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l hombre delalevitaamarillaenfundó su espada. —Seguidme.
Mirécon curiosidad haciafuera por la primera ventana
ante la que pasamos. Así que estábamos en el siglo XVIII.
La cabeza empezó a picarme de excitación, pero solo vi un
bonito patio interior con una fuente en el centro que ya
había visto antesexactamenteigual queahora.
De nuevo subimos por una escalera, y Gideon me cedió
el paso. —¿Ayer estuviste aquí? —le pregunté intrigada en un
susurro para que el hombre de amarillo, que estaba dos
metros por delante, no pudiera oírnos. —Para ellos fue ayer —repuso Gideon—. Para mí hace
casi dosaños deeso. —¿Ypara qué viniste? —Me presenté alconde y tuve que informarle de que el
primercronógrafo habíasido robado. —Seguro que no lealegró la noticia.
El hombre de amarillo hacía como si no nos escuchara,
pero se podía ver literalmente cómo sus orejas se
esforzaban en captar nuestras palabras bajo las salchichas
de pelo blancas. —Se lo tomó con más calma de lo que pensaba —
explicó Gideon—. Y tras la primera impresión, tuvo una
gran alegría al enterarse de que el segundo cronógrafo
efectivamente podía funcionar y de que, por tanto, aún
teníamos una oportunidad de llevar el asunto a buen
término. —¿Y dónde está el cronógrafo ahora? —susurré—.
Quiero deciren estaépoca. —Seguramente en algún lugar de este edificio. Elconde
no debe separarse mucho tiempo de él, porque también
tiene que elapsar para evitar saltos temporales
incontrolados. —Entonces, ¿por qué no podemos sencillamente
llevarnoselcronógrafo queestáaquíalfuturo? —Por múltiples razones —repuso Gideon (el tono que
empleaba al hablarme había cambiado: ya no se mostraba
tan arrogante como antes, sino más bien se había vuelto
paternalista)—. Las más importantes son evidentes. Una de
las doce reglas de oro de los Vigilantes en el manejo del
cronógrafo es que elcontinuum nunca debe interrumpirse.
Si nos lleváramos el cronógrafo con nosotros al futuro, el
conde y los viajeros del tiempo que nacerán después de él
se verían obligadosaarreglárselas sin su ayuda. —Sí, pero nadie podríarobarlo.
Gideon sacudió lacabeza. —Yase ve que hastaahora no te has ocupado mucho de
profundizar en la naturaleza del tiempo. Existen cadenas de
acontecimientos que sería muy peligroso interrumpir. En el
peor deloscasos, posiblemente no hubieras nacido. —Comprendo —mentí.
Mientras tanto habíamos llegado al primer piso, donde
pasamos junto a otros dos hombres armados con espadas
con los que el de amarillo intercambió unas palabras en
susurros. ¿Cuál era la contraseña? Solo me salía «Qua
nesquick mosquitos». Tenía que conseguirme con urgencia
otro cerebro.
Los dos hombres nos miraron, a Gideon y a mí, con
manifiesta curiosidad, y, en cuanto los hubimos dejado
atrás, empezaron a cuchichear entre ellos. Me hubiera
encantado saber lo que decían.
El hombre de amarillo llamó a una puerta. Dentro había
otro hombre sentado detrás de un escritorio, también con
otro hombre sentado detrás de un escritorio, también con
peluca —rubia— y ropa de colores chillones. Por encima
de la superficie de la mesa sobresalían una levita color
turquesa y una chaqueta floreada deslumbrantes, bajo las
cuales se veían asomar unos pantalones de media pierna
rojos y unas medias a rayas. Pero a esas alturas ya no me
sorprendía nada. —Señor secretario —anunció el de amarillo—, aquíestá
de nuevo el visitante de ayer, y de nuevo conoce la
contraseña…
Elsecretario miró a Gideon con cara deincredulidad. —¿Cómo puede conocer la contraseña si la hemos
comunicado hacesolo dos horas y desde entonces nadie ha
abandonado lacasa? Todas lasentradasestán estrictamente
vigiladas. ¿Yquién es ella? Aquí no se permite la entrada a
las mujeres.
Ya me disponía a pronunciar cortésmente mi nombre
cuando Gideonmesujetó del brazo ymeinterrumpió. —Debemos hablar con el conde. Es un asunto urgente.
No hay tiempo que perder. —Han venido deabajo —señaló el deamarillo. —Pero es que el conde no está en casa —repuso el
secretario, que se había levantado de un salto y se retorcía
las manos nerviosamente—. Podríamos enviar a un
mensajero…
—No, tenemos que hablar personalmente con él. No
tenemos tiempo para enviar mensajeros de aquí para allá.
¿Dóndeseencuentraelcondeen este momento? —Está invitado en casa de lord Brompton, en su nueva
residencia de Wigmore Street. Se trata de una entrevista de
la mayor importancia que se convocó inmediatamente
después de vuestra visita deayer.
Gideonmaldijo en voz baja. —Necesitamos inmediatamente un carruaje que nos lleve
a Wigmore Street. —Eso tiene fácil solución —se ofreció el secretario, e
hizo una señal con la cabeza al de amarillo—. Encárgate
personalmente, Wilbour. —Pero ¿no vamos un poco justos de tiempo? —
pregunté, pensando ya en el largo camino de vuelta por el
mohoso sótano—. Parallegaren carruajea Wigmore Street
necesitaremos… —Nuestro dentista tenía su consulta en
Wigmore Street. La parada de metro más próxima era
Bond Street, Central Line. Pero desde aquí hubiéramos
tenido que hacer al menos un transbordo. ¡Y eso viajando
enmetro! No quería niimaginar lo quetardaríamosen llegar
con un carruaje. —Tal vez sería mejor que lo dejáramos
para otra ocasión—dije.
—No —replicó Gideon, y acto seguido mesonrió.
Su rostro tenía una expresión que no acababa de
interpretar.¿Laemoción delaaventura, tal vez? —Aún nos quedan dos horas y media —dijo
animadamente—. Iremosa Wigmore Street.
El viajeen coche decaballos por Londres seconvirtió en lo
más emocionante que había vivido hasta ese momento. Por
algúnmotivo me habíaimaginado elLondres sin automóviles
como un lugar apacible, con gente que paseaba
tranquilamente por las calles con sombrillas y sombreros y
algún carruaje que avanzaba parsimoniosamente entre ellos,
sin olora gases deescape, sin taxistas desconsiderados que
conducían a toda velocidad y amenazaban con atropellarte
incluso en un paso de peatonescon elsemáforo en verde.
Pero, de hecho, era cualquier cosa menos apacible. En
primer lugar, llovía. Y, en segundo lugar, el tráfico, aun sin
coches niautobuses, era absolutamente caótico:carruajes y
carros de todo tipo se apelotonaban en las calles,
salpicando el lodo y el agua de los charcos en todas
direcciones. Y aunque no olía a gases de escape, el olor
que flotaba en elaire —cierto tufo a podrido mezclado con
la peste a bosta de caballo y otros excrementos— no era
precisamenteagradable.
Nunca en mi vida había visto tantos caballos juntos.
Nuestro carruaje iba tirado por cuatro preciosos caballos
negros. El hombre de la levita amarilla iba sentado en el
pescante y guiaba a los animales por entre el barullo a un
ritmo de locos. Elcoche se tambaleaba salvajemente de un
lado a otro, y cada vez que los caballos tomaban una curva
tenía la sensación de que íbamos a volcar. Entre el miedo
que tenía y lo concentrada que estaba en evitar que una
sacudida me lanzara sobre Gideon, no pude distinguir gran
cosa del Londres que pasaba ante la ventana delcarruaje;
pero, en las pocas ocasiones en que miré hacia fuera, no
pude reconocer nada de lo que veía. Era como si hubiera
aterrizado en unaciudad totalmente distinta. —Esto es Kingsway —me indicó Gideon—.
Irreconocible,¿verdad?
Nuestro cochero inició una temeraria maniobra de
adelantamiento de un tiro de bueyes y un carruaje parecido
al nuestro, y esta vez no pude evitar que la fuerza de la
gravedad melanzarasobre Gideon. —Este tipo debe de creerse que es Ben Hur —observé
mientras me deslizaba otra veza mirincón. —Conducir un coche de caballos es terriblemente
divertido —comentó Gideon, como si envidiara al hombre
del pescante—. Claro que en un coche abierto es todavía
mejor. Los faetones sonmis preferidos.
El carruaje saltó de nuevo y sentí que empezaba a
marearme. Desde luego, aquello no estaba hecho para
estómagos delicados. —Me parece que prefiero un Jaguar —susurré con voz
apagada.
