10
10
anto: terciopelo veneciano forrado con tafetán de
seda; vestido: lino estampado alemán, orlas de
encaje de Devonshire y corpiño de brocado de
sedarecamado.
Madame Rossiniextendió con cuidado las prendas sobre
la mesa. Después de la comida, mistress Jenkins había
vuelto a llevarme al cuarto de costura. Allí me encontraba
más a gusto que en el austero comedor. En la pequeña
habitación había telas maravillosas por todas partes, y
madame Rossini, con su cuello de tortuga, tal vez era la
única persona de la que ni siquiera mi madre podía
desconfiar. —Todo en azul uniforme con ornamentos en crema, un
elegante conjunto de tarde —continuó—. Y los
correspondientes zapatos de brocado de seda a juego.
Mucho más cómodos de lo que parecen. Por suerte, tú y el
palo de gallinero calzáis el mismo número. —Apartó mi
uniforme delaescuelacogiéndolo con la punta delos dedos —. Uf, qué horror, cualquier chica, por bonita que sea,
tiene que parecer un espantapájaros con esta cosa. Si al
menos se pudiera acortar la falda a la moda. ¡Y ese
espantoso color amarillo orín! ¡Quien haya ideado
semejante disfraz debe de odiara muertealasescolares! —¿Puedo conservar laropainterior? —Solo las braguitas —respondió madame Rossini. (Ella
pronunciaba una especie de braquitásss que sonaba muy
simpático)—. No encaja con la época, pero no creo que
nadie mire bajo la falda. Y si lo hace, le das un buen
puntapié quele haga ver lasestrellas. No lo parece, pero las
puntas de estos zapatos están reforzadas con hierro. ¿Has
ido allavabo? Es importante que vayas, porque una vez que
te hayas puesto el vestido será difícil…
—Sí, ya me lo ha preguntado tres veces, madame
Rossini. —Solo quiero asegurarme de quetodo vaya bien.
Yo no paraba de sorprenderme por la forma en que se
preocupaban por mí allí y la atención que prestaban a los
pequeños detalles. Después de comer, mistress Jenkins
incluso me había dado un neceser sin estrenar para que
pudieralavarmelos dientes y lacara.
De entrada me había imaginado que elcorsé me cortaría
la respiración y me presionaría el estómago repleto de
asado de ternera, pero en realidad era sorprendentemente
cómodo. —Yyo que pensaba que las mujeres caían desvanecidas
unatras otracuando seembutían en estascosas…
—Bueno, de hecho a veces pasaba. Primero porque lo
ataban demasiado fuerte. Yluego porque elambiente podía
cortarse con un cuchillo, porque nadie se lavaba y solo se
perfumaban —dijo madame Rossini, y sacudió la cabeza
solo de imaginarlo—. En las pelucas vivían chinches y
pulgas, y he leído en algún sitio que a veces incluso había
ratones que construían allí sus nidos. Así eran las cosas:
coexistían la moda más hermosa que imaginarse uno pueda
con un sentido dela higiene nulo. Por otro lado, tú no llevas
un corsé como esas pobres criaturas, tú llevas una creación
especial à la madame Rossini, cómoda como una segunda
piel.—Ah, vaya.
Me sentí terriblemente excitada al meterme en la ropa
interiorcon elmiriñaque. —Me parece como si tuviera que andar cargando con
unaenormejaula para pájaros. —No, para nada en absoluto —me aseguró madame
—No, para nada en absoluto —me aseguró madame
Rossini, mientras me pasaba el vestido con cuidado por
encima de la cabeza—. Este miriñaque es minúsculo en
comparación con los que se llevaban en Versalles en la
misma época. Cuatro metros y medio de perímetro, sin
exagerar. Y, además, el tuyo no es de barbas de ballena,
sino de fibra de carbono de alta tecnología superligera. De
todas maneras, nadielo vaa notar.
En torno a mí ondeaba una tela azul claro con zarcillos
floreados color crema que también hubiera podido quedar
muy bonita como tapicería de un sofá. Pero tenía que
admitir que el vestido, a pesar de su longitud y de su
monstruoso perímetro, era muy cómodo y realmente me iba
como un guante. —Hechizadora —dijo madame Rossini, y me empujó
anteelespejo. —¡Oh! —exclamésorprendida.
¿Quién hubiera dicho que una funda de sofá podía tener
un aspecto tanmaravilloso? Yyo con ella. Qué delicada se
veía micintura, y qué azules mis ojos. Solo elescote hacía
pensaren el de unacantante de óperaa punto dereventar. —Habrá que añadir un poco de encaje —dijo madame
Rossini, que me habíaseguido la mirada—.Alfin y alcabo,
es un vestido de tarde. Pero por la noche una debe enseñar
lo que tiene. ¡Espero que tengamos el placer de hacerte
también un vestido de baile! Ahora nos ocuparemos de tu
pelo. —¿Llevaré una peluca? —No —dijo madame Rossini—. Eres una jovencita y
será a pleno día. Bastará con que te crepes bien el pelo y
lleves un sombrero. (Casise atraganta al decir sombgego.)
No hace falta que hagamos nada con tu piel, es puro
alabastro. Yesa bonita peca en forma de media luna en la
sien puede pasar perfectamente por un lunar pintado. Très
chic.
Madame Rossini me colocó unos rulos calientes en el
pelo, y a continuación fijó hábilmente en la coronilla la parte
delantera con horquillas y dejó que el resto de mi cabello
cayera en amplios rizos sobre los hombros. Me miré en el
espejo yme quedé maravillada de miaspecto.
Recordé el baile de disfraces del último año que había
organizado Cynthia. A falta de una idea mejor, había ido
disfrazada de parada de autobús, y al final había tenido que
hacer un gran esfuerzo para no empezar a repartir golpes
con el cartel porque todo el mundo me preguntaba por el
recorrido.
¡Ah, si entonces hubiera conocido a madame Rossini!
¡Hubierasido laestrella delafiesta!
Encantada, giré una vez más sobre mí misma frente al
espejo, pero la alegría se acabó cuando madame Rossini
volvió a colocarse a mi espalda y me puso elsombgego.
Era un enormearmatoste de pajacon plumas y cintasazules
que, en mi opinión, estropeaba todo el conjunto. Traté de
convencerla de que prescindiera de él, pero se mostró
inflexible. —¿Sin sombrero? ¡No, sería totalmente impropio! ¡Esto
no es ningún concurso de belleza, ma chérie! Lo que
importaaquíes laautenticidad.
Busqué mimóvilen lachaqueta del uniforme. —¿Puedo almenos hacerme unafoto sin sombrero?
Madame Rossiniseechó areír. —¡Bien sûr, querida!
Mecoloquéen pose ymadame Rossinime hizo almenos
treinta fotografías desde todos los ángulos, algunas con
sombrero. Por fin Leslietendríaalgo con lo quereír un rato. —Muy bien. Y ahora iré arriba a informar de que ya
estás lista para el viaje. ¡Espera aquí y no manosees más el
sombrero! Está perfecto. —Sí, madame Rossini —repuse muy modosa, y, apenas
hubo salido de la habitación, tecleé a toda prisa el número
de móvil de Leslie y le envíe por SMS una de las fotos con
sombrero.
sombrero.
Llamó catorcesegundos más tarde. Graciasa Dios, en la
habitación de costura de madame Rossini había muy buena
cobertura. —Estoy sentadaen elautobús —mechilló en la oreja—,
pero ya he sacado la libreta de apuntes. ¡Aunque tendrás
que hablar bien alto, porque a mi lado tengo a dos indios
duros de oído charlando, y por desgracia no en el lenguaje
delos sordomudos!
Le solté de corrido todo lo que había pasado y traté de
explicarle a toda prisa dónde estaba y lo que había dicho
mamá. Aunque mezclaba continuamente unas cosas con
otras, parecía que Leslie podía seguirme, porque de vezen
cuando decía «¡Alucinante!» o «¡Sobre todo, ve con
cuidado!». Cuando le hablé de Gideon (quiso que lo
describieracon todo detalle), dijo: —Tampoco es que me parezcan tan terribles loscabellos
largos. En realidad, pueden quedar de lo más sexies.
