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a primera vez que noté un mareo fue el lunes por la
mañana en la cafetería de la escuela. Durante un instante
tuve una sensación en elestómago como siestuviera en
una montaña rusa bajando a toda velocidad desde el punto
más alto. Duró solo dos segundos, pero fue suficiente para
que me volcara un plato de puré de patatas con salsa sobre
el uniforme. Los cubiertos rebotaron tintineando contra el
suelo,aunqueconseguísujetarel plato atiempo. —De todas maneras, este mejunje sabe como si lo
hubieran recogido del suelo —me dijo mi amiga Leslie
mientras yo limpiaba como podía la porquería.
(Naturalmente, todo el mundo me miraba)—. Si quieres,
puedesembadurnartela blusaconmiración. —No, gracias.
Aunque casualmente la blusa del uniforme del Saint
Lennox tenía el mismo color que el puré de patatas, la
mancha llamaba desagradablemente la atención, de modo
que meabrochélachaquetaazulmarino parataparla. —¡Vaya, la pequeña Gwenny ya está jugando otra vez
con la comida! —exclamó Cynthia Dale—. Sobre todo, ni
sete ocurrasentartea milado, babosaapestosa. —No te preocupes, Cyn,es lo último que haría.
Por desgracia, mis pequeñosaccidentescon lacomidaen
la escuela se repetían con bastante frecuencia. Hacía solo
una semana, una gelatina de frutas verde me había saltado
del molde de aluminio y había aterrizado dos metros más
allá, en los espaguetis a la carbonara de un alumno de
quinto. La semana anterior se me había volcado elzumo de
cerezas y habíasalpicado atodos miscompañeros de mesa,
que parecía que hubieran cogido el sarampión. Por no
hablar de las veces en que había metido la estúpida corbata
del uniformeen lasalsa,elzumo o laleche.
Aunqueanteriormente nunca habíasentido vértigos.
Pensé que probablemente eran imaginaciones mías. Lo
que ocurría era que desde hacía un tiempo en casa solo se
hablaba de mareos, aunque no de los míos, sino de los de
mi siempre encantadora y perfecta prima Charlotte, que se
estaba tomando a cucharadas su puré de patatas sentada
junto a Cynthia.
Toda la familia esperaba a que Charlotte empezara a
sentir vértigos. Había días en que ladyArista, miabuela, le
preguntaba cada diez minutos si notaba algo raro, y mi tía
Glenda, la madre de Charlotte, aprovechaba los intervalos
pararepetirexactamentela misma pregunta.
Y cada vez que Charlotte negaba con la cabeza, lady
Aristaapretabalos labios y latía Glenda suspiraba. Aunque
también podíaseralainversa
Los demás —mamá, mi hermana Caroline, mi hermano
Nick, mi tía abuela Maddy y yo— poníamos los ojos en
blanco. Naturalmente, era excitante tener a alguien en la
familia con el gen de los viajes en el tiempo, pero con los
años todo ese asunto había ido perdiendo interés, y
estábamos hasta la coronilla del teatro que se montaba en
torno a Charlotte.
La propia Charlotte acostumbraba a ocultar sus
sentimientos tras una misteriosa sonrisa de Mona Lisa. Yo,
en su lugar, tampoco hubiera sabido si debía alegrarme o
enojarme por la ausencia de vértigos. Bueno, para ser
sinceros, supongo que me habríaalegrado.Yo era más bien
del género asustadizo. Me gustabalacalma. —Tarde o temprano llegará —decía lady Arista todos
los días—. Y tenemos que estar preparados para cuando
eso ocurra.
De hecho, después de la comida, en la clase de historia
De hecho, después de la comida, en la clase de historia
de mister Whitman, efectivamente ocurrió. Yo me había
levantado con hambre de la mesa. Para colmo, había
encontrado un pelo negro en el postre —compota de
grosellacon pudin de vainilla— y no había podido decidir si
era mío o de alguno de los pinches de cocina. Fuera como
fuese, aquello me había hecho perder definitivamente el
apetito.
En clase, mister Whitman nos devolvió la prueba de
historia dela últimasemana. —Veo que os habíais preparado bien para el examen,
especialmente Charlotte. Un sobresaliente.
Charlotte se apartó de la cara uno de sus
resplandecientes mechones pelirrojos y dijo «Oh…», como
siel resultado fuera una sorpresa para ella, cuando sacaba
siemprelas mejores notasen todas lasasignaturas.