De todos modos, tuve que reconocer que habíamos
llegado a Wigmore Street mucho más rápido de lo que
había creído posible. Bajamos ante una casa suntuosa y
miré a mi alrededor, pero no pude reconocer nada de
nuestra época en esa parte de la ciudad, aunque, para mi
desgracia, había tenido que ir al dentista más a menudo de
lo que hubiera querido. A pesar de todo, en el ambiente
flotabaalgo familiar. Yhabía dejado dellover.
El lacayo que nos abrió la puerta afirmó al principio que
lord Brompton no estaba en casa, pero Gideon le dejó
claro que sabía que no era así y que perdería su puesto ese
mismo día si no nos llevaba inmediatamente ante su señor.
Luego le apretó en la mano su anillo de sello y ordenó al
amedrentado lacayo queseapresurara. —¿Tienes un anillo propio? —le pregunté mientras
esperábamosen el vestíbulo.
esperábamosen el vestíbulo. —Sí, naturalmente —repuso Gideon—. ¿No estás un
poco emocionada? —¿Por qué?¿Deberíaestarlo?
Aúnmeencontraba bajo losefectos del viajeen carruaje,
de modo que al principio no pude imaginar nada más
excitante; pero en cuanto comprendí el sentido de sus
palabras, mi corazón se puso a palpitar desbocado.
Recordélo que mimadre me había dicho sobreelconde de
Saint Germain. Si ese hombre realmente podía leer los
pensamientos…
Me palpé el peinado: seguramente estaría todo revuelto
porel viaje. —Estás perfecta —dijo Gideon con unaligerasonrisa.
¿A qué venía ese halago? ¿Estaba decidido a ponerme
nerviosa? —¿Sabes una cosa?, nuestra cocinera también se llama
Brompton—afirmé para ocultar miturbación. —Sí,elmundo es un pañuelo —repuso Gideon.
El lacayo bajó corriendo las escaleras haciendo volar los
faldones desu levita. —Los señores lesesperan, sir.
Seguimosal hombreal primer piso. —¿Realmente puedeleer los pensamientos? —susurré.
—¿El lacayo? —replicó Gideon también en susurros—.
Espero que no, pues estaba pensando que parecía una
comadreja.
¿Un toque de humor?¿Realmenteelseñor-de-camino-auna-importante-misión
se había permitido una broma?
Sonreí rápidamente. (Algo tan positivo merecía ser
reforzado.) —Ellacayo, no;elconde —repliqué.
Asintió. —Almenos,eso es lo que dicen. —¿Haleído elcondetus pensamientos? —Silo ha hecho, no me he dado cuenta.
Ellacayo nosabrió una puerta y seinclinó profundamente
ante nosotros.Yo permanecí inmóvil. Tal vezlo mejor fuera
no pensaren nada, pero eso erasencillamenteimposible. En
cuanto trataba de no pensaren nada, me veníanmillones de
pensamientosalacabeza. —¡Primero las damas! —se ofreció Gideon, y me
empujó suavementealinterior dela habitación.
Avancé unos pasos y luego me volvía detener, indecisa,
sin saber qué se esperaba de mí en esa situación. Gideon
me siguió y el lacayo cerró la puerta detrás de nosotros, no
sin antes dedicarnos otra profundareverencia.
Nos encontrábamos en un gran salón lujosamente
amueblado, con ventanas muy altas y unas cortinas
bordadas que probablemente también hubieran ido bien
para hacer un vestido.
Tres hombres nos miraban. El primero era un tipo gordo,
que tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantarse de su
silla; el segundo era más joven, tenía una constitución
extremadamente musculosa y era el único que no llevaba
peluca, y el tercero era alto y delgado y tenía unos rasgos
parecidosalos delretrato dela Sala de Documentos.
Elconde de Saint Germain.
Gideon se inclinó, aunque no tan profundamente como el
lacayo. Los tres hombres se inclinaron también. Yo, por mi
parte, no hice absolutamente nada. Nadie me había
explicado cómo se dobla la rodilla llevando un miriñaque.
Además, lo de doblar larodilla me parecía una bobada. —No esperaba volver a veros tan pronto, joven amigo —dijo el hombre al que yo había identificado como el
conde de Saint Germain. Su rostro irradiaba satisfacción—.
Lord Brompton, ¿puedo presentarle al tatataranieto de mi
tatataranieto? Gideon de Villiers. —¡Lord Brompton!
De nuevo una pequeña reverencia. Por lo visto, lo de
estrecharsela mano no estaba de moda. —Me parece que mi estirpe se ha desarrollado
—Me parece que mi estirpe se ha desarrollado
magníficamente,como mínimo,en lo queaalegrar la vistase
refiere —observó elconde—. Parece que acerté alelegir a
la dama de mi corazón. La exagerada curva de la nariz se
haafinado hastala perfección. —¡Ah, estimado conde! De nuevo tratáis de
impresionarme con vuestras increíbles historias —dijo lord
Bromptonmientras se dejaba caer de nuevo en su silla, que
se veía tanminúscula que pensé que iba a romperse bajo su
peso, porque lord Brompton no era un poco grueso como
mister George, ¡era extremadamente gordo! —Pero no
tengo nada contra eso —continuó, mientras sus ojitos de
cerdo brillaban de satisfacción—. Con vos uno nunca corre
el peligro de aburrirse. A cada momento surge una
sorpresa.
Elconderió y se volvió haciaeljoven sin peluca. —¡Lord Brompton es y será siempre un incrédulo, mi
querido Miro! Tendremos que pensar en alguna otra cosa
paraconvencerle delaseriedad de nuestracausa.
El hombre respondió en una lengua extranjera áspera y
entrecortada, y elconde volvió areír. Luego se volvió hacia
Gideon y dijo: —Este, mi querido nieto, es mi buen amigo y compañero
de fatigas Miro Rakoczy, más conocido en los Anales de
los Vigilantescomo el «Leopardo Negro». —Encantado —dijo Gideon.
De nuevo reverencias de una y otra parte.
Rakoczy. ¿De qué me sonaba ese nombre? ¿Ypor qué
meresultabatan inquietanteese personaje?
El conde deslizó lentamente la mirada sobre mí y una
sonrisa frunció sus labios. Instintivamente busqué algún
parecido con Gideon o Falk de Villiers, pero no encontré
ninguno. Los ojos delconde eranmuy oscuros, y sumirada
tenía una intensidad turbadora que me hizo pensar
enseguidaen las palabras de mimadre.
¡Pensar! No, sobre todo nada de pensar. Pero mi
cerebro tenía queteneralgo en que ocuparse, de modo que
me puseacantar mentalmenteel «God savethe Queen».
El conde se pasó al francés y pronunció unas palabras
que no entendíala primera(en eseinstanteestabacantando
para mis adentros el himno nacional, lo que no facilitaba las
cosas), pero que, con cierto retraso y con algunas lagunas
provocadas por mi falta de vocabulario, pude traducir así:
«Ytú, linda muchacha, debes de ser una laguna de la buena
lagunaJeanne d’Urfé. Me habían dicho queeras pelirroja».
En fin, supongo, que, como decía siempre nuestro
profesor de francés, el aprendizaje del vocabulario es
efectivamente el abecé para la comprensión de una lengua
extranjera. Y, por desgracia, tampoco conocía a ninguna
Jeanne d’Urfé, de manera que no conseguí desentrañar el
significado exacto desus palabras. —No entiendeelfrancés —repuso Gideon en francés—.
Yno es la muchacha queesperabais. —¿Cómo es posible? —El conde sacudió la cabeza—.
Como mucho tendráalgunas lagunas de vocabulario. —Por desgracia, se preparó a la muchacha equivocada
paracubriresas lagunas.
Sí, por desgracia. —¿Un error? La verdad es que todo esto es un grave
error. —Estaes Gwendolyn Shepherd. Gwendolyn es prima de
Charlotte Montrose, dela que os habléayer. —¿De modo quetambién es una nieta delord Montrose,
el último laguna, y por tanto una prima delaguna?
El conde de Saint Germain me observó con sus ojos
oscuros y yo empecéacantar otra vezmentalmente.
«Send hervictorious, happy and glorious…» —Lo que sencillamente no puedo entender es laguna
laguna. —Nuestros científicos dicen que es perfectamente
posible quelos laguna genéticos puedan…
Elcondelevantó la mano parainterrumpira Gideon.
Elcondelevantó la mano parainterrumpira Gideon. —¡Lo sé, lo sé! Según las leyes de la ciencia es posible
queefectivamenteseaasí. Pero, detodas maneras, tengo un
mal presentimiento.
En eso coincidíamos. —¿De modo que nada de francés? —me preguntó esta
vezen alemán.