Recuerda Destino de caballero. Pero fíjate bien en las
orejas. —De todos modos, no importa. Es un presumido y un
creído. Además, está enamorado de Charlotte. ¿Has
apuntado «piedrafilosofal»? —Sí. Lo he anotado todo. En cuanto llegue a casa,
correréaconectarmeainternet. Elconde de Saint Germain.
¿Por qué me suena tanto ese nombre? ¿Puede ser que lo
conozca de una película? No, ese era el conde de
Montecristo. —¿Y qué pasará si de verdad puede leer los
pensamientos? —Entonces no tienes más que pensar en algo inocente.
O, sencillamente, cuentas desde mil hacia atrás. Pero de
ocho en ocho. Asíes imposible pensaren nada más. —Pueden venir en cualquier momento. Si les oigo,
colgaré directamente. Ah, se me olvidaba, mira si puedes
encontrar algo sobre un niño llamado Robert White, que se
ahogó hace dieciocho añosen una piscina. —Anotado —dijo Leslie—. De verdad que todo esto es
alucinante. Hubiéramos tenido que conseguirte una navaja
automática o un espray de pimienta… Oye, ¿por qué no te
llevasalmenoselmóvil?
Caminé a pasitos cortos hasta la puerta embutida en mi
vestido, y asomélacabezacon cuidado. —¿Al pasado?¿Crees que podréllamarte desdeallí? —¡Vaya, tienes razón! Pero puedes hacer fotos que nos
ayuden.Ah, ymeencantaríatener una deesetalGideon. Si
es posible, con orejas. Es increíble lo que las orejas pueden
decir de una persona. Sobretodo, los lóbulos.
Oí unos pasos y cerréla puertasin hacer ruido. —Tengo quecortar. Hastaluego. —Sobre todo, ve con cuidado —tuvo tiempo de decir
Leslie antes de que cerrara el teléfono y lo deslizara en mi
escote. El pequeño hueco entre mis pechos tenía el tamaño
justo para esconder un móvil. ¿Qué debían guardar antes
las damasahí?¿Frasquitos de veneno, un diminuto revólver,
cartas deamor?
Lo primero que me pasó por la cabeza cuando Gideon
entró en la habitación fue: ¿por qué él no tiene que llevar
sombrero? Lo segundo fue:¿cómo puede uno estar guapo
vestido con una chaqueta de muaré roja, unos pantalones
de color verde oscuro que terminan bajo las rodillas y
leotardos de seda a rayas? Y si pensé algo más, debió de
ser, a lo sumo, algo como: «Espero que no se me vea en la
caralo queestoy pensando».
Los ojos verdes merozaron fugazmente. —Elegantesombrero.
Cerdo asqueroso. —Precioso —señaló mister George, que había entrado
detrás de élen elcuarto de costura—. Madame Rossini, ha
hecho usted un trabajo magnífico. —Sí, lo sé —repuso madame Rossini.
La modista se había quedado en el pasillo. La habitación
La modista se había quedado en el pasillo. La habitación
no era bastante grande para todos porque mi falda ya
ocupabala mitad delespacio libre.
Gideon se había recogido los rizos en la nuca con una
cinta, y eso me dio la oportunidad de devolverlela pelota. —¡Qué bonita cinta de terciopelo! —dije con toda la
sorna de que fuicapaz—. ¡Nuestra profesora de geografía
lleva unaexactamenteigual!
En lugar de mirarme con mala cara, Gideon sonrió
irónicamente. —Bueno, la cinta aún puede pasar. Deberías verme con
peluca.
«Bienmirado, yalo había hecho», pensé. —Monsieur Gideon, le había preparado los pantalones
de media piernaamarillo limón, no los oscuros.
La modista había pronunciado algo que había sonado
como midiapigná. Cuando madame Rossini se indignaba,
aún sele marcaba máselacento.
Gideon se volvió haciala modista. —¿Pantalonesamarilloscon unachaquetaroja, leotardos
de Pippi Calzaslargas y un manto marrón con botones
dorados? Me pareció demasiado chillón, la verdad. —¡El vestuario del hombre del rococó es chillón! —
Madame Rossini le miró severamente—. Yaquí la experta
soy yo, no usted. —Sí, madame Rossini —dijo Gideon cortésmente—. La
próxima vezle harécaso.
Miré sus orejas. No se abrían ni un poquito y no
llamaban la atención en ningún sentido. Me sentí casi
aliviadaalcomprobarlo,aunque, naturalmente, tanto daba. —¿Dóndeestán los guantesamarillos de gamuza? —Oh, pensé que si no me ponía los pantalones, también
sería mejor que dejaralos guantes. —¡Oh, sí, claro! —Madame Rossinichasqueó la lengua —. Con todos mis respetos, joven, aquí no se trata del
gusto por la moda sino de mantener la autenticidad. Aparte
de eso, me he preocupado de que todos los colores
elegidos armonicen bien con su cara, muchacho
desagradecido.
Refunfuñando, nos dejó pasar. —Muchísimas gracias, madame Rossini—dije. —¡No hay por qué darlas, mi pequeño cuello de cisne!
¡Hasido un placer! Tú almenos sabesapreciar mitrabajo.
Sonreí. Me gustaba eso de ser un pequeño cuello de
cisne.
Mister George me guiñó un ojo. —Si quiere hacerelfavor deseguirme, miss Gwendolyn. —Primero te vendaremos los ojos —dijo Gideon, y
alargó el brazo parasacarmeelsombrero.
Mister George me dirigió una sonrisa a modo de
disculpa. —El doctor White hainsistido. —¡Pero eso le destrozará el peinado! —Madame
Rossini apartó los dedos de Gideon—. Tiens! ¿Quiere
arrancarle los cabellos al mismo tiempo? ¿No ha oído
hablar de los alfileres de sombrero? ¡Así! —Le alargó el
sombrero y el alfiler a mister George—. ¡Cójalo con
cuidado, hágameelfavor!
Gideon me vendó los ojos con un paño negro. Cuando
su mano me rozó la mejilla, instintivamente contuve el
aliento, pero por desgracia no pude evitar sonrojarme,
aunque por suerteél no pudo verlo porqueestaba detrás de
mí.—¡Au! —grité; me había cogido unos cuantos cabellos
en el nudo. —Perdón.¿Vesalgo? —No. —Ante mis ojos todo era oscuridad—. ¿Por qué
no puedo veradónde vamos? —No debes conocer la localización exacta del
cronógrafo —meinformó Gideon.
Me puso la mano en la espalda y me empujó hacia
delante. Era una sensación extraña eso de avanzar a ciegas
delante. Era una sensación extraña eso de avanzar a ciegas
en el vacío, y la mano de Gideon en mi espalda me
desconcertaba más todavía. —Me parece una precaución totalmente superflua —
continuó diciendo—. Esta casa es un laberinto. Jamás
podrías volver a encontrar esta habitación. Además, mister
George opina que estás por encima de toda sospecha en lo
que hacea una posibletraición.
Era un detalle por parte de mister George, aunque yo no
sabía exactamente qué sentido tenía aquello. ¿Quién podía
estar interesado en conocer el lugar donde se encontraba el
cronógrafo, y por qué?
Choquécon el hombro contraalgo duro. —¡Au! —Cógela de la mano, Gideon, no seas bruto —le
reprendió mister George un poco enojado—. No es ningún
carrito delacompra,¿sabes?
Sentícómo una mano cálida y secasecerrabaen torno a
la mía ymeestremecí. —Todo va bien —indicó Gideon—. Soy yo. Ahora hay
unos peldaños que bajan. Cuidado.
Durante un rato caminamos el uno junto al otro en
silencio,a veces recto adelante y otras bajando unaescalera
o doblando una esquina, mientras yo me concentraba
principalmente en evitar que me temblara o me sudara la
mano. Gideon no debía notar que su proximidad me hacía
sentir cohibida. ¿Se habría dado cuenta de cómo se me
habíaacelerado el pulso?