Pero esa vez Leslie y yo también podíamos estar
satisfechas. Las dos teníamos un notable alto, a pesar de
que nuestra «buena preparación» había consistido en mirar
la película sobre la reina Isabelcon Cate Blanchett en DVD
mientras nos atiborrábamos de patatas fritas y helado.
Aunque también es verdad que habíamos estado siempre
atentas en clase, lo que, por desgracia, no podía decirse
que pasaraen otrasasignaturas.
Ocurría sencillamente que las clases de mister Whitman
eran tan interesantes que no te quedaba más remedio que
escuchar. El propio mister Whitman también era muy
interesante. La mayoría de las chicas estaban enamoradas
secretamente, o no tan secretamente, de él. Igual que
nuestra profesora de geografía, mistress Counter, que se
ponía roja como un tomate cuando mister Whitman se
cruzaba con ella. En cualquier caso, todo el mundo estaba
de acuerdo en que estaba como un tren. Todo el mundo
excepto Leslie, que encontraba que parecía una ardilla de
dibujosanimados.
«Cada vez que me mira con esos ojazos marrones, me
entran ganas de darle unas nueces», decía, e incluso llegó al
extremo de dejar de llamar ardillas a las ardillas del parque
para pasar a llamarlas «mistresses Whitman». No sé por
qué aquello era, de algún modo, contagioso, y al final yo
también decía siempre cuando una ardilla se acercaba
brincando: «Mira a esa mistress Whitman tan pequeña y
gordita,¿verdad quees una monada?».
Debido a esta comparación con las ardillas, Leslie y yo
éramos las dos únicas chicas de la clase que no estábamos
coladas por mister Whitman. Yo lo intentaba una y otra vez
(aunque solo fuera porque todos los chicos de la escuela
eran terriblemente infantiles), pero no servía de nada: la
comparación con las ardillas se me había metido en la
cabeza, ¡y nadie experimenta sentimientos románticos hacia
unaardilla!
Cynthia había hecho correr el rumor de que mister
Whitman había trabajado como modelo mientras estudiaba
en la universidad. Como demostración había recortado un
anuncio de una revista en el que un hombre que se parecía
bastante a mister Whitman se enjabonaba con un gel de
ducha.
Pero, aparte de Cynthia, nadie creía que el hombre del
gel fuera mister Whitman. El modelo tenía un hoyuelo en la
barbilla, ymister Whitman no.
Los chicos de la clase, en cambio, no estaban tan
entusiasmados con mister Whitman. Sobre todo, Gordon
Gelderman, que no podía soportarlo. Hay que decir que,
antes de que mister Whitman llegara a la escuela, todas las
chicas de nuestra clase habían estado enamoradas de
Gordon, incluida yo, aunque me cueste reconocerlo. Pero
entonces yo tenía onceaños yGordon aún era una monada,
mientras que ahora, con dieciséis, no era más que un
estúpido que desde hacía un par de años se encontraba en
un estado decambio de voz permanente. Por desgracia, los
gallos y la voz de bajo no le impedían soltar estupideces sin
parar.
parar.
Gordon estaba terriblemente indignado por su suspenso
en la prueba de historia. —Esto es discriminatorio, mister Whitman. Merecía
como mínimo un notable. No hay derecho a que me ponga
notas tan bajas solo porquesoy un chico.
Mister Whitman le cogió
la películael papello interpretaba Clive Owen. —Isabel se llamaba a sí misma «la reina virgen» —
explicó mister Whitman a Gordon— porque… —Se
detuvo en seco—. ¿No te encuentras bien, Charlotte? ¿Te
duelelacabeza?
Todos miraron a Charlotte, que se estaba sujetando la
cabezacon las manos. —No, solo es que… estoy un poco mareada —dijo, y
me miró—. Todo me da vueltas.
Cogíaire.Al parecer, habíallegado elmomento. Nuestra
abuelaestaríaencantada. Ylatía Glendaaúnmás. —Uala, qué guay—mesusurró Leslieal oído—. ¿Ahora
se volverátransparente?