El alemán me iba un poco mejor (un notable constante
desde hacía ya cuatro años), pero también aquíse pusieron
de manifiesto algunas lagunas. —¿Por quéestátanmal preparada? —No está preparada en absoluto, marquis. No habla
ninguna lengua extranjera. —Ahora Gideon hablaba en
alemán—. Y, además, está totalmente laguna en todos los
aspectos. Charlotte y Gwendolyn nacieron el mismo día;
pero, por equivocación, se partió de la base de que
Gwendolyn cumplíaaños un día más tarde. —Pero ¿cómo se pudo pasar por alto algo así? —Vaya,
por fin entendíatodo lo que decían. Habían vuelto a pasarse
al inglés, lengua que elconde hablaba sin ningún acento—.
¿Por qué tengo la sensación de que los Vigilantes en tu
época ya no setoman realmenteen serio su trabajo? —Creo quelarespuestaseencuentraen estacarta.
Gideon sacó un sobre lacrado del bolsillo interior de su
levita y selo tendió alconde.
Me perforó con una miradafulminante.
«… frustrate their knavish tricks, on Thee our hopes
wefix, God save us all…»
Me apresuré a desviar la mirada de sus ojos oscuros y
me dediqué a observar a los otros dos hombres. Lord
Brompton daba la impresión de tener aún más lagunas que
yo (con la boca ligeramente entreabierta sobre sus
numerosas papadas, el lord tenía un aspecto bobalicón), y
el otro hombre, Rakoczy, estaba muy ocupado mirándose
las uñas.
Aún era joven, rondaría los treinta, y tenía los cabellos
oscuros y una cara larga y afilada. Hubiera podido ser
francamente atractivo de no haber sido por sus labios, que
se deformaban en un rictus de desagrado como siacabara
de probar algo extremadamente repugnante, y de no haber
sido también por su piel, quelucía una palidezenfermiza.
Estaba pensando en si no se habría aplicado polvos gris
claro cuando de pronto levantó la vista ymiró directamente
hacia mí. Sus ojos eran negros como la pez —no podía
distinguir dónde acababa el iris y empezaba la pupila— y
parecían extrañamente muertos, pero no sabía decir por
qué.
Automáticamente empecé a recitar de nuevo el «God
save the Queen». Entretanto, elconde había roto elsello y
había abierto la carta. Después de lanzar un suspiro,
empezó a leer. De vezen cuando levantaba la cabeza yme
miraba. Yo seguíainmóvilen elmismo sitio deantes.
«Not in this land alone, but be God’s mercies
known…»
¿Qué ponía en la carta? ¿Quién la había escrito? Lord
Brompton y Rakoczy también parecían interesados en ella.
Lord Brompton estiraba su grueso cuello para tratar de
echar un vistazo a lo escrito, mientras que Rakoczy se
concentraba másen lacara delconde.Al parecer, la mueca
deasco era de nacimiento.
Cuando volvió de nuevo el rostro hacia mí, todos los
pelos del brazo se me pusieron de punta. Los ojos parecían
agujeros negros, y en ese momento supe por qué parecían
tan muertos: les faltaba el pequeño reflejo luminoso, la
chispa que normalmente da viveza a la mirada. Aquello no
solo era extraño, sino francamente siniestro. Estaba
contenta de queentreesos ojos y yo hubieraalmenoscinco
metros de distancia. —Tu madre parece ser una persona especialmente
testaruda, ¿no es cierto, querida? —El conde había
acabado la lectura y doblaba de nuevo la carta—. En
cuanto a los motivos que hacen que actúe asíes algo sobre
cuanto a los motivos que hacen que actúe asíes algo sobre
lo que solo podemos especular —dijo acercándose unos
pasos.
Bajo aquella mirada penetrante no se me ocurrió ni una
palabra más del texto del himno nacional. Pero entoncescaí
en la cuenta de que el conde era viejo, algo que no había
podido notar debido a la distancia y almiedo que sentía. A
pesar de que se mantenía bien erguido, de que sus ojos
centelleaban literalmente de energía y su voz tenía un tono
vivaz y juvenil, las huellas de la edad eran claramente
perceptibles. La piel de la cara y de las manos estaba
acartonada como sifuera de pergamino, las venas azules se
transparentaban bajo ella y, a través de la capa de
maquillaje, también podían distinguirse claramente las
arrugas. La edad le daba un aire de fragilidad que casi me
inspirabalástima.
En cualquier caso, de pronto dejé de sentir miedo. El
conde no era más que un hombre viejo, mucho mayor que
miabuela. —Gwendolyn no está informada sobre los motivos de su
madre ni sobre los acontecimientos que han llevado a esta
situación —informó Gideon—. Ella no está al corriente de
nada. —Extraño, muy extraño —dijo el conde mientras me
rodeaba lentamente—. Efectivamente, no nos hemos visto
nunca.
Claro que no nos habíamos visto: ¿de qué otro modo
hubiéramos podido hacerlo? —Pero no estarías aquí si no fueras el rubí. «Rojo rubí
con la magia delcuervo dotado, solmayor cierra elcírculo
que los doce han formado.» —Acabada su ronda, elconde
se plantó frente a mí y me miró a los ojos—. ¿Cuál es tu
magia, muchacha?
« … from shore to shore. Lord make the nations
see…»
¡Bah!¿Quéestaba haciendo? Erasolo un anciano. Debía
tratarle con cortesía y respeto, y no quedarme mirándole
paralizadacomo un conejo ante unaserpiente. —No lo sé, sir. —¿Qué hay deespecialen ti? Revélamelo.
¿Qué había deespecialenmí?¿Aparte del hecho de que
desde hacía dos días podía viajar al pasado? De repente
volvía oír la voz de la tía Glenda que decía: «Ya de bebé
podía verse que Charlotte había nacido para hacer grandes
cosas. Ella no puede compararse con unos niños normales
como vosotros». —Creo queenmí no hay nadaespecial, sir.
Elcondechasqueó lalengua.
—Posiblemente tengas razón. Al fin y al cabo, solo es
una poesía. Una poesía de origen dudoso. —Súbitamente
pareció perder todo interés en mí y se volvió hacia Gideon —. Querido hijo, heleído lleno deadmiración larelación de
tus logros. ¡Lancelot de Villiers localizado en Bélgica!
William de Villiers, Cecilia Woodville, la hechizadora
aguamarina, y los gemelos, a los que nunca llegué a
conocer, también han sido cortados. E imaginaos, lord
Brompton, que este joven ha visitado incluso en París a
madame Jeanne d’Urfé, nacida Pontcarré, y la ha
convencido para que efectuara una pequeña donación de
sangre. —¿Habláis de la madame d’Urfé a quien mi padre debe
agradecer su amistad con la Pompadour y, en última
instancia, también con vos? —No conozco a otra —dijo elconde. —Pero esta madame d’Urfé murió hace diezaños. —Siete, para ser exactos —repuso el conde—. En esa
época yo me encontraba en la corte del margrave Karl
Alexander von Ansbach. Debo decir que me siento muy
unido a Alemania, donde el interés por la masonería y la
alquimia es gratamente alto. Además, según me anunciaron
ya hace muchosaños, morirétambién enAlemania. —Solo estáis tratando de desviar miatención—dijo lord
—Solo estáis tratando de desviar miatención—dijo lord
Brompton—. ¿Cómo puede haber visitado este joven a
madame d’Urféen Paríscuando hacesieteañoserasolo un
niño?—Mi querido lord, seguís pensando de un modo
equivocado. Preguntad a Gideon cuándo tuvo el placer de
extraer lasangre de madame d’Urfé.
Ellord dirigió una miradainterrogativaa Gideon. —Enmayo de 1759.
Lord Brompton soltó unarisotada. —Pero eso es imposible. Por entonces vos mismo
apenas teníais veinteaños.
También elconderió. Parecía divertido. —1759… La viejatraficante desecretos nunca me habló
deesto —dijo. —En esa época también vos os encontrabais en París,
pero tenía orden estricta de no cruzarmeen vuestro camino. —Acausa delcontinuum, lo sé. —Elconde suspiró—.
Aveces mis propias leyes me resultan un poco irritantes…
Pero volvamos a la querida Jeanne. ¿Tuviste que utilizar la
fuerza? En mi caso no se mostró excesivamente
cooperativa. —Me lo explicó —observó Gideon—. Y también me
habló de cómo la habíais engatusado para haceros con el
cronógrafo. —¿Engatusarla? No tenía ni idea del tesoro que había
heredado desu abuela. El pobre ymaltratado aparato yacía
abandonado en una caja polvorienta en un desván. Tarde o
temprano hubiera caído en el olvido para siempre. Yo lo
salvé y le devolví su valor original. Y gracias a los genios
que aún han de entrar en mi logia en el futuro, hoy puede
funcionar de nuevo. Escasi unmilagro. —Madame dijo, además, que habíais estado a punto de
estrangularla solo porque no conocía la fecha de nacimiento
y elapellido desoltera desu bisabuela.