Entonces, de pronto, mi pie derecho se hundió en el
vacío y di un traspié, y seguro que me hubiera caído si
Gideon no me hubiera sujetado y me hubiera tirado hacia
atrás. Sus manos merodeaban lacintura. —Cuidado,escalones —meadvirtió. —Ah, gracias por nada, ya me he dado cuenta al
torcermeeltobillo —repuseindignada. —Por Dios, Gideon, presta más atención —le regañó
mister George—. ¡Ven aquí! Coge el sombrero. Yo
ayudaréa Gwendolyn.
Me resultaba más fácil caminar de la mano de mister
George. Tal vez porque podía concentrarme más en mis
pasos y no tanto en procurar que no me temblara la mano.
Nuestro paseo duró una eternidad. De nuevo me dio la
sensación de que nos hundíamos profundamente bajo tierra,
y, cuando por fin nos detuvimos, tuve la sospecha de que
me habían hecho dar unoscuantos rodeos innecesarios para
confundirme.
Abrieron una puerta, luego la cerraron, y por fin mister
George me quitó la venda delos ojos.
—Ya hemos llegado. —Resplandeciente como una mañana de primavera —
dijo el doctor White, dirigiéndosea Gideon y no a mí. —¡Muchas gracias! —Gideon hizo una pequeña
reverencia—. Esel último grito de París. En realidad tendría
que haber llevado, además, pantalones y guantes amarillos,
pero no me hesentido con fuerzas. —Madame Rossiniestá furiosa —repuso mister George. —¡Gideon! —exclamó mister De Villiers, que había
aparecido detrás de mister White,en tono dereproche. —¡Pantalonesamarillos, tío Falk! —No vas a encontrarte con unos antiguos compañeros
decolegio queserían detu aspecto,¿sabes? —lerecriminó
mister De Villiers. —No —replicó Gideon al tiempo que lanzaba mi
sombrero sobre una mesa—. Más bien con tipos que llevan
levitas de color rosa bordadas que consideran el no va más
delaelegancia —dijo estremeciéndose.
Mis ojos se habían acostumbrado a la luz, y miré a mi
alrededor intrigada. La habitación no tenía ventanas, como
era de esperar, y tampoco había ninguna chimenea. Busqué
en vano una máquina del tiempo, pero solo vi una mesa y
unas cuantas sillas, un arcón, un armario y, en la pared, una
sentenciaen latín grabadaen la piedra.
sentenciaen latín grabadaen la piedra.
Mister De Villiers mesonrió afablemente. —Elazul te sienta de maravilla, Gwendolyn. Ymadame
Rossini ha hecho una verdadera obra de arte con tus
cabellos. —Hummm… Gracias. —Deberíamos darnos prisa, me estoymuriendo de calor
con todaestaropa.
Gideon apartó elmanto a un lado, dejando al descubierto
laespada quecolgaba desu cinturón. —Ponteaquí.
El doctor White se acercó a la mesa y desenvolvió un
objeto cubierto con un paño de terciopelo rojo que, a
primera vista, parecía un gran reloj dechimenea. —Ya he realizado todos losajustes. Podréis disponer de
una ventanatemporal detres horas.
Después de mirarlo mejor, vi que el objeto no era un
reloj, sino un curioso aparato de madera pulida ymetalcon
innumerables botones, registros y ruedecitas. Todas las
superficies estaban pintadas con miniaturas del Sol, la Luna
y las estrellas ymarcadas con signos ymotivos misteriosos.
Elaparato tenía forma alabeada, como una caja de violín, y
estaba adornado con resplandecientes piedras preciosas,
unos pedruscos tan gruesos que era imposible que fueran
auténticos. —¿Esechismetan pequeño eselcronógrafo? —Pesacuatro kilos ymedio —repuso el doctor White, y
su voz estaba tan llena de orgullo como la de un padre
hablando del peso de su hijo recién nacido—. Y, antes de
que lo preguntes, sí, las piedras son todas auténticas. Solo
esterubí deaquíes deseis quilates. —Gideon viajará el primero —anunció mister De Villiers —.¿Lacontraseña? —Qua redit nescitis —repuso Gideon. —¿Gwendolyn? —¿Sí? —¡Lacontraseña! —¿Quécontraseña? —Qua redit nescitis —repitió mister De Villiers—. La
contraseña delos Vigilantes paraeste 24 deseptiembre. —Estamosa 6 deabril.
Gideon puso los ojosen blanco. —Aterrizaremos en el 24 de septiembre, y dentro de
estos muros. Para que los Vigilantes no nos corten la
cabeza, debemos conocer la contraseña. Qua redit
nescitis. ¡Repítela! —Qua redit nescitis —dije.
Imposible, nunca conseguiría recordarla durante más de
un segundo. Ya está, ya la había olvidado. ¿Me dejarían
escribirlaen una hoja de papel? —¿Quésignifica? —¿Es que no teenseñan latín en laescuela? —No —respondí.
Teníafrancés y alemán, y yaera bastante duro. —«No conocéis la hora de su retorno» —tradujo el
doctor White. —Una traducción muy florida —convino mister George —. También podría decirse «No sabéiscuándo…». —¡Señores, por favor! —Mister De Villiers dio unos
expresivos golpecitos a su reloj de pulsera—. ¿Estás listo,
Gideon?
Gideon tendió su mano al doctor White, que abrió un
registro delcronógrafo y colocó el índice en la abertura. Se
oyó un ligero zumbido cuando en el interior delaparato las
ruedas dentadas se pusieron en movimiento. Sonaba casi
como una melodía. Como en un reloj de música. Una delas
piedras preciosas, un enorme diamante, se puso a brillar de
pronto desde dentro y la cara de Gideon quedó bañada en
unaluz blanca y clara. En elmismo instante desapareció. —Alucinante —susurréimpresionada. —Ahora es tu turno —me señaló mister George—.
Colócateexactamenteaquí.
Colócateexactamenteaquí.
El doctor Whitecontinuó: —Ypiensaen lo que yate hemos recalcado:atenderása
lo que te diga Gideon. Quédate siempre a su lado, pase lo
que pase.
El doctor mecogió la mano y colocó mi dedo índiceen el
registro abierto. Algo puntiagudo me pinchó en la yema del
dedo einstintivamentetraté deretirarlo. —¡Au!
El doctor White mantuvo mi mano apretada contra el
registro. —¡No te muevas!
Esta vez en el cronógrafo empezó a brillar una gran
piedra azul. La luz azul se extendió cegándome. Lo último
que vi fue mi enorme sombrero, que se había quedado
olvidado en la mesa. Luego todo se oscureció a mi
alrededor.
Una mano mesujetó porel hombro.
¿Cómo demonios era aquella estúpida contraseña? Qua
disitas disitis. —¿Eres tú, Gideon? —susurré. —¿Y quién si no? —me respondió susurrando también,
y apartó la mano—. ¡Bravo, no te hascaído!
Encendió una cerilla y un instante después la luz de una
antorchailuminó la habitación. —Qué bien.¿También tela has traído? —No, yaestabaaquí. Aguántala.
Mientrascogíalaantorcha, mealegré de no llevar puesto
miestúpido sombrero. Seguro queaquellasenormes plumas
bamboleantes se hubieran encendido en un visto y no visto y
yo misma me hubiera convertido en una bonita antorcha
llameante. —Silencio —susurró Gideon, aunque yo no había dicho
nimu.
Micompañero habíaabierto la puerta(¿se habíatraído la
llave, o ya estaba puesta en la cerradura?; no me había
fijado) y ahora miraba con cuidado hacia elcorredor. Todo
estaba oscuro como boca delobo. —Aquí huelea podrido —dije. —Tonterías. ¡Ven!
Gideon cerró la puerta detrás de nosotros, volvió a
cogerme la antorcha de la mano y entró en el tenebroso
corredor. Leseguí. —¿No quieres volver a vendarme los ojos? —dije
bromeando a medias. —Está todo oscuro, de todas maneras, tampoco podrías
recordar nada —respondió Gideon—. Razón de más para
que no teapartes de mi lado. Porque, como máximo en tres
horas, tenemos que volveraestaraquíabajo.
