningún caso, para luego dejarme
solaala primera decambio.
—¿Y bien? ¿Os gustaría vivir en el siglo XXI, lord
Brompton? —preguntó elconde. —¡Desde luego! Qué deliciosas ocurrencias tenéis —
repuso lord Brompton al tiempo que daba palmadas
satisfecho—. Hasido realmente divertido. —Sabía que lo apreciaríais. Pero hubierais podido
ofrecer unasillaala pobre muchacha. —Oh, ya he hecho, pero ha preferido seguir en pie. —
Lord Brompton se inclinó hacia delante y murmuró en tono
confidencial—: Realmente, me gustaría mucho adquirir ese
cofrecillo plateado, querido conde. —¿Un cofrecillo plateado? —Por desgracia, ahora tenemos que despedirnos —
observó Gideon mientras cruzaba la habitación en dos
zancadas y secolocabaa milado. —¡Comprendo, comprendo! Naturalmente, el siglo XXI
os está aguardando —dijo lord Brompton—. Muchas
gracias por la visita. Hasido maravillosamente divertido. —No puedo sino darle la razón en eso —convino el
conde. —Espero que volvamos a tener el placer de verles —
dijo lord Brompton.
Rakoczy no dijo nada. Solo me miraba. Y de pronto
sentícomo si una mano helada me sujetara por la garganta.
sentícomo si una mano helada me sujetara por la garganta.
Asustada, traté decogeraire ymiré haciaabajo. No se veía
nada. Y, sin embargo, sentía claramente los dedos que se
cerraban en torno a micuello.
«Puedo apretarcuando quiera.»
No era Rakoczy quien lo decía, sino elconde, si bien sus
labios no se habíanmovido.
Desconcertada, dirigí la mirada hacia su mano. Estaba a
más de cuatro metros. ¿Cómo podía estar colocada al
mismo tiempo en torno a micuello? ¿Ypor qué oía su voz
enmicabezacuando no estaba hablando?
«No sé exactamente qué papel representas en esto,
muchacha, o si realmente eres importante, pero no tolero
que nadie infrinja mis reglas. Esto es solo una advertencia.
¿Lo has comprendido?» La presión de los dedos se
intensificó.
Yo estaba como paralizada por el miedo. Solo podía
mirarle fijamente y tratar de coger aire. ¿Es que nadie se
dabacuenta delo que meestaba ocurriendo?
«Digo quesilo hascomprendido.» —Sí—susurré.
Enseguida la presión cedió y la mano se apartó de mi
cuello, dejando que el aire entrara de nuevo libremente en
mis pulmones.
Elcondefrunció los labios y agitó la muñeca. —Volveremosa vernos —saludó.
Gideon se inclinó, y los tres hombres le devolvieron la
reverencia. Solo yo me quedé tiesa como un palo, incapaz
de mover ni un músculo, hasta que Gideon me cogió de la
mano ymesacó dela habitación.
Incluso después de que hubiéramos salido y hubiéramos
subido al carruaje, seguía en tensión. Me sentía débil y
abatida, y, dealgúnmodo, también sucia.
¿Cómo se las había arreglado el conde para hablar
conmigo sin que los otros pudieran oírlo? ¿Y cómo había
conseguido tocarme, cuando estaba a cuatro metros de
distancia? Mi madre tenía razón, lo que decían de él era
cierto: ese hombre era capaz de penetrar en la mente de
otras personas y controlar sus sensaciones. Me había
dejado engañar por su parloteo arrogante y voluble y por su
aparentefragilidad, y le habíasubestimado.
Quéestúpida habíasido.
De hecho, había dado poca importancia a toda esta
historia desde un principio.
El carruaje se había puesto en movimiento y se
tambaleaba tan violentamente como a la ida. Gideon le
había indicado al guarda de la levita amarilla que se
apresurara. Como si hiciera falta. Ala ida ya había llevado
elcochecomo si no sintiera ningún aprecio por su vida. —¿Teencuentras bien? Parececomo si hubieras visto un
fantasma. —Gideon se quitó el abrigo y lo dejó a su lado —. Hacecalor paraser septiembre. —No ha sido ningún fantasma —dije (la voz me
temblaba un poco ymesentíaincapaz de mirarlealos ojos) —. Solo ha sido una de las «demostraciones» delconde de
Saint Germain. —No ha estado precisamente amable contigo —
comentó Gideon—. Pero era de esperar. Por lo visto, se
había hecho unaidea distinta decómo tenías queser.