¿Estrangularla? Pero ¡eso eraespantoso! —Sí, es cierto. Ese tipo de lagunas me han llevado una
enorme cantidad de tiempo en hojear antiguos registros
parroquialesen lugar de dedicarlo atareas más importantes.
Jeanne es una persona extremadamente rencorosa. Por eso
me parece aún más extraordinario que hayáis conseguido
que quieracooperar.
Gideon sonrió. —No fue fácil. Pero, por lo visto, le inspiré confianza.
Además, bailé la gavota con ella. Yescuché pacientemente
cómo se quejaba de vos. —Qué injusticia. De hecho, le facilité una excitante
aventura con Casanova, y aunque él solo pensaba en su
dinero, muchas mujeres la envidiarían solo por eso. Y
compartí fraternalmente mi cronógrafo con ella. Si no me
hubiera tenido… —El conde se volvió de nuevo hacia mí,
visiblemente divertido—. Una mujer desagradecida, tu
antepasada. Por desgracia, no fue bendecida con una gran
inteligencia. Creo que la pobre mujer nunca llegó a
comprender del todo qué ocurría con ella. Además, estaba
ofendida porque en el Círculo de los Doce solo le había
correspondido la citrina. «¿Por qué vos podéis ser una
esmeralda y yo solo una triste citrina?», decía. «Nadie que
se respete un poco lleva citrinas hoy día.» —El conde rió
entre dientes—. Era realmente de una simpleza
extraordinaria. Me gustaría saber con cuánta frecuencia
saltaba en el tiempo en sus últimos años. Tal vez no lo
hiciera en absoluto. De todos modos, nunca fue una gran
saltadora. A veces pasaba todo un mes sin que
desapareciera. Diría que la sangre femenina es
considerablemente más flemática quela nuestra. Igual quela
mente femenina es inferior en rapidez a la masculina. ¿No
estás deacuerdo conmigo, muchacha?
Viejo machista, pensé mientras entornaba los ojos,
estúpido charlatán engreído. ¡Dios mío! ¿Es que estaba
loca?¡No debía pensaren nada!
Pero, por lo visto, las capacidades adivinatorias del
Pero, por lo visto, las capacidades adivinatorias del
conde no eran tan notables, porqueselimitó areír de nuevo
entre dientes,complacido. —No es muy habladora,¿verdad? —Solo un poco tímida —repuso Gideon.
«Intimidada» hubierasido máscorrecto. —No hay mujeres tímidas —le contradijo el conde—.
Detrás de un parpadeo aparentemente tímido solo se oculta
su simpleza.
Cada vez estaba más convencida de que no tenía
motivos para temer a ese hombre. Solo era un abuelete
enamorado desímismo al queleencantabaescucharse. —Parece que no tenéis una gran opinión del género
femenino —dijo lord Brompton. —¡De ningún modo! Amo a las mujeres. ¡De verdad!
Solo que no creo que posean el tipo de entendimiento que
hace avanzar a la humanidad. Por eso en mi logia no hay
lugar para ellas. —Elconde obsequió a lord Brompton con
unasonrisaradianteantes deañadir—:Por otra parte, no es
raro que para muchos hombres este sea el argumento
definitivo parasolicitar laentrada, mi querido lord. —¡Y, a pesar de todo, las mujeres os adoran! Mi padre
no se cansaba de hablar de vuestros éxitos con las damas.
Según decía, tanto aquíen Londres como en París, siempre
las tuvisteis rendidasa vuestros pies.
El conde se sumergió en los recuerdos de su época de
gran seductor. —No es particularmente difícilengatusar a las mujeres y
someterlas a nuestra voluntad, mi querido lord. Todas son
iguales. Si no tuviera asuntos más importantes de que
ocuparme, hace tiempo que habría escrito un manual para
hombres con consejos sobre el trato correcto con las
féminas.
Sí, claro. De hecho, ya había encontrado un título
adecuado para su obra. Aléxito por elestrangulamiento,
o Cómo ablandar a las mujeres parloteando durante
horas. Casise me escapó la risa al pensarlo; pero entonces
me di cuenta de que Rakoczy me observaba con mucha
atención, e inmediatamente se me pasaron las ganas de
pensar bobadas.
¡Debía de estar loca! Los ojos negros se clavaron en los
míos durante un segundo, y enseguida bajé la vista hacia el
suelo de mosaico tratando de luchar contra el pánico que
amenazaba con dominarme. En todo caso, estaba claro que
el conde no era la persona de la que debía precaverme,
aunque eso no significaba en absoluto que pudiera sentirme
segura. —Todo esto es muy entretenido —convino lord
Brompton mientras sus pliegues se sacudían de satisfacción —. Con vos y vuestros acompañantes, el teatro ha perdido
a unos grandesactores. Como decía mi padre, con vos uno
siempre puede confiar en ser testigo de historias
sorprendentes y casi inverosímiles, mi querido conde. Pero,
por desgracia, no podéis probar ninguna de ellas. Hasta el
momento, no me habéis presentado ni una sola
demostración quesostengalo que decís. —¡Una demostración! —exclamó el conde—. Mi
querido lord, realmente sois un alma desconfiada. Haría
tiempo que habría perdido la paciencia con vos si no me
sintiera en deuda con vuestro padre, a quien Dios tenga en
su gloria. Y si mi interés por vuestro dinero y vuestra
influencia no fueratan grande.
Lord Brompton sonrió un poco incómodo. —Almenos sois sincero. —La alquimia necesita del mecenazgo. —El conde se
volvió bruscamente hacia Rakoczy—. Creo que deberemos
presentar al buen lord algunas de nuestras
«demostraciones», Miro. Es de esos hombres que solo
creen lo que ven. Pero primero tengo que tener unas
palabras a solas con mi nieto y redactar una carta al gran
maestre de milogiaen elfuturo. —Podéis utilizar el gabinete de escritura de aquíal lado
—Podéis utilizar el gabinete de escritura de aquíal lado —dijo el lord, señalando una puerta que tenía a su espalda —. Espero con ansia vuestra demostración. —Ven, hijo mío. —El conde cogió a Gideon del brazo —. Hay algunas cosas que aún debo preguntarte y otras
que deberías saber. —No nos queda mucho tiempo —observó Gideon
echando una ojeada al reloj de bolsillo que llevaba sujeto a
la chaqueta con una cadena de oro—. Dentro de media
hora,como mucho, tenemos que volvera Temple. —Será suficiente —repuso elconde—. Escribo rápido y
puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo: hablar y
escribir.
Gideon rió brevemente. Al parecer, encontraba alconde
realmente divertido y, por lo visto, se había olvidado de que
yo seguíaallí.
Carraspeé. Cuando ya iba a cruzar la puerta, se volvió
hacia mí y enarcó unaceja.
Respondía sus señas también sin abrir los labios, porque
difícilmente hubiera podido deciren vozalta: «Por favor, no
me dejes solacon estos bichos raros».
Gideon dudó unmomento. —Solo sería un estorbo —observó elconde. —Espérame aquí —dijo Gideon con inusitada
delicadeza. —Lord Brompton y Miro le harán compañía mientras
tanto —aseguró el conde—. Podéis aprovechar para
interrogarla un poco sobre el pasado. Es una oportunidad
única. La muchacha viene delsiglo XXI; preguntadle por los
carruajes automáticos que corren a toda velocidad bajo el
suelo de Londres. O por los aparatos voladores plateados
que se elevan en elaire rugiendo como mil leones y pueden
cruzarelmara muchos kilómetros dealtura.
Lord Brompton se rió tanto que ahora temíen serio por
su silla. Todos y cada uno de sus imponentes pliegues de
grasaseagitaban convulsivamente. —¿Ynada más?
De ninguna manera quería quedarmeallísolacon él y con
Rakoczy, pero Gideon se limitó a sonreír a pesar de las
miradas suplicantes quelelanzaba. —Volveréenseguida —dijo.
De los Anales de los Vigilantes
12 de junio de 1948
Turmalina negra, Paul de Villiers, llegó hoy, como
estaba previsto, del año 1992 para elapsar en la
Sala de Documentos; pero esta vez iba acompañado
por una muchacha pelirroja que afirmaba llamarse
Lucy Montrose y ser la nieta de nuestro adepto Lucas
Montrose. La susodicha guardaba, en todos los sentidos,
un fatal parecido con Arista Bishop (línea Jade,
número de observación 4).
Ambos fueron conducidos al despacho de Lucas. Ahora
todos
estamos convencidos de que Lucas hará probablemente
una
propuesta a Arista, y no a Claudine Seymore, como
esperábamos.
(Aunque, todo hay que decirlo, Arista tiene
mejores piernas y un trasero realmente bonito.)
Es muy extraño recibir la visita de los nietos
antes de que uno tenga hijos.