Una razón más por la que debería conocer el camino.
¿Cómo iba a arreglármelas sia Gideon le pasaba algo o si
nos separábamos? No me parecía una buena idea dejarme
así de colgada. Pero me mordí la lengua. No tenía ganas de
ponermea discutircon elseñor sabelotodo precisamenteen
ese momento.
Aquello olía a moho, mucho más que en nuestra época.
¿Aquéaño debíamos haber viajado esta vez?
Era un olor muy peculiar, como siallíabajo hubiera algo
que se estuviera descomponiendo. Por algún motivo, de
pronto pensé en las ratas. ¡En las películas, los pasadizos
largos y oscuros y una antorcha siempre iban unidos a las
ratas! Asquerosas ratas negras con ojos que brillaban en la
oscuridad. O ratas muertas. Ah, sí, y arañas. Las arañas
también salían siempre. Me esforcé en no tocar las paredes
y en no imaginarme cómo las gruesasarañas se agarraban a
la orla de mi vestido y reptaban lentamente por debajo para
trepar por mis piernas desnudas…
En lugar de eso, me puse a contar los pasos que daba
hasta cada giro. Después de cuarenta y cuatro pasos, a la
derecha;cincuenta y cinco, y alaizquierda; luego otra veza
la izquierda y llegamos a una escalera de caracol que subía.
Me remangué la falda tanto como pude para poder
Me remangué la falda tanto como pude para poder
mantenerme a la altura de Gideon. En algún lugar ahíarriba
había luz, y la claridad fue aumentando a medida que
subíamos hasta que finalmente nos encontramos en un
corredor ancho iluminado por un gran número de antorchas
fijadasen las paredes.
En elextremo delcorredor había una puerta ancha, con
unaarmaduraala derecha y otraalaizquierdatan oxidadas
como en nuestraépoca.
Aunque, afortunadamente, no se veía ninguna rata, tenía
la impresión de que me observaban, y, cuanto más me
acercaba a la puerta, más intensa se hacía esa sensación.
Miréa mialrededor, pero elcorredorestaba vacío.
Cuando una de las armaduras movió de pronto un brazo
y nos apuntó amenazadoramente con una lanza (o lo que
fuera aquello), me quedé petrificada del susto. Ahora ya
sabía quién nos habíaestado observando.
De una forma totalmente superflua, la armadura dijo con
voz delata: —¡Alto!
Quise gritar, pero, una vezmás, ningún sonido salió de mi
boca. De todos modos, comprendí bastante rápido que no
era la armadura la que se había movido y había hablado,
sino el hombre que se escondía dentro. También la otra
armadura parecía habitada. —Tenemos que hablarcon elmaestre —anunció Gideon —. Es un asunto urgente. —Contraseña —repuso lasegundaarmadura. —Qua redit nescitis —respondió Gideon.
Exacto, eso era. Por un momento me sentí francamente
impresionada al ver que Gideon había conseguido
recordarla. —Podéis pasar —dijo la primera armadura, e incluso
nos sostuvo la puerta.
Detrás se extendía un corredor aún más amplio, también
iluminado por antorchas. Gideon encajó la nuestra en un
soporte de la pared y siguió adelante a buen paso. Yo le
seguí tan rápido como me lo permitía el miriñaque. De
hecho,aesasalturas, yaempezabaafaltarmeelaliento. —Esto es como una película de terror. Casi se me para
el corazón. ¡Pensaba que esas cosas eran decorativas!
Quiero decir que las armaduras no son precisamente
modernas en el siglo XVIII, ¿no? Y tampoco realmente
útiles, me parece. —Los guardias las llevan por tradición —repuso Gideon —. En nuestraépoca ocurrelo mismo. —Pues yo no he visto ningún caballero con armadura en
nuestraépoca.
Pero entonces se me ocurrió quetal vezsílos había visto,
solo que había creído que se trataba de armaduras sin
caballero. —Date un poco de prisa —me urgió Gideon.
Para él era muy fácil decirlo, cuando no tenía que
arrastrar ninguna falda de la medida de una tienda de
campaña. —¿Quién es «elmaestre»? —La orden tiene un granmaestre que la preside. En esta
época, naturalmente, es el propio conde. La orden aún es
joven, hace solo treinta y siete años que elconde la fundó.
También más tarde a menudo asumieron la presidencia
miembros delafamilia De Villiers.
¿Significaba eso que el conde de Saint Germain era un
miembro de la familia De Villiers? Entonces, ¿por qué se
llamaba Saint Germain? —¿Y hoy? Hummm… quiero decir, en nuestra época.
¿Quién esel granmaestre? —Actualmente es mi tío Falk —repuso Gideon—.
Sustituyó atu abuelo, lord Montrose. —Vaya.
¡Mi querido y siempre jovial abuelo, gran maestre de la
Logia secreta del Conde de Saint Germain! Y yo que
siempre habíacreído que quien llevabalos pantalonesera la
siempre habíacreído que quien llevabalos pantalonesera la
abuela. —Y entonces, ¿qué puesto ocupa lady Arista en la
orden? —Ninguno. Las mujeres no pueden ser miembros de la
logia. Los parientes más próximos de los miembros del
Círculo de rango superior pasan automáticamente a formar
parte del grupo de iniciados del Círculo Exterior, pero no
tienen nada que decir.
Estabaclaro, sí.
¿Tal vez su forma de tratarme era innata entre los De
Villiers?¿Unaespecie de defecto genético que hacía quelas
mujeres solo merecieran una sonrisa desdeñosa de su
parte? Por otro lado, había estado muy atento con
Charlotte. Y tenía que reconocer que conmigo, al menos
porelmomento, secomportaba hastacierto punto. —¿Por qué llamáis siempre a vuestra abuela ladyArista? —preguntó—. ¿Por qué no decís abuelita o yaya como
hacen otros niños? —Sencillamenteesasí—repuse—. ¿Por quélas mujeres
no pueden ser miembros?
Gideon alargó el brazo ymeempujó detrás deél. —Ahoracierrala boca durante un rato. —¿Cómo dices?
En elextremo delcorredor distinguí otra escalera. La luz
del sol caía sobre ella desde lo alto. Pero, antes de que
llegáramos a alcanzarla, dos hombres con las espadas
desenvainadas salieron de entre las sombras como si nos
hubieran estado esperando. —Buenos días —dijo Gideon, que, alcontrario que yo,
no se habíasobresaltado,aunquese habíallevado la mano a
laespada. —¡Contraseña! —gritó el primer hombre. —Ayer ya estuvisteis aquí —informó el otro hombre, y
dio un paso adelante para observar a Gideon—. O vuestro
hermano menor. El parecido esasombroso. —¿Es ese el joven que puede surgir de la nada? —
preguntó el otro hombre.
Los dos se quedaron mirando a Gideon con la boca
abierta. Llevaban ropas parecidas a las suyas, y no cabía
duda de que madame Rossini tenía razón: al hombre del
rococó le gustaba el colorido. Estos de aquí habían
combinado el turquesa con flores lila con el rojo y el
marrón, y uno de ellos llevaba, de hecho, una levita amarillo
limón. La combinación hubiera podido resultar horrible,
pero en cierto modo tenía su gracia, solo que era un pelín
chillona.
Ambos llevaban sendas pelucas que formaban, sobre las
orejas, rizos parecidos a salchichas, y en la nuca una
pequeñacoletaatadacon unacinta deterciopelo. —Digamos que conozco caminos en esta casa que son
desconocidos para vosotros —repuso Gideon con una
sonrisa arrogante—. Yo ymiacompañante debemos hablar
con elmaestre. Es un asunto urgente. —El burro delante para que no seespante —murmuré. —¿Lacontraseña?
«Quark edit bisquitis» o algo así. —Qua redit nescitis —respondió Gideon.
Bueno,casi.