Al ver que no respondía nada,continuó: —En las profecías, el duodécimo viajero del tiempo
siempre se describe como alguien especial. «Con la magia
delcuervo dotado.» Lo que quiera que signifique eso… En
cualquier caso, el conde no parecía muy dispuesto a
creermecuando le dije quesolo eras una vulgarcolegiala.
Extrañamente, ese comentario hizo que se esfumara al
instante la penosa sensación de impotencia que elcontacto
fantasmal había despertado en mí. En lugar de sentir
debilidad y miedo, ahora me sentía ofendida hasta lo más
hondo. Yfuriosa. Me mordícon fuerzaellabio inferior. —¿Gwendolyn? —¿Qué? —No pretendía ofenderte. No lo he dicho en el sentido
de «ordinaria», sino en el de «corriente»,¿entiendes?
Lacosaiba mejorando. —Muy bien—dijefulminándolecon la mirada—. No me
importa nadalo que pienses de mí.
Me devolvió la miradasin inmutarse. —Tampoco puedes hacer nada porevitarlo. —¡Tú no meconocesen absoluto! —resopléindignada. —Es posible —repuso Gideon—, pero conozco a un
montón dechicascomo tú. Todas sois iguales. —¿Aunmontón dechicas?¡Ja! —Laschicascomo tú solo seinteresan por los peinados,
la ropa, las películas y las estrellas del pop. Ytodo el rato
estáis soltando risitas y vais siempre en grupo al lavabo. Y
os burláis de Lisa porque se ha comprado una camiseta de
cinco librasenMarks &Spencer.
Aunque estaba furiosa, no pude evitar soltar una
carcajada. —¿Quieres decir que todas las chicas que conoces se
burlan de Lisa porque se ha comprado una camiseta en
Marks &Spencer?
Marks &Spencer? —Yaentiendes lo que quiero decir. —Sí, lo entiendo. —En realidad, no quería seguir
hablando, pero sencillamente mesalió así—:Tú piensas que
todas las chicas que no son como Charlotte son
superficiales y estúpidas, solo porque nosotras hemos
tenido una infancia normal y no estábamos yendo
continuamente a clases de esgrima y misterios. En realidad,
nunca has tenido tiempo deconocera unachica normal; por
eso te hascreado todosestos prejuicios. —¡Escucha, yo he estudiado en el instituto, exactamente
igual quetú! —¡Sí, claro! —Las palabras sencillamente brotaban de
mi interior como una catarata—. Aunque solo te hayas
preparado la mitad de a fondo que Charlotte para tu vida
de viajero deltiempo, no habrás tenido amigos ni del género
masculino ni del femenino, y tu opinión sobre esa llamada
«chica corriente» estará basada en observaciones que
habrás hecho mientras rumiabas solo en el patio. ¿O vas a
decirme que tus compañeros de internado encontraban
superguays tus hobbies como el latín, el baile de la gavota y
laconducción decarruajes?
En lugar de ofenderse, Gideonme miró divertido. —Te has olvidado de lo de tocar el violín —puntualizó
echándose hacia atrás y cruzando los brazos sobre el
pecho. —¿El violín?¿De verdad?
Mi rabia se desvaneció tan deprisa como había surgido.
El violín, ¡lo quefaltaba! —Al menos ahora tu cara tiene un poco más de color.
Hace unmomento estabas tan pálidacomo Miro Rakoczy.
Exacto, Rakoczy. —¿Cómo seescribe? —R-a-k-o-c-z-y —deletreó Gideon—. ¿Por qué lo
preguntas? —Me gustaría buscarlo enGoogle. —Vaya,¿tanto te ha gustado? —¿Gustarme? Es un vampiro —dije—. Procede de
Transilvania. —Procede de Transilvania, pero no es ningún vampiro. —¿Ytú cómo lo sabes? —Porquelos vampiros no existen, Gwendolyn. —Ah, ¿no? Si haymáquinas del tiempo («y gente que es
capaz de estrangularte sin necesidad de tocarte»), ¿por qué
no puede haber vampiros también? ¿Le has mirado alguna
vezalos ojos? Son como dosagujeros negros. —Eso es por los brebajes con belladona con los que
experimenta —explicó Gideon—. Un veneno vegetal que
supuestamenteayudaaampliar laconciencia. —¿De dónde has sacado eso? —Está en los Anales de los Vigilantes. Allí Rakoczy
lleva el nombre de «Leopardo Negro». Salvó dos veces al
conde de un atentado mortal. Es muy fuerte e
increíblemente hábilen elmanejo delasarmas. —¿Quién quería mataralconde?