Informe: Kenneth de Villiers, Círculo Interior
l hombre delalevitaamarillaenfundó su espada. —Seguidme.
Mirécon curiosidad haciafuera por la primera ventana
ante la que pasamos. Así que estábamos en el siglo XVIII.
La cabeza empezó a picarme de excitación, pero solo vi un
bonito patio interior con una fuente en el centro que ya
había visto antesexactamenteigual queahora.
De nuevo subimos por una escalera, y Gideon me cedió
el paso. —¿Ayer estuviste aquí? —le pregunté intrigada en un
susurro para que el hombre de amarillo, que estaba dos
metros por delante, no pudiera oírnos. —Para ellos fue ayer —repuso Gideon—. Para mí hace
casi dosaños deeso. —¿Ypara qué viniste? —Me presenté alconde y tuve que informarle de que el
primercronógrafo habíasido robado. —Seguro que no lealegró la noticia.
El hombre de amarillo hacía como si no nos escuchara,
pero se podía ver literalmente cómo sus orejas se
esforzaban en captar nuestras palabras bajo las salchichas
de pelo blancas. —Se lo tomó con más calma de lo que pensaba —
explicó Gideon—. Y tras la primera impresión, tuvo una
gran alegría al enterarse de que el segundo cronógrafo
efectivamente podía funcionar y de que, por tanto, aún
teníamos una oportunidad de llevar el asunto a buen
término. —¿Y dónde está el cronógrafo ahora? —susurré—.
Quiero deciren estaépoca. —Seguramente en algún lugar de este edificio. Elconde
no debe separarse mucho tiempo de él, porque también
tiene que elapsar para evitar saltos temporales
incontrolados. —Entonces, ¿por qué no podemos sencillamente
llevarnoselcronógrafo queestáaquíalfuturo? —Por múltiples razones —repuso Gideon (el tono que
empleaba al hablarme había cambiado: ya no se mostraba
tan arrogante como antes, sino más bien se había vuelto
paternalista)—. Las más importantes son evidentes. Una de
las doce reglas de oro de los Vigilantes en el manejo del
cronógrafo es que elcontinuum nunca debe interrumpirse.
Si nos lleváramos el cronógrafo con nosotros al futuro, el
conde y los viajeros del tiempo que nacerán después de él
se verían obligadosaarreglárselas sin su ayuda. —Sí, pero nadie podríarobarlo.
Gideon sacudió lacabeza. —Yase ve que hastaahora no te has ocupado mucho de
profundizar en la naturaleza del tiempo. Existen cadenas de
acontecimientos que sería muy peligroso interrumpir. En el
peor deloscasos, posiblemente no hubieras nacido. —Comprendo —mentí.
Mientras tanto habíamos llegado al primer piso, donde
pasamos junto a otros dos hombres armados con espadas
con los que el de amarillo intercambió unas palabras en
susurros. ¿Cuál era la contraseña? Solo me salía «Qua
nesquick mosquitos». Tenía que conseguirme con urgencia
otro cerebro.
Los dos hombres nos miraron, a Gideon y a mí, con
manifiesta curiosidad, y, en cuanto los hubimos dejado
atrás, empezaron a cuchichear entre ellos. Me hubiera
encantado saber lo que decían.
El hombre de amarillo llamó a una puerta. Dentro había
otro hombre sentado detrás de un escritorio, también con
otro hombre sentado detrás de un escritorio, también con
peluca —rubia— y ropa de colores chillones. Por encima
de la superficie de la mesa sobresalían una levita color
turquesa y una chaqueta floreada deslumbrantes, bajo las
cuales se veían asomar unos pantalones de media pierna
rojos y unas medias a rayas. Pero a esas alturas ya no me
sorprendía nada. —Señor secretario —anunció el de amarillo—, aquíestá
de nuevo el visitante de ayer, y de nuevo conoce la
contraseña…
Elsecretario miró a Gideon con cara deincredulidad. —¿Cómo puede conocer la contraseña si la hemos
comunicado hacesolo dos horas y desde entonces nadie ha
abandonado lacasa? Todas lasentradasestán estrictamente
vigiladas. ¿Yquién es ella? Aquí no se permite la entrada a
las mujeres.
Ya me disponía a pronunciar cortésmente mi nombre
cuando Gideonmesujetó del brazo ymeinterrumpió. —Debemos hablar con el conde. Es un asunto urgente.
No hay tiempo que perder. —Han venido deabajo —señaló el deamarillo. —Pero es que el conde no está en casa —repuso el
secretario, que se había levantado de un salto y se retorcía
las manos nerviosamente—. Podríamos enviar a un
mensajero…
—No, tenemos que hablar personalmente con él. No
tenemos tiempo para enviar mensajeros de aquí para allá.
¿Dóndeseencuentraelcondeen este momento? —Está invitado en casa de lord Brompton, en su nueva
residencia de Wigmore Street. Se trata de una entrevista de
la mayor importancia que se convocó inmediatamente
después de vuestra visita deayer.
Gideonmaldijo en voz baja. —Necesitamos inmediatamente un carruaje que nos lleve
a Wigmore Street. —Eso tiene fácil solución —se ofreció el secretario, e
hizo una señal con la cabeza al de amarillo—. Encárgate
personalmente, Wilbour. —Pero ¿no vamos un poco justos de tiempo? —
pregunté, pensando ya en el largo camino de vuelta por el
mohoso sótano—. Parallegaren carruajea Wigmore Street
necesitaremos… —Nuestro dentista tenía su consulta en
Wigmore Street. La parada de metro más próxima era
Bond Street, Central Line. Pero desde aquí hubiéramos
tenido que hacer al menos un transbordo. ¡Y eso viajando
enmetro! No quería niimaginar lo quetardaríamosen llegar
con un carruaje. —Tal vez sería mejor que lo dejáramos
para otra ocasión—dije.
—No —replicó Gideon, y acto seguido mesonrió.
Su rostro tenía una expresión que no acababa de
interpretar.¿Laemoción delaaventura, tal vez? —Aún nos quedan dos horas y media —dijo
animadamente—. Iremosa Wigmore Street.
El viajeen coche decaballos por Londres seconvirtió en lo
más emocionante que había vivido hasta ese momento. Por
algúnmotivo me habíaimaginado elLondres sin automóviles
como un lugar apacible, con gente que paseaba
tranquilamente por las calles con sombrillas y sombreros y
algún carruaje que avanzaba parsimoniosamente entre ellos,
sin olora gases deescape, sin taxistas desconsiderados que
conducían a toda velocidad y amenazaban con atropellarte
incluso en un paso de peatonescon elsemáforo en verde.
Pero, de hecho, era cualquier cosa menos apacible. En
primer lugar, llovía. Y, en segundo lugar, el tráfico, aun sin
coches niautobuses, era absolutamente caótico:carruajes y
carros de todo tipo se apelotonaban en las calles,
salpicando el lodo y el agua de los charcos en todas
direcciones. Y aunque no olía a gases de escape, el olor
que flotaba en elaire —cierto tufo a podrido mezclado con
la peste a bosta de caballo y otros excrementos— no era
precisamenteagradable.
Nunca en mi vida había visto tantos caballos juntos.
Nuestro carruaje iba tirado por cuatro preciosos caballos
negros. El hombre de la levita amarilla iba sentado en el
pescante y guiaba a los animales por entre el barullo a un
ritmo de locos. Elcoche se tambaleaba salvajemente de un
lado a otro, y cada vez que los caballos tomaban una curva
tenía la sensación de que íbamos a volcar. Entre el miedo
que tenía y lo concentrada que estaba en evitar que una
sacudida me lanzara sobre Gideon, no pude distinguir gran
cosa del Londres que pasaba ante la ventana delcarruaje;
pero, en las pocas ocasiones en que miré hacia fuera, no
pude reconocer nada de lo que veía. Era como si hubiera
aterrizado en unaciudad totalmente distinta. —Esto es Kingsway —me indicó Gideon—.
Irreconocible,¿verdad?
Nuestro cochero inició una temeraria maniobra de
adelantamiento de un tiro de bueyes y un carruaje parecido
al nuestro, y esta vez no pude evitar que la fuerza de la
gravedad melanzarasobre Gideon. —Este tipo debe de creerse que es Ben Hur —observé
mientras me deslizaba otra veza mirincón. —Conducir un coche de caballos es terriblemente
divertido —comentó Gideon, como si envidiara al hombre
del pescante—. Claro que en un coche abierto es todavía
mejor. Los faetones sonmis preferidos.
El carruaje saltó de nuevo y sentí que empezaba a
marearme. Desde luego, aquello no estaba hecho para
estómagos delicados. —Me parece que prefiero un Jaguar —susurré con voz
apagada.