Línea hereditaria femenina
De las Crónicas de los Vigilantes,
volumen 4, «El Círculo de los Doce
anto: terciopelo veneciano forrado con tafetán de
seda; vestido: lino estampado alemán, orlas de
encaje de Devonshire y corpiño de brocado de
sedarecamado.
Madame Rossiniextendió con cuidado las prendas sobre
la mesa. Después de la comida, mistress Jenkins había
vuelto a llevarme al cuarto de costura. Allí me encontraba
más a gusto que en el austero comedor. En la pequeña
habitación había telas maravillosas por todas partes, y
madame Rossini, con su cuello de tortuga, tal vez era la
única persona de la que ni siquiera mi madre podía
desconfiar. —Todo en azul uniforme con ornamentos en crema, un
elegante conjunto de tarde —continuó—. Y los
correspondientes zapatos de brocado de seda a juego.
Mucho más cómodos de lo que parecen. Por suerte, tú y el
palo de gallinero calzáis el mismo número. —Apartó mi
uniforme delaescuelacogiéndolo con la punta delos dedos —. Uf, qué horror, cualquier chica, por bonita que sea,
tiene que parecer un espantapájaros con esta cosa. Si al
menos se pudiera acortar la falda a la moda. ¡Y ese
espantoso color amarillo orín! ¡Quien haya ideado
semejante disfraz debe de odiara muertealasescolares! —¿Puedo conservar laropainterior? —Solo las braguitas —respondió madame Rossini. (Ella
pronunciaba una especie de braquitásss que sonaba muy
simpático)—. No encaja con la época, pero no creo que
nadie mire bajo la falda. Y si lo hace, le das un buen
puntapié quele haga ver lasestrellas. No lo parece, pero las
puntas de estos zapatos están reforzadas con hierro. ¿Has
ido allavabo? Es importante que vayas, porque una vez que
te hayas puesto el vestido será difícil…
—Sí, ya me lo ha preguntado tres veces, madame
Rossini. —Solo quiero asegurarme de quetodo vaya bien.
Yo no paraba de sorprenderme por la forma en que se
preocupaban por mí allí y la atención que prestaban a los
pequeños detalles. Después de comer, mistress Jenkins
incluso me había dado un neceser sin estrenar para que
pudieralavarmelos dientes y lacara.
De entrada me había imaginado que elcorsé me cortaría
la respiración y me presionaría el estómago repleto de
asado de ternera, pero en realidad era sorprendentemente
cómodo. —Yyo que pensaba que las mujeres caían desvanecidas
unatras otracuando seembutían en estascosas…
—Bueno, de hecho a veces pasaba. Primero porque lo
ataban demasiado fuerte. Yluego porque elambiente podía
cortarse con un cuchillo, porque nadie se lavaba y solo se
perfumaban —dijo madame Rossini, y sacudió la cabeza
solo de imaginarlo—. En las pelucas vivían chinches y
pulgas, y he leído en algún sitio que a veces incluso había
ratones que construían allí sus nidos. Así eran las cosas:
coexistían la moda más hermosa que imaginarse uno pueda
con un sentido dela higiene nulo. Por otro lado, tú no llevas
un corsé como esas pobres criaturas, tú llevas una creación
especial à la madame Rossini, cómoda como una segunda
piel.—Ah, vaya.
Me sentí terriblemente excitada al meterme en la ropa
interiorcon elmiriñaque. —Me parece como si tuviera que andar cargando con
unaenormejaula para pájaros. —No, para nada en absoluto —me aseguró madame
—No, para nada en absoluto —me aseguró madame
Rossini, mientras me pasaba el vestido con cuidado por
encima de la cabeza—. Este miriñaque es minúsculo en
comparación con los que se llevaban en Versalles en la
misma época. Cuatro metros y medio de perímetro, sin
exagerar. Y, además, el tuyo no es de barbas de ballena,
sino de fibra de carbono de alta tecnología superligera. De
todas maneras, nadielo vaa notar.
En torno a mí ondeaba una tela azul claro con zarcillos
floreados color crema que también hubiera podido quedar
muy bonita como tapicería de un sofá. Pero tenía que
admitir que el vestido, a pesar de su longitud y de su
monstruoso perímetro, era muy cómodo y realmente me iba
como un guante. —Hechizadora —dijo madame Rossini, y me empujó
anteelespejo. —¡Oh! —exclamésorprendida.
¿Quién hubiera dicho que una funda de sofá podía tener
un aspecto tanmaravilloso? Yyo con ella. Qué delicada se
veía micintura, y qué azules mis ojos. Solo elescote hacía
pensaren el de unacantante de óperaa punto dereventar. —Habrá que añadir un poco de encaje —dijo madame
Rossini, que me habíaseguido la mirada—.Alfin y alcabo,
es un vestido de tarde. Pero por la noche una debe enseñar
lo que tiene. ¡Espero que tengamos el placer de hacerte
también un vestido de baile! Ahora nos ocuparemos de tu
pelo. —¿Llevaré una peluca? —No —dijo madame Rossini—. Eres una jovencita y
será a pleno día. Bastará con que te crepes bien el pelo y
lleves un sombrero. (Casise atraganta al decir sombgego.)
No hace falta que hagamos nada con tu piel, es puro
alabastro. Yesa bonita peca en forma de media luna en la
sien puede pasar perfectamente por un lunar pintado. Très
chic.
Madame Rossini me colocó unos rulos calientes en el
pelo, y a continuación fijó hábilmente en la coronilla la parte
delantera con horquillas y dejó que el resto de mi cabello
cayera en amplios rizos sobre los hombros. Me miré en el
espejo yme quedé maravillada de miaspecto.
Recordé el baile de disfraces del último año que había
organizado Cynthia. A falta de una idea mejor, había ido
disfrazada de parada de autobús, y al final había tenido que
hacer un gran esfuerzo para no empezar a repartir golpes
con el cartel porque todo el mundo me preguntaba por el
recorrido.
¡Ah, si entonces hubiera conocido a madame Rossini!
¡Hubierasido laestrella delafiesta!
Encantada, giré una vez más sobre mí misma frente al
espejo, pero la alegría se acabó cuando madame Rossini
volvió a colocarse a mi espalda y me puso elsombgego.
Era un enormearmatoste de pajacon plumas y cintasazules
que, en mi opinión, estropeaba todo el conjunto. Traté de
convencerla de que prescindiera de él, pero se mostró
inflexible. —¿Sin sombrero? ¡No, sería totalmente impropio! ¡Esto
no es ningún concurso de belleza, ma chérie! Lo que
importaaquíes laautenticidad.
Busqué mimóvilen lachaqueta del uniforme. —¿Puedo almenos hacerme unafoto sin sombrero?
Madame Rossiniseechó areír. —¡Bien sûr, querida!
Mecoloquéen pose ymadame Rossinime hizo almenos
treinta fotografías desde todos los ángulos, algunas con
sombrero. Por fin Leslietendríaalgo con lo quereír un rato. —Muy bien. Y ahora iré arriba a informar de que ya
estás lista para el viaje. ¡Espera aquí y no manosees más el
sombrero! Está perfecto. —Sí, madame Rossini —repuse muy modosa, y, apenas
hubo salido de la habitación, tecleé a toda prisa el número
de móvil de Leslie y le envíe por SMS una de las fotos con
sombrero.
sombrero.
Llamó catorcesegundos más tarde. Graciasa Dios, en la
habitación de costura de madame Rossini había muy buena
cobertura. —Estoy sentadaen elautobús —mechilló en la oreja—,
pero ya he sacado la libreta de apuntes. ¡Aunque tendrás
que hablar bien alto, porque a mi lado tengo a dos indios
duros de oído charlando, y por desgracia no en el lenguaje
delos sordomudos!
Le solté de corrido todo lo que había pasado y traté de
explicarle a toda prisa dónde estaba y lo que había dicho
mamá. Aunque mezclaba continuamente unas cosas con
otras, parecía que Leslie podía seguirme, porque de vezen
cuando decía «¡Alucinante!» o «¡Sobre todo, ve con
cuidado!». Cuando le hablé de Gideon (quiso que lo
describieracon todo detalle), dijo: —Tampoco es que me parezcan tan terribles loscabellos
largos. En realidad, pueden quedar de lo más sexies.