Gideon seencogió de hombros. —Un hombrecomo éltiene muchosenemigos. —Sí, eso puedo imaginármelo muy bien —dije—. Pero
me dio la sensación de que puede cuidar perfectamente de
símismo. —Desdeluego —reconoció Gideon.
Pensé en si debía contarle lo que había hecho elconde,
pero finalmente decidí no hacerlo. Gideon no solo se había
mostrado cortés con aquel hombre, sino que me había
parecido quelos dosestabanmuy unidos.
«No confíesen nadie.» —¿Realmente has viajado al pasado para ver a todas
esas personas y extraerles sangre? —pregunté en lugar de
eso.
Gideon asintió. —Con nosotros dos, de nuevo están registrados en el
cronógrafo ocho delos doce viajeros deltiempo. Ytambién
cronógrafo ocho delos doce viajeros deltiempo. Ytambién
encontraréalos otroscuatro.
Recordélas palabras delconde y pregunté: —¿Cómo puedes haber viajado de Londres a París y
Bruselas? Creía que el tiempo que se puede permanecer en
el pasado sereducíaa unas pocas horas. —Acuatro, paraserexactos —repuso Gideon. —Pero en cuatro horas es imposible llegar de Londres a
París, y aún menos si uno se toma tiempo para bailar una
gavota y sacarlesangreaalguien. —Es verdad. Ypor eso tuvimos la genial idea de viajar
antes a París con el cronógrafo —aclaró Gideon—. Y lo
mismo hicimos en Bruselas, Milán y Bath. A los otros los
pude visitarenLondres. —Comprendo. —¿De verdad?
De nuevo lasonrisa de Gideon estaba llena de sarcasmo.
Pero esta vez decidíignorarlo. —Sí. Poco a poco voy entendiendo algunas cosas. —
Miré por la ventanilla—. Ala ida no hemos pasado junto a
este prado,¿no? —Es Hyde Park —informó Gideon, que de repente se
había puesto en tensión, y se inclinó hacia fuera para hablar
con el cochero—. Eh, Wilbour, o como os llaméis: ¿por
qué pasamos por aquí? ¡Tenemos que ir a Temple por el
camino más rápido!
No pudeentender larespuesta del hombre del pescante. —Parad inmediatamente —ordenó Gideon.
Cuando se volvió hacia mí, vi quese había puesto pálido. —¿Qué ocurre? —No lo sé —respondió—. Afirma que tiene orden de
llevarnosa unacitaen elextremo sur del parque.
Aprovechando que los caballos se habían detenido,
Gideon abrió la portezuela delcoche. —Aquí pasa algo raro. No nos queda mucho tiempo
hastaelsalto.Yo mismo guiaréaloscaballos hasta Temple. —Bajó y volvió a cerrar la puerta—. Y tú quédate en el
carruaje paselo que pase.
En ese momento se oyó un estampido. Instintivamente
me agaché. Aunque solo conocía aquel ruido por las
películas, enseguida supe que había sido un disparo. Oí un
grito apagado, los caballos relincharon, y elcarruaje dio un
salto adelante paraenseguida volvera pararseen seco. —¡Baja la cabeza! —gritó Gideon, y yo me lancé sobre
el banco.
Se oyó otro disparo, al que siguió un silencio
insoportable. —¿Gideon?
Meincorporé ymiré haciafuera.
Ante la ventana que daba al prado, vi a Gideon con la
espada desenvainada. —¡Te he dicho queteagaches!
Gracias a Dios, aún vivía, aunque posiblemente no por
mucho tiempo. Dos hombres vestidos de negro habían
aparecido de repente surgidos de la nada, y un tercero se
acercabaacaballo saliendo delasombra de un árbol. En su
mano distinguíel brillo plateado de una pistola.