AunqueladyAristase habíaencargado deinculcarnosen
la cabeza desde pequeños que en ningún caso, sin
excepción, debíamos hablarcon nadie de las peculiaridades
de nuestra familia, yo había decidido por mi cuenta hacer
una excepción con Leslie. Al fin y al cabo, era mi mejor
amiga, y las mejoresamigas no tienen secretos.
Por primera vez desde que la conocía (lo que, bien
mirado, eratoda mi vida), Charlotte parecía casi incapaz de
valerse por sí misma. Pero yo estaba preparada y sabía lo
que había que hacer. La tía Glenda no se había cansado de
recordármelo.
—Acompañaré a Charlotte a casa —dije a mister
Whitman, ymelevanté—. Sile parece bien.
Mister Whitman seguíacon la miradafijaenCharlotte. —Me parece una buena idea, Gwendolyn —respondió —. Quete mejores, Charlotte. —Gracias —murmuró Charlotte, y se dirigió hacia la
puertacon paso vacilante—.¿Vienes, Gwenny?
Me apresuré a cogerla del brazo. Por primera vez me
sentía importante en presencia de Charlotte. Era una
sensación agradable poder ser útil para variar. —Sobre todo, llámame y explícamelo todo —tuvo
tiempo desusurrarme Leslie.
En el pasillo, la zozobra que había experimentado
Charlotte ya se había volatilizado. De hecho, me dijo que
antes de marcharse queríarecoger suscosas delataquilla.
Lasujetécon fuerza dela manga. —¡Olvídalo, Charlotte! Tenemos que ir a casa lo más
rápido posible. LadyArista ha dicho…
—Yase me ha pasado —dijo Charlotte. —¿Y qué? De todos modos, puede volver en cualquier
momento. —Charlotte dejó quelaarrastraraen la dirección
contraria—.¿Dónde demonios tengo latiza? —Sin dejar de
caminar, empecé a revolver en el bolsillo de la chaqueta—.
Ah, aquí está. Y el móvil. ¿Quieres que llame a casa?
Ah, aquí está. Y el móvil. ¿Quieres que llame a casa?
¿Tienes miedo? Oh, qué pregunta más tonta, lo siento. Es
queestoy nerviosa. —Tranquila, no pasa nada. No tengo miedo.
La miré de reojo para comprobar si decía la verdad.
Lucía su sonrisita de superioridad de Mona Lisa, y era
imposible descubrir quésentimientos se ocultaban trasella. —¿Quieres quellameacasa? —¿Yde quéserviría? —replicó Charlotte. —Solo pensaba…
—Es mejor que lo de pensar me lo dejes a mí —me
espetó Charlotte.
Bajamos juntas los escalones de piedra hacia el hueco
donde siempre se sentaba James, que enseguida se levantó
al vernos. Pero yo me limité a dedicarle una sonrisa. El
problema con James era que, aparte de mí, nadie podía
verle ni oírle.
James era un fantasma. Por eso evitaba hablar con élen
presencia de otras personas. Solo había hecho una
excepción con Leslie, que ni por un segundo había dudado
de su existencia. Leslie creía todo lo que le decía, y esa era
una delas razones de quefuera mimejoramiga.
Leslie lamentaba profundamente no poder ver ni oír a
James, aunque mealegraba mucho de que fuera así, porque
lo primero que James había dicho después de verla había
sido: «¡Por todos los santos! ¡Esta pobre muchacha tiene
más pecas que estrellas hay en el cielo! ¡Si no empieza a
aplicarse enseguida una buena loción decolorante, nunca
encontrará marido!».
En cuanto a Leslie, lo primero que dijo cuando los
presenté fue: «Pregúntale si tiene algún tesoro escondido en
algún sitio».
Por desgracia, James no había enterrado ningún tesoro y
estaba bastante ofendido por que Leslielecreyeracapaz de
hacer algo semejante. También se ofendía cuando hacía
como que no le veía. De hecho, James se ofendía con
bastantefacilidad. —¿Es transparente? —había preguntado Leslie en el
primerencuentro—.¿O se veen blanco y negro?
No, en realidad, James tenía un aspecto totalmente
normal. Con excepción delaropa,claro. —¿Puedes pasaratravés deél? —No lo sé. No lo heintentado nunca. —¿Y por qué no lo intentas ahora? —había propuesto
Leslie.