Recuerda Destino de caballero. Pero fíjate bien en las
orejas. —De todos modos, no importa. Es un presumido y un
creído. Además, está enamorado de Charlotte. ¿Has
apuntado «piedrafilosofal»? —Sí. Lo he anotado todo. En cuanto llegue a casa,
correréaconectarmeainternet. Elconde de Saint Germain.
¿Por qué me suena tanto ese nombre? ¿Puede ser que lo
conozca de una película? No, ese era el conde de
Montecristo. —¿Y qué pasará si de verdad puede leer los
pensamientos? —Entonces no tienes más que pensar en algo inocente.
O, sencillamente, cuentas desde mil hacia atrás. Pero de
ocho en ocho. Asíes imposible pensaren nada más. —Pueden venir en cualquier momento. Si les oigo,
colgaré directamente. Ah, se me olvidaba, mira si puedes
encontrar algo sobre un niño llamado Robert White, que se
ahogó hace dieciocho añosen una piscina. —Anotado —dijo Leslie—. De verdad que todo esto es
alucinante. Hubiéramos tenido que conseguirte una navaja
automática o un espray de pimienta… Oye, ¿por qué no te
llevasalmenoselmóvil?
Caminé a pasitos cortos hasta la puerta embutida en mi
vestido, y asomélacabezacon cuidado. —¿Al pasado?¿Crees que podréllamarte desdeallí? —¡Vaya, tienes razón! Pero puedes hacer fotos que nos
ayuden.Ah, ymeencantaríatener una deesetalGideon. Si
es posible, con orejas. Es increíble lo que las orejas pueden
decir de una persona. Sobretodo, los lóbulos.
Oí unos pasos y cerréla puertasin hacer ruido. —Tengo quecortar. Hastaluego. —Sobre todo, ve con cuidado —tuvo tiempo de decir
Leslie antes de que cerrara el teléfono y lo deslizara en mi
escote. El pequeño hueco entre mis pechos tenía el tamaño
justo para esconder un móvil. ¿Qué debían guardar antes
las damasahí?¿Frasquitos de veneno, un diminuto revólver,
cartas deamor?
Lo primero que me pasó por la cabeza cuando Gideon
entró en la habitación fue: ¿por qué él no tiene que llevar
sombrero? Lo segundo fue:¿cómo puede uno estar guapo
vestido con una chaqueta de muaré roja, unos pantalones
de color verde oscuro que terminan bajo las rodillas y
leotardos de seda a rayas? Y si pensé algo más, debió de
ser, a lo sumo, algo como: «Espero que no se me vea en la
caralo queestoy pensando».
Los ojos verdes merozaron fugazmente. —Elegantesombrero.
Cerdo asqueroso. —Precioso —señaló mister George, que había entrado
detrás de élen elcuarto de costura—. Madame Rossini, ha
hecho usted un trabajo magnífico. —Sí, lo sé —repuso madame Rossini.
La modista se había quedado en el pasillo. La habitación
La modista se había quedado en el pasillo. La habitación
no era bastante grande para todos porque mi falda ya
ocupabala mitad delespacio libre.
Gideon se había recogido los rizos en la nuca con una
cinta, y eso me dio la oportunidad de devolverlela pelota. —¡Qué bonita cinta de terciopelo! —dije con toda la
sorna de que fuicapaz—. ¡Nuestra profesora de geografía
lleva unaexactamenteigual!
En lugar de mirarme con mala cara, Gideon sonrió
irónicamente. —Bueno, la cinta aún puede pasar. Deberías verme con
peluca.
«Bienmirado, yalo había hecho», pensé. —Monsieur Gideon, le había preparado los pantalones
de media piernaamarillo limón, no los oscuros.
La modista había pronunciado algo que había sonado
como midiapigná. Cuando madame Rossini se indignaba,
aún sele marcaba máselacento.
Gideon se volvió haciala modista. —¿Pantalonesamarilloscon unachaquetaroja, leotardos
de Pippi Calzaslargas y un manto marrón con botones
dorados? Me pareció demasiado chillón, la verdad. —¡El vestuario del hombre del rococó es chillón! —
Madame Rossini le miró severamente—. Yaquí la experta
soy yo, no usted. —Sí, madame Rossini —dijo Gideon cortésmente—. La
próxima vezle harécaso.
Miré sus orejas. No se abrían ni un poquito y no
llamaban la atención en ningún sentido. Me sentí casi
aliviadaalcomprobarlo,aunque, naturalmente, tanto daba. —¿Dóndeestán los guantesamarillos de gamuza? —Oh, pensé que si no me ponía los pantalones, también
sería mejor que dejaralos guantes. —¡Oh, sí, claro! —Madame Rossinichasqueó la lengua —. Con todos mis respetos, joven, aquí no se trata del
gusto por la moda sino de mantener la autenticidad. Aparte
de eso, me he preocupado de que todos los colores
elegidos armonicen bien con su cara, muchacho
desagradecido.
Refunfuñando, nos dejó pasar. —Muchísimas gracias, madame Rossini—dije. —¡No hay por qué darlas, mi pequeño cuello de cisne!
¡Hasido un placer! Tú almenos sabesapreciar mitrabajo.
Sonreí. Me gustaba eso de ser un pequeño cuello de
cisne.
Mister George me guiñó un ojo. —Si quiere hacerelfavor deseguirme, miss Gwendolyn. —Primero te vendaremos los ojos —dijo Gideon, y
alargó el brazo parasacarmeelsombrero.
Mister George me dirigió una sonrisa a modo de
disculpa. —El doctor White hainsistido. —¡Pero eso le destrozará el peinado! —Madame
Rossini apartó los dedos de Gideon—. Tiens! ¿Quiere
arrancarle los cabellos al mismo tiempo? ¿No ha oído
hablar de los alfileres de sombrero? ¡Así! —Le alargó el
sombrero y el alfiler a mister George—. ¡Cójalo con
cuidado, hágameelfavor!
Gideon me vendó los ojos con un paño negro. Cuando
su mano me rozó la mejilla, instintivamente contuve el
aliento, pero por desgracia no pude evitar sonrojarme,
aunque por suerteél no pudo verlo porqueestaba detrás de
mí.—¡Au! —grité; me había cogido unos cuantos cabellos
en el nudo. —Perdón.¿Vesalgo? —No. —Ante mis ojos todo era oscuridad—. ¿Por qué
no puedo veradónde vamos? —No debes conocer la localización exacta del
cronógrafo —meinformó Gideon.
Me puso la mano en la espalda y me empujó hacia
delante. Era una sensación extraña eso de avanzar a ciegas
delante. Era una sensación extraña eso de avanzar a ciegas
en el vacío, y la mano de Gideon en mi espalda me
desconcertaba más todavía. —Me parece una precaución totalmente superflua —
continuó diciendo—. Esta casa es un laberinto. Jamás
podrías volver a encontrar esta habitación. Además, mister
George opina que estás por encima de toda sospecha en lo
que hacea una posibletraición.
Era un detalle por parte de mister George, aunque yo no
sabía exactamente qué sentido tenía aquello. ¿Quién podía
estar interesado en conocer el lugar donde se encontraba el
cronógrafo, y por qué?
Choquécon el hombro contraalgo duro. —¡Au! —Cógela de la mano, Gideon, no seas bruto —le
reprendió mister George un poco enojado—. No es ningún
carrito delacompra,¿sabes?
Sentícómo una mano cálida y secasecerrabaen torno a
la mía ymeestremecí. —Todo va bien —indicó Gideon—. Soy yo. Ahora hay
unos peldaños que bajan. Cuidado.
Durante un rato caminamos el uno junto al otro en
silencio,a veces recto adelante y otras bajando unaescalera
o doblando una esquina, mientras yo me concentraba
principalmente en evitar que me temblara o me sudara la
mano. Gideon no debía notar que su proximidad me hacía
sentir cohibida. ¿Se habría dado cuenta de cómo se me
habíaacelerado el pulso?