Gideon empezó a luchar contra los dos hombres al
mismo tiempo. Los tres combatientes permanecían en
silencio:solo se oían sus jadeos y el tintineo de las espadas
al chocar. Durante unos segundos contemplé fascinada la
habilidad con que se movía Gideon. Era como una escena
de película: cada ataque, cada golpe, cada salto parecía
formar parte de una coreografía que unos especialistas
hubieran estado ensayando durante días. Pero cuando uno
de los hombres gritó y cayó de rodillas mientras la sangre
manaba como una fuente de su cuello, volví a la realidad.
Aquello no era ninguna película, aquello era de verdad. Y
por más que las espadas pudieran ser un arma mortal (el
hombre herido estabatendido en elsuelo estremeciéndose y
lanzando terribles gritos de dolor), no creía que pudieran
hacer gran cosa frente a una pistola. ¿Por qué, entonces,
hacer gran cosa frente a una pistola. ¿Por qué, entonces,
Gideon no llevaba una? Hubierasido muy fácil traer decasa
un armatan práctica.¿Ydóndese había metido elcochero?
¿Por qué no estabacombatiendo junto a Gideon?
Entretanto, el jinete se había acercado y había saltado de
su caballo. Observé, estupefacta, que también él había
desenvainado una espada, con la que se abalanzó contra
Gideon. ¿Por qué no utilizabala pistola? La habíalanzado a
la hierba, donde no podíaservirlea nadie. —¿Quiénes sois?¿Qué queréis? —preguntó Gideon. —Vuestra vida y nada más —dijo el último hombre que
habíallegado. —¡Pues no conseguiréisarrebatármela! —¡Lo haremos! ¡Podéisestar seguro!
De nuevo elcombate ante la ventana se desarrolló como
una coreografía, en la que el tercer asaltante, el hombre
herido, permanecía inerte en el suelo mientras los otros
luchaban en torno asu cuerpo.
Gideon paraba todos los ataques como si adivinara por
adelantado qué se proponían hacer sus oponentes, pero era
evidente que los otros también habían recibido clases de
esgrima desde la más tierna infancia. En un momento dado
vi cómo la espada de uno de ellos silbaba en el aire
apuntando al hombro de Gideon, que estaba ocupado
parando el golpe del otro.
Una ágil finta lateral impidió en el último momento que le
alcanzara un golpe que seguramente le hubiera arrancado
medio brazo. Oí la madera astillarse cuando la espada
golpeó contraelcarruaje.
¡Aquello no podía estar sucediendo! ¿Quiénes eran esos
tipos y qué querían de nosotros?
Rápidamente me deslicé hacia atrás sobre el banco y
espié por la otra ventana. ¿Es que nadie veía lo que estaba
pasando? ¿Realmente podían atacarle a uno en plena tarde
en Hyde Park? Tenía la sensación de que hacía una
eternidad que habíaempezado la pelea.
Aunque Gideon se defendía bien pese a encontrarse en
inferioridad numérica, no daba la sensación de que pudiera
llegar a colocarse nunca en una posición de ventaja. Los
dos hombres lo irían acorralando y al final serían ellos los
vencedores.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde el
disparo o de cuánto faltaba aún para nuestro salto en el
tiempo. Seguramente demasiado para confiar en que
desapareciéramos ante los ojos de los asaltantes. Ya no
podía soportar seguir sentada en elcarruaje mirando cómo
aquellos dos tipos se preparaban para matara Gideon.
¿Ysisaltaba por la ventanaeibaa pedirayuda?
Por unmomento temí que la enorme falda no pasara por
la abertura, pero un segundo más tarde me encontraba de
piesobrelaarena,en elcamino, tratando de orientarme.
Al otro lado delcarruajesolo se oían jadeos, maldiciones
y el despiadado tintineo delmetalcontraelmetal. —Entregaos, estáis perdido —resopló uno de los
desconocidos. —¡Nunca! —respondió Gideon.
Sigilosamente me moví hacia delante en dirección a los
caballos. Estuve a punto de tropezar con algo amarillo y
tuve que hacer un gran esfuerzo para no soltar un grito. Era
el hombre de la levita amarilla. Se había deslizado del
pescante y yacía deespaldas sobrelaarena. Horrorizada, vi
que le faltaba parte de la cara y que sus ropas estaban
empapadas en sangre. El ojo de la mitad intacta del rostro
estaba muy abierto ymirabaal vacío.