Pero James no estaba dispuesto a permitir que pasara a
través deél. —¿Qué significa eso de «fantasma»? Un servidor, James
August Peregrin Pimplebottom, heredero del decimocuarto
conde de Hardsdale, no vaa permitir que nadiele ofenda, y
menos unas niñas —me dijo.
Como muchos fantasmas, sencillamente, no quería
reconocer que ya no era una persona. Por más que quisiera,
James no podía recordar que hubiera muerto. Aunque ya
hacía cinco años que nos conocíamos —desde mi primer
día de clase en la Saint LennoxHigh School—, parecía que
para élsolo hubieran pasado unos días desde que jugaba a
las cartas con sus amigos en el club y charlaba sobre
caballos, falsos lunares y pelucas. (Él llevaba ambas cosas,
lunar y peluca, y, aunque actualmente pueda sonar raro, no
le quedaban tan mal.) James hacía caso omiso
deliberadamente del hecho de que, desde que nos habíamos
conocido, había crecido veinte centímetros, había
incorporado a miaspecto un corrector dental y unos pechos
prominentes, y me había librado luego del corrector. Igual
que hacía caso omiso de que el palacio de su padre en la
ciudad hacía tiempo que se había convertido en una escuela
privada con agua corriente, luz eléctrica y calefacción
central. Lo único de lo que parecía percatarse de vez en
cuando era de la longitud de las faldas de nuestro uniforme
escolar. Al parecer, la visión de unas pantorrillas y unos
tobillos femeninos era extremadamente infrecuente en su
tobillos femeninos era extremadamente infrecuente en su
época. —No es muy cortés por parte de una dama no saludar a
un caballero de buena posición, miss Gwendolyn —
protestó entonces de nuevo, molesto porque no le había
prestado ningunaatención. —Perdón. Tenemos prisa —dije. —Si puedo serles útil en algo, naturalmente me tienen a
su disposición —replicó él colocándose bien los puños de
encaje. —No, muchas gracias. Solo tenemos que llegar a casa
cuanto antes. —¡No séen qué podíasernos útilJames, si ni
siquiera era capaz de abrir una puerta!—. Charlotte no se
encuentra bien. —Oh, no sabe cómo lo lamento —dijo James, que tenía
debilidad por Charlotte, a la que, en contraposición con la
«pecosa sin modales», como acostumbraba a llamar a
Leslie, encontraba «extraordinariamente encantadora y
gentil». También ese díasoltó algunoscumplidos galantes—:
Transmítale, por favor, mis mejores deseos, y dígale que
está tan encantadora como siempre. Un poco pálida, pero
hechizadoracomo un elfo. —Selo comunicaré. —Deja de hablar con tu amigo imaginario —dijo
Charlotte—. Sisiguesasí,acabarásen unmanicomio.
Muy bien, pues no se lo comunicaría. Ya era bastante
presuntuosasin necesidad deeso. —James no es imaginario, es invisible. ¡Hay una gran
diferenciaentrelas doscosas! —Sitú lo dices… —replicó Charlotte.
Ella y la tía Glenda opinaban que solo me inventaba a
James y a los otros fantasmas para darme importancia. Me
arrepentía de haberles hablado en su día de ello, pero de
pequeña me había resultado sencillamente imposible no
decir nada de las gárgolas que adquirían vida y hacían
cabriolas por las fachadas y me dirigían muecas. Las
gárgolas eran divertidas, pero también había otras sombrías
figuras espectrales de aspecto siniestro que me daban
miedo. Tuvieron que pasar unos años para que
comprendiera que los fantasmas no podían hacerme nada.
Lo único que realmente pueden hacer los fantasmas es dar
miedo.
Naturalmente, no estoy hablando de James. Él era del
todo inofensivo. —Leslie piensa que tal vez fuese mejor que James
muriera joven. Dice que, teniendo que cargar con ese
nombre de Pimplebottom, nunca hubiera encontrado una
mujer para casarse —expliqué, no sin antes asegurarme de
que James ya no nos pudiera oír—. Quiero decir que
¿quién va a querer llamarse voluntariamente
«Culogranujiento»?
Charlotte puso los ojosen blanco. —De todas maneras, no tiene mal aspecto —proseguí —. Y, además, según él, está podrido de dinero. Aunque
esta costumbre que tiene de ponerse continuamente un
pañuelo de encaje perfumado bajo la nariz no resulta muy
varonil. —Quélástima que nadieaparte deti pueda admirarlo —
señaló Charlotte.