Entonces, de pronto, mi pie derecho se hundió en el
vacío y di un traspié, y seguro que me hubiera caído si
Gideon no me hubiera sujetado y me hubiera tirado hacia
atrás. Sus manos merodeaban lacintura. —Cuidado,escalones —meadvirtió. —Ah, gracias por nada, ya me he dado cuenta al
torcermeeltobillo —repuseindignada. —Por Dios, Gideon, presta más atención —le regañó
mister George—. ¡Ven aquí! Coge el sombrero. Yo
ayudaréa Gwendolyn.
Me resultaba más fácil caminar de la mano de mister
George. Tal vez porque podía concentrarme más en mis
pasos y no tanto en procurar que no me temblara la mano.
Nuestro paseo duró una eternidad. De nuevo me dio la
sensación de que nos hundíamos profundamente bajo tierra,
y, cuando por fin nos detuvimos, tuve la sospecha de que
me habían hecho dar unoscuantos rodeos innecesarios para
confundirme.
Abrieron una puerta, luego la cerraron, y por fin mister
George me quitó la venda delos ojos.
—Ya hemos llegado. —Resplandeciente como una mañana de primavera —
dijo el doctor White, dirigiéndosea Gideon y no a mí. —¡Muchas gracias! —Gideon hizo una pequeña
reverencia—. Esel último grito de París. En realidad tendría
que haber llevado, además, pantalones y guantes amarillos,
pero no me hesentido con fuerzas. —Madame Rossiniestá furiosa —repuso mister George. —¡Gideon! —exclamó mister De Villiers, que había
aparecido detrás de mister White,en tono dereproche. —¡Pantalonesamarillos, tío Falk! —No vas a encontrarte con unos antiguos compañeros
decolegio queserían detu aspecto,¿sabes? —lerecriminó
mister De Villiers. —No —replicó Gideon al tiempo que lanzaba mi
sombrero sobre una mesa—. Más bien con tipos que llevan
levitas de color rosa bordadas que consideran el no va más
delaelegancia —dijo estremeciéndose.
Mis ojos se habían acostumbrado a la luz, y miré a mi
alrededor intrigada. La habitación no tenía ventanas, como
era de esperar, y tampoco había ninguna chimenea. Busqué
en vano una máquina del tiempo, pero solo vi una mesa y
unas cuantas sillas, un arcón, un armario y, en la pared, una
sentenciaen latín grabadaen la piedra.
sentenciaen latín grabadaen la piedra.
Mister De Villiers mesonrió afablemente. —Elazul te sienta de maravilla, Gwendolyn. Ymadame
Rossini ha hecho una verdadera obra de arte con tus
cabellos. —Hummm… Gracias. —Deberíamos darnos prisa, me estoymuriendo de calor
con todaestaropa.
Gideon apartó elmanto a un lado, dejando al descubierto
laespada quecolgaba desu cinturón. —Ponteaquí.
El doctor White se acercó a la mesa y desenvolvió un
objeto cubierto con un paño de terciopelo rojo que, a
primera vista, parecía un gran reloj dechimenea. —Ya he realizado todos losajustes. Podréis disponer de
una ventanatemporal detres horas.
Después de mirarlo mejor, vi que el objeto no era un
reloj, sino un curioso aparato de madera pulida ymetalcon
innumerables botones, registros y ruedecitas. Todas las
superficies estaban pintadas con miniaturas del Sol, la Luna
y las estrellas ymarcadas con signos ymotivos misteriosos.
Elaparato tenía forma alabeada, como una caja de violín, y
estaba adornado con resplandecientes piedras preciosas,
unos pedruscos tan gruesos que era imposible que fueran
auténticos. —¿Esechismetan pequeño eselcronógrafo? —Pesacuatro kilos ymedio —repuso el doctor White, y
su voz estaba tan llena de orgullo como la de un padre
hablando del peso de su hijo recién nacido—. Y, antes de
que lo preguntes, sí, las piedras son todas auténticas. Solo
esterubí deaquíes deseis quilates. —Gideon viajará el primero —anunció mister De Villiers —.¿Lacontraseña? —Qua redit nescitis —repuso Gideon. —¿Gwendolyn? —¿Sí? —¡Lacontraseña! —¿Quécontraseña? —Qua redit nescitis —repitió mister De Villiers—. La
contraseña delos Vigilantes paraeste 24 deseptiembre. —Estamosa 6 deabril.
Gideon puso los ojosen blanco. —Aterrizaremos en el 24 de septiembre, y dentro de
estos muros. Para que los Vigilantes no nos corten la
cabeza, debemos conocer la contraseña. Qua redit
nescitis. ¡Repítela! —Qua redit nescitis —dije.
Imposible, nunca conseguiría recordarla durante más de
un segundo. Ya está, ya la había olvidado. ¿Me dejarían
escribirlaen una hoja de papel? —¿Quésignifica? —¿Es que no teenseñan latín en laescuela? —No —respondí.
Teníafrancés y alemán, y yaera bastante duro. —«No conocéis la hora de su retorno» —tradujo el
doctor White. —Una traducción muy florida —convino mister George —. También podría decirse «No sabéiscuándo…». —¡Señores, por favor! —Mister De Villiers dio unos
expresivos golpecitos a su reloj de pulsera—. ¿Estás listo,
Gideon?
Gideon tendió su mano al doctor White, que abrió un
registro delcronógrafo y colocó el índice en la abertura. Se
oyó un ligero zumbido cuando en el interior delaparato las
ruedas dentadas se pusieron en movimiento. Sonaba casi
como una melodía. Como en un reloj de música. Una delas
piedras preciosas, un enorme diamante, se puso a brillar de
pronto desde dentro y la cara de Gideon quedó bañada en
unaluz blanca y clara. En elmismo instante desapareció. —Alucinante —susurréimpresionada. —Ahora es tu turno —me señaló mister George—.
Colócateexactamenteaquí.
Colócateexactamenteaquí.
El doctor Whitecontinuó: —Ypiensaen lo que yate hemos recalcado:atenderása
lo que te diga Gideon. Quédate siempre a su lado, pase lo
que pase.
El doctor mecogió la mano y colocó mi dedo índiceen el
registro abierto. Algo puntiagudo me pinchó en la yema del
dedo einstintivamentetraté deretirarlo. —¡Au!
El doctor White mantuvo mi mano apretada contra el
registro. —¡No te muevas!
Esta vez en el cronógrafo empezó a brillar una gran
piedra azul. La luz azul se extendió cegándome. Lo último
que vi fue mi enorme sombrero, que se había quedado
olvidado en la mesa. Luego todo se oscureció a mi
alrededor.
Una mano mesujetó porel hombro.
¿Cómo demonios era aquella estúpida contraseña? Qua
disitas disitis. —¿Eres tú, Gideon? —susurré. —¿Y quién si no? —me respondió susurrando también,
y apartó la mano—. ¡Bravo, no te hascaído!
Encendió una cerilla y un instante después la luz de una
antorchailuminó la habitación. —Qué bien.¿También tela has traído? —No, yaestabaaquí. Aguántala.
Mientrascogíalaantorcha, mealegré de no llevar puesto
miestúpido sombrero. Seguro queaquellasenormes plumas
bamboleantes se hubieran encendido en un visto y no visto y
yo misma me hubiera convertido en una bonita antorcha
llameante. —Silencio —susurró Gideon, aunque yo no había dicho
nimu.
Micompañero habíaabierto la puerta(¿se habíatraído la
llave, o ya estaba puesta en la cerradura?; no me había
fijado) y ahora miraba con cuidado hacia elcorredor. Todo
estaba oscuro como boca delobo. —Aquí huelea podrido —dije. —Tonterías. ¡Ven!
Gideon cerró la puerta detrás de nosotros, volvió a
cogerme la antorcha de la mano y entró en el tenebroso
corredor. Leseguí. —¿No quieres volver a vendarme los ojos? —dije
bromeando a medias. —Está todo oscuro, de todas maneras, tampoco podrías
recordar nada —respondió Gideon—. Razón de más para
que no teapartes de mi lado. Porque, como máximo en tres
horas, tenemos que volveraestaraquíabajo.