El disparo de antes iba destinado a él. Era una visión
espantosa, y sentícómo se me revolvía elestómago. Nunca
antes había visto un cadáver. ¡Lo que hubiera dado por
estar sentada ahora en elcine y poder sencillamente mirar a
otro lado!
Pero esto era real. Este hombre estaba muerto, y solo a
unos pasos Gideon se encontraba también en peligro de
muerte.
muerte.
Un tintineo me arrancó de mi parálisis. Gideon lanzó un
gemido que me devolvió alarealidad.
Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, ya
habíacogido laespada delmuerto y la había desenvainado.
Pesaba más de lo que había imaginado, pero enseguida
hizo que me sintiera mejor. Aunque no tenía ni idea de
cómo debía manejarla, era lo bastante puntiaguda y afilada
paratranquilizarme un poco.
Los gritos de combate no cesaban. Me arriesgué a
asomar la cabeza y vi que los dos hombres habían
conseguido acorralar a Gideon contra el carruaje. Unos
mechones de pelo se habían soltado de su coleta y le caían
en desorden sobre la frente. En una de las mangas tenía una
profunda desgarradura, pero, para mi alivio, no pude ver
sangre por ninguna parte. Aún seguíaindemne.
Eché una última ojeada a mi alrededor en busca de
alguien que pudiera ayudarnosantes de balancear la espada
en la mano y avanzar con decisión. Al menos miaparición
distraería a los dos hombres y tal vez Gideon pudiera
obtener ventajaen la pelea.
Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Como los dos
hombres luchaban de espaldas a mí, no me vieron, mientras
que los ojos de Gideon se dilataron de espanto al
descubrirme.
Durante una fracción de segundo dudó, y eso fue
suficiente para que uno de los hombres de negro le tocara
de nuevo casien el mismo sitio en que la manga ya estaba
desgarrada. Esta vez fluyó la sangre, pero Gideon siguió
peleando como si no hubiera ocurrido nada. —No aguantaréis mucho más —gritó el hombre en tono
triunfal, y se lanzó con fuerzas renovadas contra su
adversario—. Rezad ahora que podéis, porque pronto os
encontraréis frentealCreador.
Sujeté la empuñadura de la espada con las dos manos y
salícorriendo, ignorando la mirada horrorizada de Gideon.
Los hombres no me oyeron llegar y solo percibieron mi
presencia cuando la espada ya había penetrado a través del
vestido negro en la espalda de uno de ellos, sin la menor
resistencia y casi sin ruido. Durante un espantoso instante
pensé que había fallado y que tal vez la espada había
entrado justo por la rendija entre elcuerpo y el brazo; pero
entonces el hombre dejó escapar un estertor, soltó elarma
y se desplomó como un tronco partido. No solté la espada
hasta quelo vitendido en elsuelo.
Oh, Dios mío.
Gideon aprovechó la reacción de espanto del otro
hombre para alcanzarle con un golpe que también le hizo
caer derodillas. —¿Te has vuelto loca? —me gritó mientras alejaba de
una patada la espada de su adversario y le colocaba la
punta desu hojacontraelcuello.
Elcuerpo del hombrese desvaneció. —Por favor… déjamecon vida —dijo.
Mis dientesempezaron acastañetear.
«No puede ser verdad que acabe de hundir una espada
en elcuerpo de un hombre.»
El hombre dejó escapar un último estertor. En cuanto al
otro, daba la sensación de que iba a ponerse a llorar de un
momento a otro. —¿Quiénes sois y qué queréis de nosotros? —preguntó
Gideon fríamente. —Solo hecumplido órdenes. ¡Por favor! —¿Quién os las ha mandado?
Una gota de sangre se formó en el cuello del hombre
bajo la punta de la espada. Gideon había apretado los
labios como si le costara dominarse y tuviera que hacer un
gran esfuerzo para mantenerlainmóvil. —No conozco ningún nombre. Lo juro.
La cara deformada por el miedo empezó a difuminarse
ante mi vista, el verde del prado empezó a dar vueltas y,
casialiviada, me dejécaeren elremolino y cerrélos ojos.
casialiviada, me dejécaeren elremolino y cerrélos ojos.
De los Escritos secretos del conde de Saint Germain
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