De todos modos, tuve que reconocer que habíamos
llegado a Wigmore Street mucho más rápido de lo que
había creído posible. Bajamos ante una casa suntuosa y
miré a mi alrededor, pero no pude reconocer nada de
nuestra época en esa parte de la ciudad, aunque, para mi
desgracia, había tenido que ir al dentista más a menudo de
lo que hubiera querido. A pesar de todo, en el ambiente
flotabaalgo familiar. Yhabía dejado dellover.
El lacayo que nos abrió la puerta afirmó al principio que
lord Brompton no estaba en casa, pero Gideon le dejó
claro que sabía que no era así y que perdería su puesto ese
mismo día si no nos llevaba inmediatamente ante su señor.
Luego le apretó en la mano su anillo de sello y ordenó al
amedrentado lacayo queseapresurara. —¿Tienes un anillo propio? —le pregunté mientras
esperábamosen el vestíbulo.
esperábamosen el vestíbulo. —Sí, naturalmente —repuso Gideon—. ¿No estás un
poco emocionada? —¿Por qué?¿Deberíaestarlo?
Aúnmeencontraba bajo losefectos del viajeen carruaje,
de modo que al principio no pude imaginar nada más
excitante; pero en cuanto comprendí el sentido de sus
palabras, mi corazón se puso a palpitar desbocado.
Recordélo que mimadre me había dicho sobreelconde de
Saint Germain. Si ese hombre realmente podía leer los
pensamientos…
Me palpé el peinado: seguramente estaría todo revuelto
porel viaje. —Estás perfecta —dijo Gideon con unaligerasonrisa.
¿A qué venía ese halago? ¿Estaba decidido a ponerme
nerviosa? —¿Sabes una cosa?, nuestra cocinera también se llama
Brompton—afirmé para ocultar miturbación. —Sí,elmundo es un pañuelo —repuso Gideon.
El lacayo bajó corriendo las escaleras haciendo volar los
faldones desu levita. —Los señores lesesperan, sir.
Seguimosal hombreal primer piso. —¿Realmente puedeleer los pensamientos? —susurré.
—¿El lacayo? —replicó Gideon también en susurros—.
Espero que no, pues estaba pensando que parecía una
comadreja.
¿Un toque de humor?¿Realmenteelseñor-de-camino-auna-importante-misión
se había permitido una broma?
Sonreí rápidamente. (Algo tan positivo merecía ser
reforzado.) —Ellacayo, no;elconde —repliqué.
Asintió. —Almenos,eso es lo que dicen. —¿Haleído elcondetus pensamientos? —Silo ha hecho, no me he dado cuenta.
Ellacayo nosabrió una puerta y seinclinó profundamente
ante nosotros.Yo permanecí inmóvil. Tal vezlo mejor fuera
no pensaren nada, pero eso erasencillamenteimposible. En
cuanto trataba de no pensaren nada, me veníanmillones de
pensamientosalacabeza. —¡Primero las damas! —se ofreció Gideon, y me
empujó suavementealinterior dela habitación.
Avancé unos pasos y luego me volvía detener, indecisa,
sin saber qué se esperaba de mí en esa situación. Gideon
me siguió y el lacayo cerró la puerta detrás de nosotros, no
sin antes dedicarnos otra profundareverencia.
Nos encontrábamos en un gran salón lujosamente
amueblado, con ventanas muy altas y unas cortinas
bordadas que probablemente también hubieran ido bien
para hacer un vestido.
Tres hombres nos miraban. El primero era un tipo gordo,
que tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantarse de su
silla; el segundo era más joven, tenía una constitución
extremadamente musculosa y era el único que no llevaba
peluca, y el tercero era alto y delgado y tenía unos rasgos
parecidosalos delretrato dela Sala de Documentos.
Elconde de Saint Germain.
Gideon se inclinó, aunque no tan profundamente como el
lacayo. Los tres hombres se inclinaron también. Yo, por mi
parte, no hice absolutamente nada. Nadie me había
explicado cómo se dobla la rodilla llevando un miriñaque.
Además, lo de doblar larodilla me parecía una bobada. —No esperaba volver a veros tan pronto, joven amigo —dijo el hombre al que yo había identificado como el
conde de Saint Germain. Su rostro irradiaba satisfacción—.
Lord Brompton, ¿puedo presentarle al tatataranieto de mi
tatataranieto? Gideon de Villiers. —¡Lord Brompton!
De nuevo una pequeña reverencia. Por lo visto, lo de
estrecharsela mano no estaba de moda. —Me parece que mi estirpe se ha desarrollado
—Me parece que mi estirpe se ha desarrollado
magníficamente,como mínimo,en lo queaalegrar la vistase
refiere —observó elconde—. Parece que acerté alelegir a
la dama de mi corazón. La exagerada curva de la nariz se
haafinado hastala perfección. —¡Ah, estimado conde! De nuevo tratáis de
impresionarme con vuestras increíbles historias —dijo lord
Bromptonmientras se dejaba caer de nuevo en su silla, que
se veía tanminúscula que pensé que iba a romperse bajo su
peso, porque lord Brompton no era un poco grueso como
mister George, ¡era extremadamente gordo! —Pero no
tengo nada contra eso —continuó, mientras sus ojitos de
cerdo brillaban de satisfacción—. Con vos uno nunca corre
el peligro de aburrirse. A cada momento surge una
sorpresa.
Elconderió y se volvió haciaeljoven sin peluca. —¡Lord Brompton es y será siempre un incrédulo, mi
querido Miro! Tendremos que pensar en alguna otra cosa
paraconvencerle delaseriedad de nuestracausa.
El hombre respondió en una lengua extranjera áspera y
entrecortada, y elconde volvió areír. Luego se volvió hacia
Gideon y dijo: —Este, mi querido nieto, es mi buen amigo y compañero
de fatigas Miro Rakoczy, más conocido en los Anales de
los Vigilantescomo el «Leopardo Negro». —Encantado —dijo Gideon.
De nuevo reverencias de una y otra parte.
Rakoczy. ¿De qué me sonaba ese nombre? ¿Ypor qué
meresultabatan inquietanteese personaje?
El conde deslizó lentamente la mirada sobre mí y una
sonrisa frunció sus labios. Instintivamente busqué algún
parecido con Gideon o Falk de Villiers, pero no encontré
ninguno. Los ojos delconde eranmuy oscuros, y sumirada
tenía una intensidad turbadora que me hizo pensar
enseguidaen las palabras de mimadre.
¡Pensar! No, sobre todo nada de pensar. Pero mi
cerebro tenía queteneralgo en que ocuparse, de modo que
me puseacantar mentalmenteel «God savethe Queen».
El conde se pasó al francés y pronunció unas palabras
que no entendíala primera(en eseinstanteestabacantando
para mis adentros el himno nacional, lo que no facilitaba las
cosas), pero que, con cierto retraso y con algunas lagunas
provocadas por mi falta de vocabulario, pude traducir así:
«Ytú, linda muchacha, debes de ser una laguna de la buena
lagunaJeanne d’Urfé. Me habían dicho queeras pelirroja».
En fin, supongo, que, como decía siempre nuestro
profesor de francés, el aprendizaje del vocabulario es
efectivamente el abecé para la comprensión de una lengua
extranjera. Y, por desgracia, tampoco conocía a ninguna
Jeanne d’Urfé, de manera que no conseguí desentrañar el
significado exacto desus palabras. —No entiendeelfrancés —repuso Gideon en francés—.
Yno es la muchacha queesperabais. —¿Cómo es posible? —El conde sacudió la cabeza—.
Como mucho tendráalgunas lagunas de vocabulario. —Por desgracia, se preparó a la muchacha equivocada
paracubriresas lagunas.
Sí, por desgracia. —¿Un error? La verdad es que todo esto es un grave
error. —Estaes Gwendolyn Shepherd. Gwendolyn es prima de
Charlotte Montrose, dela que os habléayer. —¿De modo quetambién es una nieta delord Montrose,
el último laguna, y por tanto una prima delaguna?
El conde de Saint Germain me observó con sus ojos
oscuros y yo empecéacantar otra vezmentalmente.
«Send hervictorious, happy and glorious…» —Lo que sencillamente no puedo entender es laguna
laguna. —Nuestros científicos dicen que es perfectamente
posible quelos laguna genéticos puedan…
Elcondelevantó la mano parainterrumpira Gideon.
Elcondelevantó la mano parainterrumpira Gideon. —¡Lo sé, lo sé! Según las leyes de la ciencia es posible
queefectivamenteseaasí. Pero, detodas maneras, tengo un
mal presentimiento.
En eso coincidíamos. —¿De modo que nada de francés? —me preguntó esta
vezen alemán.