Una razón más por la que debería conocer el camino.
¿Cómo iba a arreglármelas sia Gideon le pasaba algo o si
nos separábamos? No me parecía una buena idea dejarme
así de colgada. Pero me mordí la lengua. No tenía ganas de
ponermea discutircon elseñor sabelotodo precisamenteen
ese momento.
Aquello olía a moho, mucho más que en nuestra época.
¿Aquéaño debíamos haber viajado esta vez?
Era un olor muy peculiar, como siallíabajo hubiera algo
que se estuviera descomponiendo. Por algún motivo, de
pronto pensé en las ratas. ¡En las películas, los pasadizos
largos y oscuros y una antorcha siempre iban unidos a las
ratas! Asquerosas ratas negras con ojos que brillaban en la
oscuridad. O ratas muertas. Ah, sí, y arañas. Las arañas
también salían siempre. Me esforcé en no tocar las paredes
y en no imaginarme cómo las gruesasarañas se agarraban a
la orla de mi vestido y reptaban lentamente por debajo para
trepar por mis piernas desnudas…
En lugar de eso, me puse a contar los pasos que daba
hasta cada giro. Después de cuarenta y cuatro pasos, a la
derecha;cincuenta y cinco, y alaizquierda; luego otra veza
la izquierda y llegamos a una escalera de caracol que subía.
Me remangué la falda tanto como pude para poder
Me remangué la falda tanto como pude para poder
mantenerme a la altura de Gideon. En algún lugar ahíarriba
había luz, y la claridad fue aumentando a medida que
subíamos hasta que finalmente nos encontramos en un
corredor ancho iluminado por un gran número de antorchas
fijadasen las paredes.
En elextremo delcorredor había una puerta ancha, con
unaarmaduraala derecha y otraalaizquierdatan oxidadas
como en nuestraépoca.
Aunque, afortunadamente, no se veía ninguna rata, tenía
la impresión de que me observaban, y, cuanto más me
acercaba a la puerta, más intensa se hacía esa sensación.
Miréa mialrededor, pero elcorredorestaba vacío.
Cuando una de las armaduras movió de pronto un brazo
y nos apuntó amenazadoramente con una lanza (o lo que
fuera aquello), me quedé petrificada del susto. Ahora ya
sabía quién nos habíaestado observando.
De una forma totalmente superflua, la armadura dijo con
voz delata: —¡Alto!
Quise gritar, pero, una vezmás, ningún sonido salió de mi
boca. De todos modos, comprendí bastante rápido que no
era la armadura la que se había movido y había hablado,
sino el hombre que se escondía dentro. También la otra
armadura parecía habitada. —Tenemos que hablarcon elmaestre —anunció Gideon —. Es un asunto urgente. —Contraseña —repuso lasegundaarmadura. —Qua redit nescitis —respondió Gideon.
Exacto, eso era. Por un momento me sentí francamente
impresionada al ver que Gideon había conseguido
recordarla. —Podéis pasar —dijo la primera armadura, e incluso
nos sostuvo la puerta.
Detrás se extendía un corredor aún más amplio, también
iluminado por antorchas. Gideon encajó la nuestra en un
soporte de la pared y siguió adelante a buen paso. Yo le
seguí tan rápido como me lo permitía el miriñaque. De
hecho,aesasalturas, yaempezabaafaltarmeelaliento. —Esto es como una película de terror. Casi se me para
el corazón. ¡Pensaba que esas cosas eran decorativas!
Quiero decir que las armaduras no son precisamente
modernas en el siglo XVIII, ¿no? Y tampoco realmente
útiles, me parece. —Los guardias las llevan por tradición —repuso Gideon —. En nuestraépoca ocurrelo mismo. —Pues yo no he visto ningún caballero con armadura en
nuestraépoca.
Pero entonces se me ocurrió quetal vezsílos había visto,
solo que había creído que se trataba de armaduras sin
caballero. —Date un poco de prisa —me urgió Gideon.
Para él era muy fácil decirlo, cuando no tenía que
arrastrar ninguna falda de la medida de una tienda de
campaña. —¿Quién es «elmaestre»? —La orden tiene un granmaestre que la preside. En esta
época, naturalmente, es el propio conde. La orden aún es
joven, hace solo treinta y siete años que elconde la fundó.
También más tarde a menudo asumieron la presidencia
miembros delafamilia De Villiers.
¿Significaba eso que el conde de Saint Germain era un
miembro de la familia De Villiers? Entonces, ¿por qué se
llamaba Saint Germain? —¿Y hoy? Hummm… quiero decir, en nuestra época.
¿Quién esel granmaestre? —Actualmente es mi tío Falk —repuso Gideon—.
Sustituyó atu abuelo, lord Montrose. —Vaya.
¡Mi querido y siempre jovial abuelo, gran maestre de la
Logia secreta del Conde de Saint Germain! Y yo que
siempre habíacreído que quien llevabalos pantalonesera la
siempre habíacreído que quien llevabalos pantalonesera la
abuela. —Y entonces, ¿qué puesto ocupa lady Arista en la
orden? —Ninguno. Las mujeres no pueden ser miembros de la
logia. Los parientes más próximos de los miembros del
Círculo de rango superior pasan automáticamente a formar
parte del grupo de iniciados del Círculo Exterior, pero no
tienen nada que decir.
Estabaclaro, sí.
¿Tal vez su forma de tratarme era innata entre los De
Villiers?¿Unaespecie de defecto genético que hacía quelas
mujeres solo merecieran una sonrisa desdeñosa de su
parte? Por otro lado, había estado muy atento con
Charlotte. Y tenía que reconocer que conmigo, al menos
porelmomento, secomportaba hastacierto punto. —¿Por qué llamáis siempre a vuestra abuela ladyArista? —preguntó—. ¿Por qué no decís abuelita o yaya como
hacen otros niños? —Sencillamenteesasí—repuse—. ¿Por quélas mujeres
no pueden ser miembros?
Gideon alargó el brazo ymeempujó detrás deél. —Ahoracierrala boca durante un rato. —¿Cómo dices?
En elextremo delcorredor distinguí otra escalera. La luz
del sol caía sobre ella desde lo alto. Pero, antes de que
llegáramos a alcanzarla, dos hombres con las espadas
desenvainadas salieron de entre las sombras como si nos
hubieran estado esperando. —Buenos días —dijo Gideon, que, alcontrario que yo,
no se habíasobresaltado,aunquese habíallevado la mano a
laespada. —¡Contraseña! —gritó el primer hombre. —Ayer ya estuvisteis aquí —informó el otro hombre, y
dio un paso adelante para observar a Gideon—. O vuestro
hermano menor. El parecido esasombroso. —¿Es ese el joven que puede surgir de la nada? —
preguntó el otro hombre.
Los dos se quedaron mirando a Gideon con la boca
abierta. Llevaban ropas parecidas a las suyas, y no cabía
duda de que madame Rossini tenía razón: al hombre del
rococó le gustaba el colorido. Estos de aquí habían
combinado el turquesa con flores lila con el rojo y el
marrón, y uno de ellos llevaba, de hecho, una levita amarillo
limón. La combinación hubiera podido resultar horrible,
pero en cierto modo tenía su gracia, solo que era un pelín
chillona.
Ambos llevaban sendas pelucas que formaban, sobre las
orejas, rizos parecidos a salchichas, y en la nuca una
pequeñacoletaatadacon unacinta deterciopelo. —Digamos que conozco caminos en esta casa que son
desconocidos para vosotros —repuso Gideon con una
sonrisa arrogante—. Yo ymiacompañante debemos hablar
con elmaestre. Es un asunto urgente. —El burro delante para que no seespante —murmuré. —¿Lacontraseña?
«Quark edit bisquitis» o algo así. —Qua redit nescitis —respondió Gideon.
Bueno,casi.
Línea hereditaria femenina
De las Crónicas de los Vigilantes,
volumen 4, «El Círculo de los Doce
Comentarios
Publicar un comentario