La verdad es que yo opinabalo mismo. —Yqué estúpido por tu parte que hables de tus rarezas
fuera delcírculo familiar —añadió.
Era una más de las típicas indirectas de Charlotte. El
comentario estaba destinado a herirme, y efectivamente lo
consiguió. —¡Yo no soy rara! —¡Claro quelo eres! —¿Ylo dicela quetieneel gen? —Yo no lo voy soltando por ahí —repuso Charlotte—.
En cambio, tú eres como la tía abuela Maddy la Locuela,
que habla desus visiones hastacon ellechero. —Erescruel.
—Erescruel. —Ytú, unaingenua.
Discutiendo, atravesamos el vestíbulo, pasamos ante la
diminuta cabina de cristal delconserje y salimos al patio de
laescuela. Hacía viento y parecía queibaaempezarallover
en cualquier momento. Me arrepentí de no haber cogido
nuestras cosas de las taquillas. Un abrigo no hubiera estado
de máscon estetiempo. —Siento habertecomparado con latíaabuela Maddy—
seexcusó Charlotte un poco cortada—. Supongo queestoy
un poco nerviosa.
Aquellas palabras me dejaron perpleja. Charlotte no se
excusaba nunca. —Escomprensible —dijerápidamente.
Quería que se diera cuenta de que apreciaba sus
disculpas. Naturalmente, no podía hablar de auténtica
comprensión, porque yo, en su lugar, habría estado
temblando de miedo y supongo quetambién nerviosa,como
cuando vasal dentista. —Además, me gustalatía Maddy—añadí.
Lo cualera cierto. Tal vezla tía abuela Maddy fuera un
poco charlatana y tendiera a repetir las cosas infinidad de
veces, pero era preferible al cargante secretismo de los
otros. Además, la tía Maddy siempre era muy generosa
repartiendo caramelos delimón entre nosotros.
Naturalmente, a Charlotte le traían sin cuidado los
caramelos.
Cruzamos la calle y seguimos caminando a buen paso
por laacera. —No me mires de reojo —me advirtió Charlotte—.
Cuando desaparezca, ya te darás cuenta. Entonces podrás
dibujar tu tonto círculo detiza y correracasa. Pero por hoy
no pasará nada. —Eso no puedes saberlo. ¿No te intriga saber dónde
aterrizarás? Quiero decir,cuándo aterrizarás. —Claro —repuso Charlotte. —Espero que no sea en medio del gran incendio de
1664. —El gran incendio de Londres ocurrió en 1666 —me
corrigió Charlotte—. No cuesta tanto de recordar.
Además, en esa época, en esta parte de la ciudad no se
habíaconstruido gran cosa;ergo, tampoco se quemó nada.
¿He dicho ya que Charlotte también era conocida como
«laaguafiestas» y «lasabelotodo»?
Pero no me rendí. Tal vez fuera un poco feo por mi
parte, pero quería borraraquellaestúpidasonrisa desu cara
aunquesolo fuera por unos segundos. —Estos uniformes deben de arder como la yesca —
insistí. —Cuando llegue el momento, sabré lo que tengo que
hacer —replicó Charlotte escuetamente sin abandonar su
sonrisa.
No podía por menos que admirarla por su serenidad. A
mí, la idea de aterrizar de repente en el pasado solo me
inspirabaterror.
Fuera en la época que fuese, siempre pasaban cosas
terribles. Continuamente había guerras, viruela y plagas de
peste, y una palabra equivocada podía hacer que te
quemaran por bruja. Además, solo había letrinas, y todo el
mundo tenía pulgas, y por la mañana lanzaban elcontenido
de los orinales por la ventana sin fijarse en si pasaba alguien
por debajo.
Charlotte se había preparado durante toda su vida para
arreglárselas en el pasado. No había tenido tiempo para
jugar, hacer amigas, ir de compras o al cine o salir con
chicos. En lugar de eso, había recibido clases de baile,
esgrima y equitación, de lenguas y de historia. Además,
desde elaño anterior salía cada miércoles por la tarde con
ladyArista y la tía Glenda y no volvía hasta que se hacía de
noche. Lo llamaban «clase de misterios», pero nadie quería
decirnos de qué clase de misterios se trataba, y Charlotte,
menos que nadie.
menos que nadie.