El alemán me iba un poco mejor (un notable constante
desde hacía ya cuatro años), pero también aquíse pusieron
de manifiesto algunas lagunas. —¿Por quéestátanmal preparada? —No está preparada en absoluto, marquis. No habla
ninguna lengua extranjera. —Ahora Gideon hablaba en
alemán—. Y, además, está totalmente laguna en todos los
aspectos. Charlotte y Gwendolyn nacieron el mismo día;
pero, por equivocación, se partió de la base de que
Gwendolyn cumplíaaños un día más tarde. —Pero ¿cómo se pudo pasar por alto algo así? —Vaya,
por fin entendíatodo lo que decían. Habían vuelto a pasarse
al inglés, lengua que elconde hablaba sin ningún acento—.
¿Por qué tengo la sensación de que los Vigilantes en tu
época ya no setoman realmenteen serio su trabajo? —Creo quelarespuestaseencuentraen estacarta.
Gideon sacó un sobre lacrado del bolsillo interior de su
levita y selo tendió alconde.
Me perforó con una miradafulminante.
«… frustrate their knavish tricks, on Thee our hopes
wefix, God save us all…»
Me apresuré a desviar la mirada de sus ojos oscuros y
me dediqué a observar a los otros dos hombres. Lord
Brompton daba la impresión de tener aún más lagunas que
yo (con la boca ligeramente entreabierta sobre sus
numerosas papadas, el lord tenía un aspecto bobalicón), y
el otro hombre, Rakoczy, estaba muy ocupado mirándose
las uñas.
Aún era joven, rondaría los treinta, y tenía los cabellos
oscuros y una cara larga y afilada. Hubiera podido ser
francamente atractivo de no haber sido por sus labios, que
se deformaban en un rictus de desagrado como siacabara
de probar algo extremadamente repugnante, y de no haber
sido también por su piel, quelucía una palidezenfermiza.
Estaba pensando en si no se habría aplicado polvos gris
claro cuando de pronto levantó la vista ymiró directamente
hacia mí. Sus ojos eran negros como la pez —no podía
distinguir dónde acababa el iris y empezaba la pupila— y
parecían extrañamente muertos, pero no sabía decir por
qué.
Automáticamente empecé a recitar de nuevo el «God
save the Queen». Entretanto, elconde había roto elsello y
había abierto la carta. Después de lanzar un suspiro,
empezó a leer. De vezen cuando levantaba la cabeza yme
miraba. Yo seguíainmóvilen elmismo sitio deantes.
«Not in this land alone, but be God’s mercies
known…»
¿Qué ponía en la carta? ¿Quién la había escrito? Lord
Brompton y Rakoczy también parecían interesados en ella.
Lord Brompton estiraba su grueso cuello para tratar de
echar un vistazo a lo escrito, mientras que Rakoczy se
concentraba másen lacara delconde.Al parecer, la mueca
deasco era de nacimiento.
Cuando volvió de nuevo el rostro hacia mí, todos los
pelos del brazo se me pusieron de punta. Los ojos parecían
agujeros negros, y en ese momento supe por qué parecían
tan muertos: les faltaba el pequeño reflejo luminoso, la
chispa que normalmente da viveza a la mirada. Aquello no
solo era extraño, sino francamente siniestro. Estaba
contenta de queentreesos ojos y yo hubieraalmenoscinco
metros de distancia. —Tu madre parece ser una persona especialmente
testaruda, ¿no es cierto, querida? —El conde había
acabado la lectura y doblaba de nuevo la carta—. En
cuanto a los motivos que hacen que actúe asíes algo sobre
cuanto a los motivos que hacen que actúe asíes algo sobre
lo que solo podemos especular —dijo acercándose unos
pasos.
Bajo aquella mirada penetrante no se me ocurrió ni una
palabra más del texto del himno nacional. Pero entoncescaí
en la cuenta de que el conde era viejo, algo que no había
podido notar debido a la distancia y almiedo que sentía. A
pesar de que se mantenía bien erguido, de que sus ojos
centelleaban literalmente de energía y su voz tenía un tono
vivaz y juvenil, las huellas de la edad eran claramente
perceptibles. La piel de la cara y de las manos estaba
acartonada como sifuera de pergamino, las venas azules se
transparentaban bajo ella y, a través de la capa de
maquillaje, también podían distinguirse claramente las
arrugas. La edad le daba un aire de fragilidad que casi me
inspirabalástima.
En cualquier caso, de pronto dejé de sentir miedo. El
conde no era más que un hombre viejo, mucho mayor que
miabuela. —Gwendolyn no está informada sobre los motivos de su
madre ni sobre los acontecimientos que han llevado a esta
situación —informó Gideon—. Ella no está al corriente de
nada. —Extraño, muy extraño —dijo el conde mientras me
rodeaba lentamente—. Efectivamente, no nos hemos visto
nunca.
Claro que no nos habíamos visto: ¿de qué otro modo
hubiéramos podido hacerlo? —Pero no estarías aquí si no fueras el rubí. «Rojo rubí
con la magia delcuervo dotado, solmayor cierra elcírculo
que los doce han formado.» —Acabada su ronda, elconde
se plantó frente a mí y me miró a los ojos—. ¿Cuál es tu
magia, muchacha?
« … from shore to shore. Lord make the nations
see…»
¡Bah!¿Quéestaba haciendo? Erasolo un anciano. Debía
tratarle con cortesía y respeto, y no quedarme mirándole
paralizadacomo un conejo ante unaserpiente. —No lo sé, sir. —¿Qué hay deespecialen ti? Revélamelo.
¿Qué había deespecialenmí?¿Aparte del hecho de que
desde hacía dos días podía viajar al pasado? De repente
volvía oír la voz de la tía Glenda que decía: «Ya de bebé
podía verse que Charlotte había nacido para hacer grandes
cosas. Ella no puede compararse con unos niños normales
como vosotros». —Creo queenmí no hay nadaespecial, sir.
Elcondechasqueó lalengua.
—Posiblemente tengas razón. Al fin y al cabo, solo es
una poesía. Una poesía de origen dudoso. —Súbitamente
pareció perder todo interés en mí y se volvió hacia Gideon —. Querido hijo, heleído lleno deadmiración larelación de
tus logros. ¡Lancelot de Villiers localizado en Bélgica!
William de Villiers, Cecilia Woodville, la hechizadora
aguamarina, y los gemelos, a los que nunca llegué a
conocer, también han sido cortados. E imaginaos, lord
Brompton, que este joven ha visitado incluso en París a
madame Jeanne d’Urfé, nacida Pontcarré, y la ha
convencido para que efectuara una pequeña donación de
sangre. —¿Habláis de la madame d’Urfé a quien mi padre debe
agradecer su amistad con la Pompadour y, en última
instancia, también con vos? —No conozco a otra —dijo elconde. —Pero esta madame d’Urfé murió hace diezaños. —Siete, para ser exactos —repuso el conde—. En esa
época yo me encontraba en la corte del margrave Karl
Alexander von Ansbach. Debo decir que me siento muy
unido a Alemania, donde el interés por la masonería y la
alquimia es gratamente alto. Además, según me anunciaron
ya hace muchosaños, morirétambién enAlemania. —Solo estáis tratando de desviar miatención—dijo lord
—Solo estáis tratando de desviar miatención—dijo lord
Brompton—. ¿Cómo puede haber visitado este joven a
madame d’Urféen Paríscuando hacesieteañoserasolo un
niño?—Mi querido lord, seguís pensando de un modo
equivocado. Preguntad a Gideon cuándo tuvo el placer de
extraer lasangre de madame d’Urfé.
Ellord dirigió una miradainterrogativaa Gideon. —Enmayo de 1759.
Lord Brompton soltó unarisotada. —Pero eso es imposible. Por entonces vos mismo
apenas teníais veinteaños.
También elconderió. Parecía divertido. —1759… La viejatraficante desecretos nunca me habló
deesto —dijo. —En esa época también vos os encontrabais en París,
pero tenía orden estricta de no cruzarmeen vuestro camino. —Acausa delcontinuum, lo sé. —Elconde suspiró—.
Aveces mis propias leyes me resultan un poco irritantes…
Pero volvamos a la querida Jeanne. ¿Tuviste que utilizar la
fuerza? En mi caso no se mostró excesivamente
cooperativa. —Me lo explicó —observó Gideon—. Y también me
habló de cómo la habíais engatusado para haceros con el
cronógrafo. —¿Engatusarla? No tenía ni idea del tesoro que había
heredado desu abuela. El pobre ymaltratado aparato yacía
abandonado en una caja polvorienta en un desván. Tarde o
temprano hubiera caído en el olvido para siempre. Yo lo
salvé y le devolví su valor original. Y gracias a los genios
que aún han de entrar en mi logia en el futuro, hoy puede
funcionar de nuevo. Escasi unmilagro. —Madame dijo, además, que habíais estado a punto de
estrangularla solo porque no conocía la fecha de nacimiento
y elapellido desoltera desu bisabuela.