Probablemente, la primera frase que mi prima había
aprendido a pronunciar de corrido había sido: «Es un
secreto». Ylasiguiente: «Eso no escosa vuestra».
Leslie decía siempre que nuestra familia debía de tener
más secretos que los Servicios Secretos y elMI6 juntos. Y
es muy posible quetuvierarazón.
Normalmente, para volver de la escuela, cogíamos el
autobús —el número 8 paraba en Berkeley Square, que no
quedaba muy lejos de casa—, pero ese día recorrimos las
cuatro paradas a pie, tal como había ordenado la tía
Glenda. Durante todo el camino llevé la tiza en la mano,
pero Charlotte permaneció a milado.
Mientras subíamos losescalones de la puerta de entrada,
casi me sentí decepcionada. Mi participación en la historia
acababa ahí; a partir de este momento, mi abuela se haría
cargo delasunto.
Tiréa Charlotte dela manga. —¡Mira! El hombre de negro estáahí otra vez. —Bueno,¿y qué?
Charlotte ni siquiera se molestó en mirar. El hombre
estaba parado enfrente, ante la entrada del número 18.
Como siempre, llevaba una gabardina negra y un sombrero
calado hasta las orejas. Yo le había tomado por un
fantasma, hasta que supe que mis hermanos y Leslie
también podían verlo.
Desde hacía meses, el hombre permanecía allí,
observando nuestra casa las veinticuatro horas del día.
Aunque, bien mirado, también podía tratarse de varios
hombres exactamente con el mismo aspecto que se iban
turnando. Discutimos sobre siera un ladrón que preparaba
un golpe, un detective privado o un mago malvado. Mi
hermana Caroline estaba convencida de que se trataba de
esto último. Tenía nueve años y le encantaban las historias
de magos malvados y hadas buenas. Mi hermano Nick tenía
doce años y opinaba que las historias de magos y hadas
eran estúpidas; por eso estaba a favor del ladrón espía. Y
Leslie y yo éramos partidarias del detective privado.
Pero cada vez que cruzábamos al otro lado de la calle
para observarlo mejor, el hombre desaparecía dentro de la
casa o subía a un Bentley negro que tenía aparcado junto al
bordillo y seiba. —Es un coche encantado —afirmaba Caroline—.
Cuando nadie mira, se transforma en un cuervo, y el mago
se convierte en un hombrecillo minúsculo que cruza elcielo
montado alomos deél.
Por siacaso, Nick había anotado el número de matrícula
delBentley.
—Aunque seguro que después del robo lo pintará de
nuevo y colocará otra matrícula —meinformó.
Los adultos hacían como si no les pareciera nada
sospechoso en el hecho de ser observados día y noche por
un hombrecon sombrero vestido de negro.
YCharlotteigual. —¡Qué demonios os ha hecho ese pobre hombre!
Sencillamentesefuma un cigarrillo ahífuera,eso es todo. —¡Sí,claro!
Me resultaba más fácil creer en la versión del cuervo
encantado.
Justo en ese momento empezó a llover. Por suerte, ya
estábamosen casa. —¿Al menos sigues mareada? —le pregunté mientras
esperábamos que nos abrieran la puerta, porque nosotras
no teníamos llave. —No me agobies —dijo Charlotte—. Pasará cuando
tenga que pasar.
Mister Bernhard nos abrió la puerta. Leslie opinaba que
mister Bernhard era nuestro mayordomo, y la prueba
definitiva de que éramos casi tan ricos como la reina o
Madonna. Yo, por mi parte, no sabía exactamente quién o
qué era en realidad mister Bernhard. Para mamá era «el
factótumdelaabuela», y la propiaabuelalo describíacomo
factótumdelaabuela», y la propiaabuelalo describíacomo
«un viejo amigo de la familia». Para mis hermanos y para mí
erasencillamente «elsiniestro sirviente deladyArista».
Al vernos,enarcó lascejas. —Hola, mister Bernhard —le saludé—. Qué tiempo tan
horrible,¿no? —Realmente horrible, sí. —Con su nariz ganchuda y sus
ojos marrones ocultos tras unas gafas redondas de montura
dorada, mister Bernhard siempre me recordaba a una
lechuza, o, mejor dicho, a un búho—. En un día así es
imprescindible ponerseelabrigo alsalir decasa. —Hummm… sí, supongo quesí—repuse. —¿DóndeestáladyArista? —preguntó Charlotte.
Charlotte nunca era especialmente cortés con mister
Bernhard. Tal vez porque, alcontrario que a mis hermanos
y a mí, tampoco de niña le había inspirado respeto. Sin
embargo, aquel hombre tenía una cualidad que realmente
impresionaba, y era la de moverse tan silenciosamente
como un gato y aparecer de pronto a tu espalda como si
hubiera surgido de la nada. Daba la sensación de que no se
le escapaba ningún detalle. Fuera la hora que fuese, mister
Bernhard siempreestaba presente.
Mister Bernhard ya estaba en la casa antes de que yo
naciera, y mamá decía que ya estaba allí cuando ella era
todavía una niña, de modo que debía de ser casi tan viejo
como lady Arista, aunque no lo parecía. Vivía en un
apartamento en el segundo piso, al que se llegaba por un
pasillo independiente y una escalera desde el primero.
Nosotros teníamos terminantemente prohibido pisar siquiera
el pasillo.
Mi hermano afirmaba que mister Bernhard había
instalado allí puertas trampa y cosas parecidas para
mantener a distancia a los visitantes no deseados. Pero no
podía demostrarlo. Ninguno de nosotros se había atrevido
nuncaaentraren ese pasillo. —Mister Bernhard necesita tener privacidad —decía a
menudo ladyArista. —Claro, claro… —replicaba mamá—. Supongo que,
viviendo aquí, la necesitamos todos.
Pero lo decíatan bajo queladyArista no podía oírla. —Su abuela está en la sala de música —informó mister
Bernhard a Charlotte. —Gracias.
Charlotte nos dejó plantados en la entrada y corrió
escalerasarriba. Lasala de músicaestabaen el primer piso,
y nadie sabía por qué se llamaba así, porque ni siquiera
había un piano.
La sala era la habitación preferida de ladyArista y de la
tía abuela Maddy, y el aire olía a perfume de violetas y al
humo de los cigarrillos de lady Arista. Como se ventilaba
muy de vezen cuando, si te quedabas un rato, alfinal tenías
lasensación de quesete nublabala vista.
Antes de que mister Bernhard cerrara la puerta, tuve
tiempo de echar un vistazo al otro lado de la calle. El
hombre del sombrero seguía allí. ¿Eran imaginaciones mías
o acababa de levantar la mano como siestuviera haciendo
señas a alguien? ¿A mister Bernhard, quizá, o era a mí a
quien saludaba?
La puerta se cerró y no pensé más en ello porque de
repente volvió a aparecer la sensación de montaña rusa en
el estómago. Todo se difuminó ante mis ojos. Se me
doblaron las rodillas y tuve que apoyarme en la pared para
no caerme.
Un instante después había pasado.
Micorazón latía desbocado. Algo me ocurría. Teniendo
en cuenta que no estaba en ninguna montaña rusa, no era
normal que hubieratenido vértigo dos vecesen dos horas, a
no ser que…
¡Bah! Seguramente estaba creciendo demasiado rápido.
O tenía… hummm… ¿un tumorcerebral? O tal vezerasolo
hambre.
Sí, debía desereso. Desdeel desayuno no habíacomido
Sí, debía desereso. Desdeel desayuno no habíacomido
nada, porquelacomida delaescuela habíaaterrizado enmi
blusa. Respiréaliviada.
Entonces me di cuenta de que mister Bernhard me
observabacon sus ojos delechuza. —¡Cuidado! —dijo con un considerableretraso.
Sentí que mesonrojaba. —Bueno, me voy… a hacer los deberes —murmuré.
Mister Bernhard asintió con cara de indiferencia; pero,
mientras subía las escaleras, pude sentir su mirada clavada
enmiespalda.
De los Anales de los Vigilantes
10 de octubre de 1994
De vuelta de Durham, donde he visitado a la hija menor
de lord Montrose, Grace Shepherd,
que de forma inesperada dio a luz anteayer a su hija.
Todos nos alegramos del nacimiento de
Gwendolyn Sophie Elizabeth Shepherd
2.460 g, 52 cm.
La madre y la niña se encuentran bien.
Nuestras más sinceras felicitaciones al gran maestre
por el nacimiento de su quinto nieto.
Informe: Thomas George, Círculo Interior

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