¿Estrangularla? Pero ¡eso eraespantoso! —Sí, es cierto. Ese tipo de lagunas me han llevado una
enorme cantidad de tiempo en hojear antiguos registros
parroquialesen lugar de dedicarlo atareas más importantes.
Jeanne es una persona extremadamente rencorosa. Por eso
me parece aún más extraordinario que hayáis conseguido
que quieracooperar.
Gideon sonrió. —No fue fácil. Pero, por lo visto, le inspiré confianza.
Además, bailé la gavota con ella. Yescuché pacientemente
cómo se quejaba de vos. —Qué injusticia. De hecho, le facilité una excitante
aventura con Casanova, y aunque él solo pensaba en su
dinero, muchas mujeres la envidiarían solo por eso. Y
compartí fraternalmente mi cronógrafo con ella. Si no me
hubiera tenido… —El conde se volvió de nuevo hacia mí,
visiblemente divertido—. Una mujer desagradecida, tu
antepasada. Por desgracia, no fue bendecida con una gran
inteligencia. Creo que la pobre mujer nunca llegó a
comprender del todo qué ocurría con ella. Además, estaba
ofendida porque en el Círculo de los Doce solo le había
correspondido la citrina. «¿Por qué vos podéis ser una
esmeralda y yo solo una triste citrina?», decía. «Nadie que
se respete un poco lleva citrinas hoy día.» —El conde rió
entre dientes—. Era realmente de una simpleza
extraordinaria. Me gustaría saber con cuánta frecuencia
saltaba en el tiempo en sus últimos años. Tal vez no lo
hiciera en absoluto. De todos modos, nunca fue una gran
saltadora. A veces pasaba todo un mes sin que
desapareciera. Diría que la sangre femenina es
considerablemente más flemática quela nuestra. Igual quela
mente femenina es inferior en rapidez a la masculina. ¿No
estás deacuerdo conmigo, muchacha?
Viejo machista, pensé mientras entornaba los ojos,
estúpido charlatán engreído. ¡Dios mío! ¿Es que estaba
loca?¡No debía pensaren nada!
Pero, por lo visto, las capacidades adivinatorias del
Pero, por lo visto, las capacidades adivinatorias del
conde no eran tan notables, porqueselimitó areír de nuevo
entre dientes,complacido. —No es muy habladora,¿verdad? —Solo un poco tímida —repuso Gideon.
«Intimidada» hubierasido máscorrecto. —No hay mujeres tímidas —le contradijo el conde—.
Detrás de un parpadeo aparentemente tímido solo se oculta
su simpleza.
Cada vez estaba más convencida de que no tenía
motivos para temer a ese hombre. Solo era un abuelete
enamorado desímismo al queleencantabaescucharse. —Parece que no tenéis una gran opinión del género
femenino —dijo lord Brompton. —¡De ningún modo! Amo a las mujeres. ¡De verdad!
Solo que no creo que posean el tipo de entendimiento que
hace avanzar a la humanidad. Por eso en mi logia no hay
lugar para ellas. —Elconde obsequió a lord Brompton con
unasonrisaradianteantes deañadir—:Por otra parte, no es
raro que para muchos hombres este sea el argumento
definitivo parasolicitar laentrada, mi querido lord. —¡Y, a pesar de todo, las mujeres os adoran! Mi padre
no se cansaba de hablar de vuestros éxitos con las damas.
Según decía, tanto aquíen Londres como en París, siempre
las tuvisteis rendidasa vuestros pies.
El conde se sumergió en los recuerdos de su época de
gran seductor. —No es particularmente difícilengatusar a las mujeres y
someterlas a nuestra voluntad, mi querido lord. Todas son
iguales. Si no tuviera asuntos más importantes de que
ocuparme, hace tiempo que habría escrito un manual para
hombres con consejos sobre el trato correcto con las
féminas.
Sí, claro. De hecho, ya había encontrado un título
adecuado para su obra. Aléxito por elestrangulamiento,
o Cómo ablandar a las mujeres parloteando durante
horas. Casise me escapó la risa al pensarlo; pero entonces
me di cuenta de que Rakoczy me observaba con mucha
atención, e inmediatamente se me pasaron las ganas de
pensar bobadas.
¡Debía de estar loca! Los ojos negros se clavaron en los
míos durante un segundo, y enseguida bajé la vista hacia el
suelo de mosaico tratando de luchar contra el pánico que
amenazaba con dominarme. En todo caso, estaba claro que
el conde no era la persona de la que debía precaverme,
aunque eso no significaba en absoluto que pudiera sentirme
segura. —Todo esto es muy entretenido —convino lord
Brompton mientras sus pliegues se sacudían de satisfacción —. Con vos y vuestros acompañantes, el teatro ha perdido
a unos grandesactores. Como decía mi padre, con vos uno
siempre puede confiar en ser testigo de historias
sorprendentes y casi inverosímiles, mi querido conde. Pero,
por desgracia, no podéis probar ninguna de ellas. Hasta el
momento, no me habéis presentado ni una sola
demostración quesostengalo que decís. —¡Una demostración! —exclamó el conde—. Mi
querido lord, realmente sois un alma desconfiada. Haría
tiempo que habría perdido la paciencia con vos si no me
sintiera en deuda con vuestro padre, a quien Dios tenga en
su gloria. Y si mi interés por vuestro dinero y vuestra
influencia no fueratan grande.
Lord Brompton sonrió un poco incómodo. —Almenos sois sincero. —La alquimia necesita del mecenazgo. —El conde se
volvió bruscamente hacia Rakoczy—. Creo que deberemos
presentar al buen lord algunas de nuestras
«demostraciones», Miro. Es de esos hombres que solo
creen lo que ven. Pero primero tengo que tener unas
palabras a solas con mi nieto y redactar una carta al gran
maestre de milogiaen elfuturo. —Podéis utilizar el gabinete de escritura de aquíal lado
—Podéis utilizar el gabinete de escritura de aquíal lado —dijo el lord, señalando una puerta que tenía a su espalda —. Espero con ansia vuestra demostración. —Ven, hijo mío. —El conde cogió a Gideon del brazo —. Hay algunas cosas que aún debo preguntarte y otras
que deberías saber. —No nos queda mucho tiempo —observó Gideon
echando una ojeada al reloj de bolsillo que llevaba sujeto a
la chaqueta con una cadena de oro—. Dentro de media
hora,como mucho, tenemos que volvera Temple. —Será suficiente —repuso elconde—. Escribo rápido y
puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo: hablar y
escribir.
Gideon rió brevemente. Al parecer, encontraba alconde
realmente divertido y, por lo visto, se había olvidado de que
yo seguíaallí.
Carraspeé. Cuando ya iba a cruzar la puerta, se volvió
hacia mí y enarcó unaceja.
Respondía sus señas también sin abrir los labios, porque
difícilmente hubiera podido deciren vozalta: «Por favor, no
me dejes solacon estos bichos raros».
Gideon dudó unmomento. —Solo sería un estorbo —observó elconde. —Espérame aquí —dijo Gideon con inusitada
delicadeza. —Lord Brompton y Miro le harán compañía mientras
tanto —aseguró el conde—. Podéis aprovechar para
interrogarla un poco sobre el pasado. Es una oportunidad
única. La muchacha viene delsiglo XXI; preguntadle por los
carruajes automáticos que corren a toda velocidad bajo el
suelo de Londres. O por los aparatos voladores plateados
que se elevan en elaire rugiendo como mil leones y pueden
cruzarelmara muchos kilómetros dealtura.
Lord Brompton se rió tanto que ahora temíen serio por
su silla. Todos y cada uno de sus imponentes pliegues de
grasaseagitaban convulsivamente. —¿Ynada más?
De ninguna manera quería quedarmeallísolacon él y con
Rakoczy, pero Gideon se limitó a sonreír a pesar de las
miradas suplicantes quelelanzaba. —Volveréenseguida —dijo.
De los Anales de los Vigilantes
12 de junio de 1948
Turmalina negra, Paul de Villiers, llegó hoy, como
estaba previsto, del año 1992 para elapsar en la
Sala de Documentos; pero esta vez iba acompañado
por una muchacha pelirroja que afirmaba llamarse
Lucy Montrose y ser la nieta de nuestro adepto Lucas
Montrose. La susodicha guardaba, en todos los sentidos,
un fatal parecido con Arista Bishop (línea Jade,
número de observación 4).
Ambos fueron conducidos al despacho de Lucas. Ahora
todos
estamos convencidos de que Lucas hará probablemente
una
propuesta a Arista, y no a Claudine Seymore, como
esperábamos.
(Aunque, todo hay que decirlo, Arista tiene
mejores piernas y un trasero realmente bonito.)
Es muy extraño recibir la visita de los nietos
antes de que uno tenga hijos.
Informe: Kenneth de Villiers, Círculo Interior
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